5.3 Laboratory experiments
5.3.4 Clock drift measurement
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Es el masoquismo propiamente dicho, el masoquismo físico, el masoquismo perverso, tal y como se recoge en todos los manuales de Psiquiatría.
El sadomasoquismo - constelación dual-es una entidad clínica desde que Kraft-Ebing la incluyera en su ya célebre Psychopatia sexualis. Antes de ser especie, las perversiones fueron parte de lo abyecto, los materiales de la ignominia. Al medicalizar las sexualidades periféricas, los médicos, acaso sin saberlo, descontaron del vicio, su carga moral, transformándolo en un estigma clínico, en una "especie protegida" por los ecosistemas psiquiátricos.
La medicina nunca llegó más lejos de considerar a las desviaciones sexuales como "una degeneración, aberración, monstruosidad o perversión", prestando pues coartadas a la maldad o simplemente demonizando clínicamente la diferencia (los gustos sexuales), alegando casi siempre causas
desconocidas, es decir, constitucionales. El perverso lo era “porque lo era”, es decir, nacía así en función de una serie de errores o anormalidades degenerativas de la naturaleza. Para explicar este fenómeno se hacía mención a la pérdida de potencia genésica, a la sífilis, la cosanguineidad e incluso a la
masturbación, tal y como el desolado Leopold Von Sacher-Masoch afirmaba en su declaración. La medicalización de estas conductas corrió pareja a la mentalidad científico-natural que recorrió Europa a partir de la Ilustración: los médicos intentaban separar el grano de la paja con la precisión del naturalista. Catalogaron las especies mórbidas con una mentalidad botánica como si de arbustos o especies animales se tratara ignorando que los síntomas psiquiátricos son -casi siempre y además- metáforas acerca del sufrimiento. Esta mentalidad dio - evidentemente- muchos frutos a la ciencia. Por ejemplo, se cayó en la cuenta de que la depresión y la manía eran la misma enfermedad,
descubrimiento nada fácil, porque no todas las depresiones cursan con manía. Es la culminación de un proceso de lucidez observadora, dado que los psiquiatras de aquel entonces no tenían más
instrumentos diagnósticos que su habilidad empírica y observacional. Se describió también la esquizofrenia, y al descubrir que era una forma evolutiva similar a la demencia senil, se la llamó demencia precoz, porque afectaba a personas jóvenes en lugar de adultos ya entrados en años, como sucede en el mal de Alzheimer. No obstante, la esquizofrenia cursaba con un deterioro cognitivo similar al de su equivalente demencial, dejando a lo largo de su evolución un defecto, que aún hoy a pesar de los avances psicofarmacológicos padecen al menos la tercera parte de los esquizofrénicos.
Se describieron las psicopatías, la neurosis obsesiva, la histeria y la paranoia. Junto a ellas, los médicos catalogaron otras entidades de dudosa existencia, siguiendo con la manía del sembrado de entidades. Así se describieron las psicosis marginales (Kleist), la neurastenia o las perversiones sexuales asimiladas al concepto de psicopatía, un concepto que aún hoy se halla en crisis debido a las dificultades
epistemológicas de su definición. Se clasificó como perversión y por tanto como una enfermedad a la homosexualidad, el sadomasoquismo, el exhibicionismo y el voyeurismo, la zoofilia, la necrofilia, la pederastia y un sinfín de variantes sexuales exóticas, hoy ya desaparecidas no sólo de los manuales sino de la práctica, como el vampirismo.
Si se clasificaban estas entidades como enfermedades, era porque se pensaba que había algo averiado en los cerebros de sus propietarios. Algo averiado susceptible de ser descubierto y eventualmente de hacer algo con ello. Es decir, algún tratamiento o remedio para esas dolencias, que dejaron
instantáneamente de ser vicios, para transformarse en especies. Sus infractores, pasaron de ser perseguidos por inmorales a ser considerados enfermos, es decir, sujetos de cuidados y tutela.
Para poner remedio a una enfermedad es necesario conocerla bien, saber su o sus causas, su evolución, su historia natural y los signos y síntomas con que se delata. Así nació la Patología, una disciplina que se ocupaba de las entidades morbosas.
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La Patología considera a las enfermedades como entidades naturales, algo vivo en sí mismo que se transforma, nace, crece y se reproduce, como todo lo vivo, dando lugar a efectos perniciosos nuevos en el cuerpo. Así, de la diabetes por ejemplo, nos fue muy útil suponer que era una entidad natural o pensarla así, porque nos permitió adelantarnos a los efectos nocivos de su evolución: la obesidad, la hipertensión, la retinopatía, la polineuropatía y la angiopatía diabética estaban descritas y eran por tanto conocidas por los médicos mucho antes de que se sintetizara la insulina y poder contar - al fin-con un tratamiento efectivo, para mitigar o retrasar los efectos destructivos del exceso de azúcar sobre el organismo. También se sabía su causa, que el exceso de glucosa era el responsable de la enfermedad y que la diabetes juvenil tenía peor pronóstico que la diabetes del adulto.
Movidos por este afán clasificatorio los médicos del XVIII y del XIX
pugnaban por describir enfermedades y adelantarse a sus colegas, bautizando a determinadas enfermedades con su nombre de pila o sus apellidos. Sydenham, Huntington, Alzheimer, Babinsby, Charcot, de la Tourette, Briquet, son nombres clásicos vinculados definitivamente a la enfermedad que describieron.
Describir no es descubrir, sino acotar un territorio inmenso donde se dan cabida tanto la patología médica, como la disidencia, los efectos aniquiladores de la pobreza, la ignorancia y también la discriminación. Gracias a los médicos clasificadores, los asilos se cerraron definitivamente para prostitutas, esposas díscolas, timadores, crápulas, vagabundos y maleantes de diversa índole que compartían destino común con los locos propiamente dichos. Sin embargo, permanecieron abiertos para los
"depravados sexuales", los oligofrénicos y los fingidores de diversas dolencias que hoy conocemos como histéricos.
No todo fueron logros en la manía clasificatoria de los méd icos del XIX. También desparramaron y multiplicaron las entidades hasta el paroxismo, sobre todo cuando se pusieron a clasificar lo inclasificable: el goce erótico periférico, es decir, el que va más allá de la tarea reproductiva o de la cópula legítima.
Los exhibicionistas de Lasègue, los fetichistas de Binet, los zoofilos de Kraft-Ebing, los autonomosexualistas, los mixoescopófilos, los ginecomastas, los presbiófilos, los invertidos
sexoestéticos y las mujeres dispaurenistas. Estos bellos nombres de distintas "herejías" (algunas de ellas ya desaparecidas, por falta de creyentes) constituyen un ejemplo de diseminación de abyecciones que los médicos, en lugar de conjurar, terminaron por incorporar al discurso social y por tanto al individuo. Este movimiento clasificador fue coetáneo de otro movimiento desinstitucionalizador, que básicamente venía animado por una convicción creciente sobre la inimputabilidad legal de la enfermedad mental. Los enfermos, si eran realmente enfermos, no eran responsables de su conducta, de manera que había que precisar qué cosa era una enfermedad y qué cosa, vicio, separar a ambas era la función del médico y darles a los jueces servidas las sentencias: asilo o cárcel.
Como tiempo atrás sucediera, los médicos tuvieron que discriminar, no ya si determinados síntomas eran obra de Dios o del diablo, sino si determinadas conductas eran imputables o no legalmente. En este sentido, la medicalización de las perversiones sirvió para alejarlas paulatinamente de los tribunales de justicia y aliviar así el peso de la persecución legal sobre homosexuales, pederastas y sadomasoquistas, que venían siendo tratados por los sistemas judiciales de toda Europa como ladrones, criminales o simplemente como vagos asociales, movimiento que los jueces agradecieron, y aun agradecen, porque les proporciona coartadas científicas a su quehacer nada fácil: vigilar y castigar (N del A. Se trata de una obra de M. Foucault) .No obstante, los sistemas judiciales de nuestra antigua Europa reaccionaron muy
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tarde y perezosamente a estas "convicciones científicas", siendo Gran Bretaña y España los últimos países en abolir la persecución penal a los homosexuales, por ejemplo.
Pero que nadie crea que esto supuso alguna ventaja para los perversos en su conjunto, porque si bien es cierto que hoy ya no existen fronteras a la sexualidad privada, ninguna sexualidad es excluida, sino que tal y como Foucault ha señalado acertadamente-, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos, es decir, se constituye en una entidad, lo que legitima de nuevo a la clínica y por tanto si no ya los tratamientos, si al menos la nosografía y la previsible explosión de sexualidades heréticas. Hasta Freud y los Tres ensayos para una teoría sexual de las neurosis (1905), no hubo cambios importantes en la concepción de las perversiones. Freud no dedicó demasiado tiempo a su estudio, ocupándose como es sabido de las neurosis, quizá porque no se dedicaba a la práctica forense sino clínica. Desde ella, sin embargo, nos legó la nomenclatura moderna y ciertas intuiciones e ideas que fueron y siguen siendo polémicas. Freud distinguía en 1924 tres clases de masoquismo: el erógeno (objeto de este capítulo), el moral y el femenino.
El masoquismo erógeno puede definirse como aquel que busca el sufrimiento físico con el objeto de obtener satisfacciones eróticas y que generalmente le preceden inmediatamente, pero que no excluye la satisfacción erótica propiamente dicha. Es el masoquismo de Sacher-Masoch y el de Rousseau. Nótese que la definición deja afuera a todas las búsquedas de sufrimiento con fines distintos al erótico. No es masoquismo erógeno la mortificación del asceta, porque su fin no es erótico sino espiritual, no es masoquista la restricción alimentaria de la anoréxica porque su fin no es erótico sino estético. Por otra parte, no es masoquista tampoco la búsqueda de dolor corporal desvinculado de lo erótico, como determinadas prácticas carcelarias ligadas a la obtención de algún beneficio, o el daño autoinflingido por algunas personalidades borderline. Tampoco algunas modas que mimetizan algunas prácticas
sadomasoquistas, como tatuajes, piercings o cicatrices en la piel. El papel de las marcas en la conducta masoquista se ha relacionado con ciertos impulsos exhibicionistas que de alguna manera estarían relacionados con la conducta demostrativa del masoquista. El síndrome de la mujer golpeada (battered woman) y algunas de estas prácticas, donde el exhibicionismo ha sido incorporado por la moda, vendrían a justificarse a partir del factor demostrativo que existe en la conducta masoquista. Un rasgo demostrativo que precisa de testigos. Testigos que casi nunca son la pareja o partenaire sino un tercero imaginario que se incluye en el juego.
El sujeto ignora las razones de tal comportamiento, aunque no lo considera absurdo o bizarro.
Paradójicamente, con esta idea, el masoquista erógeno suele mantener en secreto su inclinación, quizá porque a diferencia de la homosexualidad, el sadomasoquismo no constituye ninguna identidad deseable o estructurante.
La homosexualidad participa de alguna manera de alguna de estas características de secreto y disimulo. Puede comenzar siendo una duda mortificante, una idea obsesiva contra la que el individuo lucha y por la que puede sufrir persecución o menosprecio. Es seguro que la reacción del cuerpo social hacia estas variantes es la responsable de la vergonzante clandestinidad en que tanto los homosexuales como los sadomasoquistas se mueven en sociedad. Contrariamente a esta idea, creo que las luchas de los movimientos "gays" han propiciado que estas conductas hayan pasado de la clandestinidad hacia una cierta tolerancia social, y a veces y en determinados ambientes, incluso en una marca de cierta clase. Nada de eso ha sucedido con las prácticas sadomasoquistas, que a diferencia de la identidad "gay" no ha logrado aún constituirse como una identidad deseable. Nadie admitiría ser masoquista en público, pero hay muchos "gays" que no sólo lo admiten sino que reivindican dejar de ser un cuerpo extraño en la vida comunitaria e incluso participar de los bienes del Estado hacia las parejas de hecho. Quizá por ello, los sadomasoquistas no se rotulan más así, lo hacen con los términos mucho más suaves de amo/ama, esclavo/esclava, sumiso/sumisa o “sub”. El cambio semántico parece necesario para librarse de la carga
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penal y clínica que les precedió, al igual que sucedió con los homosexuales. De hecho, en los ambientes "sado" no se habla de sadomasoquismo sino de relaciones D/s, de relaciones de dominación/sumisión o la más genérica y anglosajona “bdsm” (acróstico de bondage y sadomasoquismo).
La opinión pública no distingue demasiado entre los términos clínicos antiguos y los modernos, y hay que insistir en que vivimos aun instalados - en términos de opinión pública - en la era de la clínica. Por ejemplo, casi todo el mundo cree que los pederastas son enfermos, también los que cometen crímenes execrables, con un móvil sexual. Cuanto más incomprensible, sanguinolento o gratuito sea el crimen, más se moviliza la opinión publica en la convicción de que estos criminales son enfermos, identificando caso extremo con patología mental. Determinados discursos "científicos" también prestan argumentos a esta clase de suposiciones, contribuyendo a aumentar la confusión no sólo ante los jueces, sino en la propia opinión pública. En este tipo de lógica los crímenes "comprensibles", es decir, los que se cometen por codicia, celos, móviles políticos o reyertas comunes serían merecedores de castigo penal, mientras que los crímenes sexuales, los que se cometen contra niños, las violaciones o los que se cometen bajo los efectos del alcohol serían crímenes susceptibles de tratamiento psiquiátrico (ahora también psicológico), eso sí, en lugares cerrados y específicos. Ni que decir que esos lugares no existen y que esos tratamientos tampoco existen, porque no hay nada que tratar. Médicamente (o psicológicamente), me refiero. En este sentido, asegura Szasz en El rol de enfermo mental:
En la medida en que la ideología que amenaza actualmente las libertades individuales no es religiosa sino médica, el individuo debe estar protegido no por sacerdotes sino por médicos.
Añadiré a esta convicción profética de Szasz que los tratamientos psicológicos, que pretenden reeducar o deshacer los efectos perniciosos de la miseria, de la ignorancia o de la asimilación de la violencia, ocuparán en el futuro no pocas energías de los cuerpos de funcionarios destinados a tutelar el Mal y que el peligro mayor procederá de este ejército de bienintencionados ciudadanos, ávidos de reeditar para su disciplina - la Psicología- un remedo de la peor medicina de siglo XIX y una falsificación de sus actitudes terapéuticas, a fin de suplantarla en aquellos lugares que la medicina ya abandonó.
Esto es quizá debido –probablemente- a las críticas que suscitaron los abusos de los neurocirujanos de los años 40-50 y su manipulación quirúrgica del cerebro y de las conductas. Técnicas que fracasaron y que dejaron mal parada la actitud intervencionista de unos médicos demasiado radicales, que
desacreditaron, - quizá definitivamente-las técnicas quirúrgicas manipulativas de la conducta, que han sido sustituidas por otras formas de control más sutil. Como se ve, poco hemos avanzado en nuestra concepción de la disidencia desde que Esquirol liberó a los asilados de sus cadenas. Seguimos
manejando esas dos condiciones: la condición de enajenado (lo que no es comprensible) y la condición de rufián (lo que es posible comprender). Ni que decir tiene que las perversiones sexuales siguen perteneciendo al cuerpo de lo ininteligible, en tanto que cada perversión es privada y por tanto idiosincrásica, inasimilable por la mayoría social, incluso por aquellos que son a su vez, perversos. Este extrañamiento las sitúa de nuevo en el campo de las categorías clínicas, no ya por la Psiquiatría sino por los medios de comunicación de masas y por tanto también para el ciudadano común.
El motivo es que esta actitud es tranquilizadora, porque pretende explicar lo inexplicable y por tanto predecirlo, por eso a muchos criminales sexuales se les etiqueta como psicópatas y sádicos,
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simplemente porque se identifica sadismo con violencia 8. A veces los crímenes sexuales son catalogados como sádicos simplemente porque en el cuerpo de la víctima se encontraron signos de violencia. Claro que la hay, una víctima siempre se defiende y para poder reducir a una mujer joven y fuerte hace falta una gran dosis de violencia, amedrentamiento y derroche de energía gratuita. La etiqueta de psicópata aparece demasiado a menudo y de forma frívola en nuestro sistema judicial, como si los jueces, fiscales y forenses precisaran también protegerse de la idea inquietante de que los crímenes sexuales tienen un móvil sexual (no necesariamente mental) y que ese móvil por sí mismo es suficiente para cometer cualquier crimen. No hace falta recurrir a etiquetas sonoras o literarias, el móvil sexual es más que suficiente. Porque la sexualidad es en sí misma violenta y su gestión individual genera a veces codicia y agresión.
Mi opinión personal es que los crímenes sexuales gozan de una gran impunidad en nuestro país y tienen un efecto de llamada, como si los criminales percibieran las contradicciones que apresan a los jueces, al sistema penal y a los propios expertos: la dificultad de nombrar el Mal más allá de la clínica o la
asistencia social. Un criminal que fue condenado por una violación y que fue delatado por su víctima, aprenderá en la prisión que la distancia de condena entre una violación y un homicidio es demasiado corta para ser tenida en cuenta. La próxima vez no dejará testigos. Los violadores generalmente no matan a sus víctimas por sadismo, sino para eliminar pruebas y paradójicamente para no volver a la cárcel a la que temen, por su escasa popularidad entre la población reclusa. Llamar sadismo a esta constelación donde lo que se entrevé es simplemente una contradicción social en la severidad de las condenas y el beneficio secundario del criminal, me parece una broma.
Pero al parecer es una broma en la que cree mucha gente. Efectivamente, la perversidad está en todos y cada uno de nosotros en distinta proporción y se trata de no ver lo que no queremos ver. Se trata de los elementos naturales del acto sexual, que es en sí mismo la expresión de la violencia primigenia de la especie, una violencia si se quiere asumida, pero violencia al fin. Las sexualidades periféricas, los gustos sexuales, no son sino formas de difuminar la práctica sexual pura y dura a fin de hacerla irreconocible. Somos sádicos menores cuando mordemos a nuestra amante y masoquistas cuando obedecemos, "voyeurs ocasionales" cuando contemplamos un cuerpo desnudo y exhibicionistas de temporada cuando hacemos ostentación de nuestro busto un cálido día de verano o en top-less en la playa. Se dirá que la necrofilia o la pederastia no forman parte del deseo de un adulto normal y es verdad, bien, pues digámoslo. La mayor parte de las manifestaciones de violencia en las sociedades avanzadas se deben más al terror que al sadismo.
Digamos qué conductas son incomprensibles y qué conductas son intolerables. Consensuémoslo de forma social o política, pero dejemos de usar las etiquetas clínicas como coartadas de lo que nos queremos ver. La pederastia es un ejemplo de cómo una actividad que no siempre es criminal, sino que a veces es inocente y universal, puede derivar en un consenso persecutorio, donde se adivina una especie de histerificación del cuerpo social en defensa de los niños. Los niños han pasado de no existir a pertenecer a una especie entomológica, protegida por leyes que tienden a hacer de ellos eternos incapaces. ¿Podríamos calificar a Lewis Carroll como un pederasta peligroso? ¿Podría hoy Nabokov escribir su célebre novela Lolita, sin ser llevado a los tribunales por alguna asociación de defensa de los derechos del niño? ¿Y Kubrick, podría hacer su Lolita con una actriz adolescente? Los adultos que son