Asia Central va a perder en los siglos XVII y XVIII la iniciativa de la que gozó en etapas anteriores, ya que va a empezar a sufrir la presión de poderes exterio- res, tanto desde China con los Manchúes, como desde Rusia y el Imperio británi- co en la India, e incluso desde el Imperio persa safaví. Sin olvidar la importancia de janatos como el de Jiva y Bujara, que llegan a finales del siglo XVIII a conver- tirse en estados bien organizados, aunque ya por poco tiempo. El nacimiento de Afganistán, integrado por tribus y etnias hostiles unas a otras, data de media- dos de ese siglo. En el nuevo Estado se daban cita iranios, afganos, tayikos, pata- nes (o pastunes), turcos, uzbekos, mongoles, kazaras y otros. De una especie de “milagro histórico” califica Michael Barry en su libro Le Royaume de l’insolence.
L’Afghanistan. 1504-2001, el surgimiento de este Estado que aparece en la en-
crucijada de dos Imperios aún en formación, convertido en una pieza esencial del “Gran Juego” que se desarrollará más tarde entre rusos y británicos por la hegemonía en la zona.
El Asia Central sufrirá la doble presión ejercida de un lado por Rusia, en su intento de abrirse una salida hacia el Océano Índico, y de otro por Gran Bretaña, obsesionada por la protección de las vías de comunicación hacia su imperio de la India. Afganistán vive como estado tapón entre los dos imperios. Los británicos, vecinos desde sus posesiones en la India, alternarán una política de expediciones militares con otra de donación de subsidios a los gobernantes para controlarlos de este modo. Desde 1826 será Durrani Dost Muhammad quien se convierta en sah y emir de Kabul. La rivalidad ruso-británica en la zona llevará a Rusia a ins- trumentalizar a Irán para incitarle a atacar Herat (en el oeste del actual Afganis- tán) en 1837. Los británicos reaccionarán enviando tropas a Kandahar y Kabul, provocando la huida de Dost Muhammad. Una insurrección en 1841 obliga a eva- cuar el país a los británicos, que padecerán en la huida una derrota histórica, con unas 16.000 víctimas, el peor desastre británico de todo el siglo.
Tras este episodio la política inglesa va a cambiar en la zona, reconociendo en el trono a Dost Muhammad, a quien otorgan subsidios para que domine sobre
las tribus. Este período es el de construcción de Afganistán. Aunque por un lado ceda Peshawar a los británicos, recuperará Kandahar en 1855, y la orilla sur del Amu Daria en 1859, tras anexionar Herat en 1863, recuperada a los persas que la habían tomado de nuevo. Pero a la muerte de Dost Muhammad, su hijo Shir Ali (1863-1879) se sentirá amenazado por los rusos, que conquistan el Turkestán, protegen el emirato de Bujara y amenazan a Afganistán en 1868. La presión rusa sobre Kabul en 1878 lleva a Gran Bretaña a establecer una suerte de protectora- do sobre Afganistán, tras la subida al trono del nuevo emir Yaqub, hijo de Shir Ali, que firmará un tratado por el que cede al Imperio de la India tierras del entorno de Peshawar. Una nueva insurrección en Kabul contra los británicos termina con la ocupación por éstos de la capital. Yaqúb abdicará entonces y se exiliará en la India.
En esta coyuntura un primo de Yaqúb, Abdurrahmán, exiliado en Samarkan- da, se hace proclamar en 1880 emir de Kabul. Tolerado por los británicos, de los que recibe fondos y armas, y tutelado por ellos en su política exterior, conseguirá asentar las fronteras del Afganistán moderno, acabando con las resistencias de diversos pretendientes, y extendiendo colonias de pastunes en territorios po- blados por uzbekos o tayikos. Negociará en los años ochenta las fronteras del norte con los rusos, que le presionarán para que ceda el alto Badajchan en 1895 al emir de Bujara. A cambio, recibirá el apéndice de Wajan, a manera de estado tapón entre rusos y británicos. Por parte de éstos aceptará también los límites que le imponen en la frontera con el Imperio de la India, conocidos como la línea Durand (por sir Mortimer Durand), en 1890.
Al igual que pasó en el resto del mundo islámico durante el siglo XIX, también en la India surgieron movimientos islámicos de reforma. Entre ellos, fue muy im- portante el Muyáhidin del Sayyed Ahmad de Rae Bareli, conectado con la orden sufí Naqshabandiyya y con las predicaciones del jeque Ahmad Sirhindi. En los años veinte del XIX organizó una tariqa Muhammadiyya siguiendo el ejemplo del Profeta Mahoma en su hégira a Medina, abandonando la India por considerar que estaba dominada por paganos y estableciéndose en las provincias del Noroeste, donde llevó a cabo una yihad en contra de los sijs del Punyab orientada sobre todo contra su verdadero enemigo, el imperialismo británico. Otro movimiento religioso reformista tuvo lugar en la provincia de Bengala oriental, a donde ha- bían llegado los ecos del wahhabismo. El Háy Shariat Allah, que había vivido en La Meca en los primeros lustros del XIX, logró organizar el movimiento Faraizi, que se preocupó de impedir las influencias hinduístas en el islam de la época y de la zona a través de una predicación más preocupada de la renovación interior del individuo musulmán que del combate contra los británicos. Sus seguidores, tras su muerte en 1840, sí que se preocuparon de organizar una “fraternidad militar” que estuvo presente como un movimiento de resistencia durante gran parte del período de dominación británica.
La ocupación británica y la anglicización de las instituciones indias conlle- varon el declive de los musulmanes en la Administración y en la enseñanza. La lengua inglesa fue introducida en la madrasa de Calcuta en 1826 y los misioneros ingleses fueron adquiriendo posiciones en la educación en el país, lo que provocó el rechazo pero también el repliegue de los musulmanes, que protestaron sin éxito por la conversión del inglés en lengua oficial. Las lenguas indígenas como el persa y el urdu fueron languideciendo como lenguas de cultura. En Bombay y Madrás, sin embargo, los musulmanes lograron conservar cierta autonomía en la gestión de sus asuntos comunitarios, conservando sus tradiciones y no cediendo a la influencia cultural británica más que en la medida de sus necesidades comer- ciales. Pero el resultado global de este proceso fue que las elites musulmanas de diversas provincias, sobre todo aquellas donde constituían una minoría, fueron perdiendo posiciones, en parte también por la desconfianza de los británicos tras el apoyo musulmán que recibió la revuelta de los cipayos en 1857. Un dato reve- lador es que los musulmanes representaban, en lo que hoy es la región de Uttar Pradesh, alrededor de un 15 % de la población en 1850, mientras ocupaban el 72 % de los puestos del aparato judicial. Treinta años más tarde habían descendido al 46 %.
Transcurrido el tiempo, incluso en la región de Calcuta los musulmanes aceptarían la necesidad e importancia de la enseñanza británica para su comu- nidad, creando Asociaciones como la National Mohammedan Association (1856) y la Mohammedan Literary Society (1863). Influyó también en ello una actitud de los ingleses más abierta hacia los musulmanes tras revalorizarse la región de Oriente Medio con la apertura del Canal de Suez en 1869.