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15.7 SIM Registers

16.4.3 Transmission Format When CPHA = 1

Tras la Segunda Guerra Mundial la colonización va a retornar con su rostro más feo de represión y violencia en la Argelia de los acontecimientos de Setif de 1945, incapaz de integrar a la mayoría musulmana en un proceso de descentra- lización y democratización del país, marcando, como dirá Albert Camus, con la prolongada violencia colonial, la de la rebelión que se incuba y estallará en 1954. Una colonización que en Marruecos llevará al exilio al sultán Mohamed ben Yus- sef, que había ido acercándose cada vez más a las posiciones de los nacionalistas de su país. Únicamente en Túnez se darán pasos en los primeros cincuenta para acercar una autonomía interna que preparará la independencia. Será precisa- mente la guerra de liberación argelina la que precipite una política de apertura de Francia en Túnez y Marruecos, concediendo la independencia en 1956, lo que le permitirá concentrarse en un solo frente, el argelino, ya que en ese momento Francia está dispuesta a empeñarse en una guerra cruenta por defender una tie- rra que considera propia desde su conquista en 1830 y su anexión en 1848.

La construcción del Marruecos independiente plantea una carrera por el control del poder entre el Trono y el principal partido que dirigió la lucha de in-

dependencia: el Istiqlal. El Palacio busca reducir la influencia de los nacionalistas enfrentándolos entre sí y provocando la escisión del principal partido marroquí en la tendencia salafí dirigida por Allal el Fasi y la corriente laica de la Unión Nacional de Fuerzas Populares que liderará Mehdi Ben Barka. Por otra parte, el Marruecos reunificado integra mal las provincias del Norte que habían estado bajo protectorado español. Una rebelión va a estallar en 1958 en el Rif, revelando la especificidad de esta región no reconocida por un Estado construido bajo los patrones centralistas influidos por Francia.

La subida al Trono de Hasan II tras la muerte de Mohamed V en 1961 va a confirmar esta línea de mando acentuando su orientación conservadora. La Constitución que hace aprobar en 1962 reafirmará los poderes del monarca in- cluyendo su legitimación religiosa como amir al-muminin, un título que le per- mitirá intervenir en determinadas circunstancias por encima de los poderes constitucionales, que suspenderá a la primera ocasión cuando en 1965 estalle una revuelta popular que revela el malestar social tras una independencia que no había resuelto, pese a las esperanzas puestas en ella, los problemas de la so- ciedad marroquí. El estado de excepción que se inaugura va a durar cinco años y no hará sino confirmar un sistema corrupto basado en una nueva clase social de terratenientes y en una burguesía nacional que se aprovecha de sus posiciones en el Estado. Los dos golpes militares de 1971 y 1972 son una consecuencia de la crisis, por más que participen de un ambiente internacional en el que los gol- pismos eran norma en un mundo desgarrado por la Guerra Fría y las intrigas de las potencias.

La cuestión del Sahara occidental va a permitir establecer una alianza entre el Trono marroquí y la oposición en 1974, tras el divorcio de los años de excep- ción. La “Marcha Verde” fue una marcha pacífica de 350.000 voluntarios convo- cados por Hasan II en los momentos de la enfermedad final de Franco y la crisis de sucesión que planteaba, transportada hasta la frontera del Sahara para presio- nar y obtener así el traspaso de soberanía del territorio. Las negociaciones que concitó, en las que participó Mauritania, concluyeron con el Tratado de Madrid del 14 de noviembre de 1975, que repartió el territorio entre los dos vecinos, Ma- rruecos y Mauritania. Sin embargo, una parte de la población saharaui abandonó el territorio y se instaló en campamentos de refugiados en Tinduf, en el sur Arge- lino, próximo a la frontera del Sahara, constituyendo el embrión humano sobre el que el Frente Polisario habría de proclamar la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) el 26 de febrero de 1976, en el momento de producirse la retirada de las últimas tropas españolas del Sáhara.

Argelia consigue su independencia en 1962, logrando unificar un territorio que lo convierte en uno de los más extensos países de África. La incorporación de un inmenso Sahara, pleno de recursos en hidrocarburos, va a permitir que se

lance a un proceso de industrialización y de transformaciones económicas que lo van a convertir en una potencia regional clave en un continente en pleno proceso de independencias. Tras unos primeros años de tentativas autogestionarias, el Ejército, dirigido por el coronel Huari Bumedian, se va a convertir en la principal fuerza política del país, si bien detrás de la pantalla de un Frente de Liberación Nacional que ha dirigido la guerra de independencia y que sigue siendo un ecléc- tico abanico de tendencias, del progresismo al islamismo.

En Túnez, tras un breve interregno de “autonomía interna” que permitió a los tunecinos encaminarse hacia la independencia, la elección de una Asamblea Constituyente, en marzo de 1956, resultó copada íntegramente por el partido hegemónico, el Neo Destur, liderado por Habib Burguiba, denominado popular- mente el Combatiente Supremo (al-muyahid al-akbar), quien en julio de 1957 será aclamado como primer Presidente de la República.

En los años sesenta se ensaya una política de socialismo cooperativista bajo la dirección de Ahmed Ben Salah, sindicalista con una larga experiencia en la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), institución clave en la historia del país. Pero el fracaso de esta línea llevará a una apertura hacia el liberalismo económico, que producirá desajustes sociales que llevan a la huelga general del 26 de enero de 1978, la primera en la historia tunecina desde la independencia. El Ejército, que había estado retirado de la escena política, intervendrá en la re- presión.

Las elecciones anticipadas del 1 de noviembre de 1981 convocadas por el primer ministro, Mohamed Mzali, permitirá una apertura hacia el pluralismo, pronto truncada. El Movimiento de la Tendencia Islámica (MTI) de Rachid Gan- nuchi, no logrará sin embargo su reconocimiento, iniciándose un pulso entre el gobierno y el movimiento islamista que se prolongará en los años ochenta, pre- tendiendo resucitar la personalidad islámica del país, renovar el pensamiento islámico, devolviendo al islam al centro de una vida económica y política más hu- mana y justa. Pero el movimiento es acusado de explotar el sentimiento religioso y de practicar la violencia, y sus dirigentes van a ser encarcelados y condenados a duras penas de cárcel, acusados de atentar contra la dignidad del Jefe del Estado. El 7 de noviembre de 1987, el Primer Ministro Zin el-Abidin Ben Alí, antiguo director de la seguridad militar y nacional y exministro del Interior, depone al Presidente Burguiba por incapacidad física, implantando un nuevo régimen que busca la distensión interior y exterior desde sus primeros días con medidas de gracia que van liberando a condenados islamistas. El multipartidismo es autori- zado por ley, y se prepara un Pacto Nacional entre todas las fuerzas políticas en el que los islamistas del MTI participan. Pero tras unos años de reformas y de clima de paz civil interior, el régimen retornará a los mecanismos del régimen perso-

nalista amparado en un omnipresente partido, cuya nueva denominación será el Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD).

Un año más tarde de la caída de Burguiba, Argelia vivirá una situación de crisis acelerada por la caída de los precios del petróleo, con una deuda exterior de 26.000 millones de dólares que impide satisfacer el cuarto de millón de de- mandas de empleo anuales, lo que afecta muy especialmente a la juventud, más de la mitad de la población. El 5 de octubre la revuelta de la juventud se extiende por el país, desbordando al poder y obligando a intervenir, con gran violencia, al Ejército, en una represión que producirá medio millar de muertos. Esta revuelta será el punto de partida de un conjunto de reformas que el presidente Benyedid impondrá mediante plebiscitos: modificaciones en la Constitución el 3 de no- viembre, reelección como jefe del Estado el 22 de diciembre, tras la celebración de un congreso del FLN en el que se pretendió su flexibilización y, por último, la aprobación, el 23 de febrero de 1989, de una nueva Constitución, de corte liberal, que abandonaba el socialismo, garantizaba el derecho a crear asociaciones de ca- rácter político, privando de la primacía al FLN y silenciando el papel del Ejército como escudo de la revolución.

Las elecciones municipales del 12 de junio de 1990 dieron el triunfo a un partido islamista recién legalizado, apoyado en un viejo sustrato de reformismo religioso que procedía de los años treinta. El Frente Islámico de Salvación (FIS) re- cogió todo el voto de castigo de una población hastiada por casi 30 años de dicta- dura del FLN y obtuvo el control de 53 de los 54 ayuntamientos de las ciudades de más de cien mil habitantes y de 267 de los 317 municipios mayores de veinte mil. Una nueva victoria del FIS en la primera vuelta de las elecciones en diciem- bre de 1991, que le iba a asegurar la mayoría absoluta del parlamento, provoca miedo en el poder y en las cancillerías occidentales, llevando a la intervención del Ejército que obliga a dimitir al presidente Benyedid, suspende la segunda vuelta electoral y establece un directorio cívico-militar que inicia una etapa de inestabilidad que se prolonga a todo lo largo de los años noventa, con una guerra abierta entre el Ejército y las guerrillas islamistas que provocará más de 100.000 muertos.

La llegada de Abdelaziz Buteflika a la presidencia en 1999, retornado como salvador de un pasado que compartió con Bumedián, mitificado por los años de bonanza económica y por un prestigio internacional labrado por su defensa de los movimientos de liberación en el mundo, no ha conseguido sacar, en sus suce- sivos mandatos, a este país de la crisis en la que se haya sumido.

Libia había sido el primer país del Magreb en alcanzar la independencia. La ocupación colonial italiana que se inició en 1911, fue sustituida desde enero de

1943 por un control directo de la administración militar británica. La población libia, bajo el impulso y liderazgo de la cofradía sufí Sanusiya, empieza a cobrar conciencia de la posibilidad de la independencia con la unificación de sus tres regiones, Tripolitania, mediterránea y limítrofe con Túnez; Cirenaica, vecina de Egipto y Sudán; y el Fezzán, sahariana como parte de la anterior y contigua a Ar- gelia y Níger. El Partido del Congreso Nacional, obtendrá el 1 de junio de 1949 de Inglaterra (potencia ocupante tras la guerra mundial en sustitución de Italia), la independencia de un Emirato bajo la autoridad del monarca sanusí Idris.

La Constitución de 1951 establecía una monarquía hereditaria y federal, con doble capitalidad en Trípoli y Bengasi y con fuertes poderes para el monarca que, pronto, tras la denuncia de fraude en las primeras elecciones, suspendió a los partidos. En 1953 se concedieron los primeros permisos de explotación pe- trolífera, lo que puso el país bajo influencia extranjera, produciendo profundas transformaciones sociales.

El desarrollo del naserismo, a las puertas de Libia, hace emerger un grupo de “Oficiales Libres”, liderados por el coronel Muammar al-Gadafi, que dará el 1 de septiembre de 1969 un golpe de estado que se propuso el dominio de los recursos nacionales, la libertad y el progreso, la liberación de Palestina, el anti- imperialismo y la unidad árabe “del Golfo al Océano”. Se instituyó un Consejo del Mando de la Revolución, integrado por doce militares y se proclamó la Repúbli- ca Árabe Libia. Esta se transformará en la Yamahiriya Libia Árabe Socialista en 1977, tras una revolución populista que institucionaliza el poder de las masas preconizado por el Libro verde, escrito que su autor, el coronel Gadafi, presenta- ría como la “Base política de la Tercera Teoría Universal”.

Tras unos años de radicalismo político, acusado el régimen libio por las po- tencias occidentales de fomentar el terrorismo, y tras un ataque militar de los Estados Unidos en 1986, el país iniciará una política de moderación a raíz de la guerra del Golfo en 1991.

En Marruecos, los años que suceden a la Marcha Verde están dominados por cierta euforia “unanimista” que no oculta incertidumbres sociales y políticas que empezarán a ser patentes desde 1981. La crisis económica obligará a un Plan de Ajuste Estructural de la economía que provoca nuevas tensiones sociales e impide una evolución política. Presiones internacionales llevarán a Hassan II a la búsqueda de la “alternancia”, un sistema que permitiera un relevo en las eli- tes dirigentes facilitando el acceso al gobierno de la antigua oposición política. Dos cambios constitucionales en 1992 y 1996 van en esta dirección, y permitirán una cierta apertura pero sin lograr sacar al país del autoritarismo. La alternancia llega formalmente tras las elecciones de 1997, pretendiendo al mismo tiempo restañar las heridas del pasado, con el nombramiento de Abderrahmán Yusufi,

compañero de Mehdi Ben Barka, el viejo opositor desaparecido en París en 1965. La muerte de Hassan II, acaecida poco después, en julio de 1999, hizo que la alternancia jugase un papel de moderador en la sucesión al trono. Los años suce- sivos estarán marcados por ciertas reformas implantadas por Mohamed VI, que consagrará un cierto espíritu de apertura, pero se mostrará incapaz de aportar soluciones a corto plazo para devolver el profundo escepticismo entre sus súb- ditos, abocados a la emigración, el paro o, en algunos casos a la radicalización islamista.

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