if (value is bool ) {
1.8.6.3. Code-behind
En los años sesenta del siglo pasado se profetizó el fin de las ideologías (Shils, Lipset, Daniel Bell, Fukuyama, Huntington) como la panacea del proceso civilizatorio. La caída del muro de Berlín en 1989 mostró las in- congruencias igualitarias del socialismo real, y facilitó la expansión de un neoliberalismo triunfante que propugnaba un pensamiento único y globali- zado basado en el mito del libre mercado. La izquierda y la derecha se convirtieron en partidos acaparadores o «atrapalotodo». Con el colapso actual del capitalismo financiero, incapaz de resolver desde sus propios postulados los problemas que ha generado (arrastrando en su caída a los estados y su función de garantes de derechos y libertades), se constata la ineficacia del neoliberalismo para regular de forma equilibrada las relacio-
nes económicas, así como su incompatibilidad con el mantenimiento del Estado social y democrático de derecho.
Muchos historiadores nos recuerdan que todas las guerras se justifican con múltiples y dispares escusas, pero que se disfracen de motivos religio- sos, políticos, étnicos, terroristas o derechos humanos tienen en común un fin económico. En tiempos en que las grandes guerras son descabelladas e impopulares, y los nuevos desequilibrios pos-guerra fría se resuelven a cos- ta de intervenciones militares coloniales con paraguas ONU, las guerras como ciclo maldito refundacional de destrucción-construcción del propio capitalismo se vuelven más sofisticadas.
Hoy en día, manteniéndose el fin económico como objetivo último, los ataques se realizan en forma de especulaciones bursátiles, OPAS, deudas, ayudas-rescate, diferenciales, etc. La solvencia real de una sociedad, cuyos indicadores son su capacidad de trabajo, su ahorro, su optimismo, su rela- ción con sus instituciones y su confianza en el común quedan dilapidados ante la desbandada y jaula de tiburones en que están inmersas las elites locales y transnacionales. Son guerras que en principio no matan. Parece que las crisis sólo ahogan, como un gas invisible, que genera pesimismo y causa graves impactos en personas y sociedades, pero son muchos los ca- dáveres que va dejando en el camino, entre otros el del estado democrático y social.
En este nuevo escenario, corporaciones privadas y estados se atacan —a veces solapados de ayuda— unos a otros en un contexto de «excepción permanente». Desde el 11-S, en el ámbito militar y policial estamos vivien- do la «excepción» contra el terrorismo y contra los movimientos sociales que cuestionan «ésta» globalización. En el ámbito de la salud, la Farma- industria gestiona los pánicos de las pandemias (VIHS, vacas locas, gripes aviar, NH1, pepinos, etc.). En el terreno económico, la excepcionalidad, se encarna con la palabra «crisis» pero esta vez agudizada y sobrepasada por la propia realidad. Se juntan ahora al menos dos crisis económicas. A la propia de la «burbuja inmobiliaria» se añade la del capitalismo, como cri- sis de mercados y como crisis de sostenibilidad. Un sistema que para su reproducción se basa en el crecimiento y en la necesidad de nuevos mer- cados pone en peligro los recursos y la gobernanza mundial.
Son también tiempos de «agencias evaluadoras» y test de stress: en la universidad (Bolonia), en las empresas, en los estados, «las agencias» deci- den quiénes son los buenos (sumisos a sus doctrinas) y los malos. Quiénes
pagan y quiénes cobran. En aras de supuestas excelencias, calidades, y competitividad se destruye lo público y colectivo, se crea desigualdad, y se despide. Todas las agencias están en la misma red de auto-avales, y con los mismos objetivos: convertir todo lo que tocan en algo mercantil, o sea, comprable o vendible, con independencia de su impacto en sociedades y personas. La educación, la cultura, la sanidad, la justicia, la información… la libertad, todo tiene un precio y, abandonada la meta de la universalidad, habrá que copagarlo.
A río revuelto, se consolida la figura del «depredador»1 que actúa como voraz «emprendedor» en la dirección de corporaciones o como accionista que busca la máxima rentabilidad sin interés en el control «ético» de su inversión. La sensación de bandidaje empresarial y corrupción política se extiende. En los actuales sistemas democráticos, las instituciones y princi- palmente los partidos, jueces y cargos políticos se convierten en el objetivo a presionar y corromper sin tener el sistema democrático suficientes herra- mientas (leyes) o defensas para impedirlo. Los intermediarios del «asalto» suelen ser las grandes corporaciones de la publicidad-información. Los go- biernos ya no se forman en función de los méritos profesionales o vocacio- nales para gestionar un determinado programa. Las carteras ministeriales se reparten por cupos en función de intereses de bancos y empresas por ser- vicios prestados o favores futuros. Si no es suficiente, se impone uno más duro, formado directamente por euro-tecnócratas. Es ingenuo pensar que a las empresas se les puede exigir un fin social, y aunque alguna se disfrace de ello a través de su Obra, Fundaciones, o imagen corporativa, esa fun- ción altruista no está escrita en ninguna norma fundacional del liberal-ca- pitalismo. Por el contrario el estado democrático, el de todos/as, sí tiene el objetivo de garantizar la paz y el bienestar a su ciudadanía, y se le presu- pone o exige una equilibrada gestión económica. Sin embargo, los políti- cos y funcionarios que privatizan lo público, desvían fondos públicos en la
1 El depredador es definido por Ziegler (2003) como «banquero, el alto responsable de una sociedad transnacional, operador del comercio mundial. Acumula dinero, destruye el estado, destruye la naturaleza y los seres humanos, y pudre mediante la corrupción a los agentes que aseguran los servicios en el seno de los pueblos que él domina». En el caso de nuestro país, el especulador inmobiliario entraría en esta categoría. Nos dice este autor que los depredadores, a partir de cierto volumen de negocios, no actúan conforme a la moral. Cuando lo consideran conveniente, difaman, desacreditan, desle- gitiman la competencia reguladora del mercado. Como dice Ziegler, «su progresión constante, la supervivencia y la expansión de su imperio exigen una conducta amoral».
ayuda a bancos y empresas, y los que proyectaron obras faraónicas (aero- puertos, urbanizaciones, AVEs, campos de golf, etc.) inflando presupuestos, quedan en su mayoría impunes. No se investiga, se deja prescribir la causa o finalmente se les indulta. El círculo vicioso nos muestra que cuando se recortan los servicios públicos, reduciendo su cobertura o calidad y despi- diendo a interinos y precarios, va dejando de tener sentido el pago de im- puestos y aumenta con ello la economía subterránea. Esta forma defensiva de supervivencia social a la crisis supone menos fiscalidad y menor recau- dación de la seguridad social, lo que agrava el déficit.
Cuando la «excepción» se hace permanente, se convierte en norma, y toda resistencia es considerada como anti sistémica. Con este panorama, surge la pregunta: Y la ciudadanía ¿qué hace? ¿Cuál es la respuesta de los gobernados al secuestro del sistema democrático? Aparentemente la res- puesta movilizadora, creciente desde el 2009, seguía siendo discreta. Hay que resaltar que, en contextos de «estado de excepción económica» o cri- sis, la ciudadanía no se comporta según la lógica del comportamiento libre y racional. En un contexto de paso de las relaciones salariales a las relacio- nes de deuda y crédito crece el recelo hacia las instituciones. El miedo a los recortes, al paro y la dependencia de las hipotecas lleva al individuo a la desconfianza hacia sus iguales, con tendencias a sucumbir a las ideas del populismo y a su refugio en las redes del poder y del caciquismo local. Desencantado de la ética de la izquierda (y sus llamativas corrupciones) se entrega al discurso de la derecha, que se enriquece —históricamente— a cara descubierta. Ante la acelerada desvertebración social (Touraine) inicia- da en los 90, que conlleva el progresivo desprestigio de lo público como forma de organización social, en pro del «libre» mercado, la respuesta inicial del individuo es de perplejidad, desconfianza e impotencia. Igual- mente lo colectivo, como capacidad común de acción y transformación, aparece como algo tedioso, y, en definitiva, inútil. Si añadimos a eso, la burocratización de partidos y sindicatos y la falta de organizaciones repre- sentativas que encaucen el malestar social, el terreno está abonado para que la acción aflore sólo como opción individual desesperada (Ver Adell, 2010).
Los movimientos sociales altermundistas llevan denunciando desde fi- nales de los noventa las limitaciones eco-sistémicas del desbocado consu- mo y la necesaria implicación mundial de gobiernos y ciudadanos para la solución de los presentes y futuros desequilibrios. La desmovilización llega en plena opulencia de consumo, al creerse algunos que la prosperidad
(deuda) era algo infinito y universal. Cuando llegó la crisis, los peores au- gurios se convirtieron en realidades que sobrepasaron a los propios movi- mientos. De movimientos iniciadores en la capacidad de denuncia («pepi- to grillo») pasaron a ser considerados «gafes». La anticipada denuncia de unos pocos concienciados pasó a ser la realidad de muchos afectados, hasta ese momento reacios a admitirlo. Como afirma Jaime Pastor, «con su expresión pública de la indignación popular frente a ese verdadero «estado de excepción económica y social» que se ha instaurado desde la fatídica jornada del 9 de mayo de 2010 en Bruselas, el Movimiento 15-M está po- niendo de manifiesto la profunda crisis de legitimidad que afecta a la polí- tica que surge de las instituciones representativas» (Pastor, 2011).
Somos conscientes de que la cantidad de datos, sucesos, indicadores y argumentos que indican que la sociedad global, y especialmente la española, está viviendo importantes e inciertos procesos de cambio social es infinita e incluso agobiante. Damos por cerrada la descripción del contexto social dado la profusión de interesantes trabajos que analizan la situación descrita y la rapidez con la que se suceden los datos y acontecimientos. Estos diagnósti- cos, anunciados desde los noventa, entre otros muchos, por el economista- activista Ramón Fernández Durán (2006, 2011), fueron en general desoídos
Durante bastante tiempo, el desánimo y la impotencia han sido la res- puesta (o mejor dicho, la no respuesta y silencio) a los derroteros de la crisis. Desde la sociología crítica (de la que aún queda bastante), se reivin- dica el necesario conocimiento de los problemas sociales con vistas a su consciencia y solución, y la necesidad de ser escuchados en su futura re- solución y posible mejora. Para ello, la concurrencia de todos, como «agentes de cambio social» es perentoria. La deconstrucción del discurso, como necesidad intelectual, se contrapone al proceso de selección de las instituciones confabuladas con al discurso más «globalizante». El mercado no paga o difunde malos augurios que impidan su crecimiento sostenido (que no sostenible). Sólo se aceptan y difunden las visiones benevolentes, el ciclo lento del «hiperpresente». La nueva ciencia y academia, la de los bolonios, no permite la crítica de la razón, borra el conocimiento del pasa- do cargado de experiencias, y no ofrece tampoco un futuro (con la idea de progreso en crisis). El conocimiento oficial queda enajenado al mejor pos- tor, a las incertidumbres y al riesgo.
En este artículo analizaremos la presencia de la indignación en la apro- piación de espacios, en especial en la calle, y su impacto como generador
de nuevos estilos de la protesta y, cómo no, en lo que supone el llamado 15-M como «aldabonazo en las conciencias» en tiempos de transformación y en un entorno con cierta apatía y desapego hacia las instituciones clásicas. 2. PRECEDENTES DE LA INDIGNACIÓN
El 15-M salta a los medios tras la disolución de una sentada-acampada de cuarenta personas como colofón de una manifestación de jóvenes con la consigna de «Toma la calle» y el lema «No somos mercancía, en manos de políticos y banqueros».
La manifestación triplicó la asistencia registrada en la anterior convoca- toria del 7 de abril, con igual recorrido (Atocha/Benavente)/Sol) y motivos similares.2 Las anteriores manifestaciones, convocadas por similar «conjun- to de acción» (Jóvenes Sin Futuro, Democracia Real Ya, Vivienda Digna, etc.) se remontan a mediados de la década (2007), y a los tiempos de cre- cimiento económico, cuando los becarios-precarios —mileuristas— que- rían ser fijos o los jóvenes tener su propia vivienda.
Las dinámicas de la movilización nos muestran que el 15-M entronca perfectamente con las movilizaciones altermundistas iniciadas en los no- venta, tiempos de «nube de mosquitos» o «enjambre de abejas» en cada contra-cumbre. Por entonces, y de forma ingeniosa, se describía a los pro- tagonistas como «indígenas, indigentes e indigestos». Pedro Ibarra los des- cribía así: «Los argumentos que nuclean el discurso ideológico de estos tres sujetos, en oposición al globalismo, son los siguientes. A juicio del indíge- na, el globalismo es una ideología rechazable porque tiende a la uniformi- zación planetaria de todos los seres humanos y que atenta contra los mo- dos organizativos, culturales y políticos de las distintas comunidades del planeta. El argumento del indigente es ligeramente diferente: a su juicio, el globalismo es una ideología rechazable porque justifica no sólo al aumen- to de la desigualdad económica entre ricos y pobres, sino incluso al au- mento del número de personas pobres en todo el planeta, Finalmente, el argumento del indigesto afirma que el globalismo es una ideología recha- zable porque atenta contra la propia dignidad natural del ser humano, ya
2 Para su convocatoria se hizo una gran tirada de pegatinas y carteles con los siguientes lemas: «Si no puedo trabajar, como voy a cotizar», «Salvan los bancos, destruyen la educación», «Seguimos sin casa», «Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo».
que concibe a éste como un simple objeto al que se le pueden modificar de forma artificial sus necesidades más básicas. Aparentemente, estos tres sujetos coinciden en que el globalismo es la ideología que enmascara y facilita, respectivamente, la eliminación de los indígenas junto con el au- mento de los indigentes y de los indigestos» (Moreno/Ibarra, 2001, 4)
Asimismo por sus formas expresivas, como veremos, supone la continui- dad del fenómeno urbano de «Reclama las calles» (Reclaim The Streets) nacido en gran Bretaña en 1998 con motivo de la cumbre del G-8 en Bir- mingham. En el contexto de nuestro país, el 15-M se enraíza además en la masiva movilización del «lo llaman democracia y no lo es» gritado en fe- brero-marzo del 2003 con el inicio de la guerra contra Irak y con los acon- tecimientos del 13-M (2004) tras el desgraciado suceso del 11-M. Por tanto:
Indígenas + Indigestos + Indigentes + CRISIS= Indignados
Estaríamos ante una vuelta a las acciones locales (pensando globalmen- te) del altermundismo, convertida ya la crisis en un problema próximo. A los indigestos, se une rápidamente la legión de Anonymous. Muy unido al ciberactivismo y a los hacklab, la imagen de V de Vendetta se extiende. Con mayor presencia en las redes que en la calle, se convierte en uno de los símbolos globales de la «resistencia a las corporaciones», Como afirmó el filósofo Daniel Bensaïd, «la indignación es un comienzo. Uno se indig- na, se levanta y después ya ve».
¿Por qué se produce en esta ocasión la conexión entre actores y opinión pública?
La irrupción del 15-M en una campaña electoral en donde se preveía un bipartidismo aplastante con unos discursos similares y ajenos a la reali- dad social de la crisis convirtió a los indignados en el único actor capaz de denunciar los atropellos de los recortes y dar un giro a la situación. La in- clusión en las listas de imputados por corrupción encendió la chispa. En un primer momento no había propuestas, tan sólo se intentaba mostrar el ma- lestar y señalar a los culpables, a los (grandes) banqueros y a los políticos (corruptos). Al grito de «No hay pan para tanto chorizo» se fueron uniendo gentes al movimiento. Se asemejaba más a una «revuelta del pan» o motín que a un proyecto político concreto. En algunos momentos parecía un mo- vimiento neo-constitucionalista, reivindicando artículos (de reunión, dere- cho a trabajo y vivienda, etc.) con propuestas de enmiendas a la Constitu-
ción y reformas electorales. Los menos propusieron la anarquía o la Repú- blica como huida hacia delante. Algunos, los más jóvenes, soñaron direc- tamente con su spanish-revolution. En todo caso, ante el extendido miedo de la precariedad, supuso un antes y después al grito de «que no/ que no/ que no tenemos miedo». Las manifestaciones a ritmo de batucada recogían progresivamente a transeúntes —efecto flautista de Hamelín— en sus im- previsibles y zigzagueantes recorridos, Los pocos panfletos distribuidos eran leídos y guardados, a diferencia de las convocatorias más clásicas. Un sentimiento de movilización histórica, por su tardanza y necesidad, se iba extendiendo, en forma de pacífica rebeldía.