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El derecho de manifestación incluye la ocupación pacífica y temporal del espacio público como protesta ante un poder real o simbólico. Cuando la ocupación es real (de un espacio físico), y sin limitación temporal (hasta que consigan su objetivo), o deja de ser pacifica (o «salubre») se rompe «el ritual» de lo convencional. Cuando la acampada echa raíces, desde el po- der se opta por ignorarla en espera de lograr el cansancio de los protagonis- tas o terminar por reprimirla. En contextos no democráticos, suponen algo más que un desafío simbólico, y suelen acabar con su violento desalojo con un alto balance de víctimas. Recuérdese aquí a los cerca de 2.000 estudian- tes que murieron al aplastar el gobierno chino la acampada de Tian`An Men el 4 de junio de 1989. Igualmente en la plaza de Tahir de el Cairo, a día de hoy, cerca de medio millar de personas han fallecido en las incursiones, choques y desalojos de la plaza desde que empezó la ocupación.

En los llamados contextos democráticos, con libertades y derechos civi- les, proliferación de medios de comunicación y estrategias de negociación en el conflicto, la proliferación de acampadas ha sorprendido e incomoda- do a los poderes. Tras la «sorpresa» inicial por las nuevas formas de protes- ta (acampadas, sentada-asamblea, «que no tenemos miedo», pacifismo- gesticulación, sin convocantes ni líderes, etc.) la gestión del conflicto ha tenido múltiples expresiones, muchas de ellas contradictorias, fruto de la improvisación del propio movimiento.

Como era de esperar, la experiencia de los actores (indignados-medios- policía) se ha internacionalizado y ha creado una hoja de ruta de la indig- nación, de la gestión policial y del tratamiento mediático de los «estilos

15-M». En cada país se ha ido adaptando la respectiva cultura, legislación y coyuntura. Por ejemplo, en Occupy Wall Street de Nueva York, los jóve- nes descubren que las plazas son en su mayoría privadas, que el uso del megáfono está prohibido, que pueden ser «pescados» (rodeados y anilla- dos) si se manifiestan a pocos metros de un escaparate o que les castigan su actitud contestataria con gas pimienta. Todo ello, con profusión de ban- deras USA. La internacionalización ha sido posible gracias a internet, como herramienta de convocatoria y debate. «En todos estos episodios dispares se repiten temas y formas. En el horizonte está la autogestión de la vida, pasando de políticos profesionales. En el núcleo de la acción están internet y las redes móviles. Es mediante las formas autónomas de comunicación que la gente ha podido autoorganizarse, coordinarse y suscitar un debate democrático de ideas, sueños y propuestas» (Castells, 2011).

Por parte de las fuerzas de seguridad, se observa una paciencia genera- lizada a la vez que cierto nerviosismo, según la fase de la indignación, o al cuerpo policial interviniente, o de la ciudad de la que hablemos. Así, por ejemplo, la carga de los mossos en la plaza de Catalunya de Barcelona fue a todas luces desproporcionada y evidenció, ante el mundo, una vez más, cómo se lleva gestionando el orden público-seguridad ciudadana en Cata- luña, en la última década, desde las contra-Cumbres altermundistas. En Madrid, se acusó a Rubalcaba y a la delegada del gobierno de permisivi- dad. Conforme avanzan los días, el estrés, cansancio, y el despliegue de la «acampada policía» (la policía toma la plaza) causan incredulidad en las policías ante el estilo de manifestaciones que deben gestionar y las órdenes contradictorias que reciben. Son muchos, pacíficos y generan simpatía. A ello se añade que, con semejantes despliegues policiales, la tasa de repo- sición del «control policial» es mucho menor que la de los manifestantes, que, como se comenta más adelante en este mismo artículo, es mayor dado que el colectivo potencial de simpatizantes de los «indignados» (en su término más amplio) se acrecienta en paralelo a la crisis.

Las nuevas interrelaciones del común buscan espacios propios. Para ello practican la ocupación de espacios públicos y la okupación de espa- cios sin uso. A ello se refiere Ángel Calle cuando alude a «lo que podría- mos llamar una rebelión de las h.a.ma.c.a.s.: Herramientas de Acción Ma- siva para Cuidados desde la Auto-gestión Social. Espacios destinados al encuentro y al cultivo social de útiles dirigidos a la satisfacción de nuestras necesidades básicas. Sean estos espacios del tipo que sean: centros, orga- nizaciones, plataformas, convocatorias; formales o informales; etc. Es decir,

sin una (nueva o renovada) cultura política que permee cualquier fenóme- no de recomposición de nuestros vínculos sociales y se destine a una re- beldía material, afectiva, expresiva y de relaciones con la naturaleza, no podremos pensar en trascender el actual sistema que, repito, gozaba de un capital de legitimidad considerable antes de la crisis.» (Calle, 2011, 47).

Por tanto, la acampada como tipo de movilización socio-política es atí- pica pero no es nueva. Según datos propios, sobre este tipo de movilizacio- nes en los últimos 25 años en Madrid, tenemos al menos 42 casos locali- zados. Los convocantes, los motivos y las circunstancias son diversos. En el ámbito sindical, por ejemplo, tenemos las de los trabajadores de Santa Bárbara (1994), de Rebecasa (1998), Panrico (2003), etc. Respecto al movi- miento vecinal, demandas como las de los vecinos de los Huertos de Va- llecas pidiendo viviendas de alquiler (1991), vecinos contra el derribo de chabolas en el poblado de La Mica (1996), por el realojo de La Ventilla (1996), contra la tala de árboles (1998), por el enterramiento de las líneas de alta tensión (2001). En el ámbito altermundista, también acamparon en La Vaguada mujeres en solidaridad con el campamento de Greenham Common (1984), los insumisos (1994, 1996), los solidarios con los okupas de la Guindalera (1997), o contra la Europa de Maastricht (1996), o contra la guerra de Irak (2003). Sin olvidar a los comerciantes de San Blas (1995) contra un hipermercado, o a los Médicos MIR (1994, 1995).

Pero, sin duda, las más conocidas, por su impacto y duración, son dos. La acampada contra la pobreza del 0,7% PIB (17-09-1994, 1996, 1998)3 que duró 64 días, y la de los trabajadores de Sintel (29-09-2001),4 contra

3 El movimiento de solidaridad por 0,7% del PIB para las ayudas al tercer mundo recurrió en varias ocasiones a las acampadas como forma de visibilización. De las que protago- nizó en Madrid la Plataforma de Ongds del 0,7%, liderada entre otros por Pablo Oses y Pepe Mejía, destaca la del 17 de septiembre de 1994. Lograron que el ministro Solbes anunciase que se aprobaría el 0,35% para 1995 (73.000 millones de pesetas más que en 1994), pero luego se incumplieron las promesas. Se celebraron otras múltiples acam- padas en el resto del estado, con gran repercusión en los medios.

4 El llamado «campamento de la esperanza» de los trabajadores de Sintel contra la reduc- ción de plantilla de 1.800 a sólo 600 trabajadores y por el cobro de la nómina, de casi un año, adeudada por la empresa filial de Telefónica. Recibieron el apoyo generalizado de la ciudadanía, a través de alimentos, dinero, actos, etc. Las tiendas de campaña se convirtieron en casetas. El 4 de agosto decidieron levantar el campamento tras conse- guir un Plan de Empleo y el pago de los salarios atrasados. El libro, «Sintel, callejero de la esperanza» y la película «el efecto Iguazú» (con un premio Goya) reflejan perfecta- mente la experiencia humana y la lucha de aquel colectivo de trabajadores.

el cierre de su empresa y por su futuro, que alcanzó los 183 días. Ambas se desarrollaron en el Paseo de la Castellana ante los ministerios de econo- mía e industria, respectivamente.

Plano 1

Plano 2

Volviendo al 15-M, la «Acampada Sol» se plantó en el Km.0 y por tan- to en el centro de Madrid y centro simbólico del estado. En Madrid, por su centralidad, es la plaza con más movimiento de transeúntes y una gran capacidad como caja de resonancia (como ya dijo Fernando VII, «una pa- tada en la Puerta del Sol retumba en toda España»).

Durante los 79 días que duró la acampada y punto de información, se rehicieron desde «la organización» al menos cuatro planos logísticos de la distribución de infraestructuras en la plaza. En las dos siguientes imágenes vemos el primero y el último, con una diferencia de cinco días. La confi- guración espacial nos muestra, a su vez, la propia organización de la acampada con sus respectivas comisiones y estructuras y cómo se va afian- zando espacialmente la «okupación» de la plaza convertida en Epicentro Social de la Protesta. También se delimita la zona de libre acampada de tiendas («Quechuas»).