Personificaciones espacializadas del extran amiento con la sociedad tecnocra tica, represora, individualista y consumista delineada durante la Posguerra, sobre todo en los paí ses del capitalismo avanzado, las nuevas contraculturas espaciales guardaron similitudes y retomaron una serie de caracterí sticas de aquellas experiencias que las
72 Surgido en India, el término Ashran designa una comunidad intencional cuyo principal propósito es
el desarrollo espiritual de sus miembros por medio de prácticas y estudios religiosos. En general, un Ashran es guiado por un líder espiritual, o gurú, que es detentor de una determinada tradición. Uno de los Ashran más conocidos en el mundo es el “Sabarmati”, fundado por Mahatma Gandhi en 1917 y considerado uno de los marcos más importantes para el movimiento independentista de India (fue desde allá que la famosa “Marcha de la sal” tuvo inicio). También es válido mencionar el hecho que durante los años de la contracultura (y mismo después), vivir en un Ashran e iniciarse en las practicas del yoga y de la meditación transcendental, o aún seguir alguna tradición religiosa, pasó a ser una experiencia relativamente común para una parcela de la juventud occidental, en especial aquella proveniente de los países desarrollados. Como ejemplo de esto, en 1968, hasta los Beatles pasaron un tiempo en un Ashran.
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precedieron. Sin embargo, informadas por la profundizacio n de las contradicciones y por las nuevas cuestiones surgidas en el instante en que la sociedad moderno- industrial se adentraba en la zona crí tica indicada por Lefebvre, las comunas pasaron a tener tambie n otras influencias, preocupaciones y objetivos, especí ficamente en lo que se refiere a la bu squeda por una relacio n social con la “naturaleza” distinta de la que se torno dominante a lo largo de la modernidad occidental. En relacio n a este aspecto, las mu ltiples crisis ambientales engendradas por el avance te cnico-cientí fico de la Posguerra, en conjunto con la escalada de la corrida armamentista y el uso de armas de destruccio n masiva (siendo la “bomba ato mica su ma s “notable” expresio n) llevaron al entendimiento de que el camino adoptado por la civilizacio n moderna e industrial la estaba llevando directamente hacia su autodestruccio n. “La tierra estaba enferma y necesitaba ser curada”, solí a decirse, y la “supervivencia” de la humanidad y del planeta solo serí a posible por medio de una subversio n radical de la estructura de pensamiento y de las pra cticas hegemo nicas – un intento que, como dejaba claro Theodore Roszak (1972), estarí a bajo la responsabilidad de la juventud.
En medio a este contexto de toma de consciencia de que la racionalidad industrial habí a “devastado a la naturaleza” y todo lo que era el dominio de la “naturalidad” (Lefebvre, 2004), surge la necesidad (emancipadora) de repensar y superar la manera como se entendí a la relacio n “hombre-naturaleza” en la modernidad, considerada no so lo como una de las grandes responsables por el incremento de la degradacio n ecolo gica, sino que tambie n por la fragmentacio n y el vaciamiento de la vida moderna. En ese sentido, Herbert Marcuse, uno de los ma s influyentes autores para la “generacio n de 1968”, afirmaba que bajo un escenario de destructibilidad general institucionalizado presentado por la moderna “sociedad tecnocra tica”, se hací a urgente transcender un “principio de realidad” obsoleto y luchar por una transformacio n profunda, capaz de incidir tanto en las instituciones y en las relaciones fundamentales de la sociedad establecida, como en la estructura de cara cter predominante entre los individuos. Fundamentando su argumentacio n en determinadas categorí as freudianas, Marcuse defendí a la necesidad de alterar la estructura de la sociedad industrial avanzada, en que la satisfaccio n se encuentra relacionada a la destruccio n (Thanatos – el deseo de aniquilar la vida), y avanzar en el sentido de “erotizacio n de la vida”, es decir, del impulso de preservar y proteger cosas vivas. En este sentido:
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El propio movimiento ecolo gico se revela, en u ltimo ana lisis, como un movimiento polí tico y psicolo gico de liberacio n. Es polí tico porque confronta el poder del gran capital, cuyos intereses vitales son amenazados por este movimiento. Es psicolo gico porque (y ello es un punto muy importante) la pacificacio n de la naturaleza exterior, la proteccio n del medio ambiente, tambie n pacificara la naturaleza interior de los hombres y de las mujeres. Un ambientalismo bien sucedido subordinara , dentro de los individuos, la energí a destructiva a la Energí a ero tica (Marcuse, 1977) (Loureiro, 1999, p.152).73
Por lo tanto, la “cuestio n ambiental” – directamente asociada a Eros y (al menos en principio) radicalmente contraria al Ethos progresista hegemo nico – emerge con vigor y se constituye en una de las mayores contribuciones de los movimientos contraculturales de los an os 1960 para la renovacio n del pensamiento crí tico. En este sentido, el deseo de erotizar la vida y superar el sentimiento de vací o y extran amiento experimentado al interior de las sociedades capitalistas “keynesianas-fordistas” avanzadas, se tradujo inmediatamente en el incremento de nuevas contraculturas espaciales, inspiradas directamente por un ambientalismo que partí a de una crí tica a la sociedad tecnolo gica e industrial (tanto en la esfera capitalista como en la esfera socialista), considerada cercenadora de las libertades individuales, homogeneizadora de las culturas y principalmente destructora de la naturaleza (Diegues, 1994).
Retomando con vigor determinados aspectos del pensamiento uto pico, esta nueva corriente de ambientalistas contraculturales creí a que para contener el “eminente colapso ambiental” que se avecinaba, serí a necesario poner un freno al desarrollo industrial y, paralelamente, organizarse para edificar una nueva sociedad compuesta por pequen as comunas descentralizadas, autogestionadas e integradas entre sí . En relacio n a lo anterior, uno de los exponentes ma s importantes de la contracultura, el estadounidense Theodore Roszak (1972), sostení a que la formacio n
73 Traducción libre, del original en portugués: “O próprio movimento ecológico revela-se em última
análise como um movimento político e psicológico de libertação. É político porque confronta o poder combinado do grande capital, cujos interesses são ameaçados por esse movimento. É psicológico porque (e isto é um ponto muito importante) a pacificação da natureza exterior, a proteção do meio ambiente, também pacificará a natureza interior dos homens e das mulheres. Um ambientalismo bem sucedido subordinará, dentro dos indivíduos, a energia destrutiva à energia erótica”.
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de las comunas deberí a ser el objetivo final de la juventud de los an os 1960, afirmando que el futuro de todo lo que defendí an los movimientos de contestacio n de aquella e poca, dependí a del e xito de tales experiencias.
Fruto directo de las manifestaciones que agitaran el final de los an os 1960, la segunda etapa de las contraculturas espaciales tuvo inicio en la Costa Oeste de los Estados Unidos. No obstante, en un breve lapso espacio-temporal, las comunas se tornaron algo usual en muchos otros lugares y paí ses, acompan ando el propio desdoblamiento del movimiento contracultural (principalmente hippie). Y, en su movimiento de expansio n desigual, la segunda etapa de las contraculturas espaciales eventualmente acabo llegando a Ame rica del Sur, donde entre 1970 y 1980 las comunas se constituyeron en microsco picos enclaves libertarios, desarrollados en un contexto de represio n y recrudecimiento de la violencia del Estado promovido por las dictaduras militares. De un modo general, estas comunidades se ubicaban en lugares “escondidos” o (hasta entonces) apartados de los grandes centros urbanos, como El Bolso n, en la Patagonia Argentina, o Alto Paraí so, en el planalto central brasilen o.
Igual que lo que fue verificado en los momentos anteriores, la tradicio n pacifista, el distanciamiento de la perspectiva de lucha de clases y el reclamo a la “fuerza del ejemplo”, siguieron siendo las principales estrategias utilizadas por las nuevas contraculturas espaciales para el cambio social. Sin embargo, una vez ma s, este tipo de experimentacio n no logro afirmarse temporal y espacialmente, mucho menos establecerse como una alternativa viable y real capaz de transcender la escala de los particularismos – aunque militantes – y ayudar a la construccio n de una nueva utopí a social. Malogradas casi siempre por los mismos motivos que llevaron al fracaso de sus predecesoras del siglo XIX, la gran mayorí a de estos proyectos comunitaristas no logro resistir ma s de unos pocos an os, sucumbiendo a la misma velocidad con que fueron creados. De todos modos, aunque sea cierto que la mayor parte de las experiencias establecidas en aquel momento no haya durado mucho tiempo, no se puede negar el hecho de que algunas comunas ma s organizadas y bien estructuradas consiguieron traspasar las dificultades y los conflictos impuestos por la praxis, mantenie ndose activas e influyentes hasta los dí as actuales, ayudando a crear las bases de la etapa ma s reciente del movimiento de contraculturas espaciales.