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En un contexto marcado por constantes crisis econo micas y revueltas sociales, por la agudizacio n de los problemas promovidos por el doble proceso de industrializacio n y urbanizacio n, y por profundos cambios en la estructura polí tica europea, particularmente en los paí ses del capitalismo avanzado como Francia e Inglaterra, la primer mitad del siglo XIX es testigo del surgimiento de aquellos experimentos que pueden ser considerados los “proto- proyectos” de las contraculturas espaciales, los cuales, de un modo general, se hallaban insertos en la lo gica de los grandes sistemas socialistas (posteriormente apodados por Marx y Engels como “uto picos”) desarrollados por figuras como Robert Owen y Charles Fourier.

Las experiencias pioneras llevadas a cabo teniendo como base los fundamentos del socialismo uto pico, juntamente con otras tantas sustentadas en los ma s variados

67 Traducción libre, del original en portugués: “A industrialização (…) converte-se em realidade

dominada no curso de uma crise profunda, às custas de uma enorme confusão, na qual o passado e o possível, o melhor e o pior se misturam”.

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modelos y sistemas de pensamiento, colaboraron para configurar la primera ola de contraculturas espaciales, que gano fuerza sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y se caracterizo por la brevedad de los proyectos en cuestio n y por el hecho de que la mayorí a de ellos fue idealizada en Europa pero concretizada lejos de sus fronteras. El punto de partida de esta primera gran fase de eclosio n y diseminacio n de las contraculturas espaciales puede ser identificado luego despue s de la “Primavera de los Pueblos de 1848”, momento en que el movimiento obrero gana fuerza y madurez, pero que, contradictoriamente, las ideas provenientes del pensamiento uto pico – que llegaron a gozar de gran prestigio entre las clases obreras hasta la de cada de 1840 – fueron relegadas a una posicio n marginal en la lucha popular contra el capitalismo.

Ahora bien, si a partir de aquel instante el pensamiento uto pico pierde fuerza, sobre todo entre las clases ma s oprimidas, que prefirieron centrar su atencio n en objetivos ma s concretos y programa ticos, utilizando otras estrategias de lucha y de organizacio n, ¿co mo explicar el hecho de que es justamente durante la segunda mitad del siglo XIX el perí odo en que se verifica el surgimiento de la mayorí a de las contraculturas espaciales? La respuesta para esta cuestio n debe ser buscada entre aquellos individuos provenientes de los medios intelectuales y de las clases medias urbanas europeas, para los cuales las fisuras abiertas durante la consolidacio n del capitalismo y del industrialismo, sumados al rechazo a la “violencia revolucionaria”, expusieron la necesidad de superar los valores fundantes de la sociedad burguesa y edificar una sociedad “completamente nueva” por medio de otros me todos. Así , para ellos, no bastaba con asumir el control del Estado, era necesario modificar toda la estructura del pensamiento y de las pra cticas sociales vigentes en el occidente moderno. Adema s, la transformacio n amplia y radical de la sociedad debí a ser realizada mediante medios pací ficos y no por la lucha de clases (de ahí la importancia de crear experimentos concretos y puntuales de organizacio n social y produccio n espacial capaces de servir como ejemplos).

Provenientes casi siempre de la petit burgeoise europea e influenciados directamente por el bucolismo roma ntico del final del siglo XVIII, por diferentes teorí as anarquistas y socialistas y, en algunos casos, por concepciones milenaristas, estos individuos poseí an una agenda polí tica bastante ecle ctica y que contemplaba el elogio al pacifismo, al comunitarismo y al “retorno a la naturaleza”, así como profundas criticas al industrialismo, al capitalismo y a las instituciones burguesas (como el Estado, la familia, etc.). Sin embargo, llevados a la marginalidad de los movimientos antisiste micos y obreros de su tiempo, y completamente desilusionados

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con la posibilidad de poner sus ideas en pra ctica en Europa, la solucio n adoptada fue buscar otros lugares para su concretizacio n. De esto resulta que el continente americano – idealizado roma nticamente como un lugar idí lico “prí stino”, lejos de los “vicios” de la civilizacio n europea moderna y que, por esto, reuní a las condiciones ideales para el establecimiento de una nueva sociedad – paso a ser el lugar por excelencia donde se materializo la enorme mayorí a de las contraculturas espaciales del siglo XIX. Este movimiento fue particularmente fuerte en los Estados Unidos, donde fueron experimentados una gran variedad de proyectos socioespaciales basados en el pensamiento uto pico. Es interesante sen alar que en aquel paí s, las contraculturas espaciales pioneras se sumaban a inu meras comunidades fundadas anteriormente por religiosos, como los Amish y los Menonitas, adema s de algunos proyectos “solitarios” como los que emprendio el escritor Henry David Thoreau en 184568. Ame rica Latina tambie n fue un importante escenario para la materializacio n

de proyectos uto picos como estos, aunque en menor proporcio n en comparacio n a los Estados Unidos.

De todos modos, es importante recalcar que, aunque numerosas, la mayor parte de las experiencias creadas en aquel momento no logro existir por mucho tiempo, siendo disueltas despue s de unos pocos an os de duracio n. Los motivos de esta brevedad son mu ltiples y no sera posible aquí detallarlos mejor, apenas destacar algunos de ellos, tales como la falta de experiencia o mismo ineptitud con las pesadas labores y ritmos de la vida agrí cola (au n ma s en lugares extran os y con condiciones que se mostraban tan diferentes de aquellas encontradas en Europa), la difí cil adaptacio n a un proyecto comunitarista y libertario, adema s de los desentendimientos y quiebres internos surgidos en el dí a a dí a. En otras palabras, tal como denunciaban Engels y Marx en El manifiesto comunista 69, los valores burgueses continuaban

demasiado arraigados en aquellos emigrantes para que fuesen simplemente abandonados u olvidados, lo que dificultaba la realizacio n de una verdadera

68 El estadounidense Henry David Thoreau es considerado una de las mayores influencias del pacifismo

(sus ideas sobre desobediencia civil ejercieron gran influencia para Mahatma Ghandi, Martin Luther King, etc.) y también de los movimientos ecologistas que de cierta forma promovían la “vuelta a la naturaleza” surgidos especialmente a partir de los años 1960. Uno de sus libros más conocidos, Walden, o la vida en los bosques, escrito en 1854, es un relato de la experiencia en que él vivió estando solo por un poco más de dos años a las orillas del lago Walden, en Massachusets (Estados Unidos).

69 En esta obra, los fundadores del materialismo histórico y dialectico acusaban los socialistas, por ellos

apodados utópicos, de no fundamentar científicamente sus críticas al capitalismo, prefiriendo basarse en una condena moral al mismo. Además de ello, criticaban el hecho de que acostumbraban ignorar por completo la lucha de clases, buscando crear su “nuevo evangelio social” gracias a la “fuerza del ejemplo”, a través de la creación de pequeñas experiencias que al final terminaban fracasando.

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comunidad de bienes y dejaba la experiencia demasiado vulnerable frente a los problemas internos y a las presiones externas. Adema s, recuerda Harvey (2006):

La carga impuesta a los trabajadores por medio de cambios radicales en la divisio n del trabajo y en las condiciones ambientales exigirí a un nivel de entusiasmo y de compromiso destinado a disminuir con el pasar de los an os. Y, observa Marx con perspicacia, unas pocas centenas de personas no pueden establecer y dar continuidad a una situacio n de vida comunitaria sin asumir una naturaleza excluyente y sectaria (p.48)70.

Sea como fuere, a pesar de los problemas y las contradicciones experimentados al momento de su concretizacio n, estos corajosos experimentos no fueron en vano, sus errores y aciertos ayudaron, de cierta manera, a avanzar en la crí tica a lo cotidiano fragmentado y alienado experimentado en el seno de la sociedad moderno-industrial, sirviendo, adema s, como fuente de inspiracio n para generaciones futuras de contraculturas espaciales. De este modo, las semillas potencialmente emancipadoras plantadas por aquellos primeros proyectos, no se perdieron ni fueron destruidas, germinando una y otra vez a lo largo de la primera mitad del siglo XX, cuando hubo importantes intentos de llevar adelante experiencias basadas en lo gicas y valores que divergí an de aquellos tornados hegemo nicos, como por ejemplo los Kibutzim71, las

comunidades macknovistas erguidas en Ucrania despue s de la revolucio n de 1917, las cooperativas anarquistas creadas en Espan a durante la de cada de 1930, en plena

70 Traducción libre, del original en portugués: “(...) o ônus imposto aos trabalhadores por meio de

mudanças radicais na divisão do trabalho e nas condições ambientais exigiriam um nível de entusiasmo e de compromisso fadado a se reduzir com o passar dos anos. E, observa com perspicácia Marx, “umas poucas centenas de milhares de pessoas não podem estabelecer e dar continuidade a uma situação de vida comunitária sem assumir uma natureza excludente e sectária”.

71 Los primeros Kibutzim fueron fundados en Israel en el comienzo del siglo XX, mezclando los ideales

del socialismo utópico con los del sionismo. A lo largo de la historia, los Kibutzim desempeñaron un papel crucial en la constitución y expansión territorial del Estado de Israel, pasando a conformar parte integrante de la identidad cultural del país. Ahora bien, una vez instrumentalizados y utilizados en favor de los propósitos expansionistas del Estado israelí, el aspecto de contraposición al status quo tendió a desaparecer, motivo por el cual aquí no son considerados contraculturas espaciales (a pesar de influenciarlas y también ser influenciados por ellas).

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guerra civil, e, incluso, algunos Ashrans72 fundados en India. En el perí odo

inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial tambie n se constata el surgimiento (aun cuando de forma descontinu a y puntual) de una serie de experimentos comunitaristas de cara cter libertario y cooperativista, algunos de los cuales perduran hasta los dí as actuales, como el caso de la Comunidad del Sur, fundada en Montevideo, Uruguay, en 1955.

No obstante, aunque estos proyectos socioespaciales experimentales hayan sido ma s o menos comunes hasta los an os 1950, lo cierto es que ellos ocurrieron en contextos histo rico-geogra ficos muy distintos y especí ficos, adema s tuvieron orí genes y siguieron caminos bastante diferentes entre sí , no habiendo, de este modo, un hilo capaz de unirlos ma s firmemente. Así , solamente es posible hablar de una renovacio n del movimiento de contraculturas espaciales al final de la de cada de 1960, cuando las condiciones histo ricas presentadas en aquel momento estimularon el surgimiento de un sinnu mero de proyectos comunitaristas alternativos, “en revuelta contra el desencanto del mundo, la cuantificacio n de todos los valores, la mecanizacio n de la vida y la destruccio n de la comunidad” (Lo wy, 2002, p.22). En ese sentido, las nuevas contraculturas espaciales, que pasaron a ser conocidas popularmente como “comunas”, se tornaron bastante difundidas en el mundo occidental entre los an os 1960-1970, constituye ndose uno de los elementos ma s recordados y reconocidos de la “era hippie”.