Jean-Pierre Fléchard Éste es el tango de los militares joviales
De los alegres vencedores de aquí y de allá Éste es el tango de los famosos ¡Vete a la guerra! Éste es el tango de los sepultureros.
Boris Vian
La guerra que a mí me gustaría hacer, mi coronel, es la del 14-18. George Brassens
Tomemos las armas y pónganse en marcha. Anónimo
Hay dos municipios franceses muy singulares. Uno de ellos es el único que no tiene erigido en su plaza principal un monumento a los muertos de la guerra de 1914-1918, por haber regresado vivos del frente sus 15 movilizados. El otro, Gentioux, en Creuse, posee un monumento a los muertos que nunca fue inaugurado oficialmente. En efecto, representa a un escolar señalando con el dedo la inscripción ¡Maldita sea la guerra! Todos los demás poseen un monumento a sus muertos, lo que revela mejor que la frialdad de las cifras la amplitud de la masacre. En este mismo ámbito, añadamos que la placa dedicada a los muertos de la guerra del 14 en el hall del ayuntamiento de Bezons, lleva la inscripción Guerra a la guerra, odio al odio. Ningún municipio francés, con una única excepción, escapó pues a la gigantesca carnicería, que de 7'8 millones de
movilizados durante más de cuatro años, cerca del 30% de la población francesa activa, dejó en los campos de batalla 1'4 millones de muertos y envió a sus hogares a más de un millón de inválidos.
La influencia del lobby militar-industrial, el cártel internacional de la pólvora A partir de 1904, los antagonismos se intensifican, las pasiones nacionales se exacerban, las crisis se multiplican y se agravan, ya sea a propósito de Marruecos, ya de los
Balcanes, hasta que en 1914 el atentado de Sarajevo desencadena la temida catástrofe, la guerra europea.
La situación general y el equilibrio de fuerzas se encontraban modificados en Europa, no solamente por la entente anglo-francesa, sino también por las derrotas que
simultáneamente (1904-1905) padecía Rusia en el Extremo Oriente. Guillermo II y su canciller Bülow intentaron aprovechar el debilitamiento de Rusia para romper la entente cordial.
Pese al continuo desarrollo de la potencia alemana, Guillermo II, al igual que Bismark, estaba obsesionado por el miedo al cerco. El acuerdo entre Francia e Inglaterra,
completado con una alianza con Rusia y acuerdos con Italia y España, le pareció amenazante para sus proyectos de expansión alemana. Empujado por sus consejeros, Bülow y Holstein, emprendió una gran ofensiva diplomática, dirigida de forma simultánea hacia Francia y hacia Rusia.
Alemania ejerció sobre Francia una acción brutal de cariz belicoso, oponiendo prácticamente un veto a su política marroquí: el discurso del káiser en Tánger, y la posterior dimisión de Delcassé tuvieron sobre la opinión pública francesa el efecto de un nuevo Fachoda, de una humillación nacional. Guillermo II prodigaba por el contrario palabras amigables al zar, dolorido por la derrota y por la revolución; de esta manera lo condujo a la entrevista de Bjórkoe, donde fue firmado un pacto secreto de alianza germano-rusa, preludio de una gran liga continental de la que Alemania sería líder. Esta política no produjo los resultados previstos. El pacto de Bjórkoe, incompatible con la alianza francesa, quedó en letra muerta. La conferencia de Algeciras (1906),
convocada a petición de Alemania para zanjar el problema marroquí, rechazó la mayor parte de las pro-posiciones alemanas, y confió a Francia y a España la vigilancia de los puertos marroquíes. La entente cordial, lejos de ser quebrada, se hizo más estrecha; es más, se convirtió en triple entente, después de que Rusia e Inglaterra, mediante el acuerdo de 1907, hubieran arreglado todos sus litigios asiáticos. En Alemania aumentó la obsesión del cerco. La atmósfera europea se tornó tormentosa. Una segunda
conferencia de paz en La Haya (1907) no consiguió frenar la carrera de armamentos, navales y terrestres.
El antagonismo austro-ruso se encona en los Balcanes (1908-1909)
Las cuestiones políticas y nacionales que se planteaban en los Balcanes y en Europa central eran más graves todavía que los litigios coloniales, porque ponían en juego la existencia misma de los imperios turco y austro-húngaro y, por contrapartida, las bases del equilibrio europeo.
De estas cuestiones, las más graves eran la de Macedonia, región que seguía en manos turcas pero de población mezclada y codiciada por Bulgaria, Grecia y Serbia; la cuestión de Bosnia, provincia turca gobernada por los austriacos, pero poblada por serbios, donde el nacionalismo serbio comenzaba a pro-pagarse; la de los estrechos -del Bósforo y de los Dardanelos- que Rusia, encerrada en el mar Negro, quería abrir a su flota de guerra. Después de los fracasos en Extremo Oriente, la política rusa, bajo la dirección del ministro Isvolski, retornaba a sus objetivos tradicionales en los Balcanes. Ahora bien, en 1908 estalló una crisis balcánica, provocada por la Revolución turca: el Partido Nacional Joven (PNJ) turco se adueñó del poder y obligó a Abdul Hamid a aceptar una constitución (el sultán, tras haber intentado reconquistar el poder, fue depuesto al año siguiente). Para poner término a la agitación yugoslava, Austria,
dirigida por un ministro audaz, Aerenthal, decretó la anexión de Bosnia-Herzegovina. Bulgaria aprovechó igualmente la crisis para proclamarse independiente. En cuanto a Isvolski, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo obtener de las potencias la apertura de los estrechos.
La anexión de Bosnia --era una violación del estatuto establecido en Berlín en 1878-- trajo como consecuencia una crisis europea. Estuvo a punto de estallar la guerra entre Austria y Serbia, cuyas aspiraciones nacionales tenían la mira puesta en las provincias anexionadas. Rusia, descontenta con su fracaso, apoyó a los serbios, hasta el día en que la amenazante intervención de Alemania la obligó a ceder, lo mismo que a Serbia, y a reconocer el hecho consumado (1909). Nada parecía poder resistirse al poderío alemán.
Para establecerse en Marruecos, Francia debe ceder una parte del Congo (1911) En Marruecos, tras nuevos incidentes (a propósito de alemanes desertores de la Legión extranjera), Alemania concluyó un acuerdo económico con Francia (1909). Pero este acuerdo funcionó mal. Cuando, para romper el bloqueo al sultán y a los europeos asediados por rebeldes, entraron las tropas francesas en Fez (1911), Alemania declaró violado el estatuto de Algeciras y, para obtener compensaciones, envió un navío de guerra a Agadir (en la costa sur de Marruecos).
Esta vez se enfrentó con enérgicas resistencias. Inglaterra vetó cualquier establecimiento alemán en Marruecos. Pero el Gobierno francés (Caillaux) era partidario de una solución pacífica; las negociaciones franco-alemanas, aunque
entrecortadas por gritos de guerra, condujeron a un acuerdo: a cambio de la libertad de acción en Marruecos, Francia cedía a Alemania una parte del Congo francés (1911). En lugar de producir un apaciguamiento, este acuerdo no hizo más que exacerbar las pasiones y el antagonismo franco-alemán. Alemania, para intimidar a sus adversarios, aumentó su armamento. En Francia, después de tantas alertas, no se querían sufrir más intimidaciones: el ministro Poincaré, partidario de una política de firmeza, estrechó, con nuevos acuerdos, los vínculos de Francia con Rusia e Inglaterra (1912).
La crisis se extiende de Marruecos a Tripolitania, y después a los Balcanes (1911- 1913)
Entre 1911 y 1914, se suceden las crisis en Europa, que como atrapada en un engranaje fatal, se encamina ciegamente hacia la catástrofe. El establecimiento de Francia y de España en Marruecos tuvo como contra-partida inmediata el de Italia en Tripolitania (1911). Pero la expedición de Trípoli engendró una guerra italo-turca (1911-1912), en el curso de la cual los italianos ocuparon Rodas y las islas del Dodecaneso.
Por su parte la guerra italo-turca engendró una guerra en los Balcanes. Se había formado una liga balcánica --Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro-- bajo la égida de Rusia. La debilitada Turquía fue atacada por la coalición y vencida en todas partes; los búlgaros
sólo fueron detenidos ante las líneas de Chataldja, a tan sólo 30 kilómetros de Constantinopla (1912).
El desmoronamiento de Turquía reanimó por último todas las rivalidades europeas y balcánicas. Austria, dueña de Bosnia, no quería a ningún precio una gran Serbia, hacia la cual sus súbditos serbios se sentirían forzosamente atraídos. Para mantener alejada a Serbia del Adriático, creó el principado de Albania. Por otra parte, la partición de
Macedonia dio lugar a una segunda guerra balcánica (1913): los búlgaros, con un ataque precipitado, intentaron aplastar a los serbios. Fracasaron y fueron ellos mismos vencidos por una coalición de Serbia, Grecia y Rumania. El Tratado de Bucarest dio Silistria a los rumanos, Salónica a los griegos, y Monastir con una gran parte de Macedonia a los serbios. Los turcos no conservaron en Europa más que Constantinopla y Andrinópolis. Esta pacificación no sería duradera. Entre la política austriaca y las reivindicaciones nacionales serbias, no había ningún acuerdo posible. Las relaciones de Rusia con Austria y Alemania no cesaban de empeorar. Todas las potencias, inquietas,
intensificaban su armamento (leyes militares de 1913 en Alemania y en Francia). Se había llegado al punto en que cada uno de los grupos antagonistas, confiando en sus propias fuerzas, estaba resuelto a no ceder un milímetro ante el otro.
Tras el atentado de Sarajevo, la guerra austro-serbia provoca la intervención rusa y la guerra general
El 28 de junio de 1914, fueron asesinados en Sarajevo, Bosnia, el archiduque heredero de Austria y su esposa. El asesino era un bosnio, pero el atentado había sido preparado en Belgrado. (Se supo posterior-mente que a la cabeza del complot se encontraba un oficial del estado mayor serbio, el coronel Dimitrievich, jefe de una poderosa sociedad secreta, la Mano Negra.)
Austria, impaciente desde hacía mucho tiempo por atacar a Serbia, había estado hasta entonces retenida por Alemania. Esta vez obtuvo su apoyo. En entrevistas secretas en Postdam (el 5 y 6 de julio), y en un consejo en Viena (el 7 de julio), fue sopesado y aceptado el riesgo de una guerra europea. Guillermo U, es cierto, juzgaba la guerra como poco probable (el zar no sostendría a los regicidas) y daba por descontada la neutralidad de Inglaterra, con la que estaba a punto de concluir un acuerdo colonial. Bruscamente, el 23 de julio, Austria presentó un ultimátum a Serbia, cuyas exigencias eran deliberadamente inaceptables. Pese a una respuesta muy conciliadora (y un llamado al arbitraje), el 25 de julio se produjo la ruptura austro-serbia, y el 28 la declaración de guerra a Serbia.
La localización del conflicto, exigida por Alemania, se revelaba ya entonces imposible. Rusia, decidida a no dejar aplastar a Serbia, comenzaba sus preparativos militares. En vano el Gobierno inglés, muy pacífico, multiplicaba las ofertas de mediación. Alemania las rechazó primero, y posteriormente se adhirió sólo cuando la neutralidad inglesa comenzó a parecerle dudosa (29-30 de julio). Demasiado tarde. La intransigencia austriaca hacía el juego a los estados mayores, impacientes por actuar. Rusia decidía el
29 de julio la movilización parcial, y el 30 la movilización general. Alemania respondía el 31 de julio con un doble ultimátum, a Rusia y a Francia, seguido el primero de agosto con una declaración de guerra a Rusia, y luego el 3 de agosto con otra declaración de guerra a Francia.
Apenas empeñado el conflicto, la Triple Alianza se desmembró, mientras que la Triple Entente se reafirmaba. Italia invocó el carácter puramente defensivo de la Triple Alianza para permanecer neutral. El Gobierno inglés, muy dividido e indeciso, únicamente se compro-metió en un comienzo a defender las costas francesas de la Mancha (2 de agosto). La violación por las tropas alemanas de la neutralidad belga lo decidió a romper con Alemania (4 de agosto) y a lanzarse a fondo; "¡Sólo por un trozo de papel!", exclamó el canciller alemán Bethmann-Hollweg (alusión a los tratados que garantizaban la neutralidad belga).
Paralelamente a las grandes maniobras político-militares, la gran industria europea no olvidó organizarse para hacer recaer en los gobiernos y en los pueblos el peso de su expansión. En ella, el nacionalismo y el patriotismo no fueron de recibo, lo único que cuenta es el negocio. De esta manera se organizó una verdadera "internacional", que extendía sus ramificaciones por todos los futuros países beligerantes.
Bastarán dos ejemplos:
1. La organización internacional de fabricantes de pólvora, explosivos y municiones: -Trust Nobel (Gran Bretaña)
filiales Inglaterra 7 Alemania 5 Japón 1 -Rhein-Siegener (Alemania) 3 fábricas
-Fábrica de pólvora Köln Hottweiler (Alemania) -Diversas fábricas alemanas de armas y de municiones. -Société Frangaise de la Dynamite (Francia)
-Société Générale pour la Fabrication de la Dynamite (Francia) -Société franco-russe de la dynamite (Francia)
2. La industria siderúrgica:
-United Harvey Steel Company (sociedad siderúrgica multinacional) -Vickers & Armstrong (Gran Bretaña)
-Krupp & Stumm (Alemania) -Schneider-Le Creusot (Francia)
-Societa degli alti forni Fondiere Acciane di Terni (Italia) -Participaciones por intermedio de Krupp y Schneider: -Skoda & Plisen (Austria)
Acuerdos parciales de limitación de competencia: -Le Creusot-Krupp-Armstrong-Krupp
Evidentemente mantienen vínculos con los fabricantes de armas, especialmente con: -Deutsche Waffen-und-Munitions Fabriken in Berlin
-Waffenfabrik -Ateliers de Doellingen Filiales : Alemania - Mauser: 1.985.000 M Düren (metalurgia): 1.000.000 M Bélgica
-Fábrica Nacional de Armas de Guerra de Herstal: 3.000.000 de acciones Francia
-Sociedad Francesa para la Fabricación de Rodamientos: totalidad del capital Situación financiera de los dos principales beligerantes en 1914:
ALEMANIA FRANCIA
Población 67 millones 39'6 millones
Renta nacional 400.000 millones 325.000 millones Ingresos nacionales 52.500 millones 36.500 millones
Renta per cápita 5.970 F 8.207 F
Ingreso per cápita 783 F 946 F
Producción (en millones de toneladas) en 1914
Hulla Acero Hierro-colado
Alemania 191 18 12 Austria-Hungría 15 5 4 Francia 41 4 9 Rusia 35 4 5 Gran Bretaña 292 9 11
Gracias a estas dos internacionales, que sólo son el ejemplo más evidente, pues fueron imitadas por los suministradores de intendencias, los constructores de vehículos, los fabricantes de ropa, etc., la guerra se iba a revelar como un excelente negocio para la gran industria internacional, que se servirá de su influencia para que dure el mayor tiempo posible, atizando las pasiones nacionalistas gracias a una prensa financiada por ellos, ya sea abiertamente o de manera oculta.
La guerra europea tomó las proporciones de un inmenso cataclismo. Se extendió por el mundo entero, pero fue en Francia donde alcanzó su máxima intensidad y causó los mayores estragos; y fue en Francia donde la potencia alemana debió finalmente capitular.
La coalición de los imperios centrales (reforzada en octubre de 1914 con Turquía) parecía muy inferior a una coalición que englobaba a Francia, los imperios ruso y británico, Bélgica, Serbia, e incluso a Japón. Pero Inglaterra sólo poseía un pequeño ejército; el Ejército ruso, muy numeroso, estaba mediocremente organizado; todo dependía de la resistencia que Francia ofreciese al potente Ejército alemán.
Imágenes de la destrucción provocada por la Primera Guerra Mundial Alemania intenta aplastar a Francia y está a punto de conseguirlo
El plan de Alemania era lanzarse sobre Francia con casi todas sus fuerzas, y ponerla rápidamente fuera de combate, para virarse después contra Rusia. Sin duda no disponía, como en 1870, de una gran superioridad numérica, pero sí contaba con la superioridad de su preparación técnica, de sus formaciones de reserva, de su artillería pesada de campaña, de su artillería de asedio (cañones de 420), y finalmente del efecto sorpresa que debía producir su maniobra por Bélgica. El Ejército francés poseía un material superior de artillería ligera, la 75; pero carecía casi por completo de artillería pesada; sus infantes en pantalón rojo constituían un blanco fácil; se les había instruido en una táctica temeraria de ofensiva a ultranza a la bayoneta.
La primera gran batalla, llamada de las fronteras, tuvo lugar del 20 al 23 de agosto. Los dos adversarios habían pasado a la ofensiva. El estado mayor alemán, comandado por Moltke, quería rodear las fortificaciones del este y desbordar al ala izquierda del Ejército francés: a este efecto forzó el campo fortificado de Lieja y lanzó cinco de los siete ejércitos en Bélgica. El estado mayor francés, comandado por Joffre, quería paralizar la maniobra enemiga con un ataque fulminante en Lorena y en las Ardenas. Pero la ofensiva francesa, aventurada en terrenos difíciles, fue quebrantada en
Morhange (20 de agosto), y en las Ardenas (22 de agosto). El ala derecha anglo- francesa, atacada en Charleroi et Mons y amenazada de cerco, consiguió librarse del mismo y batirse en retirada (23 de agosto).
La victoria alemana tuvo como consecuencia la pérdida de Bélgica y la invasión de Francia. Los alemanes, obsesionados por el miedo a los francotiradores, toma-ron terribles medidas represivas (saqueo de Louvain y de Dinant).
El plan alemán fracasa en el Marne, y más tarde en el Isar
Sin embargo, el objetivo apuntado, la aniquilación de las fuerzas francesas, no fue alcanzado. Con un avance rápido, los alemanes se esforzaron en envolver las alas del adversario, o de empujarlas a la frontera suiza. Pero en Lorena, desde el 29 de agosto, fueron mantenidos a raya; los otros ejércitos franceses se replegaron metódicamente, hasta el día en que el temerario avance del ala derecha alemana (Von Kluck)
proporcionó al gobernador de París, Gallieni, la ocasión de un ataque de flanco (5 de septiembre).
Al llamamiento de Joffre, todos los ejércitos franceses e ingleses retomaron la ofensiva (6 de septiembre). Tras varios días de lucha los alemanes, amenazados con ver su ala derecha rota y cortada en dos, se batieron en retirada hasta el Aisne, donde se
atrincheraron. La victoria del Marne tuvo como efecto no solamente el repliegue de los alemanes, sino también el desmoronamiento de su plan inicial; ello tuvo también un gran alcance moral y devolvió a Francia la confianza en sí misma.
Intentando desbordarse mutuamente por el oeste, los dos adversarios acabaron por extender sus líneas hasta el mar. Tras la toma de Anvers (9 de octubre), los alemanes intentaron nuevamente dar un golpe decisivo apoderándose de Calais; pero todos sus asaltos fueron rechazados delante de Ypres y del Isar por las fuerzas aliadas, puestas bajo la dirección de Foch (octubre-noviembre). De este modo, y contrariamente a todas las previsiones, la campaña de 1914 terminaba en el oeste sin resultados decisivos. Lo mismo ocurría en los demás frentes. En el este los rusos, que habían invadido Prusia oriental para aliviar a Francia, sufrieron un desastre en Tannenberg (29 de agosto), pero derrotaron a los austriacos en Lemberg, en Galitzia (septiembre). En Polonia, alrededor de Varsovia tuvieron lugar sangrientas batallas sin resultado (noviembre-diciembre). En el mar, los alemanes no se atrevieron a arriesgarse en grandes batallas navales; se limitaron a una guerra de corso, y posteriormente a la guerra submarina. Finalmente, si bien no pudieron impedir que los aliados conquistaran sus colonias, la alianza turca les permitió emboscarse en los estrechos y amenazar Egipto.
A la guerra de movimiento le sucede la guerra de trincheras
Igualmente agotados, los ejércitos se inmovilizaron frente a frente en atrincheramientos improvisados que formaron una línea continua, 780 kilómetros del mar del Norte a la frontera suiza. De este modo la guerra se transformó en una guerra de trincheras.
De una parte y de otra, se trabajó sin descanso en reforzar las organizaciones defensivas: alambradas, abrigos excavados bajo tierra o construidos con hormigón, sucesión de líneas en profundidad, barreras de tiro, flanqueos de ametralladoras. Se volvió al uso de armas que convenían al combate de cerca, granadas y lanzabombas, las armas defensivas abandonadas desde la Edad Media, los cascos de acero. Pero también por las dos partes se trabajó en perfeccionar los medios ofensivos para perforar las líneas enemigas: la artillería pesada y sobre todo la aviación se desarrollaron en proporciones colosales. Se afanaron en inventar nuevos ingenios, capaces de producir un efecto sorpresa fulminante: los alemanes hicieron uso en 1915 de líquidos
inflamables y de gases asfixiantes; los franceses y los ingleses construirían a partir de 1916 carros de asalto o tanques, montados sobre cadenas de acero. Para fabricar todo esta enorme cantidad de material de guerra, hubo que multiplicar las industrias bélicas; la guerra tomó cada vez más un carácter científico e industrial.
Izda.: soldados con máscaras antigás; Dcha.: la vida en las trincheras.
Como consecuencia, se convirtió también en una guerra económica. Inglaterra, dueña de