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5.2 Extending the Practical Usability of the COD System

5.2.1 Viewing Direction Estimation

Francois Delpla La matanza de la Primera Guerra Mundial ha colocado al capitalismo en el banquillo de los acusados, a los ojos de la humanidad. Tanto por el papel de los intereses financieros en la génesis del conflicto, como por la diligencia de la industria en suministrar medios exponencialmente crecientes a la muerte. La contestación radical al capitalismo

conocida como comunismo es por ende uno de los frutos principales de este enfrentamiento.

Tratándose de la Segunda, el cuadro es, en apariencia, más complicado. En lugar de un régimen económico-político enfrentando a dos bloques de potencias, se encuentra un país agresor, Alemania, en el origen del cataclismo. Su régimen nazi es ciertamente capitalista, pero de un tipo muy particular. Es pariente de otros regímenes, con los que ha estado aliado en la guerra, al menos por momentos, los de Italia, Japón, Hungría, España: se reagrupa natural-mente el conjunto bajo el concepto de fascismo. Ahora bien, estos países tienen en común una hostilidad visceral al comunismo, del que han erradicado en su casa gérmenes a veces importantes, y al que enfrentan, en la guerra, las fuerzas armadas, sea en la URSS o en China. Sin hablar de las resistencias nacionales, en los países ocupados, a menudo animadas por partidos comunistas. Pero el fascismo no se opone mucho menos, en teoría, a la democracia liberal, es decir, al capitalismo no fascista. Y éste aparece como su principal vencedor, por la extensión y la riqueza de los territorios ex fascistas ocupados en 1944-1945. El capitalismo parece pues, en un arranque democrático, haberse redimido de los pecados de la Primera Guerra, y esta última está considerada como un accidente en su recorrido. La Segunda no sería más que la obra de extremistas excitados, a los que se les había dejado demasiado margen de maniobra. El comunismo tendría una parte de responsabilidad, habiendo antecedido al fascismo y suscitado éste, como una autodefensa de los países que se sentían

amenazados por la URSS o por sus ideas. Se divaga también sobre el "parentesco" de los dos sistemas y sobre la colusión que les ha asociado parcialmente en el cuadro del pacto germano-soviético, entre el 23 de agosto de 1939 y el 22 de junio de 1941. ¿No soñaban en el fondo los dos, en conquistar el planeta por medio de la guerra, y no han examinado, de antiguo y seriamente, unir sus destinos en este esfuerzo?

El estudio siguiente sintetiza las consideraciones clásicas sobre la imperfección de los tratados de 1919 e investigaciones recientes sobre el nazismo y los comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Nos muestra que Hitler, de 1933 a 1940, ha trazado inteligentemente su camino, haciendo creer a cada potencia que Alemania se

fortalecería sin lesionar sus intereses. Se está pues bien lejos de la realidad acusando a las democracias liberales de candidez o de cobardía, y es muy injusto si se achaca a la URSS una tendencia a utilizar la agresividad germánica contra sus propios adversarios. Y si se admite que en 1914 el capitalismo, lanzando los pueblos unos contra otros, mostró los límites de su capacidad civilizadora, se vuelve difícil de creer que en el período entre las dos guerras esta forma de organización económica haya contribuido sin rodeos a la paz entre las naciones.

1919-1929: el rechazo de una seguridad colectiva

Siguiendo los usos y costumbres del siglo XIX, dos potencias deberían haberse

beneficiado de la victoria de 1918: Francia e Inglaterra. Habían apostado su fortuna en la eliminación del competidor alemán de la escena mundial y, con toda lógica, se repartían sus despojos coloniales. Pero el siglo XX aportaba una novedad: el divorcio entre potencia política y potencia económica. Las tesorerías inglesa y francesa no habrían bastado para vencer a Alemania, y la joven América, hasta entonces marginal en la escena mundial, había hecho recaer todo su peso en el financiamiento del esfuerzo de guerra convirtiéndose en acreedora de las dos potencias eurooccidentales. Ella quedó entonces muy pesarosa de su comportamiento rapaz en la conferencia de paz, sabiendo que la ampliación de los imperios coloniales, ya bastos, a expensas de Alemania y de su aliado turco, añadía nuevos obstáculos al comercio de los Estados Unidos. El resto, Alemania, quien el 11 de noviembre de 1918 había firmado el armisticio sobre la base de los Catorce puntos del presidente Wilson, lo había comprendido bien: estos puntos, invocando la libertad de intercambio y el derecho de los pueblos, parecían un manifiesto de los débiles ante las exigencias de los ogros franco-británicos. Alemania estaba

obligada a adherirse, como último recurso, y así se dibujaba ya una colisión entre ella y los Estados Unidos. Estos limitaron las amputaciones territoriales del vencido y le permitieron concretamente conservar Renania, cuya ablación reclamaba Francia por razones de seguridad.

Izda.: David Lloyd George, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson llegan a la

Conferencia del Palacio de Versalles, 1919; Dcha.: reunión de la Conferencia de Versalles.

El enfrentamiento germano-americano pareció superior cuando Wilson, orgulloso de haber circunscrito el triunfo franco-inglés, fue mal recibido por sus compatriotas y los Estados Unidos rechazaron los tratados. Desaprobando a su presidente y a su Partido Demócrata, niegan incluso la legitimidad de su entrada en guerra en 1917, que creen incitada, como excepción en el culto del capitalismo, imputándosela a los "mercaderes de armas". Como era la intervención americana quien había hecho inclinarse la balanza, ¿qué mejor estímulo hubiera podido esperar el espíritu de revancha alemán?

En cuanto a Francia, si el miedo de un retorno del garrote alemán estaba más que

fundado, investigaciones han demostrado sin embargo la glotonería de sus patronos, que buscaron afanosamente el aprovechar las circunstancias para dominar a sus rivales alemanes en el mercado europeo, principalmente en materia siderúrgica. [26]

La Sociedad de Naciones, cuyo principal apóstol había sido Wilson, y que si hubiera reagrupado a todas las naciones aquí citadas, hubiera podido pesar eficazmente en favor de la paz, se encontró, por el rechazo americano al Tratado de Versalles, y por la

revolución que había arrojado el ostracismo sobre Rusia, reducida a un club franco- inglés. París y Londres, que estaban lejos de estar de acuerdo en todo, disputaron fuerte, lo que consumó la parálisis. Los problemas importantes continuaron siendo dirimidos, como en siglos anteriores, por congresos ad hoc, tomando en unos días decisiones cuya aplicación no supervisaba ningún organismo permanente.

1929-1933: "Cada uno para sí" frente a la crisis

No es evidente que la crisis actual ayude a comprender la llamada "del 29" que hizo estragos a principios de los años treinta. El principal punto en común es el paro. Pero hoy, los intercambios comerciales no cesan de crecer, mientras que en 1933, habían caído en dos tercios con relación a 1929. Los países que disponían de imperios coloniales aparecían excesivamente favorecidos, pues podían conservar sus mercados más fácilmente que los otros. Alemania y los Estados Unidos tuvieron, entre las grandes potencias, las tasas de paro más importantes. Quizás no era principalmente debido a su falta de colonias, pero en todo caso su población lo creyó. De aquí un resentimiento creciente, del otro lado del Atlántico, contra Francia e Inglaterra. Franklin Roosevelt, elegido para intentar poner fin a la crisis, no fue la excepción. Antiguo sub-secretario de Marina durante la presidencia de Wilson, no hizo nunca nada por combatir la idea, martilleada por sus predecesores republicanos, de que la participación del país en la Gran Guerra había sido un error. Los Estados Unidos, solicitados por Londres y París para comprometerse en una política económica y financiera común frente a la crisis, opondrán un seco final de "no recibido" en la conferencia de Londres, en julio de 1933. 1933-1939: el espejismo de la debilidad hitleriana

Hitler recibe, el 30 de enero de 1933, un país con la economía debilitada y con inexistentes apoyos exteriores. Su programa, expresado en Mein Kampf ocho años antes, no le ayudará a encontrar el apoyo de los aliados, al señalar tantos enemigos pujantes y diversos: el marxismo y la caridad cristiana, el comunismo como el capitalismo, los franceses y los rusos, las libertades de cualquier naturaleza y, agregándose a lo demás, los judíos, culpables de todos los males a la vez. Pero va a utilizar una receta extrañamente eficaz, que se basa en dos principios: burlarse de sus debilidades y enfrentar a sus rivales. Para empezar, él no toma el poder solo, sino en el seno de un gobierno numéricamente dominado por la derecha conservadora. Su jefe más notorio, Franz von Papen, aparece, durante año y medio, con capacidad para eliminarlo en cualquier momento, hasta esa "noche de los cuchillos largos" (30 de junio de 1934) en la que el Führer manda asesinar impunemente a los más cercanos colaboradores de Papen. Pero entonces, con el pretexto de que hay que despachar también algunos jefes

de los Sturmabteilungen (SA), que dice amenazan al ejército, este último aparece como verdadero vencedor del episodio. Así, incluso en plena guerra, Hitler cultivará la apariencia de un dictador en periodo de prórroga, debilitado por poderosas oposiciones internas, y también por la división de su entorno, lo que ha debido desatar varias veces las risas de sus lugartenientes, a los cuales distribuía los papeles.

Este juego está lejos de haber sido correctamente percibido. Todavía hoy, el historiador Hans Mommsen, cuando habla de un "dictador débil", no alcanza ciertamente la

unanimidad, pero consigue ser tomado en serio. Sin embargo, la verdad progresa y nos trae una pregunta: ¿por qué, en esa época, casi nadie se planteó la hipótesis de que Hitler fuera un fino estratega?

La respuesta nos trae al tema de este libro: porque nadie tenía interés, por lo menos desde el ángulo bajo el cual Hitler les hacía ver su interés. Muchos pensaban manipularlo (mientras que ellos mismos eran manipulados por él); tenían entonces necesidad de creer que el hombre era frágil y una vez que les hubiera ayudado a alcanzar un objetivo podrían, si se volvía embarazoso, eliminarlo.

Izda.: Hitler informa a los diputados nazis del Reichstag que Checoslovaquia ha sido

anexionada (1938). Dcha.: el líder británico Neville Chamberlain (segundo por la dcha.) entrega Checoslovaquia en manos de la Alemania Nazi.

Si a los ojos de la opinión mundial, hasta hoy día, un país salió bien del paso de su papel en los años 30, ése es Inglaterra. Sin embargo su papel fue de los más nefastos para la paz y la democracia. Neville Chamberlain, desde 1933 uno de los principales

inspiradores y a partir de 1937 el primer responsable de la política de apaciguamiento frente a Hitler, pasa por un hombre valeroso desbordado por la crueldad del universo político, mientras que sabía lo que quería y no tenía nada de angelical. Quería ante todo impedir a Francia tomar iniciativas inspiradas por su atavismo antialemán, y lo ha alcanzado admirablemente. No tenía con Hitler más que relaciones correctas, pero cultivaba, a través del Foreign Office, una cierta intimidad con los conservadores alemanes. Lo que pretendía entonces no era el reparto trazado en Mein Kampf, para Inglaterra los mares, para Alemania Europa del Este, Ucrania incluida, sino algún Fair

deal con el capital alemán, satisfaciendo las más razonables de sus aspiraciones hacia el este. Por eso su sentimiento de triunfo en el momento de Munich, sacrificando los Sudetes, cree haber canalizado las ambiciones orientales de Alemania, con el concurso de sus generales que no habían escondido el temor de una guerra contra Inglaterra. Por eso, también, su grito sincero al día siguiente de la invasión alemana de

Checoslovaquia, el 15 de marzo de 1939, violando los acuerdos de Munich: "El señor Hitler no es un caballero" no quiere decir que lo había tomado por tal, sino que lo creía tener encorsetado en el tratado bávaro. [27]

Puede que Chamberlain no haya nunca matado una mosca. Su crimen es intelectual: cree haber engañado a Hitler y colmado las ambiciones de Alemania, y actúa como si fuera una certeza, mientras este objetivo no cesa de escurrirse. Mientras tanto, las ocasiones de frenar al nazismo se pierden y aliados potenciales se encuentran absorbidos por el Reich.

¿Quién es responsable del pacto germano-soviético?

Resulta extraño leer a veces que Stalin esperaba entenderse con Hitler antes de 1939. Es cierto, como lo sugiere el resultado, que los escrúpulos ideológicos no le sofocaban en este capítulo más que en otros. Pero para casarse hacen falta dos, y la actitud de Hitler no permitía apenas tener esperanzas. No es que fuera agresivo: hasta fines de 1938 cultiva la imagen de hombre pacífico, que únicamente busca la grandeza de Alemania dentro de sus fronteras del momento, a reservas de incorporar algún día algunas tierras contiguas de población germánica. Pero si dejaba tranquila a Rusia, por un lado no perdía ocasión para mancillar al comunismo, y por otro se trazaba con pequeños toques un camino hacia el este que habría inquietado a cualquier heredero de los zares.

Todo comienza pues en enero de 1939, cuando recibiendo los saludos del cuerpo diplomático, Hitler estrecha la mano del embajador de los soviets con un calor

ostensible. Le siguen discretas negociaciones comerciales. Sin embargo Stalin, que en ausencia de otra opción ha cultivado concienzudamente la amistad con Occidente, no acepta el pájaro en mano. Ha quedado ciertamente escaldado por los acuerdos de Munich. Pero desde que la invasión de Checoslovaquia ha dado al traste con ellos, retorna la situación y propone una "gran alianza" defensiva contra Alemania a los países que la rodean. Una vez más, Inglaterra va a reaccionar con frialdad, y va a impedir a Francia avanzar más que ella.

Un factor geográfico complica las negociaciones. Alemania no tiene frontera común con la URSS y ésta, para participar en la guerra, debería pasar por Lituania, Polonia o

Rumanía, y de preferencia por las tres a la vez. Litvinov, comisario del pueblo de Asuntos Exteriores, y Molotov, que le sucede el 3 de mayo, esperan que el tratado comporte a este respecto disposiciones precisas. Para la diplomacia británica es un juego eternizar las discusiones, como lo será más tarde para la propaganda franco- inglesa, decir que después de cada punto de acuerdo los soviéticos presentaban "nuevas exigencias", lo que viene a decir que habían escogido desde hacía mucho tiempo

enseñar su juego, ha exigido y finalmente obtenido que se discuta sobre una convención militar, diciéndose qué haría cada cual, dónde y con qué tropas. Militares occidentales vienen entonces a Moscú... y chocan, sin instrucciones de sus gobiernos en esta materia, con la exigencia preconcebida del jefe militar soviético, Vorochilov: puesto que Polonia está amenazada con un ataque alemán, los rusos piden tomar posición de forma

preventiva sobre una parte de la frontera con Alemania.

Stalin da tiempo a las delegaciones militares francesas y británicas para contactar con sus gobiernos, y a éstos para entenderse con el de Varsovia. Pero sólo Francia

aprovecha el plazo, y aún así ni su presidente del consejo Daladier, ni su embajador en Varsovia Léon Noél hacen nada para contradecir a los polacos, que no querrían llamar al Ejército Rojo más que después de haber sido invadidos, sin tomar en cuenta las necesidades estratégicas. Únicamente el negociador francés en Moscú, general Doumenc, toma iniciativas para desbloquear la situación: va incluso a delegar un miembro de su misión en Varsovia. Por su parte, Daladier llegará incluso a corregir sus propios archivos, en 1946, para hacer creer que, recibiendo el 21 de agosto al embajador polaco, le amenazó con una "revisión de la alianza", si su país no aceptaba la demanda soviética: en realidad se trataba del 23, e incluso entonces no fue emitida amenaza alguna. [28]

Es en la noche del 21 cuando llega un despacho diciendo que un tratado de comercio acababa de ser firmado entre Alemania y la URSS y, sobre todo, que el ministro alemán Ribbentrop iba a trasladarse a Moscú para firmar un pacto de no agresión.

Los documentos hoy conocidos parecen indicar que Alemania se inquietó fuertemente por estas negociaciones militares en Moscú, y apresuró a la parte soviética a firmar un acuerdo, multiplicando las concesiones. La opción de Stalin no se operó, o al menos no se puso de manifiesto, más que unos días antes de la firma. Sin un acuerdo con

Alemania, la URSS habría sufrido el choque de sus divisiones blindadas en el percance de su conquista de Polonia, y la inmovilidad de la Guerra boba permite augurar que poco habrían hecho Occidente para dirigir de su lado las fuerzas alemanas. ¿Quién sostendría de buena fe que Stalin no tenía nada que temer de los gobiernos

antisoviéticos de París y Londres, sin cambios desde Munich, y que era pura paranoia de su parte temer una paz negociada a sus espaldas tras un simulacro de guerra?

En este saque inicial de un conflicto que va a matar cincuenta millones de personas, y en el que la ventaja inicial va, de forma particular gracias a este pacto germano- soviético, a beneficiar a Alemania, la responsabilidad de Chamberlain es total, la de Daladier apenas menor. Por lo mismo, la de Stalin no es nula.

Se puede plantear el problema al modo de Trotsky: haciendo de Rusia una potencia tratable, que frena en todas partes las luchas y particularmente en la Francia del Frente Popular. Stalin habría debilitado el filo revolucionario, único en poder hacer recular al fascismo.¡Ciertamente! Se podía en cualquier caso conseguir un acuerdo clásico entre estados, rodeando y desalentando al eventual agresor. Es lo que pretendía Churchill, y no se le podría negar toda pertinencia en la materia. Es patente que los comunistas

franceses han escondido incansablemente las uñas, hasta finales de agosto de 1939, y reaccionado lo más dulcemente posible, desafiando a sus propios electores cuando Daladier atacaba las conquistas sociales del Frente Popular, para no molestar la movilización nacional, ni los esfuerzos diplomáticos del gran hermano soviético. La responsabilidad de Stalin, yo la situaría sobre todo... en el estalinismo. Las grandes purgas, y especialmente la de 1937 contra los cuadros del ejército, han hecho dudar en Occidente que la URSS continuara siendo un factor militar importante. En el Ejército francés, el debate sobre la alianza soviética estaba vivo desde 1933, y un gran número de cuadros, reaccionando de manera más profesional que política, se inclinaban por su búsqueda. Sin embargo, cuando en 1935 Gamelin sucedió a Weygand, las

consideraciones políticas primaron, estando Gamelin, en este asunto, muy próximo del antisoviético Daladier (de quien hay que recordar que antes de ser presidente del

consejo en 1938 había sido ministro de la Guerra y continuó siéndolo sin discontinuidad de junio de 1936 a mayo de 1940). La muerte de Toukhachevsky y de varios centenares de generales en 1937 dieron las de ganar a los oficiales franceses daladieristas o

fascistizantes que rechazaban por principio una acción común con la URSS y eran sin duda minoritarios anteriormente. La opinión pública, tanto en Francia como en Inglaterra, estaba igualmente menos inclinada, después de la purga de 1937, a desear, frente al desafío hitleriano, el refuerzo soviético. A pesar de todo, el relato del general Doumenc muestra que Daladier, al explicarle su misión, la justificaba por la expectativa