Chapter 3 Proposed Methods in Colour Based Feature Detection
3.2 A Colour Identification Method
La prueba o «tentación» por la que la fe de Abraham tenía que pasar en este caso, para que fuera purificado totalmente como «el oro en el fuego», llegó en la forma de la orden de Dios para ofrecer a Isaac en holocausto. No se le ahorró ninguna amargura de su dolor al patriarca. Fue dicho con una precisión dolorosa: «Toma ahora
33 Génesis 25:6.
44 Génesis 25:9.
tu hijo, tu único hijo, a quien amas»; y no se añadió ni una sola palabra de liberación para animarlo en su camino solitario. La misma falta de precisión que había añadido tanta dificultad al primer llamamiento de Abraham para que dejara la casa de su padre caracterizaba esta última prueba de obediencia de su fe. Se le dijo simplemente que lo llevara «a la tierra de Moria», donde Dios le diría más adelante sobre qué montaña de los alrededores debería ofrecer su extraño «holocausto». Lutero ha indicado, en su acostumbrado lenguaje seco, cómo parecería a la razón humana que o bien la promesa de Dios fracasaría, o que esta orden venía del diablo y no de Dios. Solo había una única salida de esta perplejidad: llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». Y Abraham «no vaciló» ante la palabra de Dios; no dudó de ella; sino que fue «fuerte en la fe», «considerando» (aunque no lo sabía) «que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos a Isaac, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir». Porque no podemos desmerecer la prueba introduciendo en las circunstancias nuestro conocimiento del desenlace final. Abraham no tenía ninguna seguridad absoluta ni ningún conocimiento más allá de su deber del momento. Todo lo que podía sostenerlo era la promesa anterior, y el carácter y fidelidad del pacto de Dios, quien ahora le ordenaba ofrecer dicho sacrificio. El contexto fue tan agudo como breve. Solo duró una noche; y la mañana siguiente, sin haber «consultado con carne y sangre», Abraham, con su hijo Isaac y dos siervos, se encaminaron a «la tierra de Moria». No tenemos ningún dato para poder determinar con exactitud la edad de Isaac en aquella ocasión; pero los cálculos de Josefo, que tenía veinticinco años, le hacen más grande de lo que parece indicar el lenguaje del relato de la Escritura. Habían viajado dos días desde Beerseba, cuando al tercero aparecieron ante sus ojos «las montañas que envuelven a Jerusalén». Desde un espacio vacío entre las colinas, el cual constituye el punto más alto en la carretera común, que siempre se ha dirigido hacia arriba desde el sur, sólo aquella única montaña se podía ver, sobre la que posteriormente debería estar erigido el templo. Esa era «la tierra de Moria», y aquélla la colina en la que se iba a realizar el sacrificio de Isaac. Dejando atrás a los dos siervos, con la seguridad que tras haber adorado «volverían» (porque la fe estaba segura de la victoria, y se anticipaba a ella), padre e hijo continuaron su camino solitario, Isaac llevando la leña, y Abraham el cuchillo del sacrificio y el fuego. «E iban ambos juntos. Y entonces habló Isaac a su padre; y le dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y el dijo: He aquí el fuego y la leña; más ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de holocausto, hijo mío. E iban juntos.» Nada más se dijo entre ambos hasta que llegaron al lugar destinado. Allí Abraham edifica el altar, coloca la leña sobre el mismo, ata a Isaac, y lo pone sobre el altar. Ya había levantado el cuchillo del sacrificio, cuando el Ángel de Jehová, el Ángel del Pacto, paró su mano. La fe de Abraham se acababa de demostrar totalmente, y había sido perfeccionada. «Un carnero trabado en un zarzal» serviría para «el holocausto en lugar de su hijo»; pero para Abraham no solo se repiten y extienden las promesas anteriores, sino que son «confirmadas con juramento», «para que por medio de dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta», él «tuviera un fuerte consuelo». «Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo».6 Este «juramento» sobresale en solitario en la
historia de los patriarcas; después es mencionado constantemente,7 y, como observa Lutero, se convirtió en la
fuente de donde brotaba todo lo que se prometía «por juramento» a David, Salmos 89:35; 110:4; 132:2. No es de extrañar que Abraham llamara el lugar «Jehová Fireh» «Jehová ve», o «Jehová provee», lo cual significa que él ve para nosotros, porque como implica la misma palabra, su providencia, o provisión, es simplemente el hecho que él ve para nosotros, qué, dónde y cuándo nosotros no vemos solos. Cuando recordamos que sobre esta cima de la montaña estuvo posteriormente el templo del Señor, y que del mismo subía el humo de los sacrificios aceptos, podemos entender mucho mejor qué es lo que añade el escritor inspirado por medio de la explicación: «Por tanto se dice hoy, en el monte donde Jehová es visto», donde ve y es visto, de donde también se deriva el nombre de Moria.
Pero antes de dejar este acontecimiento, será necesario considerarlo en cuanto a su relación con Abraham, Isaac e incluso los Cananeos, como también su aplicación simbólica o figurativa. Es muy notable que un escritor alemán que se ha opuesto enérgicamente a la verdad de este relato escritural, se ha visto forzado a admitir hasta cierto punto el profundo significado del mismo en la historia de la fe de Abraham. Escribe así:
66 Hebreos 6:13.
«Hasta aquí incluso Isaac, aquel don precioso prometido hacía tanto tiempo, había sido solo una bendición natural para Abraham. Un hijo como cualquier otro, aunque se tratara de un hijo de Sara, había nacido y había sido educado en su casa. Desde su nacimiento Abraham no había sido llamado a soportar el dolor de un alma luchando en fe, y no obstante toda bendición llega a ser espiritual y verdaderamente duradera, si nos la apropiamos en la batalla de la fe». Ante la orden de Dios Abraham había ineludiblemente abandonado su país, parentela y casa, y luego sus afectos paternales para con Ismael. Pero todavía quedaba abandonar a Isaac según la carne, a fin de recibirlo de nuevo espiritualmente; abandonar no meramente «su único hijo, el objetivo de su satisfacción, la esperanza de su vida, el gozo de su anciana edad» (todo lo que él más amaba); sino también el heredero de todas las promesas, y todo ello con una fe sencilla y absoluta en Dios, y con una confianza perfecta que Dios se lo podía levantar incluso de entre los muertos. De este modo la promesa fue purgada, por así decirlo, de todo lo perteneciente a la carne que se había aferrado a ella; y así la fe de Abraham fue perfeccionada, y su amor purificado. También con relación a Isaac era muy significativo ese acontecimiento. Porque cuando no se opuso a su padre, y se dejó atar y colocar sobre el altar, entró en el espíritu de Abraham, tomó sobre sí mismo la fe, y con ello demostró ser un verdadero heredero de las promesas. Tampoco podemos olvidar cómo la entrega del primogénito fue la primicia de aquella dedicación a Dios de todos los primogénitos, que exigiría más tarde la ley, y que significaba que en el primogénito debemos consagrar todo al Señor. Tal vez la lección que los cananeos debieron aprender de este acontecimiento parecerá en cierto modo secundaria, si la comparamos con estas grandes verdades. No obstante tenemos que tener en cuenta que por todos los alrededores se estaban ofreciendo sacrificios humanos sobre todos los montes, cuando Dios sancionó una ofrenda muy distinta, al substituir para siempre los sacrificios animales por medio de esta entrega del más amado a quien la desesperación humana había pedido como expiación por el pecado. Pero Dios entregó a su amado hijo, su propio unigénito hijo por nosotros; y el sacrificio de Isaac tenía que ser una figura gloriosa de este último. Así, como Abraham recibió este sacrificio de nuevo de la muerte «en figura», también nosotros en la realidad, cuando Dios alzó a su propio hijo, Jesucristo, de los muertos, y nos hizo sentar junto a él en lugares celestiales.