2.2 Reduced Order Modelling
2.2.3 Combined Model Basis
Cómo llenarte soledad, sino contigo misma.
Luis Cernuda
Un tema que se repite y merece por ello un apartado especial son las quejas ante la profunda soledad en la que los ha sumido el destierro. Una de las razones que al parecer más influyó en este dolor fue el hecho de que, en sus clases, tanto Américo Castro como Pedro Salinas tuvieron que rebajar el nivel docente para poder moldearse al nuevo mundo americano132. La ironía, la mordacidad, la burla, el chiste… son abundantes y aparecen a cada paso, pero se perdían a oídos de estudiantes con un nivel de español inferior. Uno de los motivos de que Pedro Salinas fuese tan feliz en Puerto Rico fue precisamente que recuperó la conexión con los estudiantes hispanos, y ello, unido al sol caribeño, resucitó sus ganas de vivir. También resulta curiosa, en esta línea, la actitud que tomaron ante Dámaso Alonso. Aunque consideran en cierto modo una prostitución intelectual lo que su antiguo camarada estaba haciendo, notamos en la dureza de las críticas al autor de Hijos de la ira cierta nostalgia, por el hecho que él sí pudo desarrollar su vida y obra -de manera plena- en España. Castro y Salinas intentaron llevar al límite la máxima de Miguel de Cervantes, «con ser vencidos, llevan la victoria», pero el exilio y la derrota desgajan el corazón más duro. De ese modo, la soledad se presenta como uno de los mayores dramas de sus paralelos destierros. A pesar de ello, esta situación también estimuló su trabajo intelectual. Lo demuestran las palabras de Salinas a Castro:
Ya sé que le han quitado a usted a Steve. Lo siento mucho. Sobre todo si eso contribuye de algún modo a retrasar la terminación de su libro. Espero que no sea así. Y que esas soledades de Princeton abriguen el crecimiento de la obra (Salinas, 15).
La misma desesperación esclaviza a Castro en sus viajes, donde se queja de esa falta de compañía que lo acompaña, valga la antítesis, desde que salió de España: «Por la adjunta carta verá usted cuál es mi vida y propósitos. ¿Qué es de usted? Bien podía
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mandarme una larga epístola de Pernambuco, al barco, para que me colmara la larga soledad del viaje» (Castro, 3). Son de una belleza estética innegable estas palabras de Castro. En la misma carta, leemos lo que supone para él un exilio forzado. Llama la atención cómo, de nuevo, tropezamos con aquella vida que es más grande que la filología: aunque había leído diferentes textos sobre la emigración y el dolor que esto causa, nada tiene que ver pasar una página tras otra con sentir, en la propia piel, la tragedia de la huida. Estas líneas son de lo más sugestivas, pues se escriben en plena guerra civil, momento de mayor soledad y angustia para el ensayista, que nada sabe de los que quedaron atrás o se fueron:
La catástrofe actual lo ha roto todo. No sé qué va a quedar de amigos ni de cosas después de este telón de sangre. De don Ramón nada sé ni de Navarro, ni de nadie. Dámaso le ha escrito al otro Alonso, y me nombra por rodeo y al paso en la carta. Se conoce que mi nombre se ha hecho «inefable» en aquel ambiente, en que lo más íntimo y mejor de uno se ha reducido a polvo impalpable.
Esta ciudad es magnífica, da todo lo que puede, en condiciones normales para vivir con confort y pasar día tras día, sería el ideal. Ahora bien, la soledad que invade el alma es angustiosa. Tomar el barco y correr, no sé a dónde, es lo que apetece. Se me perdió mi sombra y no volveré a encontrarla. Cuando uno ha leído esas cosas de la emigración, del déraciné, etc., resultaba hasta pintoresco, como para adornar una exposición en cátedra. Caramba, pero cuando se vive de veras una ruina tal, y ve uno sesgarse todos los lazos que le amarraban al vivir, es peor que morirse. Qué suerte la de don Miguel (Castro, 3).
A pesar de que sea Castro el que mayor cantidad de quejas profiere sobre su solitaria situación (quizá porque tenemos más cartas de su mano), Pedro Salinas también menciona este hecho en diferentes ocasiones. Siempre intentará animar a su amigo. Al menos son dos, y la soledad compartida es menos punzante que la particular: «¿Pero seremos algo más que el batallón de los solitarios de que habló Unamuno? Por lo menos gran consuelo es ese de la compañía en las soledades. Campoamor; puesto al revés: buena compañía la de dos o muchos en soledad» (Salinas, 16). Lo mismo afirma cuando agradece de Castro los comentarios sobre algunos de sus poemas: «Siempre recibo de ellos lo mejor: ánimo, estímulo, que tanto se necesita en esta ―soledad de la lengua‖, y valen y animan en proporción de quien vengan» (Salinas, 23). Además, Castro echará en falta comentar su obra con algunos de sus más íntimos amigos, pues al igual que le ocurría a Salinas, le resulta difícil escribir para sí mismo, sin poder
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compartirlo. Incluso le crea inseguridades el hecho de que nadie haya leído sus obras antes de la publicación: «Todas mis tareas andan retrasadas por el estorbo de ese bloque de quinientas páginas apretadas, –que o son la verdad, o la mentira total–. No sé, y siento estar tan solo. Una lectura suya me habría servido inmensamente» (Castro, 34).
Creemos que no hay más remedio, como conclusión de este epígrafe, que cederle la palabra a Luis Cernuda, ese gran retratista de la soledad humana. Descargamos en él la responsabilidad definir lo que siente un alma solitaria:
Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú está la soledad. Mas esa soledad, que de todos te separa, no te apena ¿Por qué habría de apenarte? Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho de lo que tú seas, a ella se lo debes. De niño, cuando a la noche veías el cielo, cuyas estrellas semejaban miradas amigas llenando la oscuridad de misteriosa simpatía, la vastedad de los espacios no te arredraba, sino al contrario, te suspendía en embeleso confiado. Allá entre las constelaciones brillaba la tuya, clara como el agua, luciente como el carbón que es el diamante: la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte133.
133 Luis C
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