3.3 Summary on Time-Linearised Gust Aerodynamics
4.1.2 Volume-weighted Proper Orthogonal Decomposition Method
CAPÍTULO III
LOS LÍMITES DE LA RAZÓN
En los dos primeros capítulos de esta tesis se ha tratado de exponer el diálogo que tanto Unamuno como Borges mantuvieron con la obra filosófica de Kierkegaard y Schopenhauer, respectivamente. En este diálogo, y amén de otros muchos, uno de los dilemas que aparece de forma recurrente es el que sobreviene al tratar de establecer los límites de la razón y el conocimiento humano. En el caso de Kierkegaard, y por extensión de Unamuno, el conocimiento es un elemento clave a la hora de lograr el desarrollo de la personalidad y la relación del individuo con su entorno. Como se ha expuesto en el primer capítulo,113 para que el sujeto pase de una esfera de existencia a otra el conocimiento de sí mismo y del papel de Dios en esta evolución resultan fundamentales. Unamuno, como ya se ha apuntado, muestra un acercamiento similar y presenta en sus textos personajes que agonizan, precisamente, debido a la falta de conocimiento propio, del medio y del papel de Dios en la existencia.
Es también notable la importancia que Schopenhauer atribuye al conocimiento a la hora de enfrentarse a la incomprensión y alienación que el mundo produce en el ser humano. Según el filósofo, es precisamente el conocimiento la única noción que se opone a la voluntad y por ende la única que puede salvarnos de ésta.114 Los humanos, por tanto, estamos condenados a embarcarnos en una búsqueda incesante que consiga librarnos de los designios de la voluntad. Como ya se ha sugerido inicialmente en el capítulo segundo,115 y como se analizará más profundamente en el presente, las ficciones narrativas de Borges se articulan de forma similar alrededor de la búsqueda de un conocimiento que pueda ayudar al humano a organizar el caos aparente del universo y a encontrar su lugar en este.
113 Concretamente en el apartado ‘1.1.- Kierkegaard y su filosofía’.
114 Véase a este respecto la sección ‘2.2.- El mundo de la voluntad y la representación de Arthur Schopenhauer’ del segundo capítulo de este mismo volumen en el que se analiza el papel del conocimiento en la obra de Schopenhauer y que el mismo define de este modo: ‘[It] is pure knowledge which remains foreign to all willing’ (Schopenhauer 1966: I, 314).
115 Ya se ha tratado de forma preliminar de la importancia del conocimiento en la literatura de Jorge Luis Borges en el apartado ‘2.2.4.- La percepción estética y el ascetismo’ y particularmente en el análisis inicial de ‘La escritura del dios’.
Tras el estudio del acercamiento que ambos autores tuvieron a diversas nociones de índole metafísica que ha sido la primera parte de este volumen, esta segunda parte se dedica, de forma más concreta, a analizar la prominencia que la búsqueda de conocimiento tuvo en los textos de Unamuno y Borges. Se expondrá en este capítulo el modo en el que tanto el uno como el otro trataron de indagar –de forma muy similar– en los efectos que la falta de un conocimiento total y su búsqueda tuvieron en el humano y cómo ambos, en última instancia, situaron este conocimiento en un plano difícilmente alcanzable por él. El ser humano va a verse obligado a traspasar los límites que impone en él su propia naturaleza viéndose, en múltiples instancias, abocado irremediablemente a la muerte. La muerte, sin embargo, no deja de ser otra noción que se escapa a la razón humana. Es debido a esto que, al amparo del interés por las limitaciones del conocimiento, el último capítulo de este volumen se dedicará a la exposición de la visión que tanto Unamuno como Borges tuvieron del más allá.
3.1.- Unamuno y Borges: ‘Humanistas’
Tanto en los escritos de Miguel de Unamuno, como en aquellos de Jorge Luis Borges, se observa un profundo interés por el ser humano como ente existente en el compendio universal. Ambos autores se interesan por cuestiones que van más allá de la naturaleza humana y personal aunque, en sus textos, esta fascinación por temas como el infinito, la muerte o la religión presenta un marcado carácter antropocéntrico. Es decir, no es la naturaleza inherente de estas materias la que ha conseguido atrapar su atención, sino precisamente, el impacto que éstas desarrollan en la existencia del hombre. Es el humano, sus acciones y reacciones, y su modo de relacionarse con el medio que le rodea, el argumento alrededor del que gira la obra de ambos autores.
En sus textos, Borges y Unamuno nos presentan personajes que han de enfrentarse a un universo que, en una gran mayoría de ocasiones, les resulta completamente adverso. Los protagonistas de sus textos se encuentran desamparados ante una organización, un Plan Supremo que no aciertan a desentrañar y cuyo fin último –al menos inicialmente– se escapa a su comprensión debido, precisamente, a
los límites que la propia naturaleza humana impone sobre ellos. Las ciencias naturales, las teorías filosóficas o cualquier otro recurso de orden lógico pergeñado por el hombre resultan insuficientes a la hora de enfrentarse al abismo que representa el tejido universal. El lenguaje mismo, la herramienta de la que ambos autores se sirven para tratar de comunicar sus preocupaciones e intereses, es puesto en cuestión de forma sistemática a lo largo de sus textos. En el capítulo anterior, ya se ha observado cómo, en opinión de Borges, el lenguaje no tiene la capacidad de captar los misterios del infinito.116 Unamuno, por su parte, mantiene un posicionamiento similar y, de este modo, Orfeo, la ‘conciencia canina’ de Augusto Pérez en Niebla no va a dudar en afirmar que el hombre:
Ladra a su manera, habla, y eso le ha servido para inventar lo que no hay y no fijarse en lo que hay. En cuanto le ha puesto un nombre a algo, ya no ve este algo, no hace sino ver el nombre que le puso, o verle escrito. La lengua le sirve para mentir, inventar lo que no hay y confundirse. (Unamuno 1993: 297)
El lenguaje no sólo sufre una reducción de su validez como método efectivo de comunicación mediante su comparación con el ladrido de un perro, sino que además esta inadecuación se ve subrayada por su carácter confuso y engañoso. La lengua deja de ejercer como constatador de la realidad para convertirse, precisamente, en un elemento distanciador y alienante.
El lenguaje es sólo una de las áreas de conocimiento que tanto Borges como Unamuno cuestionan en lo que se refiere a su capacidad de ayudarnos a ordenar el aparente caos que nos rodea.117 La cuestión que subyace en el fondo, y que ambos escritores tratan en repetidas ocasiones, es la certeza de que son los límites que nuestra propia naturaleza impone en nosotros los que nos impiden llegar a la comprensión del entramado universal, a encontrar nuestro lugar en él y a obtener las
116 Véase a este respecto el capítulo ‘Borges como voluntad y representación’ y más concretamente la sección ‘2.2.- De lo general a lo particular: Schopenhauer en Borges’.
117 La inadecuación del lenguaje para describir la realidad que nos rodea y la problemática inherente a esto ha sido estudiada concienzudamente en el caso de Borges. Jaime Rest en El laberinto del
universo: Borges y el lenguaje nominalista (1976) hace un exhaustivo repaso al análisis del papel del
lenguaje, su naturaleza y su alcance en la obra de Borges. Más recientemente, autores como Barrenechea (1987), Salvador (2001), Dapía (2006) y Echeverría (2006) han continuado explorando el tópico prestando especial atención al uso de la metáfora tanto en prosa como en verso. Por su parte, autores como Wardropper (1944), Blanco Aguinaga (1954), Speck (1982), París (1989) o Wyers (1990) han analizado la importancia del lenguaje en la construcción de la ficción de Unamuno.
respuestas trascendentales, es decir, nos imposibilitan la adquisición del Conocimiento.118
En el presente capítulo, se tratará de discernir el modo en el que estas limitaciones afectan a los protagonistas de algunos de los textos de Borges y Unamuno. En el primero de los apartados, se observará cómo los personajes de Unamuno tienden mayoritariamente a jugar con la idea del suicidio como solución a los trastornos que su naturaleza limitada impone en ellos y a la incertidumbre existencial resultante de este hecho. El suicidio –independientemente de ser llevado a cabo o no– parece ofrecer una doble salida a los héroes unamunianos. Por un lado, les libera del sufrimiento vital y, por otro, abre la posibilidad de acercarse al Conocimiento una vez en el más allá. Tras establecer el papel de Dios en esta adquisición del Conocimiento, se detallará cómo, aunque en muy contadas ocasiones, los personajes de Unamuno hallan la esperanza del Conocimiento en vida, si bien esta esperanza se sitúa en un futuro que estos no llegarán a alcanzar.
Los protagonistas borgeanos, en principio, parecen reaccionar de forma similar a su inhabilidad para entender el universo. La muerte –aunque en este caso no en forma de suicidio sino de asesinato– es uno de los resultados más comunes de la incapacidad del hombre para entender aquello que le rodea. Los personajes de Borges tratan de utilizar todos los recursos que la lógica y la razón ponen a su disposición, pero la insuficiencia de estas herramientas para guiarles con certeza en el compendio universal les avoca a una muerte inexorable. Del mismo modo que Unamuno, Borges también concede al hombre la posibilidad de la esperanza, aunque, igualmente condicionada a un futuro que casi se adivina utópico. Sin embargo, éste no se contenta con quedarse simplemente a las puertas de la encrucijada del Conocimiento, sino que ahonda en ella de diversas maneras. Así, Borges permitirá a varios de sus personajes acceder a ese Conocimiento, aunque, como observaremos, sin que esto suponga un beneficio palpable o un cambio drástico en sus existencias.
118 En adelante, con la intención de describir la verdad absoluta, la sabiduría total, se usará ‘Conocimiento’ en oposición al ‘conocimiento’ particular o parcial.
3.2.- La perspectiva de Unamuno
Un elemento que se repite de forma constante en la obra de Miguel de Unamuno, es la búsqueda de conocimiento. En sus textos es posible encontrar diversos personajes atormentados, agonizantes y pasionales que tienen por denominador común la necesidad de hallar respuestas a sus urgencias internas; en Niebla Augusto trata de aclarar sus dudas existenciales, en Abel Sánchez Joaquín intenta comprender la naturaleza de su alma, en ‘La sombra sin cuerpo’ o ‘La redención del suicidio’ los protagonistas anhelan el Conocimiento que suponen se esconde más allá de la vida terrenal. El protagonista unamuniano, los hombres y mujeres que pueblan sus escritos, es un personaje que busca, que trata de comprenderse a sí mismo y a aquello que le rodea. Así, Roberta Johnson en ‘El problema del conocimiento en Unamuno y la composición de Niebla’ afirma que: ‘el conocimiento del mundo físico y de uno mismo en su existencia primordial– tiene sus raíces en las primeras preocupaciones del vasco’ (1989: 303).
El conocimiento del medio y de uno mismo son conceptos claves en la obra de Unamuno. Lo son además en una suerte de círculo vicioso en el que el conocimiento de uno mismo depende en gran medida de la comprensión que la persona tenga de lo que le rodea y viceversa. Es decir, el hombre sabrá quién o qué es cuando sea capaz de ubicarse en el entramado universal pero, a su vez, para poder llegar a saber qué lugar le corresponde en el plan infinito, ese mismo hombre ha de saberse, de sentirse a sí mismo. En palabras de Gómez Miranda: ‘Ver todo el mundo, toda la realidad es el profundo deseo de Unamuno. Percibir toda la realidad de modo pleno, total’ (2005: 72). La meta de Unamuno, entonces, ha de ser el Conocimiento, entendido éste como la consecución de la sabiduría infinita, la comprensión total.
El personaje unamuniano busca, trata de conocer, de comprender, pero no debido a una simple obsesión de saber por saber, sino porque en el fondo de esta búsqueda se encuentra la esencia misma de su ser. En su artículo ‘Miguel de Unamuno’s Search for Fulfillment’, Mario A. Benítez estudia el modo en que algunos de los protagonistas unamunianos tratan de realizarse como personas. En su investigación, el crítico concluye: ‘Unamuno’s man is a craving animal, just as Aristotle is a political animal […] I am is synonymous to I crave […] He craves for
knowledge and immortality’ (1968: 336, énfasis en el original). El hombre unamuniano siente la urgencia de la búsqueda –tanto de Conocimiento como de inmortalidad– porque precisamente esta urgencia es la que les define como seres humanos: ‘Both the craving for immortality and the desire to know are man’s essence’ (338).
Sin embargo, la esencia del hombre, su querencia por la adquisición del Conocimiento, va a tener que enfrentarse con un enemigo también inherente a su ser: su propia naturaleza finita. El humano anhela el saber total y, sin embargo, únicamente puede acceder a él con la ayuda de sus instrumentos mortales: su razón y su lógica. La paradoja resulta evidente, el humano trata de acceder al infinito desde su finitud y, naturalmente, fracasa. El revés que supone la no obtención del Conocimiento no se observa como un fracaso per se pues, como se apuntaba con anterioridad, no es tanto la meta lo que importa, sino la búsqueda de esa meta y nuestra realización personal a través de ella: ‘“Fulfillment” is to be understood more as a quest than as a finding, more as a journey than as an arrival, more as longing than as possession’ (Benítez 1968: 335).
La meta que su propia esencia le marca resulta algo inalcanzable para el ser humano unamuniano, al menos, como se tratará de ilustrar más adelante, mientras forme parte de este mundo terrenal. El entendimiento humano, su razón, no es capaz de llegar al Conocimiento por sus propios medios, de ahí que lo único realmente verdadero y útil sea la búsqueda en sí, por muy infructuosa que, en principio, pueda llegar a parecer. Y es que si bien en esa búsqueda el hombre jamás llegará a acceder al Conocimiento, sí podrá encontrarse a sí mismo y realizarse como ser único al tratar de superar las limitaciones que su propia naturaleza le impone. A este respecto afirma Gómez Miranda: ‘Uno de los aspectos de la lucha interna de Unamuno es el intentar desligarse de las limitaciones impuestas por la lógica, romper los muros de la diminuta celda en la que nos ha postrado’ (2005: 54). El hombre de Unamuno se entrega a una búsqueda, a un viaje que va a tener como meta la comprensión del universo y, sin embargo, a pesar de la imposibilidad de poder llevar a buen puerto tal empresa, la realidad le enseñará que en el camino ese hombre se va a encontrar a sí mismo, va a construirse, a existir. Mientras que el ser humano busque, trate de
encontrar respuestas y de superarse a sí mismo su existencia va a estar justificada. En palabras del propio Unamuno: ‘Sólo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre’ (1958: III, 82)
Tras estos primeros compases en los se ha tratado de definir la búsqueda de Conocimiento como la esencia misma del ser humano –junto, por supuesto, al afán de inmortalidad– y como meta final del viaje que es la vida, es necesario preguntarse dónde se halla este Conocimiento al que el hombre unamuniano trata de acceder o, incluso, si es realmente imposible acceder a él de modo alguno. Unamuno es bastante claro en cuanto a ambas preguntas; el Conocimiento se esconde más allá de la razón, y únicamente dejando a ésta atrás podrá alcanzarse.119
En febrero de 1904, Unamuno escribe una historia corta titulada ‘La locura del doctor Montarco’. En ella, un respetado doctor publica en diferentes revistas extraños cuentos sin demasiado sentido aparente. Aquellos que le rodean comienzan a tomarle por loco y él mismo, finalmente, acaba por creérselo y termina sus días encerrado en un manicomio. El narrador de la historia, amigo y cliente del doctor, le visita ocasionalmente y tras una de estas visitas, el psiquiatra que trata a Montarco le espeta:
La razón, que es una potencia conservadora y que la hemos adquirido en la lucha por la vida, no ve sino lo que para conservar y afirmar esta vida nos sirve. Nosotros no conocemos sino lo que nos hace falta para poder vivir. Pero ¿quién le dice a usted que esa inextinguible ansia de sobrevivir no es revelación de otro mundo que envuelve y sostiene al nuestro, y que, rotas las cadenas de la razón, no son estos delirios los desesperados saltos del espíritu por llegar a ese mundo? (1942: I, 498)
La razón se identifica en el pasaje como un elemento conservador únicamente válido como garante de nuestra existencia en el mundo terrenal. Sin embargo, si lo que se pretende es explorar más allá de lo aparente, es decir, si se pretende sobre-vivir, la razón no es sino un lastre, una cadena que, como bien sugiere el psiquiatra, no hace
119 Como se observará a lo largo de esta sección, la búsqueda del Conocimiento en la que se embarcan los personajes de Unamuno guarda una estrecha relación con la búsqueda de Dios del hombre teológico kierkegaardiano (véase a este respecto el apartado ‘1.1.3.- La esfera teológica’) pues en ambos casos es mediante la unión con la deidad que el ser humano alcanzará a comprender los inescrutables designios del universo. Sin embargo, los protagonistas unamunianos no van a ser capaces de ejercer ese salto de fe que según Kierkegaard es necesario para unirse a la divinidad y, por lo tanto, sus posibilidades de llegar a ese Conocimiento serán prácticamente nulas.
sino atarnos a esta existencia, digamos, material. Como ya se ha apuntado, más allá de la razón se esconde algo, un mundo diferente que se escapa a nuestra comprensión y hacia el que tiende nuestro espíritu. En su análisis del cuento, Gómez Miranda afirma:
El ansia por conocer aquello que a priori, por el uso restrictivo de la razón, queda fuera de nuestras posibilidades, es lo que interesa poner de manifiesto a Unamuno, y no por un ‘conocer por conocer’, sino por un verdadero y necesario deseo que habita en lo más íntimo de todos los hombres. (2005: 57)
Esta breve historia ya demuestra la inadecuación de la razón a la hora de acceder al Conocimiento y a nuestra necesidad de superar los límites que ésta impone para poder llegar a él. Sin embargo, y a juzgar por la suerte del doctor Montarco, el abandono de la lógica en el mundo físico y real en el que nos movemos no nos lleva a la adquisición de conocimiento, sino a la locura.120 ¿Cómo, entonces, debe producirse este abandono de la razón humana para que resulte útil? Es en este punto cuando cobra especial relevancia el papel de la deidad. Dios no es únicamente el garante de nuestra inmortalidad, como observaremos en el capítulo subsiguiente, sino que también es la fuente de todo el saber, del Conocimiento.
En enero de 1916, Unamuno publica en La Esfera el cuento ‘El hacha mística’. En él, el narrador nos detalla la historia de un investigador que, tras encontrar un hacha un tanto especial, siente la necesidad de subir físicamente hasta acercarse al cielo: ‘El hacha aquella, lejos de pesarle, parecía como si le alzase, le exaltara, le empujara al cielo’ (1967: II, 850). Como consecuencia de este impulso irresistible, escala una montaña y, tras una suerte de experiencia mística, muere en la cumbre de la misma.
Al inicio de la misma, el protagonista de la narración es inmediatamente