napoleónicas, los comienzos de la ulterior evolución inglesa aparecieron durante la Revolución francesa y pueden remontarse al hombre que la denunció violentamente como la «más sorprendente (crisis) que hasta ahora ha sucedido en el mundo»: a Edmund Burke42. Es bien conocida la tremenda influencia que ha ejercido su obra no sólo en el pensamiento político inglés, sino también
37 Los ejemplos pueden multiplicarse. La cita procede de Imperialismes. Gobinísme en France, de CAMILE SPIESS,
París, 1917.
38 Por lo que se refiere a la posición de Taine véase «Taine on Race and Genius», de JOHN S. WHITE, en Social
Research, febrero de 1943.
39 Según la opinión de Gobineau los semitas eran una raza blanca híbrida, bas tardeada por una mezcla con negros. Por
lo que se refiere a Renan, véase Histoire générale et Système comparé des langues, 1863, parte I, pp. 4, 503 y passim.
La misma distinción en sus Langues Sémitiques, I, 15.
40 Esto ha sido muy bien expuesto por JACQUES BARZUN, op. cit.
41 Este sorprendente caballero no es otro que el bien conocido escritor e historiador ELIE FAURE, «Gobineau et le
Problème des Races», en Europe, 1923.
en el alemán. El hecho, sin embargo, debe ser subrayado, en razón de las semejanzas entre el pensamiento racial alemán y el inglés, en contraste con el de tipo francés. Estas semejanzas proceden del hecho de que ambos países habían derrotado a la Tricolor y por eso mostraban una cierta tendencia a discriminar contra las ideas de Liberté-Egalité-Fraternité como invenciones extranjeras. Siendo la desigualdad social la base de la sociedad inglesa, los conservadores británicos se sentían no poco incómodos cuando se referían a los «derechos de los hombres». Según las opiniones abiertamente mantenidas por los Tories durante el siglo XIX, la desigualdad correspondía al carácter nacional inglés. Disraeli halló «algo mejor en los derechos de los ingleses que en los derechos de los hombres», y para sir James Stephen «pocas cosas en la Historia (parecieron) tan miserables como el grado hasta el que los franceses se dejaron conducir en tales cuestiones»43. Esta es una de las razones por las que pudieron permitirse desarrollar hasta finales del siglo XIX el pensamiento racial a lo largo de líneas nacionales mientras que en Francia las mismas opiniones mostraron su verdadero rostro antinacional desde su propio comienzo.
El argumento principal de Burke contra los «principios abstractos» de la Revolución francesa está contenido en la siguiente frase: «Ha sido política uniforme de nuestra constitución afirmar y asegurar nuestras libertades como una herencia transmitida por nuestros antepasados y que tiene que ser legada a nuestra posteridad; como una propiedad especialmente perteneciente al pueblo de este reino, sin referencia alguna a ningún otro derecho más general o anterior». El concepto de herencia, aplicado a la verdadera naturaleza de la libertad, fue la base ideológica de la que el na- cionalismo inglés recibió su curioso toque de sentimiento racial incluso desde la Revolución francesa. Formulado por un escritor de la clase media, significaba la aceptación directa del concepto feudal de la libertad como la suma total de privilegios heredados junto con el título y la tierra. Sin penetrar en los derechos de la clase privilegiada dentro de la nación inglesa, Burke amplió el principio de estos privilegios hasta incluir a todo el pueblo inglés, afirmándolo como una clase de nobleza entre las naciones. De aquí extrajo su desprecio por aquellos que afirmaban su franquicia como derechos de los hombres, derechos que él consideró sólo reivindicables como «derechos de los ingleses».
El nacionalismo se desarrolló en Inglaterra sin sufrir serios ataques de las clases feudales. Y ello fue posible porque la clase acomodada inglesa, desde el siglo XVII en adelante, y en número siempre creciente, había asimilado a los niveles superiores de la burguesía, de forma tal que, a veces, incluso el plebeyo podía llegar a alcanzar la posición de un lord. Mediante este proceso desapareció gran parte de la habitual arrogancia de casta de la nobleza y se creó un considerable sentido de responsabilidad por la nación en conjunto; pero, por el mismo medio, los conceptos y la mentalidad feudales pudieron influir en las ideas políticas de las clases inferiores con mayor facilidad que en otros países. Así, el concepto de la herencia fue aceptado casi sin alteracion y aplicado a todo el «linaje» británico. La consecuencia de esta asimilación de los niveles de la nobleza fue que la especie inglesa de pensamiento racial se mostró casi obsesionada por las teorías de la herencia y por su equivalente moderno, la eugenesia.
Desde el momento en que los pueblos europeos comenzaron a intentar incluir a todos los pueblos de la Tierra en su concepción de la Humanidad, se mostraron irritados por las grandes diferencias físicas entre ellos mismos y los pueblos que hallaban en otros continentes44. El entusiasmo del siglo XVIII por la diversidad en que podían hallar expresión la naturaleza y la razón humanas, omnipresentes e idénticas, proporcionó una más bien débil defensa argumental a la cuestión crucial, es decir, la de si el principio cristiano de unidad e igualdad de todos los hombres, basado en el hecho de descender todos de una pareja original, podía mantenerse en los corazones de hombres que se enfrentaban con tribus que, hasta donde sabemos, jamás habían hallado por sí mismas una
43
Liberty, Equality, Fraternity, p. 254. Por lo que se refiere a Lord Beaconsfield, véase BENJAMIN DISRAELI, Lord
George Bentinck, 1852, p. 184.
44 En muchos relatos de viajeros del siglo XVIII puede hallarse un significativo aunque moderado eco de esta sorpresa
intima. Voltaire la juzgó suficientemente importante como para concederla una nota especial en su Dictionnaire
Philosophique: «Hemos visto, además, cuán diferentes son las razas que habitan este globo y cuán grande tuvo que ser
adecuada expresión de razón humana o de pasión humana en sus hechos culturales o en sus costumbres populares y que sólo habían desarrollado instituciones humanas a un nivel muy bajo. Este nuevo problema que apareció en la escena histórica de Europa y América con un conocimiento más íntimo de las tribus Africanas, había causado ya, y especialmente en América y en algunas posesiones británicas, una vuelta a formas de organización social que se habían considerado definitivamente liquidadas por el cristianismo. Pero ni siquiera la esclavitud, aunque establecida entonces sobre una base estrictamente racial, hizo que los pueblos poseedores de esclavos se mostraran conscientes de la raza antes del siglo XIX. A lo largo del siglo XIX, los propietarios ame- ricanos de esclavos consideraban a la esclavitud como una institución temporal y deseaban abolirla gradualmente. La mayoría de ellos probablemente hubiera dicho con Jefferson: «Tiemblo cuando pienso que Dios es justo.»
En Francia, donde el problema de las tribus negras había sido abordado con el deseo de asimilarlas y educarlas, el gran científico Leclerc de Buffon proporcionó una primera clasificación de las razas que, basada en los pueblos europeos y ordenando a todos los demás por sus diferencias respecto de aquéllos, enseñó la igualdad por estricta yuxtaposición45. El siglo XVIII, .por usar la admirable y precisa frase de Tocqueville, «creía en la variedad de razas, pero en la unidad de la especie humana»46. En Alemania, Herder se había negado a aplicar la «innoble palabra» de raza a los hombres, e incluso el primer historiador de la cultura de la Humanidad, que utilizó la clasificación de las especies, Gustav Klemm47, todavía respetaba la idea de la Humanidad como marco general de sus investigaciones.
Pero en América y en Inglaterra, donde las gentes tenían que resolver un problema de vida en común tras la abolición de la esclavitud, las cosas fueron considerablemente menos fáciles. Con la excepción de África del Sur —un país que influyó sobre el racismo occidental sólo tras la «rebatiña por África» en la década de los años ochenta—, estas naciones fueron las primeras en abordar en la política práctica el problema de la raza. La abolición de la esclavitud agudizó los conflictos inherentes en vez de hallar una solución para las serias dificultades que ya existían. Esto fue especialmente cierto en Inglaterra, donde los «derechos de los ingleses» no fueron sustituidos por una nueva orientación política que podía haber declarado los derechos de los hombres. La abolición de la esclavitud en las posesiones británicas en 1834 y la discusión que precedió a la guerra civil americana halló por eso en Inglaterra una opinión pública considerablemente confusa que fue terreno fértil para las diferentes doctrinas naturalistas que surgieron en aquellas décadas.
La primera de tales doctrinas estaba representada por los poligenistas, quienes, desafiando a la Biblia como libro de mentiras piadosas, negaron que existiera relación alguna entre las «razas» humanas; su logro principal fue la destrucción de la idea de la ley natural como nexo de unión entre todos los hombres y todos los pueblos. Aunque no afirmaba una predestinada superioridad racial, el poligenismo aisló entre sí a todos los pueblos mediante el profundo abismo de la imposibilidad física de la comprensión y de la comunicación humanas. El poligenismo explica por qué el «Este es el Este y el Oeste es el Oeste, y nunca se reunirán las dos partes», y contribuyó considerablemente a impedir los matrimonios mixtos en las colonias y a promover la discriminación contra los individuos de origen mixto. Conforme al poligenismo, tales personas no son verdaderos seres humanos; no pertenecen a una sola raza, sino que son un tipo de monstruos en los que «cada célula es teatro de una guerra civil»48.
Por duradera que a la larga resultara ser la influencia del poligenismo en el pensamiento racial inglés, durante el siglo XIX fue pronto derrotada en el campo de la opinión pública por otra doctrina. Esta doctrina partía también del principio de la herencia, pero añadía el principio político del siglo XIX, el progreso, de donde llegó a la conclusión opuesta, pero mucho más convincente, de que el hombre está emparentado no sólo con el hombre, sino también con la vida animal, y de que
45 Histoire Naturelle, 1769-1789. 46 Op. cit., carta de 15 de mayo de 1852.
47 Allgemeine Kulturgeschichte des Menschheit, 1843-1852.
48
A. CARTHILL, The Lost Dominion, 1924, p. 158.la lucha por la diaria pitanza y que se habían abierto camino hasta la relativa seguridad de los advenedizos.
la existencia de razas inferiores muestra claramente que sólo diferencias graduales separan al hom- bre de la bestia y que una poderosa lucha por la existencia domina a todos los seres vivientes. El darwinismo se vio especialmente reforzado por el hecho de que siguió el sendero de la antigua doctrina del derecho de la fuerza. Pero mientras que esta doctrina, cuando fue utilizada exclusivamente por aristócratas, empleó el orgulloso lenguaje de la conquista, se traducía ahora en el lenguaje más bien amargo de quienes habían conocido
El darwinismo conoció un éxito tan abrumador porque proporcionó, sobre la base de la herencia, las armas ideológicas para la dominación racial tanto como para la clasista, y porque pudo ser empleado tanto a favor como en contra de la discriminación racial. Políticamente hablando, el darwinismo como tal era neutral y ha conducido tanto a todo tipo de pacifismo y cosmopolitismo como a las más agudas formas de ideologías imperialistas49. En las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado el darwinismo estaba en Inglaterra casi exclusivamente en las manos del partido utilitario y anticolonial, y el primer filósofo de la evolución, Herbert Spencer, que trató a la sociología como una parte de la biología, creía que la selección natural beneficiaba a la evolución de la Humanidad y determinaría una paz perpetua. El darwinismo ofreció dos importantes conceptos para la discusión política: la lucha por la existencia, con la afirmación optimista sobre la necesaria y automática «supervivencia de los más aptos», y las posibilidades indefinidas que parecían existir en la evolución del hombre a partir de la vida animal y que iniciaron la nueva «ciencia» de la eugenesia.
La doctrina de la necesaria supervivencia de los más aptos, con su implicación de que las capas superiores de la sociedad son eventualmente las «más aptas», se extinguió como se extinguió la doctrina de la conquista, es decir, en el momento en que las clases dominantes de Inglaterra o de dominación inglesa en las posesiones coloniales ya no se sintieron absolutamente seguras y cuando se torno considerablemente dudoso el que las «más aptas» de entonces llegasen a ser las más aptas del futuro. La otra parte del darwinismo, la genealogía del hombre a partir de la vida animal, sobrevivió por desgracia. La eugenesia prometía superar las perturbadoras incertidumbres de la supervivencia según las cuales era imposible predecir quién resultaría ser el más apto o proporcionar los medios para que las naciones llegaran a desarrollar una aptitud permanente. Esta posible consecuencia de la aplicación de la eugenesia fue subrayada en Alemania durante la década de los años veinte como reacción a La decadencia de Occidente, de Spengler50. El proceso de selección sólo tuvo que pasar de ser una necesidad natural que actuaba a espaldas de los hombres a una herramienta «artificial» y física conscientemente aplicada. La bestialidad ha sido siempre algo inherente a la eugenesia y resulta completamente característica la temprana observación de Haeckel según la cual la muerte por piedad ahorraría «gastos inútiles a la familia y al Estado»51. Finalmente, los últimos discípulos del darwinismo en Alemania decidieron abandonar el campo de la investigación científica y olvidar las investigaciones acerca del eslabón perdido entre el hombre y el mono e iniciar en lugar de eso sus esfuerzos prácticos para convertir al hombre en lo que los darwinistas consideraban un mono.
Pero antes de que el nazismo, en la carrera de su política totalitaria, tratara de trocar al hombre en bestia, existieron numerosos esfuerzos para transformarle en dios sobre una base estrictamente hereditaria52. No sólo Herbert Spencer, sino todos los primeros evolucionistas y darwinistas
49 Véase, de FRIEDRICH BRIE, lmperialistiche Strömugen in der englischen Literatur, Halle, 1928.
50 Véase, por ejemplo, OTTO BANGERT, Goid oder Blut, 1927. «Por eso puede ser eterna una civilización», p. 17.
51
En Lebenswünder, 1904, pp. 128 y ss.
52 Casi un siglo antes de que el evolucionismo proporcionara el pretexto científico, voces de advertencia previeron las
consecuencias inherentes a una locura que se hallaba entonces simplemente en su fase de pura imaginación. VOLTAIRE había jugado más de una vez con las opiniones evolucionistas, véase principalmente «Philosophie Générale: Métaphysique, Morale et Théologie», Oeuvres Complètes, 1785, tomo 40, pp. 16 y ss. En su Dictionnaire
Philosophique, artículo «Chaîne de êtres créés», escribió: «Al principio, nuestra imaginación se siente atraída por la
transición imperceptible de la materia cruda a la materia organizada, de las plantas a los zooíitos, de estos zoofitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los espíritus, de estos espíritus revestidos de un pequeño cuerpo aéreo a las sustancias inmateriales; y... al mismo Dios. Pero ¿puede llegar a ser Dios el espíritu más perfecto creado por el Ser Supremo? ¿No existe alguna infinitud entre Dios y él? ... ¿No existe obviamente un vacío entre el mono y el hombre?»
«poseían una fe tan fuerte en el futuro angélico de la Humanidad como en el origen simiesco del hombre»53. La herencia selecta se estimaba resultado del «genio hereditario»54 y, una vez más, se consideró a la aristocracia como resultado natural, no de la política, sino de la selección natural, del linaje puro. La transformación de toda la nación en una aristocracia natural de la que los ejemplares más selectos evolucionarían hasta ser genios y superhombres, fue una de las muchas «ideas» concebidas por los frustrados intelectuales liberales en sus sueños de reemplazar a la antigua clase dominante por una nueva élite mediante recursos no políticos. A finales del siglo los escritores abordaban corrientemente los temas políticos en términos de biología y zoología, y zoólogos hubo que escribieron «Perspectivas Biológicas de nuestra política exterior», como si hubieran descubierto una guía infalible para los políticos55. Todos ellos ofrecieron nuevos medios de controlar y regular la «supervivencia de los más aptos» conforme con los intereses nacionales del pueblo inglés.56
El aspecto más peligroso de estas doctrinas evolucionistas estriba en que combinaban este concepto de la herencia con la insistencia en el logro personal y en el carácter individual que tan importante había resultado para el respeto por sí misma de la clase media del siglo XIX. Esta clase media deseaba que los científicos pudieran probar que los grandes hombres, no los aristócratas, eran Ios verdaderos representantes de la nación, en aquellos en quienes se hallaba personificado el «genio de la raza». Tales científicos proporcionaron un escape ideal a la responsabilidad política cuando «demostraron» la temprana declaración de Benjamin Disraeli, según la cual el gran hombre es «la personificación de la raza, su ejemplar selecto». El desarrollo de este «genio» halló su lógica final cuando otro discípulo del evolucionismo declaró sencillamente: «El inglés es el capataz y la Historia de Inglaterra es la historia de su evolución»57.
Tan significativo como fue que el pensamiento racial inglés, al igual que el alemán, se originara entre los pensadores de la clase media y no de la nobleza, es que naciera del deseo de extender los beneficios de las reglas de la nobleza a todas las clases y que se nutriera de auténticos sentimientos nacionales. A este respecto las ideas de Carlyle sobre el genio y el héroe fueron realmente más las armas de un «reformador social» que las doctrinas del «Padre del imperialismo británico», acusación por lo demás muy injusta58. Su adoración del héroe, que le ganó una amplia audiencia tanto en Inglaterra como en Alemania, tuvo las mismas fuentes que la adoración de la personalidad del romanticismo alemán. Fue la misma afirmación y glorificación de la grandeza innata del
53
HAYES, op. cit., p. 11. Hayes destaca certeramente la fuerte moralidad práctica de estos primeros materialistas. Explica «este curioso divorcio entre las morales y las creencias» por «lo que sociólogos posteriores han denominado un retraso en el tiempo» (página 130). Esta explicación, sin embargo, parece más bien débil si uno recuerda que otros materialistas que, como Hackel, en Alemania, o Vacher de Lapouge, en Francia, habían abandonado la calma de sus estudios e investigaciones para consagrarse a actividades propagandísticas, no experimentaron ese retraso en el tiempo; que, por otra parte, sus contemporáneos que no se hallaban teñidos por sus doctrinas materialistas, como Barrès y compañía, en Francia, fueron muy prácticos seguidores de la perversa brutalidad que barrió a Francia durante el Affaire Dreyfus. El repentino declive de la moral en el mundo occidental parece menos provocado por un desarrollo autónomo de ciertas «ideas» que por una serie de nuevos acontecimientos políticos y por nuevos problemas políticos y sociales con los que se enfrentó la Humanidad sorprendida y confundida.
54 Tal fue el título de un muy leído libro de Fr. Galton, publicado en 1869 y que provocó una oleada de literatura sobre