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Entre 1880 y 1888, la Compañía de Panamá, bajo la dirección de De Lesseps, que había construido el Canal de Suez, pudo realizar escasos progresos prácticos. Sin embargo, dentro de la misma Francia, logró durante ese período nada menos que 1.335.538.454 francos en préstamos privados18.El éxito resulta más significativo si se considera el cuidado de la clase media francesa en cuestiones económicas. El secreto del éxito de la Compañía radicó en el hecho de que varios de sus empréstitos públicos fueron invariablemente respaldados por el Parlamento. Generalmente, se consideraba la construcción del Canal más como un servicio público y nacional que como una empresa privada. Cuando la Compañía llegó a la bancarrota fue, por eso, la política exterior de la República la que realmente sufrió el golpe. Sólo al cabo de unos pocos años llegó a comprenderse que aún más importante había sido la ruina de cerca de medio millón de franceses de la clase media.

14 En lo que se refiere a la oreación de tales mitos en ambos bandos, véase DANIEL HALÉVY, «Apologie pour notre

passé», en Cahiers de la quinzaine, serie XL, número 10, 1910.

15 En la Carta a Francia de Zola, en 1898, sorprende una nota claramente moderna: «Oímos en ambos bandos que el

concepto de la libertad ha ido a la bancarrota. Cuando afloró el «Affaire Dreyfus», este prevalente odio por la libertad halló una oportunidad dorada... ¿No veis que la única razón por la que Scheurer-Kestner ha sido atacado con tal furia es por pertenecer a una generación que creía en la libertad y trabajaba por ella? Hoy, cualquiera se encoge de hombros ante cosas semejantes... ‘Estos viejos', se ríe, ‘sentimentales anticuados'». HERZOG, op. cit., con fecha 6 de enero de 1898.

16 La burlesca naturaleza de los diferentes intentos realizados en el siglo XIX Para preparar un coup d'état fue

claramente analizada por ROSA LUXEMBURGO en su articulo, «Die soziale Krise in Frankreich», en Die Neue Zeit, vol. I, 1901.

17 Todavía se ignora si el coronel Henry falsificó el bordereau por orden del Jefe del Estado Mayor o por su propia

iniciativa. En forma semejante, jamás ha sido adecuadamente aclarado el intento de asesinato de Labori, abogado de Dreyfus ante el Tribunal de Rennes. Véase, de EMILE ZOLA, Corresponden ce: lettres à Maître Labori, París, 1929, p. 31, n. 1.

Tanto la prensa como la comisión investigadora parlamentaria llegaron aproximadamente a la misma conclusión: la Compañía se hallaba en bancarrota desde hacía varios años. De Lesseps, aseguraron, había vivido con la esperanza de un milagro, acariciando el sueño de que, de alguna manera, llegarían nuevos capitales con los que poner manos a la obra. Para conseguir la aprobación a los nuevos préstamos se había visto obligado a sobornar a la prensa, a medio Parlamento y a todos los altos funcionarios. Esto, sin embargo, había exigido el empleo de intermediarios, quienes, a su vez, habían demandado exorbitantes comisiones. Así, precisamente lo que inspiró originariamente la confianza pública en la empresa, es decir, el apoyo del Parlamento a los préstamos, resultó ser al final el factor que convertía un no demasiado ortodoxo negocio privado en un chanchullo colosal.

No había judíos ni entre los miembros sobornados del Parlamento ni en el Consejo de Administración de la Compañía. Jacques Reinach y Cornélius Herz, sin embargo, rivalizaron por el honor de distribuir los sobornos entre los miembros de la Cámara, el primero entre el ala derecha de los partidos burgueses y el segundo en los radicales (partidos anticlericales de la pequeña burguesía)19.Reinach fue consejero financiero secreto del Gobierno durante la década de los años 8020, y por eso se encargó de sus relaciones con la Compañía de Panamá, mientras que el papel de Herz era doble. Por un lado, servía Reinach como enlace con los sectores radicales del Parlamento a los que el mismo Reinach no tenía acceso. Por otro, esta tarea le proporcionó tal conocimiento del alcance de la corrupción, que pudo chantajear constantemente a su jefe y envolverle aún más a fondo en el embrollo21.

Como es natural, al servicio de Herz y de Reinach trabajaban cierto número de pequeños hombres de negocios judíos. Sus nombres, empero, pueden descansar muy bien en el olvido en el que merecidamente cayeron. Cuanto más incierta era la situación de la Compañía, más elevado, lógicamente, era el interés de la comisión, hasta que al final la Compañía recibía muy escasa porción del dinero que se le anticipaba. Poco antes de la bancarrota, Herz recibió por una sola transacción en el Parlamento un anticipo de nada menos que 600.000 francos. El anticipo, sin embargo, fue prematuro. El préstamo no fue otorgado, y los accionistas se quedaron sencillamente sin 600.000 francos22. Todo este sucio asunto acabó desastrosamente para Reinach. Acosado por el chantaje de Herz, acabó por suicidarse23.

Pero poco antes de su muerte había dado un paso cuyas consecuencias para la judería francesa difícilmente pueden ser exageradas. Había entregado a La Libre Parole, el diario antisemita de Edouard Drumont, su lista de los parlamentarios sobornados, los llamados «pensionados», imponiendo como única condición que el diario debería abstenerse de mencionar su nombre cuando publicara su información. La Libre Parole, un periódico oscuro y políticamente insignificante, se transformó súbitamente en uno de los diarios más influyentes del país, con una tirada de 300.000 ejemplares. La dorada oportunidad que le había proporcionado Reinach fue explotada con un cuidado y una destreza notables. La lista de culpables fue publicada en pequeños fragmentos, de forma tal que centenares de políticos permanecían con el alma en un hilo mañana tras mañana. El diario de Drumont, y con él todo el movimiento y la prensa antisemitas, acabaron por convertirse en una peligrosa fuerza dentro de la III República.

El escándalo de Panamá, que, en frase de Drumont, tornó visible lo invisible, aportó consigo dos revelaciones. En primer lugar, reveló que los parlamentarios y los altos funcionarios se habían convertido en hombres de negocios. En segundo lugar, mostró que los intermediarios entre la empresa privada (en este caso, la Compañía) y la maquinaria estatal eran casi exclusivamente

19 Véase GEORGES SUAREZ, La Vie orgueilleuse de Clemenceau, París, 1930, página 156.

20 Así lo afirmó, por ejemplo, el ex ministro Rouvier ante la Comisión investigadora. 21

Barrès (citado por BERNANOS, op. cit., p. 271) comenta la tensión sucintamente: «Si Reinach se había tragado algo, era Cornélius Herz quien sabía cómo hacérselo vomitar.»

22 Véase FRANK, op. cit., en el capítulo titulado «Panama»; véase SUÁREZ, obra citada, p. 155.

23 La pugna entre Reinach y Herz proporciona al escándalo de Panamá un aire de gangsterismo poco corriente en el

siglo XIX. En su resistencia al chantaje de Herz, Reinach llegó tan lejos como para reclutar la ayuda de ex inspectores de policía, poniendo un precio de diez mil francos por la cabeza de su rival; véase SUÁREZ, op. cit., Página 157.

judíos24.Lo que resultaba más sorprendente era que todos estos judíos que trabajaban en tan íntima relación con la maquinaria del Estado eran unos recién llegados. Hasta el establecimiento de la III República, la administración de las finanzas del Estado había estado prácticamente monopolizada por los Rothschild. Un intento de sus rivales, los hermanos Péreire, para arrebatarles parte de esa administración, estableciendo el Crédit Mobilier, concluyó en un compromiso. Y en 1882, el grupo de los Rothschild todavía era suficientemente poderoso como para provocar la bancarrota de la Unión Générale católica, cuyo verdadero objetivo había sido arruinar a los banqueros judíos25. Inmediatamente después de la conclusión del tratado de paz de 1871, cuyas estipulaciones financieras fueron negociadas por parte de Francia por los Rothschild, y por parte alemana por Bleichroeder, ex agente de la casa, los Rothschild se embarcaron en una política sin precedentes: se manifestaron abiertamente en favor de la Monarquía y en contra de la República26.Lo que resultaba nuevo no era esta tendencia monárquica, sino el hecho de que, por vez primera, un importante poder financiero judío se alzara en oposición contra el régimen del momento. Hasta entonces, los Rothschild se habían acomodado a cualquier sistema político que estuviera en el poder. Parecía, por eso, que la República era la primera forma de gobierno que no tenía realmente nada que ofrecerles.

Tanto la influencia política como el status social de los judíos se habían debido durante siglos al hecho de que constituían un cerrado grupo que trabajaba directamente al servicio del Estado y se hallaba directamente protegido por éste en razón de las tareas especiales que realizaba. La íntima e inmediata relación con la maquinaria del Gobierno sólo era posible mientras que el Estado permaneciera a distancia del pueblo, mientras las clases dirigentes siguieran mostrándose indiferentes a estas actividades financieras. En tales circunstancias, los judíos eran, desde el punto de vista del Estado, el elemento más seguro de la sociedad, porque realmente no pertenecían a ella. El sistema parlamentario permitió a la burguesía liberal ganar el control de la maquinaria del Estado. Pero los judíos jamás habían pertenecido a esta burguesía, y por eso eran mirados con una no injustificable suspicacia. El régimen ya no necesitaba a los judíos como antes, dado que ahora era posible lograr, a través del Parlamento, una expansión financiera que superara los más audaces sueños de los antiguos monarcas, más o menos absolutos o constitucionales. De esta manera, las principales casas judías se esfumaron gradualmente de la escena de las finanzas políticas y se desplazaron a los salones más o menos antisemitas de la aristocracia, para soñar así con la financiación de movimientos reaccionarios destinados a restaurar los antiguos y buenos tiempos27. Mientras tanto, empero, otros círculos judíos, recién llegados entre los plutócratas judíos, empezaban a tomar parte creciente en la vida comercial de la III República. Lo que los Rothschild casi olvidaron y lo que estuvo casi a punto de costarles su poder fue el simple hecho de que, una vez que retiraron, aunque fuese momentáneamente, sus intereses activos en un régimen, inmediatamente perdieron su influencia no sólo en los círculos gubernamentales, sino entre los judíos. Los inmigrantes judíos fueron los primeros en advertir su oportunidad28. Comprendieron muy bien que la República, tal como se había desarrollado, no era la secuela lógica de un alzamiento del pueblo unido. De la matanza de los 20.000 communards de la derrota militar y del colapso económico, lo

24 Véase LEVAILLANT, «La Genèse de l'antisémitisme sous la troisième République», en Revue des études juives, vol.

LIII (1907), p. 97.

25 Véase BERNARD LAZARE, Contre L'Antisémitisme: Histoire d'une polémique, París, 1896.

26 Por lo que se refiere a la oomplicidad de la gran Banoa con el movimiento orleanista, véase G. CHARENSOL, op.

cit. Uno de los portavoces de este poderoso grupo era Arthur Meyer, editor de Le Gaulois. Judío bautizado, Meyer

pertenecía al sector más violento de los antidreyfusards. Véase CLEMENCEAU, «Le spectacle du jour», en L'Iniquité, 1899; véanse también las anotaciones en el diario de Hohenlohe, en HERZOG, op. cit., con fecha 11 de junio de 1898.

27 Sobre las inclinaciones al bonapartismo, véase FRANK, op. cit., p. 419, basadas en documentas no publicados

obtenidos de los archivos del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores.

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Jacques Reinach había nacido en Alemania, recibió una baronía italiana y se nacionalizó en Francia. Cornélius Herz había nacido en Francia, era hijo de padres bávaros. Emigró a América en su primera juventud y allí adquirió la ciudadanía y amasó una fortuna. Para más detalles, véase BROGAN, op. cit., pp. 268 y ss. Característico de la forma en que los judíos nativos desaparecieron de los cargos públicos es el hecho de que tan pronto como comenzaron a ir mal los asuntos de la Compañía de Panamá, Lévy-Crémieux, su consejero financiero originario, fue sustituido por Reinach; véase BROGAN, op. cit., libro VI, capítulo 2.

que había en realidad emergido era un régimen cuya capacidad de gobernar resultó dudosa desde el principio. Hasta el punto de que al cabo de tres años una sociedad conducida hasta el borde de la ruina clamaba por un dictador. Y cuando lo consiguió en la persona del presidente general MacMahon (cuya única nota distintiva había sido su derrota de Sedan), éste resultó muy pronto ser un parlamentario de la vieja escuela, y al cabo de unos pocos años (1879) presentó su dimisión. Mientras tanto, sin embargo, los diferentes elementos de la sociedad, desde los oportunistas a los radicales y desde los coalicionistas a la extrema derecha, habían decidido qué clase de politica necesitaban de sus representantes y qué método debían emplear. La política adecuada era la defensa de sus propios intereses, y el método oportuno era la corrupción29. Después de 1881, la estafa (citando a León Say) se convirtió en la única ley.

Se ha señalado justamente que en este período de la historia francesa cada partido político tenía su judío, de la misma forma que cada casa real tuvo una vez su judío palaciego30. La diferencia, empero, era profunda. La inversión de capital judío en el Estado había contribuido a dar a los judíos un papel productivo en la economía de Europa. Sin su ayuda hubiera resultado inconcebible el desarrollo durante el siglo XVIII de la Nación-Estado y de su independiente administración civil. Al fin y al cabo, la judería occidental debía su emancipación a estos judíos palaciegos. Las turbias transacciones de Reinach y sus asociados ni siquiera condujeron a la riqueza permanente31.Todo lo que hicieron fue cubrir con una oscuridad aún más profunda las misteriosas y escandalosas relaciones entre los negocios y la política. Estos parásitos sobre un cuerpo corrompido sirvieron para proporcionar a una sociedad totalmente decadente una coartada notablemente peligrosa. Como eran judíos, era posible convertirles en víctimas propiciatorias cuando hubiese que calmar la indignación pública. Después las cosas seguirían del mismo modo. Los antisemitas podían señalar inmediatamente a los parásitos judíos para «probar» que todos los judíos en todas partes eran sólo gusanos sobre el cuerpo del pueblo, que, de otra manera, estaría sano. No les importaba que la corrupción del cuerpo político se hubiera iniciado sin la ayuda de los judíos; que la política de los hombres de negocios (en una sociedad burguesa a la que no habían pertenecido los judíos) y su ideal de competencia ilimitada había conducido a la desintegración del Estado en partidos políticos; que las clases dirigentes se hubiesen revelado incapaces de proteger sus propios intereses, por no mencionar a los intereses del país. Los antisemitas que se denominaban a sí mismos patriotas introdujeron una nueva especie de sentimiento nacional, que consiste primariamente en ocultar por completo las faltas del propio pueblo y condenar en bloque las de todos los demás.

Los judíos podían seguir siendo un grupo al margen de la sociedad sólo mientras fueran útiles a una maquinaria estatal más o menos homogénea y mientras ésta se hallara interesada en protegerles. La decadencia de la maquinaria del Estado produjo la disolución de las cerradas filas de la judería, que había estado durante tanto tiempo ligada a aquélla. El primer signo de esta evolución apareció en las actividades desempeñadas por los judíos franceses recientemente nacionalizados, sobre los que habían perdido su control sus hermanos nativos, de la misma manera que ocurrió en la Alemania del período de inflación. Los recién llegados cubrieron los huecos que quedaban entre el mundo comercial y el Estado.

Mucho más desastroso fue otro proceso que comenzó asimismo por esta época y que fue impuesto desde arriba. La disolución del Estado en facciones, aunque destrozó la cerrada sociedad de los judíos, no les empujó a un vacío en el que pudieran vegetar fuera del Estado y de la sociedad. Porque los judíos eran demasiado ricos y, en una época en la que el dinero constituía uno de los

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GEORGES LACHAPELLE, Les Finances de la Troisième République, París, 1937, páginas 54 y ss., describe detalladamente cómo la burocracia logró el control de los fondos públicos y cómo la Comisión de Presupuestos se hallaba enteramente gobernada por intereses particulares.

Con respecto al status económico de los miembros del Parlamento, véase BERNANOS, op. cit., p. 192: «La mayoría de ellos, como Gambetta, carecían incluso de otra muda de ropa interior.»

30 Como Frank señala (op. cit., pp. 321 y ss.), la derecha tenía a su Arthur Meyer, el boulangerismo a su Alfred Naquet,

los oportunistas a su Reinach y los radicales a su Dr. Cornélius Herz.

31 A estos recién llegados se dirigen las acusaciones de DRUMONT (Les Trétaux du succès, Paris, 1901, p. 237): «Estos

grandes judíos que parten de la nada y lo consiguen todo... vienen de Dios sabe dónde, viven en un misterio, mueren supuestamente... No llegan, saltan... No mueren, se esfuman.»

requisitos destacados del poder, demasiado poderosos. Más bien tendieron a ser absorbidos por una variedad de «grupos», de acuerdo con sus inclinaciones políticas o, más frecuentemente, con sus relaciones sociales. Esto, sin embargo, no condujo a su desaparición. Mantuvieron ciertas relaciones con la maquinaria estatal y continuaron interviniendo, aunque en forma crucialmente diferente, en las actividades financieras del Estado. Así, a pesar de su conocida oposición a la III República, fueron precisamente los Rothschild quienes se encargaron de la emisión del empréstito ruso, mientras que Arthur Meyer, aunque bautizado y monárquico declarado, figuraba entre los implicados en el escándalo de Panamá. Esto significaba que los recién llegados a la judería francesa, que constituían los nexos principales entre el comercio privado y la maquinaria del Gobierno, fueron seguidos por los nativos. Pero si los judíos habían constituido anteriormente un grupo fuerte y estrechamente unido cuya utilidad para el Estado resultaba obvia, ahora se hallaban escindidos en camarillas, mutuamente antagónicas, pero consagradas todas al mismo propósito de ayudar a la sociedad a medrar a costa del Estado.