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El pensamiento racial en Alemania no se desarrolló hasta la derrota del viejo Ejército prusiano ante Napoleón. Debió su aparición a los patriotas prusianos y al romanticismo político, más que a la nobleza y a sus portavoces. En contraste con el género francés de pensamiento racial como arma para la guerra civil y para dividir a la nación, el pensamiento racial alemán fue inventado como un esfuerzo por unir al pueblo contra la dominación extranjera. Sus autores no buscaron aliados más allá de las fronteras, sino que desearon despertar en el pueblo una conciencia de un origen común. Esto excluyo realmente a la nobleza con sus notorias relaciones cosmopolitas que, sin embargo, eran menos características de los Junkers prusianos que del resto de la nobleza europea; en cualquier caso eliminó la posibilidad de este pensamiento racial basado en la clase más exclusiva de la población.

Como el pensamiento racial alemán acompaño a los intentos largo tiempo frustrados de unir a los numerosos Estados alemanes, permaneció tan estrechamente unido en sus primeras fases con los sentimientos nacionales más generales que resulta más bien difícil distinguir entre el simple nacionalismo y el claro racismo. Inocuos sentimientos nacionales se expresaban en lo que hoy sabemos que son términos raciales, de forma tal que incluso historiadores que identifican el tipo de racismo alemán del siglo XX con el lenguaje peculiar del nacionalismo alemán han llegado extrañamente a confundir el nazismo con el nacionalismo alemán, contribuyendo por eso a subestimar la tremenda atracción internacional de la propaganda de Hitler. Estas condiciones particulares del nacionalismo alemán cambiaron sólo cuando, tras 1870, se llevó a cabo la unificación de la nación y se desarrollaron completa y conjuntamente el racismo alemán y el imperialismo alemán. De estos primeros tiempos, empero, no sobrevivieron más que unas pocas características, que han seguido siendo significativas del tipo específico de pensamiento radical alemán.

En contraste con Francia, los nobles prusianos sentían que sus intereses estaban estrechamente unidos con la posición de la Monarquía absoluta y, al menos desde la época de Federico II, buscaron su reconocimiento como representantes legítimos de la nación en su conjunto. Con la

15 «El arianismo histórico tiene su origen en el feudalismo del siglo XVIII y fue apoyado por el germanismo del XIX»,

observa SEILLIÈRE, op. cit., p. ii.

excepción de unos pocos años de las reformas prusianas (desde 1808 a 1812) la nobleza prusiana no se sintió asustada por el auge de una clase burguesa que podía haber deseado apoderarse del Gobierno ni tuvo que temer una coalición entre la clase media y la dinastía reinante. El rey prusiano, hasta 1809 el principal propietario del país, siguió siendo primus inter pares a pesar de todos los esfuerzos de los reformadores. El pensamiento racial, por eso, se desarrolló al margen de la nobleza, como un arma de ciertos nacionalistas que deseaban la unión de todos los pueblos de habla alemana y por eso insistían en un origen común. Eran liberales en el sentido de que se mostraban más bien opuestos al dominio exclusivo de los Junkers prusianos. Mientras que este origen común estuvo definido por una lengua común, difícilmente pudo hablarse de un pensamiento racial17.

Resulta notable que sólo después de 1814 se describa frecuentemente este origen común en términos de «relación de sangre», de lazos familiares, de unidad tribal, de origen sin mezcla. Estas definiciones, casi simultáneas, del católico Josef Goerres y de liberales nacionalistas como Ernst Moritz Ardnt o F. L. Jahn, testimonian el profundo fracaso de las esperanzas de provocar un verdadero sentimiento nacional en el pueblo alemán. De este fracaso en el intento de elevar el pueblo a la nacionalidad, de la falta de recuerdos históricos comunes y de la aparente apatía popular hacia los destinos comunes en el futuro, nació una apelación naturalista a los instintos tribales como sustitutivo posible para lo que todo el mundo había visto que había sido el glorioso poder de la nacionalidad francesa. La doctrina orgánica de una Historia según la cual «cada raza es un todo completo y separado»18 fue inventada por hombres que necesitaban definiciones ideológicas de la unidad nacional para reemplazar a una nacionalidad política. Fue un frustrado nacionalismo el que condujo a la declaración de Arndt conforme a la cual los alemanes, que aparentemente resultaron ser los últimos en desarrollar una unidad orgánica, tenían la suerte de ser un género puro y sin mezcla de un «pueblo genuino».19

Las definiciones orgánicas naturalistas de los pueblos son una característica destacada de las ideologías alemanas y del historicismo alemán. Sin embargo, no son todavía verdadero racismo, porque los mismos hombres que se expresan en estos términos «raciales» todavía sostienen el pilar central de la genuina nacionalidad, la igualdad de todos los pueblos. Así, en el mismo artículo en el que Jahn compara las leyes de los pueblos con las leyes de la vida animal, insiste en la genuina pluralidad igualitaria de los pueblos, únicamente en la cual puede realizarse la Humanidad20. Y Arndt, que más tarde había de declarar fuertes simpatías por los movimientos de liberación nacional de los polacos y de los italianos, exclamó: «Maldito sea el que domine y subyugue a pueblos extranjeros»21. En tanto que los sentimientos nacionales alemanes no habían sido el fruto de una genuina evolución nacional, sino más bien la reacción ante una ocupación extranjera22, las doctrinas nacionales eran de un peculiar carácter negativo, destinado a crear un muro en torno del pueblo, a actuar como sustitutivo de las fronteras que no podían ser claramente definidas ni geográfica ni históricamente.

17 Este es, por ejemplo, el caso en Philosophische Vorlesungen aus den Jahren 1804-1806, de FRIEDRICH

SCHLEGEL, II, 357. Cabe decir lo mismo respecto de Ernst Moritz Arndt. Véase, de ALFRED P. PUNDT, Arndt and

the National Awakening in Germany, Nueva York, 1935, pp. 116 y ss. Incluso Fichte, moderna víctima pro picia

favorita del pensamiento racial alemán, difícilmente fue más allá de los límites del nacionalismo.

18 JOSEPH GOERRES, en Rheinische Merkur, 1814, núm. 25.

19 En Phantasien zur Berichtigung der Urteile über künftige deutsche Verfassungen, 1815

20«Los animales de raza mezclada no tienen un verdadero poder generativo; de forma similar, los pueblos híbridos

carecen de una propagación popular propia... El progenitor de la Humanidad está muerto, la raza original, extinguida. Por eso cada pueblo moribundo constituye una desgracia para la Humanidad... La nobleza humana sólo puede expresarse exclusivamente en un pueblo», en Deutsches Volktum, 1810.

El mismo ejemplo es expresado por Goerres, quien a pesar de su definición naturalista del pueblo («Todos los miembros se hallan unidos por un nexo común de sangre»), sigue un verdadero principio nacional cuando declara: «Ninguna rama tiene derecho a dominar a otra» (op. cit.)

21 Blick aus der Zeit, cita de ALFRED P. PUNDT, op. cit.

22 «Sólo cuando Austria y Prusia cayeron tras una vana lucha empecé realmente a amar a Alemania... porque Alemania

sucumbió en la conquista y la sujeción se tornó para mí una e indisoluble», escribe E. M. ARNDT en sus Erinnerungen

Si en la primitiva forma de la aristocracia francesa el pensamiento racial había sido concebido como un instrumento de división interna y se había convertido en un arma para la guerra civil, esta primera forma de la doctrina racial alemana fue inventada como arma de unidad nacional interna y se trocó en arma para las guerras nacionales. De la misma manera que el declive de la nobleza francesa como clase destacada de la nación francesa habría tornado inútil esta arma si los enemigos de la III República no la hubieran revivido, así, tras la realización de la unidad alemana, la doctrina orgánica de la Historia habría perdido su significado si los modernos proyectistas imperialistas no hubieran deseado revivirla para atraer al pueblo y para ocultar rostros odiosos bajo la respetable capa del nacionalismo. Lo mismo sucede con otra fuente del racismo alemán que, aunque aparentemente más alejada de la escena política, tuvo una influencia más intensa y genuina en las ideologías políticas ulteriores.

El romanticismo político ha sido acusado de haber inventado el pensamiento racial de la misma manera que ha sido y podría haber sido acusado de haber inventado cualquier otra posible opinión irresponsable. Adam Mueller y Friedrich Schlegel son, al respecto, representativos en el más alto grado de una falta general de seriedad del pensamiento moderno en el que prácticamente casi cualquier opinión puede afirmarse temporalmente. Ninguna cosa real, ningún acontecimiento histórico, ninguna idea política se hallaban libres de esa manía que alcanzaba a todas partes y que destruía todo, mediante la cual estos primeros literati podían siempre hallar oportunidades nuevas y originales para opiniones nuevas y fascinantes. «El mundo tiene que ser romantizado», como Novalis escribió, deseando «conferir un elevado sentido a las cosas corrientes, una misteriosa apariencia a lo ordinario, la dignidad de lo desconocido a las cosas bien conocidas»23. Uno de estos objetos sometidos al proceso del romanticismo fue el pueblo, un objeto que podía ser convertido inmediatamente en el Estado, la nobleza que —en los primeros días— pudiera pasar por las mentes de uno de aquellos intelectuales o que —más tarde, cuando al envejecer aprendieron la necesidad de ganarse la vida diariamente— resultara que era lo que les ordenaba quien les pagase24. Por eso resulta casi imposible estudiar el desarrollo de cualquiera de estas libres opiniones en competencia, de las que se halla tan sorprendentemente repleto el siglo XIX, sin encontrar al romanticismo en su versión alemana.

Lo que estos primeros intelectuales modernos preparaban realmente no era tanto el desarrollo de una sola opinión, sino la mentalidad general de los modernos estudiosos alemanes; estos demostrarían ulteriormente, y más de una vez, que apenas puede hallarse una ideología a la que no estuvieran dispuestos a someterse si estaba en juego la única realidad —a la que incluso un romántico difícilmente puede despreciar—, la realidad de su posición. Merced a su ilimitada idolatría de la «personalidad» del individuo, cuya misma arbitrariedad se convierte en prueba de genio, el romanticismo proporciona el más excelente pretexto para este comportamiento peculiar. Todo lo que sirviera a la llamada productividad del individuo, es decir, al juego enteramente arbitrario de sus «ideas», podía convertirse en centro de toda una visión de la vida y del mundo.

Este cinismo inherente a la romántica adoración de la personalidad ha hecho posible ciertas modernas actitudes de los intelectuales. Están muy bien representadas por Mussolini, uno de los últimos herederos del movimiento, cuando se describe a sí mismo siendo al mismo tiempo «aristócrata y demócrata, revolucionario y reaccionario, proletario y antiproletario, pacifista y antipacifista». El implacable individualismo del romanticismo nunca aspiró a nada más serio que la idea de que «cualquiera es libre de crear para sí mismo su propia ideología.» Lo que fue nuevo en el experimento de Mussolini es el «intento de lograrlo con toda la energía posible»25

En razón de su «relativismo» inherente puede ser casi totalmente desechada la contribución directa del romanticismo al desarrollo del pensamiento racial. En el juego anárquico cuyas reglas autorizan a cualquiera y en cualquier tiempo a expresar al menos una opinion personal y arbitraria, es casi corriente que sea formulada y debidamente impresa cada opinión concebible. Mucho más

23 «Neue Fragmentensammiung» (1798), en Schriften, Leipzig, 1929, tomo II, página 335.

24 Por lo que se refiere a la actitud romántica en Alemania, véase CARL SCHMITT, Politische Romantik, Munich,

1925.

característica que este caos fue la creencia fundamental en la personalidad como objetivo último en sí mismo. En Alemania, donde jamás se libró en la escena política el conflicto entre la nobleza y la clase media ascendente, la adoración de la personalidad se desarrolló como el único medio de conseguir al menos un tipo de emancipación social. La clase dominante del país mostraba abiertamente su tradicional desprecio por los negocios y su desagrado a asociarse con comerciantes pese a la creciente riqueza y a la importancia de estos últimos; de esta forma no fue fácil lograr algunos medios de conseguir cierto tipo de autorrespeto. El clásico Bildungsroman alemán Wilhelm

Meister, en el que el héroe, procedente de la clase media, es educado por nobles y actores porque el

burgués de su propia esfera social carece de «personalidad», es prueba evidente de lo desesperado de la situación.

Los intelectuales alemanes, aunque apenas promovieron una lucha política en favor de la clase media a la que pertenecían, libraron una áspera y, por desgracia, victoriosa batalla, en pro de su

status social. Incluso quienes habían escrito en defensa de la nobleza sentían que sus propios

intereses estaban en juego cuando se trataba del rango social. Y para competir con los derechos y las cualidades de nacimiento formularon el nuevo concepto de la «personalidad innata» que había de obtener una aprobación general dentro de la sociedad burguesa. Como el título de heredero de una antigua familia, la «personalidad innata» se obtenía por el nacimiento y no era adquirida por méritos. De la misma manera que la falta de una Historia común para la formación de la nación había sido superada artificialmente por el concepto naturalista del desarrollo orgánico, así, en la esfera social, se suponía que la misma Naturaleza había proporcionado un título allí donde lo había negado la realidad política. Los escritores liberales pronto alardearon de la «verdadera nobleza» en oposición a los gastados títulos como el de barón que podían ser otorgados y retirados y, por implicación, afirmaron que sus privilegios naturales, como «la fuerza o el genio», no podían deber su origen a ningún hecho humano26.

Este discriminatorio punto del nuevo concepto social fue inmediatamente afirmado. Durante el largo período de simple antisemitismo social, que introdujo y preparó el descubrimiento del odio al judío como arma política, fue la falta de una «personalidad innata», la falta innata de tacto, la falta innata de productividad, la disposición innata para el comercio, lo que separó el comportamiento del hombre de negocios judío del de su colega medio. En su febril intento de conseguir algún orgullo propio contra la arrogancia de casta de los Junkers, sin atreverse, sin embargo, a pelear por la jefatura política, la burguesía, desde el comienzo, deseaba despreciar no tanto a los estratos inferiores propios como a otros pueblos. El más significativo de tales intentos fue la pequeña obra literaria de Clemens Brentano27, escrita para ser leída en el club ultranacionalista de quienes odiaban a Napoleón y que se reunieron en 1808 bajo el nombre de Die Christlich-Deutsche

Tischgesellchaft. En su complejísimo y agudo estilo, Brentano subraya el contraste entre la

«personalidad innata», el individuo genial y el «filisteo», al que identifica inmediatamente con franceses y judíos. Posteriormente la burguesía alemana trataría de atribuir a otros pueblos todas las cualidades que la nobleza despreciaba como típicamente burguesas —primero a los franceses, más tarde a los ingleses y siempre a los judíos—. Y por lo que se refiere a las misteriosas cualidades que recibía en el momento de nacer una «personalidad innata», cabe decir que eran exactamente las mismas que se atribuían a sí mismos los auténticos Junkers.

Aunque las normas de la nobleza contribuyeron de esta forma a la aparición del pensamiento racial, los mismos junkers apenas hicieron nada por conformar esta mentalidad. El único junker de este período que desarrolló una teoría política propia, Ludwig von der Marwitz, jamás usó términos raciales. Según él, las naciones se hallaban separadas por el lenguaje —una diferencia espiritual y no física—, y aunque se mostraba violentamente opuesto a la Revolución francesa, hablaba como Robespierre cuando se refería a la posible agresión de una nación contra otra: «Quien pretenda extender sus fronteras deberá ser considerado un traidor desleal entre toda la República europea de

26 Véase el muy interesante folleto contra la nobleza, del escritor liberal BUCHOLZ, Untersuchungen ueber den

Geburtsadel, Berlín, 1807, p. 68: «La verdadera nobleza... no puede ser otorgada o retirada; porque, como el poder y el

genio, se impone por sí misma y existe por sí misma.»

Estados»28. Fue Adam Mueller quien insistió sobre la pureza de la ascendencia como prueba de nobleza y Haller quien fue más allá del obvio hecho de que los poderosos dominan a los privados de poder, declarando como ley natural que los débiles deben set dominados por los fuertes. Desde luego, los nobles aplaudieron entusiasmados cuando supieron que su usurpación del poder no solo era legal, sino que se hallaba de acuerdo con las leyes naturales, y consecuencia de las definiciones burguesas fue el hecho de que durante el siglo XIX evitaran las mésalliances con más cuidado que nunca29.

La insistencia en el origen tribal común como una esencia de la nacionalidad, que formularon los nacionalistas alemanes durante y después de la guerra de 1814, y el énfasis de los románticos en la personalidad innata y en la nobleza natural, prepararon intelectualmente el camino al pensamiento racial en Alemania. Del primero procedió la doctrina orgánica de la Historia con sus leyes naturales; de la última surgió a finales del siglo el grotesco homúnculo del superhombre cuyo destino natural consiste en dominar al mundo. Mientras que estas tendencias se desarrollaron paralelamente no fueron más que medios temporales de escapar a las realidades políticas. Una vez soldadas, constituyeron la verdadera base para el racismo como una clara ideología. Pero esto no sucedió primeramente en Alemania, sino en Francia, y no por obra de los intelectuales de la clase media, sino de un noble muy inteligente y frustrado, el conde de Gobineau.