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Comparison of MAP estimation

Chapter 5. Truncated domain inversion methods: For problems with spatially-

5.4 Model-constrained optimization methods for offline DtN basis construction

5.5.1 Comparison of MAP estimation

Orientada a garantizar la satisfacción de las necesidades de expansión del capitalismo monopolista estadounidense, la supremacía norteamericana despuntó durante la post-guerra como la nueva variable motora del sistema mundial, exigiendo una reorganización de la economía industrial de los países periféricos y, sobre todo, de América Latina; inaugurando el reinado de las grandes corporaciones transnacionales del petróleo, la química y los automóviles, el capital monopolista comenzó a apoderarse de mercados solventes y cautivos, protegidos de la importación de bienes industriales modernos y sofisticados: la guerra de Corea, el monopolio norteamericano en cuanto a insumos y / o bienes de capital estratégicos, las manipulaciones de la Conferencia Internacional de Materiales y la exclusión del Plan Marshall obligaron a los Estados latinoamericanos a restringir el consumo interno, racionalizar la producción fabril, expandir la productividad del trabajo, moderar los salarios, promover la mecanización de las tareas rurales, incrementar la producción energética y reducir el gasto público. En nuestro país, el Estado populista se volvió burocrático, autoritario y desarrollista; su intervención fue menos directa, delegando en el capital extranjero la responsabilidad por la explotación y el desarrollo de los sectores estratégicos; no obstante, eso no implicó una ruptura del orden social y económico preexistente, sino que más bien impulsó su sistemática consolidación y profundización (García Delgado, 1994: 73). En ese contexto, la agricultura y la ganadería se habían tornado incapaces de permitir la reproducción del aparato industrial, pues su pobre desempeño bloqueaba la apropiación estatal de la renta agraria52; ya en 1949 las exportaciones agropecuarias habían retrocedido ostensiblemente, determinando que las reservas del Banco Central descendieran de 1.600 a apenas 150 millones de dólares (Ferrer, 1976: 199). Y a la resentida prosperidad de un esquema de industrialización comandado por empresas estatales y capitales nacionales se añadieron posteriormente una nueva ley de radicación de capitales extranjeros (1953) y la ‘celebración’ de contratos petroleros con firmas privadas (1958), hitos que sellaron el definitivo agotamiento del modelo de industrialización nacional calificado como ‘puro’ u ortodoxo.

La nueva ley de inversiones foráneas, entendida como una refuncionalización jurídica de la acumulación, alentó cuantiosas y incesantes radicaciones de capitales norteamericanos en las ramas más dinámicas de la industria nacional: automotriz, energía y química53. Según

50 El boicot comercial impuesto por el gobierno norteamericano a la Argentina, luego de la declinación de ésta respecto de la formalización de su declaración de guerra a las ‘potencias del Eje’, determinó el cierre de los mercados importadores de cereales y carnes argentinas, especialmente Estados Unidos e Inglaterra. Los Estados Unidos bloquearon las importaciones argentinas de combustibles, insumos industriales, maquinarías y equipos, imponiendo limitaciones estructurales al desarrollo manufacturero nacional. La creación del Consejo Alimentario Combinado permitió que éste programara y regulara el comercio y transporte marítimo de alimentos, oligopolizado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, consolidaron el incipiente proceso de autoabastecimiento agrícola de los países centrales. Los gobiernos europeos favorecieron a la producción agropecuaria de sus países mediante la restricción de las importaciones de trigo y la implementación de sistemas de promoción provistos de generosos subsidios financieros que impulsaron el desplazamiento de capitales otrora ligados a la agricultura hacia la ganadería. En el orden interno, el congelamiento de los arrendamientos, la disminución del volumen de la fuerza de trabajo rural -merced al proceso de industrialización, tal como había ocurrido en la Inglaterra de finales del Siglo XVIII-, el retraso tecnológico, la descapitalización del sector agropecuario y el retroceso de la producción agropecuaria pampeana bloquearon objetivamente la reproducción y apropiación de la renta agraria por parte de las clases dominantes.

51 Los grandes terratenientes, despojados del usufructo de la renta especulativa correspondiente a sus propias tierras, abandonaron aceleradamente la posesión de aquellos inmuebles de los cuales se hallaban imposibilitados de disponer libremente y volcaron sus capitales hacia el sector industrial. El régimen de rotación granos-alfalfa entre el arrendatario y el propietario, típico del modelo agroexportador, fue rápidamente sustituido por un monocultivo legitimado por la propiedad legal de las tierras.

52 “La reducción en los beneficios del comercio de artículos alimenticios y la grave crisis agrícola de 1950-52 demostraron la endeblez del sector agrícola-exportador, incapaz de seguir sosteniendo el desarrollo industrial con las divisas que generaba” (Rofman y Romero, 1997: 203).

53 Durante los años cincuenta, los ingresos netos de capital extranjero a largo plazo alcanzaron un promedio anual de 80 millones de dólares, cifra que se elevó a 300 millones entre 1959 y 1961.

Basualdo (1987: 11), entre 1958 y 1962 ingresaron a nuestro país 550 millones de dólares, merced a la instalación de industrias químicas, petroquímicas y automotrices de origen trasnacional; las radicaciones de firmas extranjeras rebasaron, entre 1958 y 1965, los dos millares, proceso que continuaría desarrollándose con igual o mayor ímpetu durante la segunda mitad de los años sesenta54. El esquema de acumulación industrial se reestructuró: las ‘industrias dinámicas o intensivas en capital’55 desplazaron a las industrias ‘vegetativas’ típicas del sub-período anterior, apoderándose de más del 80% del valor agregado generado entre 1950 y 1970. Se redefinieron y exacerbaron así las antiguas contradicciones de clase de la oligarquía argentina, pues la primitiva burguesía manufacturera que había prosperado durante la génesis de la sustitución de importaciones quedó marginada del proceso de expansión56. Se reforzaba así la hegemonía del capital extranjero sobre el tejido industrial: entre 1957 y 1963, las firmas foráneas se apropiaron del 36% de las ventas y del 25% de la producción, participación que alcanzaba el 32% para las ramas industriales concentradas y superaba el 53% en el caso de los sectores oligopólicos (Rofman y Romero, 1997: 206-209 y 217).

No sólo en función de los cambios suscitados en cuanto a la composición de la estructura económica, sino también en virtud de otros factores igualmente importantes, como la racionalización de la producción, la difusión de la Organización Científica del Trabajo (OCT) y la llegada de las cadenas de montaje fordistas -complejas y automatizadas-, las relaciones entre capital y trabajo se reorganizaron: en sólo diez años (1954-1964), la fuerza laboral empleada en el sector manufacturero retrocedió un 8%; paralelamente, el producto bruto industrial creció un 64%. No es extraño, pues, que frente a esa metamorfosis, la masa salarial disminuyera su participación en el PBI -cayendo en 1955 al 47,6%-, ni que la distribución funcional del ingreso fuera, a mediados de los años sesenta, no muy distinta de la que había regido durante el modelo agroexportador (Ferrer, 1976: 212). Otra nueva internacionalización de la economía argentina servía a su vez de marco a esa regresión o deterioro social: la adhesión a las instituciones de Bretton Woods -Fondo Monetario Internacional, BIRF- y un endeudamiento externo creciente57 impulsan a Rofman y Romero (1997: 214) a afirmar que el país fue en esta fase más permeable a los intereses externos que durante el modelo agroexportador.

Superponiendo nuevas actividades a las funciones heredadas, la división territorial del trabajo también se reorganizó, sobre todo en el interior del país. Nada menos que el 75% de los flujos foráneos de capital arribados a la Patagonia y la pampa húmeda correspondía a los sectores de la energía, la química, la siderurgia y la industria automotriz: la provincia de Buenos Aires explicaba el 40% de las inversiones extranjeras absorbidas por la industria química y petroquímica, con epicentro en Bahía Blanca, Campana y La Plata; esos segmentos daban cuenta, en el Gran Rosario, del 80% de las nuevas radicaciones empresariales; y Córdoba reunía, hacia 1963, el 80% de las inversiones automotrices norteamericanas y europeas. No obstante, la pampa húmeda no había perdido en modo alguno su histórica y secular vocación agropecuaria: el 70% de la ganadería vacuna y el 90% de la cosecha de cereales continuaban allí concentrados; tampoco el Gran Buenos Aires, a pesar de cierto centrifuguismo de las actividades industriales, había visto erosionado su poder de comando sobre la economía y el territorio, concentrando durante la primera mitad de los años sesenta más de la mitad de la ocupación total, el 38,4% de los establecimientos industriales58, el 56% de la producción manufacturera, el 53% del empleo del ramo y el 60% de la masa salarial. La metrópoli nacional detentaba, en ese contexto, un ingreso per cápita un 70% superior respecto del promedio nacional; provincias como Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, San Luis, Entre Ríos y Corrientes representaban, por el contrario, apenas el 4% del PBI nacional, contando en 1968 con un ingreso per cápita un 60% inferior a la media general argentina.

Conforme las exigencias metropolitanas de insumos agropecuarios pasaban a regular las vicisitudes regionales propias de la producción de algodón, lana, petróleo, azúcar, vino,

54 En apenas un bienio (1967-198), ingresaron al país unos 400 millones de dólares en concepto de IED.

55 Durante la década de 1960, las ramas química y petroquímica concentraron el 35,5% de las inversiones, seguidas por la industria automotriz (25,6%) y la metalúrgica (13%). Esos ramos industriales se apoderaban del 14,9%, el 23,5% y el 8,1% del producto industrial, sumando, en conjunto, el 46,5%.

56 Esa modernización industrial segmentada redundaba incluso en la diferenciación salarial de la fuerza de trabajo, según ramas. Mientras que a los obreros empleados en las industrias textiles y alimentarias le correspondían incrementos salariales inferiores a la media industrial -370% y 420%-, los trabajadores ocupados en los rubros dinámicos de la economía manufacturera gozaban de incrementos sustancialmente mayores. Véase, por ejemplo, el caso de la producción de papel y cartón (500%), maquinarias y vehículos (536%), máquinas y aparatos eléctricos (633%), productos químicos (658%), caucho (658%) y petróleo (880%) (Rofman y Romero, 1997: 218).

57 Entre 1964 y 1965, por ejemplo, el país sufrió un drenaje situado en el orden de los mil millones de dólares en concepto del pago del servicio de la deuda externa, acicateada por las altas tasas de interés de los mercados internacionales de capitales.

58 Esa participación relativa del Gran Buenos Aires sobre el total de los establecimientos industriales había descendido, entre 1953 y 1963, un 4,5%.

yerba-mate, frutas, tabaco y té, ellas operaban imprimiendo cierto dinamismo a los campos chaqueños, formoseños, correntinos y misioneros; paralelamente, Tucumán, Salta, Santiago del Estero y La Rioja encarnaban a una división del trabajo estructurada en derredor del tabaco, el algodón y la caña de azúcar. Sin embargo, Ferrer (1976: 257) explica que, en Catamarca y La Rioja, las principales especializaciones productivas no eran primarias, sino terciarias: dos terceras partes del PBG correspondían a la prestación de servicios públicos, combinando la expulsión de fuerza de trabajo rural y la concentración de obreros en los sectores de baja productividad relativa. Si Mendoza y San Juan cristalizaban su vocación vitivinícola, la Patagonia se consolidaba, en cambio, como un centro hidrocarburífero por excelencia, desarrollando, por añadidura, una próspera explotación frutícola –peras, manzanas-, bastante tecnificada y mecanizada.

No obstante, la prosperidad agrícola del norte del país era limitada y conflictiva; las llamadas actividades modernas coexistían con ‘bolsones’ pre-capitalistas (Neffa, 1998: 190), y las economías campesinas eran sometidas a profundas desestructuraciones: la monetarización, la mayor gravitación del salario en la reproducción social, el debilitamiento del trueque, la difusión del comercio, la penetración de pautas externas de consumo y la combinación formas pretéritas -reclutamiento laboral mediante el uso de la fuerza pública- y modernas -endeudamiento- de coacción desarticularon a un campesinado explotado en ingenios azucareros59, campos de algodón y tabacales. En Tucumán, el cultivo de caña de azúcar comandado por grupos familiares de origen nacional, alemán, inglés y francés sucumbía -pese al explícito apoyo estatal- ante las recurrentes crisis de sobreproducción que deterioraban la rentabilidad de ingenios y cañaverales; próspera durante los años treinta, la economía azucarera tucumana alcanzó, en plena crisis nacional y mundial (1930-1940), un crecimiento de la producción del 40% (Morina, 1997: 196), más después el colapso se tornaría estructural, profundizándose gracias al llamado ‘Operativo Tucumán’ (1966-1973), que fue implementado por el Estado nacional con el propósito de eliminar a las explotaciones menos rentables. En Salta, el cultivo del tabaco, dinámico merced a la radicación en los años sesenta de las principales corporaciones transnacionales del ramo, exacerbó el fenómeno de la expulsión migratoria, y permitió a las grandes empresas de acopio y comercialización imponer y reproducir a voluntad un singular esquema de dominación caracterizado por la creciente mecanización y tecnificación del trabajo agrícola.

No es extraño que esa forma de reproducción de las desigualdades regionales intensificara la reestructuración del sistema urbano previamente desatada por las migraciones internas; la condición receptora de población del GBA y las provincias patagónicas se consolidó como una tendencia demográfica propia del período: entre 1947 y 1960, el conurbano bonaerense recibió a más de dos millones de personas, absorbiendo así el 49,7% de los flujos migratorios, en su mayoría provenientes de Entre Ríos, Tucumán, Corrientes, Santiago del Estero, Santa Fe, Catamarca, La Pampa, San Luis y La Rioja60. Si la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires concentraban el 72,9% de esos contingentes demográficos, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe y Santiago del Estero eran responsables por el 49,2% de las expulsiones (Lattes y Recchini de Lattes, 1969: 131-133). Tierra del Fuego (25,5 por mil) y Santa Cruz (27,2 por mil) se convirtieron, entre 1960 y 1970, en las nuevas áreas receptoras de población (Velázquez, 2001: 37). Obstando la llegada de contingentes migratorios procedentes de países limítrofes, la continuidad de la dinámica demográfica heredada del sub-período anterior determinaba que el nordeste y la Patagonia -que antaño representaban el 2,7% de la población argentina- triplicaran su participación relativa, la cual ascendió al 8,1%.

Si bien castigado por la pobreza y la miseria, el norte argentino desempeñaba, empero, una función primordial: proveer de fuerza de trabajo con bajo costo de reproducción a las industrias concentradas en las áreas modernizadas; así pues, provincias como Catamarca, Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Tucumán y Santiago del Estero exhibían, por ejemplo, tasas negativas de crecimiento migratorio superiores al 15 por mil, a tal punto que, durante los años sesenta, entre el 80% y el 100% del crecimiento vegetativo total de Catamarca, Chaco, Santiago del Estero y Tucumán se desplazó hacia las grandes urbes pampeanas (Rofman y Romero, 1997: 240). Populosos contingentes de fuerza de trabajo escasamente cualificada también eran expoliados de Corrientes y La Rioja. Y ante esa realidad, el proceso de urbanización se intensificó; la macrocefalia de la red se reforzó:

59 Durante los años cuarenta, era harto común el reclutamiento de la fuerza de trabajo para garantizar su desempeño en los ingenios azucareros mediante el uso de la fuerza pública.

60 Pese a que esta fase es bien conocida por el cese de la inmigración europea, el país recibió importantes contingentes migratorios externos. Con un saldo migratorio de cuatro millones de personas entre 1929 y 1947 - procedentes de Chile, Bolivia y Paraguay-, durante la Segunda Guerra Mundial el flujo de migrantes de ultramar fue negativo, reestableciéndose luego para permitir la radicación de agricultores y profesiones industriales en las grandes ciudades (Neffa, 1998: 212).

si la proporción de población urbana se incrementó desde el 72% registrado en 1960 hasta el 79% verificado en 1970, la relación de primacía entre Buenos Aires y la segunda ciudad del país se tornó superior a 10 a 1 (Velázquez, 2001: 50). El Gran Buenos Aires, que en 1947 concentraba el 45% de la población de la pampa húmeda, pasó a acaparar, un cuarto de siglo más tarde, más de la mitad (54%); las conurbaciones de Rosario, Córdoba, La Plata, Mendoza, San Miguel de Tucumán, Santa Fe, Mar del Plata, Bahía Blanca y San Juan secundaban a la metrópoli nacional en importancia demográfica, convirtiéndose así en sus satélites. Cada vez más desigual, el reparto de la población obró como acicate para el ya notable proceso de centralización territorial de los recursos materiales: en su obra más destacada, Rofman y Romero (1997: 224-225) explican que, si en 1965 el GBA era ya beneficiario de más de la mitad (53,3%) de los préstamos hipotecarios; siete años después concentraba casi tres cuartas partes (74%) de los créditos industriales.

Se trata, en resumidas cuentas, de un orgánico conjunto de condiciones materiales e inmateriales de existencia de la formación socioespacial que lograría perdurar hasta mediados de los años setenta; fue en esa época que se suscitó una nueva reestructuración de la economía mundial, la cual obligaría al país a emprender la transición hacia otro macro- período histórico: así pues, el período ‘técnico-científico’ obraría como una suerte de puente o bisagra entre el ya hollado camino del medio técnico y la virgen senda del medio técnico-científico-informacional.

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