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A pesar de que logres desarrollar un fuerte sentido del propósito, esperanza en las posibilidades de tu vida, fe en tu futuro, estimación por tu valor, incluso, enorme gratitud, habrá momentos en que tus temores te impidan perseguir tus sueños. Existen muchas discapacidades más fuertes que no tener brazos o piernas. El miedo es una de ellas y puede ser muy debilitante. Piensa que no puedes llevar una vida plena en la que brillen tus dones, si permites que el miedo controle cada una de tus decisiones.

El miedo te va a contener y te impedirá llegar a ser la persona que deseas. Pero el miedo es sólo un estado de ánimo, una sensación, ¡no es real!

¿En cuántas ocasiones has tenido temor de algo —de la cita con el dentista, una entrevista de trabajo, una operación, un examen escolar— y luego descubres que la experiencia real no es tan atemorizante como lo habías imaginado?

Yo pensé que iba a salir hecho pomada de mi primera pelea con Chucky, pero ¡mira lo que sucedió! Es muy común que los adultos vuelvan a experimentar los miedos que tenían cuando eran pequeños. Vuelven a actuar como los niños que se atemorizan por la noche, los que creen que la sombra de las ramas del árbol afuera de su ventana, es un monstruo que quiere comérselos.

He visto cómo gente que es normal queda paralizada por completo debido al miedo. Y no me refiero a las películas de horror ni al terror que sienten los niños cuando escuchan ruidos en la noche. Hay mucha gente que queda paralizada por el temor que tienen a fracasar, a cometer errores, a comprometerse, incluso a lograr el éxito. Es imposible evitar que los miedos toquen a tu puerta, pero no es necesario que les abras. Mándalos a volar y tú sigue tu camino. Tú tienes esa opción.

Los psicólogos dicen que la mayoría de los miedos son aprendidos, que sólo nacemos con dos miedos instintivos: el temor a los ruidos fuertes y a que nos suelten. Cuando estaba en la primaria, yo tenía miedo de que Chucky me atacara, pero pude enfrentarlo. Decidí que no iba a esperar hasta sentirme valiente, sólo actué como si lo fuera y, al final, ¡lo fui!

Incluso siendo adultos fabricamos fantasías de temor que en realidad no igualan a la realidad. Es por eso que con frecuencia, la palabra MIEDO, en inglés, se desglosa en el siguiente acrónimo: FEAR (miedo): Falsa Evidencia Aparentemente Real. A veces nos

enfocamos tanto en nuestros temores, que nos convertimos en ellos y, como resultado, llegan a controlarnos.

Es muy difícil imaginar que alguien tan importante y exitoso como Michael Jordan tuviese miedo alguna vez. Sin embargo, cuando lo presentaron en el Salón de la Fama de la NBA, Jordan habló con mucha candidez sobre la forma en que a menudo había utilizado sus temores para convertirse en un mejor atleta. Cuando terminó su discurso, dijo: “Algún día verán en sus pantallas y estaré ahí, jugando básquet a los cincuenta años. No, no se rían. Nunca digan nunca. Porque las limitaciones, al igual que los miedos, casi siempre son una fantasía”.

Tal vez Jordan sea mejor basquetbolista que orador motivacional, pero tenía razón en lo que dijo. Sigue las reglas de Jordan, reconoce que los miedos no son reales y salta sobre ellos, o en todo caso, utilízalos a tu favor. La clave para lidiar con tus peores pesadillas, ya sea el temor a volar, a fracasar o a comprometerte en una relación, es entender que el miedo no es real. Es una sensación, y tú puedes controlarla.

Yo tuve que aprender esta lección muy al principio de mi carrera como orador. Me sentía muy nervioso, no sabía cómo iba a responder la gente a lo que deseaba comunicarles. Ni siquiera estaba seguro de que me prestarían atención. Por suerte, mis primeros compromisos como orador fueron ante mis compañeros estudiantes. Ellos me conocían y nos sentíamos cómodos estando juntos. Con el tiempo comencé a hablar con grupos juveniles más grandes, y en iglesias. En esos casos, ya sólo había unos cuantos conocidos repartidos entre el público. Pude sobreponerme a mis temores y a mi nerviosismo de manera gradual.

Todavía ahora, cuando tengo que hablar ante varios miles de personas, a veces cientos de miles, siento temor. Viajo a lugares muy remotos en China, Sudamérica, África y otras partes del mundo, y no tengo ni idea de cómo me va a recibir la gente. A veces me preocupa decir una broma que signifique algo totalmente distinto en su cultura y que los haga sentir ofendidos. Pero siempre uso ese temor para recordarme que siempre debo permitir que mis intérpretes y anfitriones revisen los discursos. De esa forma puedo evitarme momentos muy incómodos.

También he aprendido a manejar mi odio como una fuente de energía y como una herramienta para enfocarme en mis preparativos. Si tengo miedo de que se me olvide el discurso o de confundirme, el miedo me ayuda a concentrarme en la revisión y en los preparativos para la presentación.

De esa forma se pueden utilizar varios temores. Por ejemplo, es bueno sentir ese temor a lastimarte en un accidente automovilístico, es el mismo que te impulsa a abrocharte el cinturón. El temor a enfermarse de gripa o tener un resfriado, te conduce a lavar tus manos y tomar vitaminas. En ese sentido, también es benéfico.

Pero con mucha frecuencia permitimos que nuestros miedos aprendidos se vuelvan locos. En lugar de tomar algunas precauciones para evitar un resfriado, algunas personas llegan al extremo y se encierran en sus casas. Cuando nuestros temores nos impiden hacer todo lo que deberíamos, entonces ya no son razonables ni benéficos.

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