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8.3 Identification of constant components based on AIC

8.3.2 Computational algorithms

Dentro de las facultades que le asisten al Estado moderno; ligada precisamente a su mismo origen, está la posibilidad de ejercer la violencia como método de coerción. Ya señalamos el hecho de que el control de un territorio y su población, implica la imposición de un orden a través de un modelo de dominación, que exige lealtad y obediencia. Siguiendo a Weber y su clasificación de los tipos de dominación, encontramos que la legitimidad de la autoridad estatal está basada en el grado de poder efectivo que ejerce sobre la población de un territorio. Así, para el caso de la legitimidad del poder en el modelo democrático liberal se requiere la participación de los ciudadanos en los procesos de elección de sus representantes. En segundo lugar, es necesario que los representantes ejerzan su poder de manera honesta y clara, en favor de los intereses de la mayoría. También se requiere un reconocimiento de la autoridad, y el respeto por las leyes y las instituciones.

146 Bolívar. Ingrid. “Sociedad y Estado: la configuración del monopolio de la violencia”. En

71 Sin embargo, el Estado tiene también la posibilidad de ejercer la coerción por medios violentos, en caso de ser necesario. La represión se convierte en un vehículo legítimo, a través de las fuerzas militares y de policía. Son estas las encargadas de velar por el mantenimiento del orden social interno, y la protección de la soberanía en el campo internacional. Con el desarrollo posterior del concepto de Estado y su legitimidad, en particular desde la perspectiva de los Derechos Humanos, los Estados tienen límites en el ejercicio de la coerción. Esto evita que el Estado se convierta en un instrumento de represión y violencia indiscriminadas, en contra de aquellos a quienes, se supone, tiene que defender.

Para el caso colombiano, el monopolio de la violencia legítima existe, porque existe el Estado, pero este ha sido desafiado por la insurgencia. No obstante, esta no es la única razón. Ingrid Bolívar, en una reflexión al respecto, plantea que el monopolio de la violencia en Colombia no ha logrado nunca imponerse por cuanto la expansión de las fronteras agrícolas, el control efectivo del territorio, la presencia (ausencia) de las instituciones en muchas regiones y la presencia de poderes locales que se aglutinan bajo prácticas clientelistas, son factores que obligan al Estado a transar con otros núcleos de poder, cayendo muchas veces en corrupción, cesión de funciones básicas147 e impotencia e incapacidad institucional. Bolívar afirma que la existencia del Estado mismo inevitablemente conduce a una ordenación forzosa de los territorios y la existencia en los mismos. Esto no implica; según ella, la existencia de la justicia, la equidad social y la realización plena de valores democráticos.148

Asimismo, si volvemos a mirar la historia política de Colombia, el Estado nunca ha tenido ni el monopolio de la violencia ni el control efectivo de los territorios que conforman el país. Esto, lejos de ser una anomalía o una irregularidad es parte fundamental del proceso de construcción y consolidación del Estado-nación en Colombia.149 Es más, la presencia del Estado y la efectividad de su labor he sido, a lo largo del tiempo, diferenciada, escasa e intermitente, bajo lógicas propias de intereses políticos y económicos en consonancia con poderes existentes en cada

147

Este aspecto es de vital importancia para comprender por qué, por ejemplo, se legalizó la existencia de grupos privados de seguridad, para defender a ciertas regiones de la insurgencia y cómo esto, erosionó la efectividad del Estado al surgir posteriormente grupos paramilitares.

148

Bolívar. Ingrid. “. “Sociedad y Estado: la configuración del monopolio de la violencia”…, p. 14.

149 González. Fernán. “Espacio, conflicto y poder: las dimensiones territoriales de la violencia y la

72 región. Esos lugares en los que la presencia estatal es nula o ineficaz han sido los territorios por excelencia para la dominación y control de la insurgencia. Según González, la presencia del Estado se ha dado bajo la lógica del control de los partidos políticos y las redes clientelistas existentes en cada una de las diferentes regiones del país.150

El brazo armado del Estado colombiano también ha hecho presencia desigual en cada una de las regiones. En otros casos, esta es la única prueba de la existencia del Estado, bajo la lógica de la guerra librada contra la insurgencia. Dicho esto, es posible pensar que el control del Estado no sólo no ha sido efectivo ni constante porque no tiene presencia, sino también porque a veces su presencia muestra su cara más “violenta”, con lo cual se configura la idea del Estado represor y agresivo. En otras palabras, si un Estado sólo hace presencia militar y no la acompaña de instituciones y acciones constructivas, más lejana será la posibilidad de conseguir lealtad y respeto. Más aun, cuando en países como Colombia hay una tradición subversiva que recoge las banderas en contra de la desigualdad y la exclusión. La legitimidad que proviene del miedo es endeble: siempre habrá ímpetu de oposición mientras haya razones para levantarse en contra de un Estado que reprime y ejerce coerción, pero que no ayuda a construir opciones de vida para los habitantes.

Como lo afirma Maria Emma Wills, para que exista una verdadera legitimidad del Estado y se construya democracia se requiere también lazos afectivos entre gobernantes y gobernados, así como la existencia de unas reglas mínimas para el ejercicio del poder que todos aceptan. Asimismo, los gobernantes no pueden sentirse superiores a sus gobernados.151 Siguiendo a Enrique Dussel, se hace necesario superar la concepción de la legitimidad del poder en virtud de la relación gobernante, que tiene la potestad de mandar, y los obedientes, cuya función es simplemente obedecer. Para este pensador, los gobernantes tiene que comprender que su potestad existe porque obedecen al deseo de aquellos a quienes dirigen, y no en virtud de un privilegio exclusivamente suyo. En sus propias palabras, “los que mandan lo hacen obedeciendo”.152

150 González. Fernán. “Una mirada de largo plazo sobre la violencia en Colombia”. En Bajo el Volcán,

Vol. 4, No. 7, 2004, pp. 47-76.

151

Wills Obregón. María Emma. “En contra de la marea o cómo las violencias, a veces, producen democracia.” En Revista de Estudios Sociales, No. 1, 1998, pp. 16-21.

73 Desde a postura clásica del Estado moderno, la atribución del monopolio legítimo de la violencia se ha constituido en una de sus bases fundamentales. El éxito del Estado moderno ha residido, precisamente, en la capacidad de éste para desmontar poderes desafiantes y aglutinarlos todos en un centro de poder. De lo contrario, la idea del Estado como unidad no podría efectuarse. El Estado colombiano ha intentado ejercer el monopolio legítimo de la violencia, con un éxito relativo. Su contrario, su enemigo, la insurgencia de las FARC y las demás guerrillas que existen y han existido en Colombia no son legítimas, pues su alzamiento armado constituye un desafío intolerable para el Estado, las leyes, las instituciones y el orden establecido. Por lo mismo, el Estado ha procurado ejercer esta función a través de la presencia de batallones, unidades y personal militar y de policía, así como por medio de ataques y persecuciones a la insurgencia. De este modo, asegura el control de los territorios, evita la coexistencia de poder disidentes y consolida la unidad territorial y social. Y todo esto, de la mano de un ejercicio discursivo permanente encaminado a deslegitimar al enemigo. Entonces, los conceptos de “comunistas” y “narcoterroristas” establecen la diferencia con el otro, quien debe ser derrotado y destruido.

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