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4. Material and methods

4.10 Computational modelling

Aunque de mis palabras se desprenda la impresión de que el espíritu y el alma son opuestos, esto no es necesariamente así. Dicha impresión es el resultado de la perspectiva del espíritu, preponderante en nuestra cultura basada en un monoteísmo que tiende a polarizar espíritu y alma, Afirmativo y Negativo, este mundo y el siguiente, ángeles y demonios o espíritu y materia. Tales oposiciones se han extendido a la sociedad moderna, donde el sujeto se ve enfrentado al objeto, la mente a la materia, el hecho a la ficción, etcétera.

Una vida saludable, al parecer, consiste en aunar espíritu y alma en una pareja en tensión. Desde el punto de vista religioso, eso significa mantener un equilibrio entre lo Uno y lo Múltiple: un Dios con múltiples dioses. Todos los grandes sabios del Renacimiento, desde Ficino y Pico hasta John Dee, eran cristianos politeístas. Ficino, por ejemplo, «adoraba a Dios simultáneamente más allá y dentro de la Creación». Para él, «el mundo estaba “lleno” de un dios que lo trasciende: Iovis omnia plena [todas las cosas están llenas de Júpiter]».[33] Su fe era bíblica y monoteísta, pero su teología, por

así decirlo, procedía de Platón y Plotino. Los poetas románticos acostumbraban asimismo a ser cristianos, pero también los atraía el neoplatonismo pagano. La obra de William Blake es el paradigma del politeísmo cristiano. Todos ellos lograron resistir la tendencia monoteísta a la superioridad y su perpetuo deseo de liberarse de la multiplicidad del alma. Hasta Iris Murdoch, que como novelista y también como filósofa debería haber sabido mejor de qué hablaba, afirmaba que «la mitología teológica, los relatos sobre dioses, los mitos de creación y demás pertenecen al reino de la elaboración de imágenes y se encuentran a un nivel inferior de la realidad y la

suprema verdad religiosa, visión que se sostiene de forma continuada tanto en Oriente como en el misticismo occidental; pues más allá de la última imagen, caemos en el abismo de Dios».[34]

El alma podría muy bien objetar: «¡Pero si “abismo” y “Dios” también son simples imágenes de mi vasto arsenal! De hecho, yo soy el abismo —pues soy, como dice Heráclito, insondable-que contiene la imagen de Dios». Puede que el teólogo protestante Paul Tillich reconociera esta verdad cuando se vio obligado a postular, a la manera del puro espíritu, un «Dios por encima de Dios»;[35] es decir, un Dios

desconocido e incognoscible, más allá de cualquier imagen de Dios que podamos concebir. ¿Pero no es eso también una imagen? ¿No tendría que haber entonces un Dios por encima de Dios por encima de Dios…?

En otras palabras, no existe ningún monoteísmo que no esté asediado por los dáimones fragmentadores del alma; ni existe ningún politeísmo que no reconozca, aunque sea de forma vaga, alguna deidad preponderante,[36] como Zeus entre los

dioses griegos, Ra entre los egipcios, Wakan-Tanka entre los nativos de las llanuras norteamericanas, el «Espíritu del Bosque» entre los pigmeos o el enigmático dios creador Hövki entre los evenis, pastores de renos. Hasta la Forma del Bien de Platón se puede interpretar como la reafirmación de una unidad impersonal frente a los múltiples dioses personificados del politeísmo homérico, así como Buda vertió tas deidades hindúes en el «vacío» del nirvana. Sin embargo, ninguno de ellos desterró a los dioses por completo como hizo el celoso Jehová.

En su deseo de liberarse del alma, el espíritu le da la espalda y huye de ella como de su propia sombra. Pero si se enfrenta a su sombra se encuentra con su reflejo. Pues cuando el alma colabora con el espíritu, lo engloba y lo define, lo apacigua y desarrolla, le da volumen y sustancia, arraiga sus ideas etéreas en imágenes concretas, aporta imaginación a su firmeza, lo anima a dar la vuelta a las cosas y a meditarlas antes de producirlas. Pero por encima de todo, el alma refleja, y el espíritu sólo puede conocer su propia verdad a través de ella.

De forma recíproca, el espíritu vigoriza al alma, que se siente tentada a quedarse en el valle de los sueños, a esconderse en neblinas y estancarse en el pasado,[37] de tal

manera que su amor por la belleza degeneraría en un esteticismo vacío, y su politeísmo se abandonaría al fatalismo. El alma necesita que el fuego y el viento del espíritu disipen sus brumas y la hagan ascender. Requiere el golpe de sus relámpagos para que germine su imaginativa fertilidad; precisa que su inspiración le insufle entusiasmo. Pues el alma contempla su propia belleza en el espíritu.

Así pues, alma y espíritu sólo pueden ser entendidos en mutua relación. Si los he enfrentado es para resaltar sus diferencias, pero esta oposición es solamente una de sus formas de relacionarse, aunque es la preferida por la modernidad. En realidad, están eternamente entrelazados, reflejándose el uno en el otro. Todo lo que se diga de uno será necesariamente dicho desde el punto de vista del otro, como el anima y el animus de Jung, quien denominó a esta pareja una sizigia, término astronómico que designa una conjunción de planetas. Nuestra imaginación se ve constreñida por sizigias. Sólo sabemos imaginar por parejas, como las parejas de nuestros cuentos míticos: gemelos, hermanos y hermanas, héroes y doncellas, héroes y dragones, padres e hijas, madres e hijos, etcétera. En la alquimia, la unión de la consciencia y el

inconsciente en el sí-mismo la simboliza un hermafrodita. El símbolo habitual de la unión de alma y espíritu es, por supuesto, el matrimonio: para cada Dante, hay una Beatriz; para cada Psique, un Eros. Cada Elizabeth Bennet tiene su señor Darcy. Cada alma es en secreto una princesa con su propio príncipe azul.

Eso implica que este libro debería ser tanto un estudio del espíritu como del alma. Espero que el lector ya se haya percatado, porque todas las descripciones o «definiciones» del alma son reflejos de una u otra perspectiva del espíritu; dicho en otras palabras, reflejos del alma en el espejo del espíritu.

Hoy en día, el punto de vista del espíritu suele atribuirse a aquello que denominamos el ego. Y es esta perspectiva arquetípica del «espíritu» lo que quiero analizar en el capítulo siguiente. Pero antes quisiera añadir un cuento con moraleja sobre qué les espera a los dáimones que caen en manos de un espíritu desenfrenado.