7. Supplemental material
3.3 Single amino acid polymorphism can drastically alter protein function
La Vía Negativa y la Vía Afirmativa son ejemplos extremos de dos componentes o tendencias humanas básicas. Se las ha calificado de muchas maneras: masculina y femenina, intelectual y emocional, la conciencia y el inconsciente, yang y yin, cerebro izquierdo y cerebro derecho, sol y luna, unidad y multiplicidad, clásica y romántica, apolínea y dionisíaca, clara y oscura, etcétera. Cada pareja es una metáfora de la tensión que desdobla nuestra vida o nuestro ser. Los términos que yo he elegido para expresar dicha tensión son «espíritu» y «alma», ya que son términos de gran resonancia y con connotaciones religiosas. No hay que entenderlos como sustancias, ni siquiera como conceptos teológicos, sino más bien como símbolos;[27] y, como tales, no
es posible definirlos con exactitud. Sólo pueden intuirse elípticamente, mediante las asociaciones que evocan.
La Visión de la Naturaleza y la Visión de Eros pertenecen a la Vía Afirmativa. Son visiones de lo creado. Digamos que corresponden al alma.
La visión de Dios pertenece a la Vía Negativa. Es una visión del Creador, o de la Fuente. Corresponde al espíritu, el cual siempre desea la unidad y rechaza la visión de la multiplicidad propia del alma.
El espíritu se expresa con metáforas de ascensión, elevación y luz. Alza el vuelo y planea como Peter Pan o Ícaro. Anhela la trascendencia, alzarse sobre el mundo. Veloz y directo como una flecha, escala la montaña sagrada de la autonegación y la plegaria hacia a la iluminación; o los peldaños de la Razón hacia la Ilustración. Razón pura, filosofía pura, matemática pura, luz pura, amor puro… El espíritu es puritano; su objetivo es la vida del monje ascético en su celda, o del científico en su higiénico laboratorio. Vuelve la espalda a lo que ve como una contaminación o confusión del alma.
El alma se expresa con metáforas de descenso, profundidad y oscuridad. Tiende al inframundo y al sendero indirecto. No es trascendente sino inmanente, y yace oculta dentro del mundo. Lenta y serpenteante, sigue la espiral de la imaginación hacia su oscura sabiduría. Prefiere la penumbra a la luz, pues allí las cosas se confunden y los mundos se entremezclan. Desconfía de la «pureza», pues sabe que la realidad es compleja y turbia.
Al espíritu le molesta que el alma siempre esté intentando retenerlo allá abajo, o que lo enrede justo cuando él acababa de salir de la cama para embarcarse en otra gran aventura. El alma tira de él con el residuo de un sueño de ansiedad, o le trasquila las alas con una irritación repentina o un estado de abatimiento. Las imágenes e
impulsos, recuerdos y miedos, flatulencias y ataques de risa del alma entorpecen todo el tiempo las nobles y solemnes meditaciones del espíritu. La importante labor de éste es interrumpida, como la mía ahora, por ensueños o ruidos de barriga. Él se esfuerza por llamar al orden al alma, por controlar sus deseos, vaciar su imaginación, o hacerle olvidar sus sueños. Pero, cuanto más puritanamente niega esos dáimones, más fortalecidos regresan ellos, e incluso más distorsionados, como los sensuales demonios que tentaron al pobre san Antonio en su cueva del desierto.
El espíritu desea morir literalmente para el mundo, y arrojar todas sus imágenes y vínculos al aire puro, limpio y despejado del desierto o la cumbre montañosa; el alma muere para el mundo literal y halla la verdad y el sentido en las profundidades de todas las imágenes y vínculos.
El espíritu carece de sentido del humor. Si hace una broma, es de tipo «cósmico», o sea, sin gracia. Al alma le encantan todo tipo de bromas, de la agudeza más sutil a la payasada más grotesca.
El alma sostiene que la base de toda realidad es la imagen, el mito, el relato, la ficción, en definitiva, la imaginación. El espíritu afirma que todo eso es irreal, ilusorio y contrario a la razón. Prefiere los «hechos», sobre todo los que son «precisos y concretos». Si algo no es literal, no es real. El alma replica que lo irreal es el literalismo, pues no es más que un producto de la perspectiva literalista del espíritu, como las ascensiones que él convierte en escaladas de montañas o los viajes al Otro Mundo que convierte en peregrinajes, mientras ella permanece en las relucientes cavernas de la Imaginación. Los hechos, dice ella, no son más que ficciones del espíritu.
El afilado espíritu lo quiere todo bien a la vista, blanco o negro, esto o lo otro; el alma sostiene que las cosas no son así, sino siempre ambiguas, paradójicas, un poco de esto y un poco de aquello. El espíritu tiene grandes ideas, en cuya novedad insiste. El alma afirma que no existen ideas nuevas, sólo viejos mitos presentados con atuendos modernos, y necesitamos una nueva capacidad de penetración para ver a través de ellos.
El espíritu se opone a la enfermedad y rehúye la muerte; el alma ve la enfermedad como una de sus más valiosas manifestaciones, y la muerte como su propio reino. Saborea la muerte, cuya amargura es una iniciación; el espíritu salta sobre la muerte y su oscuridad para enfatizar la luz del renacimiento.
El alma es poesía; el espíritu, prosa. Los libros que llevan en su título la palabra «alma» suelen tratar (y ser obra) del espíritu, y rebosar de abstracciones y generalizaciones sobre los deleites de la Luz, el Amor, la Unidad, Dios, la Energía o la Consciencia. Nuestra dificultad para mantenernos despiertos leyendo esos libros se debe al deseo del alma de que regresemos a su reino de sueños e imágenes, o tomemos un libro que contenga una buena historia. Ella nos cierra los ojos al resplandor místico; nos tapa los oídos ante la banalidad de la trascendencia, ante los largos discursos, las grandilocuentes perogrulladas de los aspirantes a gurús o de los espíritus, ángeles y hermanos del espacio «canalizados». «Gloria a Dios», dice el alma (a través de G. M. Hopkins), «por las cosas moteadas», por todo lo que sea «contrario, original, sobrante y extraño; todo lo que sea voluble, o particular (¿quién sabe cómo?)».[28] Ella ve al espíritu como Virginia Woolf veía a Lowes Dickinson: «Siempre
vivo en el Todo, siempre la vida en el Uno; siempre Shelley y Goethe, y luego pierde la bolsa de agua caliente; sin reparar en un rostro o un gato o un perro o una flor, si no forma parte del flujo universal». Y es que el problema reside, como dijo Woolf, en que «no se puede escribir sobre el alma directamente. Si la miras, se desvanece; pero contempla el techo, en Grizzle, o a los animales más ordinarios del zoológico que estén a la vista del paseante en el Regent’s Park, y el alma se colará dentro».[29]
El espíritu quiere reclutar al alma para sus propósitos: progreso, crecimiento, mejora. Transforma la juguetona autosuficiencia del alma en autoayuda práctica. Sin duda, nuestra pasión por la autoayuda se sustenta en esa musculosa ética protestante del trabajo que, plena de culpabilidad, resultaba tan admirable en los primeros colonizadores y considera aún a América su hogar espiritual. El alma ve las rigurosas pautas de meditación del espíritu como una forma de represión, que niega su infinita variedad de imágenes.
El espíritu ama la humanidad pero, a diferencia del alma, no le interesan tanto las personas. Es noble y serio, mira por encima del hombro la afición del alma por el rumor, el chisme y la elaboración de mitos. Desconfía de las apariencias y desaprueba el maquillaje, los peinados raros y los zapatos elegantes. No entiende que el cotilleo del alma es interés por las relaciones y los contactos personales; que su gusto por el adorno es una expresión de su interés por la Belleza, de la que el espíritu siempre intenta ver «qué hay detrás», y alcanzar la Verdad.
El espíritu es quien siempre postula algo «más elevado» «detrás de» la imagen, como por ejemplo un noúmeno detrás de un fenómeno, un dios detrás de un daimon o un Dios detrás de los dioses. Pero el alma afirma que la cosa no es así de literal. El sentido de «lo que hay detrás» se erige en el campo de visión del alma y le provee de su sentido de dimensión, misterio y profundidad. De modo que las estructuras y jerarquías a las que tan apegados estamos también son imposiciones del espíritu al flujo del alma. Podemos permitirnos las jerarquías, como hizo Plotino con su sistema de emanaciones y los evolucionistas con su visión de una gran cadena del ser, pero a condición de que usemos todo ello como herramientas, modos de entender, en lugar de para asegurar que es todo lo que hay.
La observación de tal rigidez fue lo que llevó a W. B. Yeats a sostener temporalmente: «Me río de Plotino y sus ideas y le grito en sus barbas a Platón», como escribe en su poema «La torre»; más adelante, sin embargo, se retractó. «Olvidaba que es nuestra mirada la que los ve como pura trascendencia. El mismo Plotino escribió: «Que toda alma recuerde, pues, para empezar, que el alma es la autora de todas las cosas vivas, que ella insufló vida: de todo lo que se alimenta en tierra o el mar, de todas las criaturas del aire y las estrellas divinas del cielo; ella hizo el Sol, formó y ordenó el vasto cielo y dirige toda esa marcha rítmica, y es un principio distinto de todos aquellos a los que proporciona ley, movimiento y vida».[30]
Para el pensamiento espiritual y jerárquico, los dáimones son como mucho el eslabón perdido entre este mundo y el de «arriba». Pero para el alma son el tejido de un único mundo que cambia de forma y nos muestra muchos aspectos diferentes, ya sean espirituales o materiales, según la perspectiva o el dios a través del cual miremos.
El espíritu, que es utópico, siempre está alzando el vuelo para fraguar un nuevo futuro, o tramando un programa social con que dar paso a la Nueva Jerusalén. No ve el momento de olvidar el pasado, abandonar el hogar y deshacerse de los lazos familiares y las antiguas tradiciones. El alma, que es arcádica, siempre desea volver a la Edad de Oro y reinstaurar las condiciones del Edén.[31] Adora el recuerdo, el pasado,
las viejas costumbres y a los antepasados. Le gustan los ciclos inmutables de las estaciones, los festivales y las sagas.
Mientras que el espíritu ve el pasado como una estática, retrasada, primitiva, supersticiosa y antihigiénica Edad Oscura, el alma lo contempla como una nutritiva fuente de cultura sagrada, armonía social y relación adecuada con la Naturaleza. En nuestra cultura laica, el alma regresa —a tenor de los índices de audiencia de la televisión británica— en forma de interés por los jardines, los viejos edificios, las antigüedades, la arqueología, la genealogía y los documentales sobre la naturaleza.
Cuando la poeta Kathleen Raine oyó cantar a dos chicas de la isla escocesa de Eigg mientras hacían la colada, sin otro acompañamiento que el canto de los pájaros y el sonido del mar y del ganado —sin ningún sonido moderno—, señaló: «No parecía tanto que entráramos en el pasado como en lo inmutable, en la norma perdurable, en lo familiar».[32] Y esto también forma parte de la visión gozosa de la Naturaleza; el modo
en que deberían ser las cosas, y que lo son, si abrimos los ojos y el corazón no a lo que está más allá de este hermoso mundo, sino a Jo que está envuelto en él.