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2. KNOWLEDGE TRANSFER

2.1. Conceptualizing Knowledge Transfer

El pequeño zapatero y Yana, la mendiga

Con las primeras luces del alba, Lápich saltó del lecho, pues el trabajo lo esperaba. Pero el padre y la madre de el Meñique ya se movían, trabajando en el campo.

Nadie madruga antes que los campesinos.

Lápich dejó la cocina, batió las palmas de las manos y les gritó a los niños:

—Aquí, los zapatos! ¡Arriba, perezosos!

Los niños salieron del rincón con el pelo enmarañado, y tibios como pajaritos en su nido.

Un montón de zapatos campesinos se alzó, en un instante, ante Lápich.

—Hay que trabajar duro —calculó Lápich. El sol se

elevó. Lápich se acomodó frente a la casa, a la sombra, cumpliendo con su tarea. Y en cuanto se puso a

trabajar, no pensó en nada más que en su labor. Ghita, a quien ni siquiera le gustaba mirar cuando

alguien trabajaba en serio, abandonó inmediatamente a Lápich y, junto con niñitas de la aldea, se dirigió al prado a saltar lienzos que ahí las mujeres dejaban blanquear al sol. Ghita saltaba mejor que las demás chicas porque en el circo, ¡qué duda cabe!, no aprendió otra cosa. Saltó tres hileras de lienzos y cayó encima del de una vecina. Por suerte, esa no se hallaba en casa para verlo.

Lápich, pues, trabajaba y Ghita jugaba.

Una mendiga, llamada Yana, pasaba por la aldea. Al acercarse a Lápich, vio con extrañeza que un niño zapatero, de altas botas, se instalaba con su oficio en la aldea. La mendiga Yana le preguntó:

—Y tú, ¿le remendarías los zapatos a una pobre anciana?

—Por supuesto que lo haría. Justamente, para esto me envía el Rey a estas comarcas, para que ayude a quien necesite ayuda —replicó Lápich.

—Si es así —contestó la mendiga—, sería necesario que muchos más iguales a ti recorriesen este país.

—Buscaron a otros como yo, pero nadie aceptó el encargo aparte del aprendiz Lápich y ese soy yo.

No era verdad, pero semejaba serlo, y la vieja mendiga se sonrió.

Entonces, Lápich se dedicó a remendar los zapatos de la vieja Yana.

Y Yana se sentó y le narraba lo ocurrido en tres aldeas, pues transitaba de una a otra.

—Hijo!, viaja solamente de día —le recomendó cuando Lápich le contó que ese mismo día continuaría su

viaje—. Anoche, en el bosque que se encuentra detrás de la aldea, pasó una desgracia. Asaltaron a un hombre que se dirigía a la feria en un carretón con su mercancía. Nadie sabe si el hombre quedó vivo o muerto, los

malhechores huyeron en su carretón.

A Lápich no le agradó escuchar esto. A quienquiera que esté de viaje no le gusta saber que a los viajeros les ocurren desgracia. Pero la vieja mendiga lo narraba. Y era santa verdad porque ella andaba por todas partes y todo lo averiguaba.

En la feria

Cuando transcurrió el mediodía, Lápich le dijo a Ghita: —Es hora de irnos. Nos aguarda todavía un largo

camino. Deberemos encontrar a tu amo.

—Lápich, cambié de idea. Yo no quiero ver más a mi amo.

Cuando Lápich oyó esto, se alegró como nunca antes en su recorrido. Comprendió

que en adelante soportaría mayores preocupaciones; pero, al menos, no avanzaría solitario en su viaje.

Luego, Ghita y Lápich se despidieron del Meñique y de su hermano, agradecieron a los padres de los niños y prosiguieron su camino.

ciudad.

La ciudad era enorme. Tenía una gran iglesia de dos campanarios y diez chicas de un campanario. La ciudad contaba con un centenar de calles y en cada una

pululaba la gente como hormigas. Cada calle contaba con cuatro esquinas y en cada esquina vigilaban dos guardianes.

¡Tan inmensa era aquella ciudad!

Pero Lápich y Ghita no necesitaron comenzar el centenar de calles, sino solamente una, porque en seguida llegaron a una enorme plaza.

En la plaza funcionaba una feria.

En la feria, en doscientas carpas, pequeñas y grandes, se vendían pañuelos rojos y

chaquetas negras, ollas azules y melones amarillos.

Redoblaban tambores y sonaban pitos, porque también se vendían juguetes.

—Oh, qué bello y alegre es todo esto!

—comentó Ghita—. ¡Quedémonos un poco en este lugar!

“Válgame el Señor! —pensó Lápich—. Yo sabía que en cuanto viese la feria ella diría esto”.

Sin pretender molestar a Ghita, le observó en voz alta: —No sería prudente quedarnos en la feria.

—Y por qué no?

—Porque podría encontrarse aquí el maestro Gruño. Él, hasta ahora, no asistió nunca a ferias. Pero,

casualmente, días antes de que yo me alejase de su casa, se prometió: “En cuanto haya feria, iré a ella. No creo que la feria sólo me deba traer desgracias.. .,,. —Y por qué la feria le trae desgracias?

—preguntó Ghita.

—No lo sé; pero él repetía que todos sus males se originaron en una feria.

Y a esto agregó Lápich:

—No es prudente que nos quedemos. Aquí se podrían hallar el maestro Gruño y el Hombre Negro. Y quizás esté aquí, además, tu amo con su circo.

Ante esto, Ghita se enfadó:

—Y por qué han de estar, precisamente aquí, todos ellos?

—Porque aquí se reúne mucha gente y, entre tanta gente, cualquiera podría encontrarse —contestó Lápich.

—No es verdad —replicó Ghita—; en Viena se aglomera mucha más gente que aquí y, sin embargo, ni el maestro Gruño ni el Hombre Negro están en Viena...

Lápich, que no era tan locuaz como Ghita, prefirió no discutir.

Así fue. Se quedaron en la feria.

¿Fue prudente o no? Al atardecer lo sabremos. En las ferias se alborota tanto, que a nadie durante el día le sobra tiempo para imaginar lo que le puede ocurrir de

noche.

Dos canasteros

Por un tiempo, Ghita y Lápich disfrutaron, realmente de modo estupendo y divertido, la agitación de la feria. Primero, visitaron un puesto donde se voceaba más fuerte que en otros. Allí se habían instalado dos

canasteros. Uno ocupaba una carpa grande de color azul y blanco. Debajo de su carpa, se veían hileras de canastos amarillos como de oro. Y arriba, colgados en unos cordeles, se balanceaban hileras de canastos rojos y azules, pequeños y grandes, jaspeados y dorados; y en el centro, entre ellos, un canastón grande y lindo.

—Aquí!, ¡aquí! —gritaba el canastero bajo su carpa—. ¡Canastos!, ¡canastos! ¡Tejidos con oro! ¡Bordados con seda!

Los compradores acudían a su tienda como abejas, porque los compradores hacia donde más corren es, exactamente, donde hay más griterío y donde la mercancía se ve dorada.

No lejos, sentado en el suelo, permanecía el otro canastero. Era pobre y sin tienda. Lo rodeaban unos diez canastos corrientes y grises; carecía de otros. Él callaba, no sabía darse bombo. En su casa lo esperaban muchos niños con hambre, y él se sentía triste, pues nadie le compraba su mercancía.

pobre, el canastero de la carpa gritaba:

—Deja esa pacotilla! ¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡No compres canastos tirados en el suelo, tu vecina se burlará de ti, te dirá que los recogiste en un basural! ¡Aquí los vendo de oro!

Y todos abandonaban al pobre y acudían a la tienda a comprar canastos.

Ghita y Lápich continuaron largo tiempo observando lo que ocurría. Ghita, de buen corazón y lengua aún mejor, exclamó:

—Ojalá que un rayo le parta su tienda y que el canastón lo tape!

En ese momento, de nuevo venían más mujeres por sus compras.

Y el de la tienda, desde lejos, las empezó a llamar: —Vengan aquí! ¡Vengan! ¡Aquí los canastos relucen como manzanas de oro! —Y agitaba y sacudía con ambas manos los canastos sobre su cabeza.

—Lápich! —dijo Ghita de pronto—. ¡Se me ha ocurrido algo! ¡Rápido, dame tu cuchillo! ¡Verás qué cómico será esto!

Y ella misma, metiendo la mano en el bolso de Lápich, le sacó el cuchillo. Corrió como una ardilla y se escondió tras la carpa.

“Qué ocurrirá?”, pensó Lápich. ¡Era de verlo!

Cuando las mujeres se acercaron a la carpa a comprar canastos, sucedió algo que a todos hizo reventar de risa.

luego, cuatro, diez... ¡Brum!, ¡brum!, caían los canastos dorados, blancos, azules y jaspeados.

¡El cordel en que colgaban los canastos se cortó!

—Uf!, ¡uf! —clamaba el canastero, defendiéndose con pies y manos, como avispa furiosa.

Y en esto, ¡maldición!, el otro cordel también se cortó. De nuevo, se vinieron abajo más canastos. ¡Brum!,

¡brum!, ¡brum!, golpeando al canastero en la cabeza y en la espalda. Y él manoteaba, saltaba y gritaba hasta caerse también.

¡Si lo vieses, ahora! El canastero, sin dejar de bufar y chillar, se revolcaba entre los canastos.

—Uf!, ¡uf! —queriendo escabullirse.

De pronto: ¡cataplum! El canastón grande se desplomó tapando al canastero. ¡Desapareció! Únicamente sus manos y sus pies asomaban del canastón. Los canastos más pequeños volaban a todas partes porque él se revolcaba bajo el canastón agitando manos y pies.

Todos se reían como locos y nadie entendió cómo pudo suceder aquello.

Detrás de la carpa, en cuclillas, Ghita miraba a través de un agujero de la tela sin poder contener la risa. Se moría de risa más que los demás, porque fue ella quien, con el cuchillo de Lápich, cortó los extremos de ambos

cordeles. Lápich, a su lado en cuclillas, observaba por el agujero.

Él comprendió, en cuanto los canastos comenzaron a caer, que esto era obra de Ghita y corrió hacia ella. Lápich, por cierto, nunca habría hecho tal cosa. Pero, mientras miraba a través del portillo cómo se revolcaba

el canastero, igual que un gran insecto negro entre canastos amarillos, se rió tanto, que su bolso le saltaba en la espalda. Y Ghita se tapaba la boca con la mano para no estallar de risa.

—Huyamos! ¡Que no nos sorprenda!

—dijo Ghita—. Mientras él se revuelca, nosotros ayudaremos a aquel pobre hombre a vender sus canastos.

Ghita, corriendo, se acercó al canastero pobre y le propuso:

—Si a usted le parece bien, yo venderé su mercancía. Y al momento, Ghita agarró un plato de latón que el canastero usaba para recibir el dinero. El plato aún estaba vacío.

Ghita empezó a golpearlo con un trozo de madera y a gritar:

—Canastos!, ¡canastos!

Y levantó un canasto arriba del hombro y encima paró al loro. El loro, junto con Ghita, vociferaba:

—Canastos!, ¡canastos! —Ghita golpeaba el plato con fuerza.

Inmediatamente se acercaron muchos hombres y

mujeres. Tan pronto como el loro empezara a alborotar y el plato de latón a redoblar, todos se dieron cuenta de que los canastos grises eran mejores y más firmes que los dorados. Así acontece en las ferias y en otras partes también.

Todos compraban al pobre, canasto tras canasto. Aun antes de que el furioso canastero de la carpa asomara su enrojecida cabeza debajo del canastón,

Ghita y Lápich vendieron los canastos del pobre.

El pobre se asombraba, se alegraba y reía de felicidad. Creía que Ghita, con su linda cabellera mbia, había caído del cielo para ayudarlo.

Cuando los canastos se vendieron, Ghita juntó las

monedas en el plato de latón y se las pasó al canastero pobre. ¡Oh, que agradecido estaba!

Por ello, les ofreció su humilde casa para que

pernoctasen. Pero como Ghita y Lápich querían visitar la feria entera, le agradecieron y no aceptaron su

invitación. Lápich dijo:

—Sigamos adelante; que no nos pille el del canastón. Y Lápich y Ghita se despidieron. Nadie los ubicaría entre tanta gente.

Y el canastero pobre, sentándose, contó las monedas del plato de latón: ¡justo sesenta coronas!

“Porque estos niños son tan buenos, que la suerte los acompañe”, anheló.

Si el canastero pobre hubiese presentido cuánto mal aguardaba todavía a Lápich y a Ghita ese mismo día, seguramente los habría llevado a su humilde casa para protegerlos.

En el carrusel

Finalmente, los vendedores enronquecieron de tanto griterío. En toda feria esto es señal de que la noche se avecina.

Lápich y Ghita llegaron a esa hora al sector de la feria donde giraban carruseles y se disparaba con escopetas

de juguetería.

Allí es, precisamente, donde se disfrutan las mayores alegrías: a cualquiera que dé una vuelta en carrusel, su cabeza le comienza a girar y olvida todas sus

preocupaciones.

Los carruseles giraban; sólo uno permanecía detenido. Y este, curiosamente, era el más bonito, pues lucía mil campanitas y era de un platinado total.

Al dueño de ese carrusel se le fugaron sus dos

sirvientes. Uno debía vender los boletos y el otro, atraer al público, montar en los caballitos y en los cisnes de madera y mostrar toda suerte de piruetas. Y los dos a la vez, sin parar, debían girar en el carrusel.

Por cierto, el dueño, solo, no podía realizarlo todo: era muy gordo y se marearía.

—Esto está bien —dijo Ghita—. Nosotros nos

ofreceremos para este trabajo y nos ganaremos comida y alojamiento.

Se ofrecieron, por lo tanto, al dueño del carrusel, quien cuando vio los pantalones verdes y el brillante gorro de Lápich, y cuando reparó en el loro y en la plateada falda de Ghita, se entusiasmó bastante. Parecían vestidos especialmente para trabajar en el carrusel.

Inmediatamente les dio el trabajo.

El dueño puso en marcha la máquina. Lápich y Ghita se sentaron cada uno en un caballo. Sonó una trompeta: “Tuturutú. . .!“ y, en un instante, el plateado carrusel giró y sus campanitas, ¡mil campanitas!, empezaron a tintinear. ¡Aquello sí que era alegría! Ghita, parada en un caballo, agitaba sus brazos, se ladeaba a derecha e

mientras el carrusel giraba en brillante esplendor. La gente abandonó los demás carruseles y acudió a este, ya que niñita tan hermosa y ayudante multicolor con botas, no había en parte alguna.

Esto duró hasta avanzada la noche. La algarabía reinaba en el carrusel cada vez con más fuerza, y el más feliz era el dueño, quien logró un gordo saquito de dinero.

Lápich, sin cesar, le entregaba platos repletos de coronas.

Seguramente ningún aprendiz de zapatero giró tanto en carrusel como Lápich durante aquella ocasión. Quizás tantas vueltas apenas habría podido pagar un oficial.*

Oficial: En los oficios, el que tiene grado intermedio entre aprendiz y maestro. Pelusín, sentado,

contemplaba el carrusel y se admiraba: “Qué le pasará a Lápich que gira tanto?”.

Se hacía muy tarde. Pero mientras un carrusel gira y gira, nadie se preocupa de la hora que es.

Por ello, Lápich y Ghita se sorprendieron cuando la máquina se detuvo de improviso y el dueño le gritó a la gente con voz gruesa:

—Muchas gracias! ¡Son las once! ¡Mañana continuamos! La gente se dispersó y el dueño del carrusel trajo unas gruesas lonas. Él, Ghita y Lápich cubrieron el carrusel. Bajo estas lonas no se veían las mil campanitas, ni lo plateado, ni los caballos, ni los cisnes. El carrusel semejaba una gran callampa gris.

El dueño condujo a Ghita y a Lápich a una tienda donde servían comidas.

bigotes negros permanecían sentados bajo esa tienda. A Ghita y Lápich la feria ya no les parecía tan hermosa como de día.

El dueño del carrusel ordenó comida, y Ghita, Lápich y Pelusín cenaron. Todos callaban, cansados y algo

desanimados.

Cuando terminaron de comer, el dueño se levantó,

pagó la cena y regresaron al carrusel. Al llegar, el dueño les dijo:

—Ahora, niños, ¡adiós y gracias!

Lápich y Ghita se desconcertaron y asustaron: creían que el dueño les brindaría alojamiento.

Lápich se lo dijo.

El dueño contestó que dentro del carrusel disponía sólo de una cama y no había lugar para ellos.

Era verdad, pues el dueño, bastante gordo, apenas podía dormir al lado de la máquina:

—Y junto a los caballos y a los cisnes no permito que se duerma —expresó, secamente, agregando:

—Afuera no hace frío; la plaza es grande. Pueden dormir donde quieran. ¡Adiós! ¡Buenas noches! Levantó un poco la lona del carrusel, se introdujo y desapareció. Y a Ghita, Lápich, Pelusín y al loro los rodeó la oscuridad. En plena noche, se quedaron totalmente solos en la enorme plaza.

No había nadie en parte alguna, sólo tinieblas.

De todas las tiendas se escuchaban los ronquidos de comerciantes que dormían junto a sus mercancías. Esto resultaba triste y desagradable. La ciudad era tan grande: ¡cien calles y cien casas en cada calle! Sin

seguros de que a ninguna puerta podrían golpear y que esa noche no tendrían albergue.

Sin techo

Lápich miró a Ghita. En la oscuridad no la distinguía bien. No obstante, vislumbró que inclinaba su cabeza y alisaba su faldita celeste. Bien sabía que esto era seña de que Ghita lloraría y él no lo soportaba. Por tanto, la alentó:

—Nada temas! La noche está tibia y tranquila; dormiremos a la intemperie. Al menos, tendremos bastante aire, aunque no abramos las ventanas. —Así bromeaba y le propuso:

—Vamos a buscar algún sitio.

Lápich, al recordar que muy cerca del carrusel se amontonaban sacos vacíos y trapos en que los

comerciantes traían sus mercancías, llevó a Ghita a ese lugar. Como no se veía casi nada, caminaban a tientas en la oscuridad.

—Ay, si al menos nos hubiésemos ido con el canastero a su casita! —suspiró Ghita.

—Entonces, no nos habríamos divertido en el carrusel —contestó Lápich y ambos sonrieron, recordando lo lindo que sonaban las campanitas tintineantes al girar el carrusel.

Tanteando en la oscuridad, Lápich encontró los sacos y los trapos y los acomodó lo mejor que pudo.

—No ves? —le indicó a Ghita—. Ahora dormirás como la princesa de las arvejas.

Ghita colocó al loro a su lado y se acostó en su lecho. En cambio, Lápich y Pelusín se tendieron en el duro

Pelusín gemía suavemente y con pena; mas no por sí mismo, que siempre dormía en el suelo, sino por Lápich. Todo era tan triste, que Ghita y Lápich debían conversar de algo.

—Y quién fue aquella princesa de las arvejas? — preguntó Ghita.

A ella le encantaban los cuentos de princesas, aun de día, mientras el sol brillaba, y cuánto más cuando todo era bastante desolado a su alrededor.

—Había una vez una princesa que, al perderse en un bosque, se topó con un palacio de oro —Lápich inició el cuento—. Todo el palacio era de oro, hasta sus

escaleras y umbrales. En el palacio vivía una anciana reina, tan desconfiada, que a nadie le creía palabra. La anciana reina, pues, no creyó que era una verdadera princesa la que, perdida había golpeado a la puerta de su palacio. Para asegurarse, metió una arveja en la cama de la princesa, debajo de tres jergones de paja y de

nueve plumones. “Si siente la arveja debajo de los tres jergones y los nueve plumones, sabré si es una princesa verdadera”, resolvió la anciana reina.

Al día siguiente, de mañana, la anciana reina le preguntó a la princesa cómo había dormido. “Ah!” —empezó a llorar la princesa—: “Me atormenté la noche entera y estoy llena de moretones. Había en mi cama todo un cerro duro”. Entonces, la anciana reina quedó

convencida de que era una princesa de verdad. Únicamente una auténtica princesa puede ser tan delicada para sentir un grano de arveja, duro como un cerro, a través de tres jergones y nueve plumones. Y la reina le entregó a la princesa su manto real y su corona

de oro, porque debido a los muchos años vividos le dolía la cabeza de tanto reinar.