2. KNOWLEDGE TRANSFER
2.3. Knowledge Transfer in M&A
Una voz conocida
Apenas se durmieron, Ghita despertó porque en el sueño escuchó algo que le hizo palpitar el corazón de alegría. Se sentó en su lecho escuchando. En algún lugar relinchaba un caballo.
Una vez relinchó el caballo. A Ghita le pareció reconocer aquella voz.
Otra vez relinchó el caballo. A Ghita le pareció reconocer aún mejor aquella voz.
—Lápich, oh, Lápich! ¡Si supieras de quién es el caballo que relincha! ¡Ven conmigo!
La luna, encumbrada en el cielo, permitía que todo se notase más claro.
Lápich se levantó. Luego, él, Pelusín y Ghita se
dirigieron entre las tiendas hacia el lugar donde a ratos se escuchaban los relinchos.
Pronto se hallaron en un gran terreno vacío. En medio, se levantaba una enorme carpa cerrada y silenciosa, como si durmiera. En la entrada se veía un largo y negro cartel y en el cartel, unas grandes letras.
¡Era el circo de Ghita!
—Oh, Lápich, Lápich! —exclamó Ghita—. El que
relincha es mi Halcón. ¡Mi querido, mi pequeño Halcón! En ese momento, se olvidó del miedo que le inspiraba su patrón y de que nc quería regresar al circo. Se
preocupó, únicamente, de su caballito, con el que había compartido en el circo tantos años el bien y el mal, y al que amaba más que a nadie en el mundo. Ghita
anhelaba tanto acariciar a su caballito, que no pudo reprimir el deseo:
—Oh, Lápich! Voy adentro para ver a mi Halcón. —Entonces te descubrirá tu amo y nosotros nos deberemos separar —agregó tristemente Lápich. —Oh, no! ¡Yo no quiero quedarme con él! En el circo todos duermen y nadie escuchará nada, porque están rendidos después de la función —susurraba Ghita—. ¡Oh, te ruego, entremos por favor!
Conversaban muy cerca del establo, vecino al circo y armado con lonas igual que este.
circo. Por lo tanto, levantó un poco la lona en un lado y susurró de nuevo:
—Ves, Lápich, por aquí entraremos!
Y al instante, se metió al establo, y tras ella, Lápich y Pelusín.
¡Oh, este paso, de veras, era demasiado peligroso! De noche en el circo
Al lado de la entrada, un hombre dormía acostado en la paja.
—No tema —musitó Ghita—; este nc despertaría
aunque le sonara una trompeta en el oído. Yo sé cómo se duerme despué de una función.
De un palo, en el establo, colgaba ur aro: era el sitio que siempre ocupaba el loro de Ghita.
Ghita dejó al loro en su aro. Cuando e loro comprobó que retornaba a su puestc de tantos años, pensó:
“Ahora todo está en orden”. Metió si cabeza bajo un ala y se durmió.
Por supuesto que solamente el loro pensó de esta manera.
Para Lápich y Ghita, en cambio, 1o minutos resultaban más y más peligroso cada vez.
Pasaron sin tropiezos por el lado de hombre dormido. Una lamparilla alumbraba el establo.
Lápich observó que en cada lado del establo había cuatro caballos. Ocho cabalbs para un circo no son muchos, pero para Lápich sí que lo eran.
—Oh! —dijo él, a media voz—. ¡Cuántos caballos y qué hermosos son!
Pero Ghita no lo escuchaba: ya se hallaba junto a su caballito.
—Halcón!, ¡mi querido Halcón! —le secreteaba,
mientras abrazaba su cuello y acariciaba con las manos su blanco lomo.
Y Halcón dio vuelta su bella cabecita y la reclinó sobre el hombro de Ghita con un suave relincho de satisfacción. —Mi Halcón!, ¡querido Halcón! ¿Cómo podré
abandonarte?, ¿cómo podré abandonarte? —repetía Ghita.
Lápich se adentró más en el establo.
—Este moro es el caballo más hermoso de tu circo —le dijo a la niña en voz baja.
—No tenemos ningún caballo moro —contestó Ghita, también a media voz. —No ves al que está aquí? —replicó Lápich.
Ghita se acercó. ¡Era cierto! Delante de ellos se erguía un hermoso caballo moro, negro como carbón y
brillante como el sol. La melena y la cola se las habían recortado y alrededor de las rodillas lo adornaban unas bonitas fundas amarillas.
Ghita, extrañada, contempló al caballo largo rato: —Este es un verdadero milagro! Es el moro que
conducían el Hombre Negro y Gregorio. Aunque lleve la melena y la cola recortadas y luzca fundas amarillas, sin duda, es el mismo moro.
Lápich no podía creerlo. Se aproximaron a la pesebrera para verificarlo.
Pero, en eso... ¡cuánto pavor invadió a Ghita y a Lápich! De pronto, escucharon que alguien caminaba a través
de hombres, su conversación y pesados pasos sobre la arena del circo.
—Ay! ¿qué haremos?, ¿qué haremos? —susurró Ghita, asustada.
—Este es mi patrón! ¡Ay, Lápich, querido Lápich, yo no quiero quedarme con él, tengo miedo!
¿Qué podían intentar Lápich y Ghita sino esconderse, cuanto antes, bajo el pesebre, delante del moro?
Lápich, Ghita y Pelusín se metieron rápidamente bajo el pesebre. Debajo del moro había paja esparcida y Lápich amontonó la suficiente ante el pesebre, de modo que nadie podría verlos.
En esto, entraron los hombres al establo.
Un nuevo peligro
—Ay, Dios! ¿Quién viene? —balbucearon Lápich y Ghita. Acurrucados bajo el pesebre, espiaban a través de la paja. Callaban como ratones; solo el corazón les latía con fuerza.
Y cuando los dos hombres se aproximaron a la
lamparilla y Ghita y Lápich los reconocieron, un miedo mucho mayor se apoderó de ellos.
Los dos hombres eran el dueño del circo y el Hombre Negro.
“Oh! ¿De dónde se conocen ellos y qué hacen tan tarde en el establo?”, pensaron los niños, sintiendo que el corazón les oprimía más.
¿Pero quién podría imaginar qué nuevo peligro les acechaba?
El Hombre Negro y el dueño del circo se dirigieron
separaba.
¡Cómo enmudecieron Lápich y Ghita! Respiraban
silenciosamente. Ni siquiera una brizna de paja crujió a su alrededor.
—Pelusín! ¡Mi querido Pelusín!, ¡no ladres! —deslizó Lápich al oído de Pelusín y lo abrazó, firmemente, pues el perro se sobresaltó al reconocer al Hombre Negro. Pero Pelusín, que era bueno como día claro, al advertir que las manos de Lápich temblaban, enmudeció como muerto.
El Hombre Negro y el dueño del circo iniciaron su conversación.
Dos hombres malvados
Si Lápich no hubiese sido un niño tan pobre, quizá
nunca habría visto de cerca dos hombres tan malvados, como los que ahora debía mirar y escuchar. En el
mundo, por fortuna, existen pocos hombres malvados, como pocas habas agusanadas aparecen en un plato; de suerte que en esta comarca, en tal época, vivían sólo esos dos hombres malvados. Pero Lápich era un niño pobre y los niños pobres conocen a toda la gente. Si Lápich no fuese tan pobre, seguramente no se hallaría acurrucado bajo un pesebre ni estaría
escuchando la truculenta conversación del Hombre Negro y el dueño del circo.
—Mañana parto con el circo. Cruzaremos siete
ciudades y en la octava nos detendremos —explicaba el dueño del circo—. ¡Mira al moro, primero! ¡Mira cómo lo he arreglado! Cuando lo adornemos con sedas,
correajes y montura, nadie, sin duda, lo reconocerá; no temas.
—No tengo temor, porque sé que tú eres más astuto que zorro en la montaña
—contestó el Hombre Negro—. Pero antes, págame los ducados de oro por el moro, porque no fue fácil
obtenerlo.
—Te pagaré —convino el dueño—. Pero, dime, antes: ¿dónde se halla hoy el hombre de quien era el caballo? —Nada debes temer de él! Quedó en lo más profundo del bosque, amarrado con tres cordeles al encino más firme. Ese, seguro, no escapará, pues yo mismo lo amarré y le será difícil alcanzar la feria.
Habló el Hombre Negro y rió siniestramente, como ríen los malvados cuando hablan de asuntos malvados. El dueño sacó una pesada bolsa y empezó a contar, en las manos del Hombre Negro, los ducados de oro. Pero las manos de los dos hombres eran tan negras, que incluso los ducados de oro se oscurecieron al llegar a ellas.
—Ahora, ¡adiós! Me espera el carretón y debo
marcharme esta noche —aclaró el Hombre Negro. —A dónde vas con tanta prisa? —indagó el dueño. —Luego, antes de que madrugue, iremos por una vaca. Anoche envié allá a Gregorio para que me espere. Pero a Gregorio no le creo mucho —dijo el Hombre Negro. —Y dónde van a buscar la vaca?
—No conozco el lugar todavía. Me han contado que es una casa solitaria junto a la carretera y que en la casa no hay nadie, salvo una mujer y un niño. Será trabajo fácil. Pero es necesario viajar tres horas en carretón para
encontrarla, porque se debe bordear el cerro —detalló el Hombre Negro.
—Y cómo encontrarás la casa si dices que nunca estuviste allí?
—La encontraré fácilmente. Supe que es pequeña, vieja y parchada y que en ella se destaca pintada una gran estrella azul
—explicó el Hombre Negro.
Salieron del establo. Se oyó, delante del circo: “Adiós”, “feliz viaje”, y nuevamente se extendió la calma.
La decisión de Lápich
Cuando todo fue silencio, Ghita, Lápich y Pelusín abandonaron el escondrijo bajo el pesebre.
¡Nadie podría imaginar cómo se sentía Lápich en este aprieto!
Por la conversación del Hombre Negro, supo que este y Gregorio asaltaron al hombre que iba a la feria, que le arrebataron su mercancía y los dos caballos, y que lo abandonaron amarrado en el bosque. Pero lo que más afligía el corazón de Lápich era que el Hombre Negro y Gregorio se llevarían esa misma noche la vaca que
pertenecía a Marcos y a su madre, quienes eran tan pobres.
No cabía duda de que el Hombre Negro se refería a la casa de Marcos, puesto que solo su casa, en aquella región, era tan pequeña y vieja y con una estrella azul pintada bajo sus ventanas.
Después de repensar la situación, Lápich resolvió:
y no llores.
Pero Ghita comenzó a llorar antes de que Lápich terminara de pronunciar tales palabras.
—A dónde vas, Lápich? —susurró.
—Debo llegar a esa casa antes que el Hombre Negro para prevenir a la madre de Marcos que cuide su vaca. ¡Ay, qué pena por Lápich, qué gran corazón el suyo! ¡Cuán largo camino le aguarda y cuán cortas eran sus piernas!
—Lápich, Lápich! Eso está lejos y el Hombre Negro avanza en carretón —le insinuó Ghita.
—Por esto debo darme prisa. ¡Adiós, Ghita! Para ti es mejor quedarte.
—Yo iré contigo! —replicó Ghita y dejó de llorar. Lápich no perdería más tiempo conversando. Nada le respondió, sino que se fue hacia la abertura por donde entraron al establo, levantó la lona y salió con Pelusín en plena noche lunada. Tras ellos salió Ghita.
Lápich no articulaba palabras. Sus botas taconeaban, aceleradamente, el empedrado de la larga calle. Tras él, también con prisa, golpeaban los zapatitos de Ghita. Las pisadas de Pelusín eran las más presurosas.
Pronto salieron de la ciudad, donde les parecía que cada ventana oiría si hablasen algo acerca del Hombre Negro. Enfrente de los caminantes, bajo la luz de la luna, se
tendía la interminable carretera.
Solamente Dios sabe si la luna logra divisar allá lejos, en la carretera, una casita con estrella azul y si conducirá con fortuna esta noche a Lápich y Ghita hasta su puerta.
Caminando de noche
Mucha gente cuenta que las hierbas y las flores conversan de noche. Si esto es verdad, ahora las praderas habrían susurrado seguramente:
“Ay, niñitos! ¿Adónde vais de noche, tan lejos?”
Pero Lápich no pensó que el camino era largo ni que lo recorrería más velozmente que el que iba en carretón. Lápich solamente calculó que debía llegar a la casa de Marcos, de cualquier modo, antes del amanecer. Y eso está muy bien, porque al que piensa de este modo sus piernas le avanzan solas.
Los trancos de Lápich se adelantaban tan rápidamente, que Ghita, a poco, se cansó. Esto porque no conocía a Marcos ni deseaba socorrerlo tan ardientemente como Lápich.
—Lápich, yo descansaría unos segundos! —pidió la niña al rato de caminar.
De noche, las personas hablan con voz más baja, pues por la quietud, cada palabra se escucha lejos.
—Yo no estoy cansado —señaló Lápich—. No tengo tiempo. Camina un poco más. —E inmediatamente temió que habría dificultades con la chica.
Ghita exhaló un suspiro y de nuevo continuaron marchando por la carretera.
Ghita pensaba fijamente en el caballo, en Gregorio y en el Hombre Negro. Reflexionaba acerca de cómo
pudieron conducir al moro hacia el circo sin ser vistos por ninguno de tantos guardianes de la ciudad.
atrapasen al Hombre Negro y a Gregorio cuando
atravesaron la ciudad en carretón tirado por el moro? —Porque los guardianes, por lo general, vigilan en las esquinas, y los malvados pasan por el medio de la calle. A Ghita le pareció muy divertida la respuesta; pero en seguida recordó que Lápich era aprendiz y que debía ser más inteligente que ella. Por tal razón, guardó silencio.
De nada servía hablar porque, a pesar de cualquier conversación, viajar de noche era muy asombroso, y quien no ha viajado nunca de noche, entre praderas, creería estar soñando.
Cerca de los niños, a cada momento, revoloteaba
alguna gran mariposa nocturna agitando sus alas igual que pájaro. Entre las hierbas que bordeaban el camino, al lado de Ghita, se deslizaba un viejo e hirsuto puerco espín y, más distante en la pradera, asomaban en la hierba, a cada rato, las largas orejas de alguna liebre. Y las que cuchicheaban y corrían en medio de los
arbustos, cerca de Lápich y de Ghita, eran codornices. De noche los animales no huyen del hombre como durante el día; no son tan recelosos, pues saben que el hombre se atemoriza de noche, en tanto ellos no. Y en realidad, Lápich y Ghita debían avanzar harto
temerosos por el largo camino en plena noche. Pero les acompañaba Pelusín, que correteaba adelante
alegremente, meneaba la cola y levantaba la cabeza hacia Lápich como diciéndole:
Después de recorrer un buen trecho del camino, Ghita habló:
—Lápich, por piedad, descansemos un poco! ¡No puedo seguir más!
Los pies de Ghita eran más pequeños que los de Lápich, y mientras ella calzaba zapatitos de seda, Lápich
calzaba botas.
—Ay, Ghita! Todavía hay mucho por delante, debemos atravesar varias aldeas y un cruce —advirtió Lápich. Cuando Lápich mencionó ese cruce, Ghita recordó
inmediatamente que fue en esa encrucijada donde ayer apareció el carretón con los caballos desbocados que hicieron caer al Hombre Negro.
—Lápich, Lápich, ¿y si su carretón se nos aparece ahora y nos encuentra? —suspiró Ghita, y se echó a llorar. Como Ghita lloraba, no fue posible continuar
caminando. Ella se sentó en el borde de la carretera y cubrió su cara con ambas manos.
Lápich callaba. “jQué hago ahora?”, pensaba. No podía dejarla sola de noche en el camino, y seguramente, juntos no llegarían, de ningún modo, a la casa de
Marcos antes del amanecer. Lápich se entristeció, pues le parecía estar viendo y oyendo de lejos como
merodeaba el Hombre Negro para apoderarse de la linda y jaspeada vaca de Marcos.
“Qué hago?, ¿qué hago?”, reflexionaba Lápich.
¡Oh, Dios! ¡Si alguien viniese a socorrer a este pequeño aprendiz, angustiado y desamparado, a plena noche, en una carretera desolada!
Un carretón en la niebla
Bastante preocupado, Lápich miraba de derecha a izquierda en la carretera, como si aguardase ayuda. Cuando miró hacia atrás, en dirección a la ciudad, vio que, a lo lejos en la carretera, algo se deslizaba. Pero desde una pradera se extendía la neblina al camino impidiéndole distinguir, a pesar de la luna, qué cosa se movía dentro de aquélla. Sólo se entreoía un runrún sordo y lento proveniente de ese algo.
De noche nadie supone en el primer instante: “Allí viene un amigo”; más bien supone: “Allí viene un enemigo”. También lo supuso Lápich cuando divisó que se
acercaba un carretón.
En su pecho sintió una rara sacudida, mientras Ghita, entre lágrimas, susurraba:
—Ay, Lápich! ¿Por qué emprendimos este viaje nocturno?
Pelusín levantaba su hocico y se contorneaba contento. El carretón se acercaba, como si un gran cerro fuese dando tumbos por la carretera. En la niebla, cualquier cosa parece tres veces mayor de lo que realmente es. El carretón se acercó a los niños.
Se distinguía a un hombre sentado que guiaba a un caballo flaco.
En eso, la luna bondadosa, con su luz plateada, alumbró al carretón y al cochero. Y Lápich y Ghita lanzaron un grito de alegría.
Reconocieron a un amigo: ¡al canastero pobre de la feria!
El socorro
Este encuentro, por cierto, no fue ningún milagro: el canastero no cruzaba por allí, en la alta noche, para hallarse con Ghita y con Lápich en apuros, sino porque transitaba con frecuencia por este lugar.
El canastero, en efecto, acudía siempre a un lejano sauzal en busca de buenas varillas para sus canastos, pues en las cercanías de la ciudad no se obtenía buen mimbre. Ningún canastero se aventuraba tan lejos por varillas, como aquel hombre; por esto, nadie fabricaba canastos tan firmes y buenos como los suyos.
¿Por qué, a pesar de aventurarse tan lejos por varillas y de tejer los mejores canastos, era el más pobre de la ciudad? Lápich carecía de tiempo para ocuparse de ello. Los sabios en la ciudad habían escrito voluminosos
tomos para intentar explicarlo, pero ni siquiera ellos descifraron el porqué.
Lápich, Ghita y Pelusín corrieron hasta el carretón. Cuando el canastero los vio bajo la luz de la luna, imaginó, más convencido que antes, que estos niños venían del cielo, que de noche viajaban amparados por la claridad lunar y que de día ayudaban a los pobres. Pero era Lápich quien ahora necesitaba ayuda y rogó al canastero que los llevase en el carretón un trecho del camino. El canastero se sintió feliz de socorrer a los niños que tan bien se habían portado con él en la feria. Lápich y Ghita subieron al carretón y el canastero arreó su flaco caballo.
Lápich, sin tardar, le contó el motivo de su apresurado viaje nocturno. Al final, le indicó:
casita de la estrella azul.
—Yo sé donde se halla esa casita
—respondió el cestero—. No está lejos de mi sauzal. Cuando lleguemos allá, les señalaré el camino que lleva a la casita. Arribarán mucho antes de que despunte la aurora.
¡Cuánto le agradó a Lápich oír esto! inmediatamente la carretera le pareció más corta.
El caballo flaco del canastero trotaba veloz. Todo buen amo siempre dispone de un buen caballo, y el del
canastero entendía que debía existir un motivo importante por el que su amo lo apresuraba.
Mientras el carretón traqueteaba, Lápich y el canastero conversaban. Ghita se durmió y Pelusín no cesaba de correr, briosamente, ora junto a la rueda izquierda, ora junto a la derecha, como siempre, desde que en el
mundo hay perros y ruedas.
Así, arribaron a la encrucijada donde el camino se dividía en dos.
—Nosotros vamos por este lado, subiendo el cerro a través del bosque, porque es la ruta más corta —dijo el