Lo que a veces consideramos sin ninguna importancia, puede llegar a ser el comienzo de grandes cosas.
Enrique Federico Amiel
La historia antigua nos habla de la edad paleolítica, neolítica, de la del bronce y de la del hierro. ¿Y dónde quedó la edad del cobre?
Es indudable que la Edad del Bronce tiene que haberse desarrollado a continuación de la del cobre. El empleo del cobre sólo es mucho más sencillo que el de una aleación que reúna en cierta proporción cobre con estaño. ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido entre el empleo de un primitivo utensilio de cobre y uno de bronce? ¿Cuántos experimentos tuvieron que hacer esos antepasados directos del hombre moderno, para llegar a elaborar sus utensilios y armas de bronce?
Lo increíble está en que, según parece, el género humano da un salto formidable y decisivo hacia el futuro al inventar no sólo la aleación de bronce, sino que, al mismo tiempo, al fabricar objetos de oro y plata que desde el comienzo son de una perfección que nos es incomprensible.
Al analizar la fuente que Schliemann encontró en Troya, se llega a la conclusión de que las aleaciones de metales eran empleadas en la isla Atlántide desde hace miles de años. Si fueran veraces los cálculos aproximativos que he mencionado anteriormente, esta fuente que está formada por una aleación de oro, platino y aluminio, habría llegado a Troya hace más de 11.534 años atrás. El aluminio contenido en la fuente tiene que haber procedido del molde de arcilla que se empleó para fundirla. El aluminio se extrae de tierras arcillosas.
Pero los objetos encontrados dentro de la fuente atlan- tina eran de procedencia
americana, de Tiahuanaco, la ciudad en ruinas que se encuentra en Bolivia a orillas del Lago Titicaca y cuya edad ha sido calculada en unos 23000 años, por lo que se supone que es la demostración más antigua de la convivencia humana en forma de una
población de cierta importancia en América. La única forma en que estos objetos pudieran haber llegado a Troya, es por intermedio de la Atlántide.
El origen de los primeros utensilios de cobre, como también de ornamentos, joyas y armas, no se ha podido establecer. ¿Sería aventurado suponer que este origen se gestó en la legendaria isla?
Cuando Hernán Cortés llegó a México con sus hidalgos españoles, encontró un gran imperio firmemente asentado en costumbres y leyes, y de una constitución sólida. Las manufacturas que usaban los aztecas eran de fina terminación, lo que llamó
grandemente la atención a los españoles. Las más lindas joyas y ornamentos de oro y plata, tejidos preciosos y mosaicos de plumas en artísticas combinaciones de colores, alternaban con una alfarería altamente desarrollada. Si a ello se sumaban los
conocimientos que los aztecas tenían en aquel tiempo de la astronomía, de las matemáticas y de muchas otras ciencias, como una arquitectura que les permitía
construir ciudades amplias, había que reconocerles una cultura que podía remontarse en sus comienzos a miles de años.
En el Perú sucedió otro tanto. A pesar de que el desarrollo cultural de los indios era bajo, los incas mismos poseían lindísimas joyas y alhajas que eran fundidas en molde perdido, permitiendo inclusive elaborar objetos huecos. El engaste de piedras preciosas y semipreciosas era algo corriente y el boato que desarrollaban los Incas, era ilimitado. Al consultar el relato de Platón acerca de Poseidonis, o sea, de la Atlántide, se puede establecer como un hecho que la elaboración de joyas ya se encontraba en florecimiento antes del diluvio en ese continente desaparecido, y que inclusive se esculpían grandes estatuas de oro, lo que da una idea acerca del inmenso poderío y riqueza de los reyes atlantinos.
Del relato sobre la Atlántide reproduzco el siguiente acápite1: “En el centro de la fortaleza real se elevaba un templo que estaba dedicado a la adoración de los ante- pasados Poseidón y Kleito. Era el recinto sagrado de la fortaleza y rodeado por una muralla de oro (conocemos muros dorados que fueron construidos en China, como también en el Perú). En sus aposentos habían sido en
gendrados los primeros reyes (cinco parejas de gemelos) y ahí mismo habían nacido. A su costado se encontraba el templo consagrado a Poseidón, que medía 600 pies de largo y 300 de ancho, de un estilo muy peculiar. Toda la parte exterior de este santuario estaba cubierta de una capa de plata y las almenas de oro. El cielo del interior lo
recubrían unas láminas de marfil decorados con bronce y oro. Las paredes laterales y las columnas, como también el suelo, brillaban por la capa de bronce con que estaban adornados. El interior estaba dominado por una gigantesca estatua de Poseidón, de oro puro, que lo representaba de pie sobre su carro de combate, gobernando los seis caballos alados de tiro, y en su alrededor aparecían las estatuas de cien dioses del mar,
cabalgando sobre delfines. Era tan enorme la estatua de Poseidón, que la cabeza topaba casi en el cielo del templo. Además, se encontraban en el interior del templo, en arcadas cubiertas, multitud de esculturas y estatuas donadas por habitantes adinerados.
“Frente al templo se veía el grupo de las estatuas de oro de los diez reyes, de sus mujeres y descendientes, y a los costados se advertían monumentos donados por los reyes, la nobleza y las colonias establecidas por ellos en países lejanos. También el altar del templo correspondía en su tamaño y acabado a esta magnificencia y el palacio no desmerecía en su aspecto en relación con el poderío y la grandeza del imperio y el boato desplegado en el decorado y la presentación de los santuarios”.
Esta descripción nos da una idea, tal vez un poco exagerada, de la magnificencia y de la riqueza que existían en la isla Atlántide, lo mismo que de la habilidad de los artífices atlantinos, tanto de los escultores, como de los joyeros y de los artesanos.
Del relato de Platón se desprende, además, que los diez reyes de este imperio se
encontraban una vez cada cinco o seis años, para conversar sus problemas, para juzgar a aquellos que habían contravenido las leyes o habían pecado, para en seguida hacer
grabar los resultados sobre una columna de oro. Esto demuestra que los atlantinos ya
poseían un idioma escrito.
Se debe suponer que los atlantinos pasaron por los diversos grados de desarrollo que son comunes a todos los pueblos, o sea, de la edad de piedra a la de la piedra pulida, de ésta a la del cobre, del bronce y así sucesivamente. La edad del bronce parece coincidir, en la mayoría de los casos, en la historia de los pueblos clásicos, con el comienzo de la escritura jeroglífica.
Así, hay que suponer que los atlantinos poseían una escritura propia, fuera del conocimiento de la escritura fenicia, salvo que ésta haya sido de propiedad de los atlantinos, siendo adoptada por los fenicios con posterioridad. Siendo un pueblo de mercaderes, a vez que una potencia mundial que poseía colonias en diversos continen- tes, se veía en la necesidad el pueblo atlantino de mantenerse en contacto, por medio de cartas, con sus diversas posesiones en el exterior. Basta recordar cuántos miles de tablillas de arcilla cocida se encontraron en Mesopotamia, muchas de las cuales eran cartas comerciales, liquidaciones, cartas de cobranza y pagarés, como también convenios. Si Babilonia había alcanzado este alto nivel cultural y comercial, es muy posible que unos cuantos de miles de años antes los atlantinos hayan tenido análogas costumbres y preparación.
Donnelly ha planteado la teoría de que, siendo tantas las coincidencias de costumbres, conocimientos generales, leyendas, analogías en ciertos idiomas, etc., tiene que haber existido el continente atlantino para explicar lo inexplicable. Donnelly hace una comparación de alfabetos americanos y mediterráneos, que evidencian cierto parecido entre estas escrituras, y llega a la conclusión de que por lo menos 18 letras del alfabeto maya que nos dejó el obispo Diego de Landa tienen parecido con escrituras
mediterráneas, entre ellas principalmente con el egipcio, el fenicio y otras.
Como las comparaciones hechas por Donnelly son dignas de crédito, las reproduzco en los capítulos que siguen, pero en forma algo abreviada.
Para volver sobre el alto nivel alcanzado por los atlantinos en la elaboración de los metales, hay que suponer que la etapa de desarrollo que falta entre la edad de piedra y la de bronce, tiene que haber existido en alguna parte. No es posible asegurar
enfáticamente que esta etapa se haya producido en la Atlántide, pero es muy probable que así haya sido. De lo contrario se podría pensar que la edad del cobre haya sido iniciada en Tiahuanaco y que desde allí haya llegado a la Atlántide, para transformarle a través del tiempo en la edad del bronce.
Es posible que la edad del cobre sea mucho más antigua de lo que suponemos, ya que, si la teoría del gran naturalista, científico y escritor francés Cuvier es verídica, o sea, que nuestro planeta sufre periódicas catástrofes que significan dramáticos cambios para su población mundial, los pueblos sobrevivientes probablemente han debido volver a emplear implementos de piedra, mientras trataban de reconquistar el dominio de la elaboración de los metales, especialidad probablemente de unos pocos hombres privi- legiados.
Seguramente, más de algún lector va a dudar de la posibilidad de que tales tesoros hayan podido reunirse y va a suponer que Platón exageró los mismos. Pero, considerando a Solón y a Platón como historiadores o, mejor dicho, periodistas,
debemos tratar de establecer si tales riquezas pueden haber sido reunidas por un pueblo. Para ello, existe la posibilidad de una comparación de esos tesoros y los que se han encontrado en poder de pueblos históricos. Indudablemente, los incas tuvieron una riqueza que no les iba en zaga a los atlantinos. Basta recordar las enormes cantidades de oro que los españoles supieron extraer del imperio incásico. Y esas cantidades
seguramente no han sido la totalidad de los tesoros de ese pueblo, ya que se sabe que los quechuas y aymarás supieron ocultar muchos valores ante la codicia de los con-
quistadores. El cúmulo de oro y plata que encontró su camino hacia Europa en los tiempos de la conquista fue enorme. Las carabelas españolas surcaban los mares y eran codiciadas por los piratas que, como Drake y muchos otros, supieron distraer gran parte de los tesoros españoles, llevándolos a Inglaterra y a otros países, donde significaron un
elemento de poderío creciente. Basta citar el ejemplo de Inglaterra, que debió su expansión colonial, en gran parte, a esas riquezas.
Cuando Pizarro privó al inca Atahualpa de su libertad, éste le ofreció un rescate que parece fantástico: una gran sala sería llenada de oro hasta la altura que alcanzaba el brazo estirado del inca, y dos salas adyacentes, de plata. Este rescate fue aceptado por Pizarro y sus acompañantes; pero a pesar de que fueran cumplidas las condiciones por el inca, éste no obtuvo la libertad tan ansiada. Seguramente, si los españoles hubieran cumplido, habrían sido exterminados dentro de un cortísimo lapso. Una sala grande que fuera colmada de objetos de oro hasta una altura de unos dos metros, indudablemente representaría una enorme suma de dinero. Y no fueron solamente estos objetos los que fueron fundidos y exportados, por así decirlo, por los españoles, sino que muchísimos valores más que fueron reunidos en búsquedas efectuadas a través de todo el país. Pero innumerables piezas de valor fueron escondidas por los indios ante la codicia de los invasores, entre ellas una cadena larguísima de oro que servía para despejar una parte de la gran plaza de Cuzco, para separar al inca y a su corte del pueblo común. La cadena, según cuenta la leyenda, fue hundida por los indios en un lago, donde yace en espera del feliz mortal que sepa dar con ella.
Si los incas fueron capaces de reunir tales riquezas, sin ser un pueblo comercializado, acostumbrado a efectuar intercambios provechosos con otros países, es fácil suponer que otro pueblo, más comercializado y en una posición ventajosa como para mantener un trueque provechoso con colonias y con otros países menos desarrollados, como lo era la Atlántide, podía reunir sumas mucho más fabulosas, en especial al tratarse de metales que se consideraban divinos y se empleaban principalmente en el embelleci- miento de templos y santuarios.
Es posible que las estatuas de Poseidón y Kleito, de los dioses del mar y de los reyes y sus familiares no hayan sido de oro macizo, sino que solamente recubiertas de láminas de oro, pero a pesar de ello tienen que haber sido cantidades extraordinarias, dado el cúmulo de estatuas y monumentos que, según Platón, llenaban los templos y sus alrededores. Por lo demás, en las excavaciones babilónicas y egipcias a menudo se encontraron esculturas de madera recubiertas de láminas de oro, pero también sarcófagos ele oro macizo.
Los indios Mochica y Chimú de la costa del Perú igualmente fueron grandes artífices y joyeros e igualmente dispusieron de grandes tesoros en objetos de oro con piedras preciosas, como lo demuestran las excavaciones efectuadas durante las últimas décadas. También en Troya se excavaron tesoros realmente valiosos, y lo encontrado en las cámaras funerarias faraónicas egipcias demuestra el enorme interés de los pueblos anti- guos por los dos metales sagrados: el oro, que estaba consagrado al dios sol, y la plata que simbolizaba a la diosa luna.
¿Es posible que la edad del cobre haya sido saltada por los pueblos primitivos, desarrollándose la edad del bronce inmediatamente a continuación de la de piedra?
UNDECIMO CAPITULO
¿Como inventó el Hombre la Palabra Escrita? ¿Desde
Cuando Emplea la Escritura?
Nada es tan difícil que no sea posible encontrarlo, si se le busca con interés. Terencio
Según las tablillas de barro cocido desenterradas en Mesopotamia y que nos han revelado la historia maravillosa de los Sumerios, de ese pueblo que había desaparecido en la penumbra del pasado, sin aparente rastro, ellos fueron los inventores de la palabra escrita. Este misterioso pueblo se llegó a conocer solamente por las evidencias de las bi- bliotecas de tablillas de barro encontradas en Babilonia. Hoy en día, la hipótesis de que los Sumerios hayan sido los inventores del alfabeto, es puesta en duda.
Si pensamos que los Sumerios indican en sus escritos los nombres de ocho reyes
antediluviales, nos daremos cuenta de cuán antigua debe de haber sido su civilización,
aunque fijáramos para el último diluvio la fecha de 9.569 años antes de J. C.
Mientras más intensamente y más minuciosamente es estudiada la prehistoria, más se va alejando hacia el pasado. Antiguamente se consideraba al pueblo egipcio como el más antiguo, después se creyó que eran los Babilonios. Hoy en día se considera que son los Sumerios los más antiguos. Es muy probable que nuevos hallazgos hagan retroceder la rueda de la historia hasta los reyes de la Atlántide.
La escritura más antigua que ha podido descifrarse es la de los Sumerios. Eso no excluye la posibilidad de que haya habido escribas en tiempos aún más remotos. Los Sumerios mantenían la escritura en alta estima y suponían que su invención se había producido en las alboradas de la propia civilización. Y el comienzo de su era lo estimaban en 241.000 años antes del diluvio, lo que naturalmente es muy dudoso. Muchos investigadores han supuesto que en tiempos antiguos se hayan contado los meses en vez de los años, lo que podría explicar las abultadas cifras que estos pueblos indicaban. A pesar de ello, al aplicar meses en vez de años, siempre resultan cifras superiores a 20.000 años.
Los Patriarcas del Antiguo Testamento igualmente aparecen con unas vidas superiores a varios centenares de años, como por ejemplo Matusalén y otros.
En sus tablillas más antiguas, los Sumerios hablan despreciativamente de los nómadas como de seres humanos que no tienen casas y que no siembran trigo. Eso demuestra a las claras que los Sumerios eran un grupo étnico de alto nivel cultural. Los mejores especialistas en estudios acerca de ellos, consideran que éstos primitivamente no escribieron sobre tablillas de barro cocido, por lo que se cree que deben de haber emigrado desde otro país. Eso significaría tener que alejar nuevamente la invención del alfabeto a un pasado aún más remoto.
¿Cómo habrá sido el proceso que llevó al ser humano a inventar la escritura? No es de imaginar que un día cualquiera uno de nuestros más remotos antepasados que hubiera sido excepcionalmente inteligente, hubiera pensado lo siguiente: “Ahora voy a inventar un sistema para perpetuar mis pensamientos”. Este progreso máximo en el desarrollo de la civilización humana, por el cual el hombre puede hacer perdurar sus experiencias, sus conocimientos, sus recuerdos en beneficio de las generaciones venideras, es el que permite mantener y acrecentar la cultura del respectivo pueblo. Para alcanzar esta meta, los pueblos han debido pasar por los estadios intermedios, hasta que con el trabajo de hombres excepcionalmente inteligentes se llegara a un sistema de escritura a la vez rápido y fácil de recordar.
Las diversas etapas del desarrollo de la escritura pueden imaginarse en la forma siguiente1: Si uno de los artistas primitivos marcaba la silueta de una gacela sobre la cara de una roca, todavía no era escritura. Era solamente una obra de arte primitivo, hecha para pasar el rato, por esa inquietud artística que parece ser parte del espíritu del hombre. En el caso de que el cazador hubiera descubierto gacelas en cierto valle y hubiera grabado su efigie por eso en la roca, ya era un mensaje para los compañeros de su tribu: “Aquí hay buena caza”. En ese momento, su
grabado ya no era una obra de arte, sino que una comunicación. El dibujo decía muy claramente: “Aquí hay gacelas”. Podía esta comunicación ser ampliada con el dibujo de un león, lo que significaría: “Buena caza, pero ten cuidado con los leones”.
Es por este motivo que es difícil establecer cuándo una figura esculpida o trazada en una roca deja de ser un diseño artístico para convertirse en escritura. El hombre primitivo seguramente ha comprendido en su primer desarrollo que podía comunicar a sus congéneres los peligros o hechos de importancia por medio de señales. Seguramente el lector recordará que en los cuentos de indios leídos en su niñez se hacía mención de los sistemas que éstos tenían para comunicarse con los que los seguían: a veces eran hojas arrancadas de un árbol, una rama quebrada, la marca en la corteza de un árbol o las señales de humo, características de los indios americanos.
Por eso es bien difícil establecer cuándo comienza a emplearse el dibujo simbólico, ya que significa algo más que un animal, un ser humano, una estrella, árbol o„ en general,