• No results found

Decoding Algorithm for Helberg Codes

De todas las maravillas de la naturaleza es el hombre lo más maravilloso. Sófocles

Un ancho océano y un territorio enorme sin caminos ni vías de comunicación, cubierto por bosques vírgenes, separan a los negros yorubas de los indios aymarás. Uno de los pueblos vive en la península de Níger, en el oeste de Africa del Norte, y el otro en la alta cordillera central de los Andes. A pesar de ello, ambos pueblos tienen ciertas características análogas.

Por ejemplo: tienen una cierta superstición que no se encuentra en tal forma entre otros pueblos. ¿Se trata de una mera coincidencia? ¿O han existido antiguamente conexiones entre ellos? Los negros yorubas, que pertenecen a una estirpe inteligente y que pueden vanagloriarse de una viejísima cultura, como lo demuestran sus tallados en madera y otros primorosos trabajos, están habituados a iniciar el día con un oráculo, para establecer si el día les va a ser propicio (Und Afrika Sprach, Frobenius, p. 247).

El oráculo consiste en que cada yoruba toma unos cuantos segmentos de nueces de kola y los lanza por sobre una tabla especial al aire. Según como caen los segmentos sobre la tabla, va a resultar el día. Los segmentos de la nuez de kola tienen la forma de los de una pequeña naranja. Si los presagios son desfavorables, el negro sencillamente se queda en su casa, sin moverse de ella en todo el día. La tabla que se usa para este oráculo es a veces sencilla, a veces primorosamente tallada y se llama tabla de Ife. Los indios aymarás del altiplano tienen una costumbre parecida. El oráculo consiste en lanzar al aire unas hojas de coca, eso sí que para ello no es necesaria ninguna tabla. Según sea la forma en que queden agrupadas las hojas o según caigan las mismas, el indio se va a mantener pasivo o va a comenzar una caminata. Esta forma de comenzar el día, en dos pueblos tan distantes, puede tener un principio común que ha nacido tal vez en un territorio que entretanto ha desaparecido y que puede haberse encontrado en el centro del Atlántico. Cada pueblo se ha adaptado a los medios que tenía a disposición para su oráculo: uno emplea las hojas de coca, mientras el otro hace uso del contenido segmentado de las nueces de kola. Que los dos nombres tengan un cierto parecido entre sí, tal vez no sea una casualidad.

La cultura del pueblo yoruba, tan magistralmente descrita por Frobenius en sus diversas obras, realmente ha sido digna de estudio, como lo demuestran sus diversos

conocimientos: el fundido de metales como la fabricación del vidrio y el tallado en madera eran trabajos cuotidianos para ellos y que les servían para demostrar su gusto ar- tístico y su habilidad manual. Las cabezas de bronce desenterradas por Frobenius (véase cabeza Olokun en ilustración N9 35) son perfectas en configuración artística y también en la forma de trabajar el metal. Es una lamentable equivocación el suponer que todos los negros africanos se hayan encontrado en un nivel cultural bajísimo, cuando los primeros blancos penetraron en sus territorios. Los yorubas tenían grandes ciudades con palacios fastuosos y su vida intelectual se había desarrollado en forma de darles una cierta filosofía de la vida que solamente pueden plasmarse cuando muchas generaciones han dedicado sus reflexiones a ello.1

Frobenius relata la siguiente anécdota que demuestra que entre los negros de la zona del Níger existen personas verdaderamente cultas: “De entre los arbustos asomó una figura divertida, un negro pequeño y de anatomía delicada. Un cuerpecillo de niño, sobre cuyos hombros descansaba una cabeza desproporcionadamente grande y de aspecto avejentado. Caminaba muy lentamente y tocaba una flauta, pero no como las que

nosotros empleamos, con los labios, sino que con las ventanas de la nariz. Se trataba de una Kaschiba, una flauta de nariz. El avejentado adolescente, que ésa era su apariencia, no me miraba, a pesar de que tenía que haberme visto. Se me acercó lentamente, siempre tocando:

düdü — düdelütütü dü — düdelütütü

i Der Kopf ais Schicksai, p. 7

.

Cuando estuvo muy cerca de mí, abrió los labios y cantó con voz muy suave, pero algo nasal:

Mutu — mué Mojo — amu umue

y en seguida seguía la melodía soplada en la flauta. Llegando a mi lado, se sentó sobre el suelo y siguió tocando su melodía monótona y a pesar de ello, tan conmovedora. De vez en cuando la interrumpía para intercalar las mismas palabras que, traducidas, significan:

Cabeza, una Vida, una sola.

Esto no podía ser el sentido verdadero, por lo que después de un rato_le dije: imba (canta). El pequeño bajó la flauta, la miró reflexivamente, entonces la levantó nuevamente y comenzó a cantar, mirando hacia el río, en voz baja una canción. Cuando pude com- prender el sentido de la canción, me di cuenta de que la palabra mojo no significaba solamente vida, sino que también el concepto, algo borroso, de destino. Esta canción significaba en su traducción:

Mirad a Kalamba

cómo destruye a los enemigos de la religión de [Kalamba.

Cómo prepara a Lubuku (el país de la amistad). Hay muchos Beni Lulúa.

Solamente ha habido un Kalamba Munene. El hombre muere. Pero su destino (mojo) vive. Una cabeza, un destino.

Kalamba había sido un noble del pueblo de los Beni Lulúa que había muerto por éste. El negro siguió cantando:

Ved a Kabassu Babu.

Cómo lleva a Kalamba donde los Bassonga. Cómo enriquece a Kalamba y a los Beni Lulúa. Hay mucha gente en Mputu,

pero ha habido solamente un Kabassu Babu. El hombre muere, pero su destino vive. Una cabeza, un destino.

Uno de los primeros europeos que convivió con los negros fue el alemán Pogge, que era muy querido y que los

había ayudado en muchos aspectos. El recibió el nombre de Kabassu Babu. Ved a Bula Matadi

Cómo mata a los hombres. May muchos hombres en Mputu. Pei’O ha habido un solo Bula Matadi. El hombre muere, pero su destino vive. Una cabeza, un destino.

Bula Matadi fue el sobrenombre que los negros dieron a Stanley. Este llevó

sufrimientos indecibles a estos pueblos, que veían en él la personificación del Estado del Congo, de los funcionarios estatales y de los Agentes de la Compañía. Bula Matadi llegó, pero no como amigo, al país de la amistad (Lubuku). El exigía. El no daba nada, sino que arrebataba. Los negros tenían que trabajar para él. Como premio, Bula Matadi les quitaba a sus mujeres. Bula Matadi pagaba con la muerte.

El cantante seguía: Bena Lulúa, Bena Lulúa. Ved a los Bena Lulúa

Cómo sonríen con la cabeza, cómo mienten con la cabeza. May muchos pueblos en el Kassai.

Pero hay solamente los unos, los únicos, Bena [Lulúa.

Bula Matadi va a destruir a los Bena Lulúa. El destino de los Bena Lulúa va a seguir [viviendo.

Los hombres mueren, pero su destino vive. Una cabeza, un destino.

Frobenius termina su relato con las siguientes frases: “Y cuando emergió de entre las banales palabras de cooperación moral a la guerra, la exigencia de respetar el derecho de los pequeños — ay, cuántas veces tuve que pensar en los Bena Lulúa llenos de sabiduría, de aquel pueblo de negros simples que no elucubran fórmulas complicadas, sino que las resuelven con la pureza de sus almas infantiles”.

Quisiera mencionar que, a mi juicio, el canto de este negro, tan modesto y tan sencillo, demuestra una cultura que no puede alcanzar un pueblo en pocos centenares de años. Los pensamientos que ocupan su mente, son los de

un hombre acostumbrado a pensar, de un hombre acostumbrado a tener sus opiniones propias y bien concretas y que efectúa una crítica indulgente, llena de cierta melancolía. Es un hombre que sabe dar forma a sus pensamientos con palabras emotivas,

sentimentales que van al corazón, en un idioma que dentro de su sencillez es lo bastante completo como para emitir conceptos complejos.

La obra de Frobenius destaca otros episodios y demuestra por medio de las

investigaciones hechas que en el Africa existen restos de una civilización antiquísima, llegando por ello a la conclusión de que allí se encuentra la Atlántide, o sea, que no se ha hundido.

Sigue relatando Frobenius: “Entretanto, Martius y yo encontramos algo mucho más importante. Al lado de una roca rústicamente labrada afloraban del suelo unos frag- mentos de terracota. Eran los restos de un rostro humano. Cuando recogí estos fragmentos, comprendí lo que me habían contado en Timbuktú. Existían pruebas evidentes de una cultura antiquísima, aristocrática y que había alcanzado un nivel

infinitamente superior al de esa cabeza de piedra de ejecución rudimentaria. De los trocitos recogidos se desprendía la sensación de una armonía, de una finura de formas parecidas a la griega antigua, una vivacidad de colores y una fuerza de concepción que era la confirmación de que allí había existido una raza noble, de tradición, no negroide, lo que daba especial valor a las piezas de cerámica encontradas. Aquí se estaba

revelando algo distinto y que demostraba ser de una civilización antigua”.

De las páginas del libro Y Africa habló emerge un Dios ya conocido para el lector: Schango, el dios del trueno, que en su descripción se asemeja al dios Tupán de los indios americanos como una gota de agua a otra. Frobenius sigue informando: “Schango fue el hombre más importante que. según la leyenda costera, nació en Ife, de su madre Yemaya (Jemaja), la madre tierra. Es un dios poderosísimo, guerrero y de enorme potencialidad como podía ser creado por la fantasía de un pueblo acostumbrado a grandes extensiones. Es el dios de la tempestad que deja caer implacablemente su proyectil, su bólido de piedra. Es el dios que quema las ciudades y las fincas, que destroza los árboles y aniquila a los hombres. Es cruel y salvaje, esplendoroso y, a pesar de todo, benéfico por sus gigantescas obras. Pues, con sus lluvias que hace caer sobre la tierra sedienta desde las negras nubes, da fuerza de germinación a los campos,

permitiendo el crecimiento de la semilla. Por todo esto los seres humanos lo temen, pero también lo adoran. Temen su cólera, pero desean su llegada. Se lo

imaginan montado sobre un potro que ellos llaman carnero, porque es tan rápido y tan alegre. Representan a Schango con el martillo del trueno en el puño y rodeado por todas sus mu eres que son los ríos y las lagunas. Pues él es el dios que manda el agua desde el cielo y los ríos se hinchan, cuando él baja. Vive en un palacio que es íntegro de bronce brillante (!) y de?.de donde resplandecen los rayos.

Quisiera mencionar que el palacio así descrito, podría ser una reminiscencia del palacio real de la Atlántide.

Schango posee una medicina poderosa. Esa la ha ingerido por la boca, y por ese motivo resplandece una inmensa hoguera, cuando él la abre. La leyenda sabe informar de cómo su esposa, Oja (pronúnciase Oya), el río Níger, le había quitado parte de este

medicamento, de cómo se le había iluminado la boca a ella. Entonces, el dios

encolerizado la había perseguido, derribando a los demás dioses que se le oponían, y que por fin, a la puesta del sol, cuando vio que no pudo vencer los obstáculos que se le oponían, penetró a la tierra. También esta parte de la leyenda podría ser interpretada como que Schango fuera uno de los reyes de la Atlántide, que cayeron vencidos al producirse el crepúsculo de los dioses, y que murió, siendo enterrado en la tierra o por las aguas.

Todos los pueblos del país de los yoruba saben relatar historias del dios Schango. Algunas de las leyendas contienen ciertas contradicciones, pero, por lo general, per- manece el mismo personaje. El proyectil es denominado Aradung.

En la mitología nórdica aparece Donar, Thor o Thuner, también llamado Thorr, como uno de los dioses germánicos de mayor importancia. Especialmente en Noruega se le rendía pleitesía, como dios del trueno y el día jueves (Don- nerstag) le había sido dedicado. Se le representaba como un hombre forzudo, barbudo e invencible. Donar consagraba los matrimonios y producía la fertilidad de los campos mediante su martillo. Al él estaban dedicadas las encinas y ciertas arboledas a orillas del río Weser, donde se le adoraba. En ciertos días del año le eran ofrecidos sacrificios de animales.

Al dios Schango igualmente le sacrificaban animales en holocausto. Bajo imponentes ceremonias se efectuaban grandes fiestas cada decimocuarto mes del año (noviembre) en las fincas de los descendientes del dios Schango bajo la dirección de un Mokwa, o sea, de un sacerdote al servicio del dios del trueno. Los reyes yorubas afirman ser descendientes directos de este dios. Las familias de modestos recursos solamente sacrificaban un cabro y festejaban tres días. Los adinerados, en cambio, hacían sacrificar multitud de carneros, prolongando los festejos durante semanas. Así, a Schango, lo mismo que a Donar, se le ofrecían sacrificios de animales.

Indudablemente estas dos leyendas deben provenir de una sola fuente inicial, lo mismo que la leyenda de Tupán, lo que daría otra base para pensar en que las leyendas se basaron sobre hechos acaecidos en la Atlántide.

Lo que lo hace suponer es la alusión al palacio de bronce resplandeciente de Schango y la circunstancia de que los diez reyes de la Atlántide acostumbraban sacrificar cada año un toro a sus dioses.

Probablemente Schango-Donar-Tupán ha sido adorado mucho antes del último diluvio por muchos pueblos. También es posible que haya existido una personalidad en una de las islas, que tenía las características de este dios y que ya hacía uso de la pólvora, para disparar proyectiles. Pero el parecido en la descripción del Dios en las tres distintas mitologías no permite dudar de que se trate de un solo personaje. Que su nombre sea Thor, Schango o Tupán, no tiene nada que ver. Justamente hemos podido apreciar el cambio de nombre de Stanley en Africa, “Bula Matadi” y de Pogge, “Kabassu Babu”. No existe la menor semejanza entre los apellidos de los nombrados y los nombres que los negros les pusieron. Así cambian los nombres de personas y de dioses, de un idioma a otro.

CAPITULO NOVENO

Related documents