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te seguros de que las pruebas encontradas no han encajado tan perfectamente

en virtud del misterio que llamamos coincidencia?

A fin de poner un poco de orden en un tema que, por su misma naturaleza, viola nuestro sentido de lo es- perado, disponemos aquí los ejemplos por categorías. Hay tres grupos: coincidencias relativas a personas, a objetos y a animales.

RELATIVAS A PERSONAS

La coincidencia parece aún más asombrosa cuando afecta a dos o más personas. Para que esto suceda, los caminos de todas ellas deben cruzarse de modo im- predecible e inesperado.

Veintiuno

Siendo aún muy joven Luis XVI de Francia, un as- trólogo le advirtió que debía andarse con cuidado el día 21 de cada mes. El aviso aterrorizó al muchacho,

y en adelante se negó a emprender nada importante

en ese día.

Pero de nada le sirvieron sus precauciones. El 21 de junio de 1791, Luis y su esposa fueron detenidos

en Varennes cuando trataban de huir de la Revolución. El 21 de septiembre del año siguiente, Francia abolió la institución de la realeza y se proclamó república. Y el 21 de enero de 1793 Luis XVI fue ejecutado. (Ho- liday, noviembre de 1962, pág. 52)

Sentido de la oportunidad

Thomas Jefferson fue el autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y John Adams

Llevado a la guillotina acusado de traición, Luis XVI de Francia se enfrentó a la muerte con valor. La ban- dera tricolor de la nueva república francesa ondea so- bre su cabeza.

uno de sus principales promulgadores. Adams se con- virtió en el segundo presidente de los Estados Unidos y Jefferson en el tercero. Ambos murieron en el mis- mo año, 1826, y el mismo día, el quincuagésimo ani- versario de la fecha más importante de sus vidas: el

XVI y María Antonieta fueron capturados en Veremnes cuando intentaban huir de Francia. Luis puso

entonces sus esperanzas en la intervención extranjera.

Thomas Jefferson posó para este retrato en 1791. El cuadro, pintado por Charles Willson Peale, está en el Independence Hall de Filadelfia.

4 de julio. Parece que Jefferson consiguió a fuerza de voluntad vivir hasta entonces. Antes de exhalar su úl- timo suspiro, preguntó si ya era ese día. Adams, cu- yas famosas últimas palabras fueron "Aún queda Tho- mas Jefferson", vivió sólo cinco horas más que su compatriota. (Dumas Malone, The Sage of Montice-

llo, Vol. 6, págs. 497-98)

Aunque el presidente John Adatas (arriba) se retiró de la vida pública en 1801, mantuvo una animada co- rrespondencia con Thomas Jefferson hasta el fin de sus días.

El aniversario

Augustus J.C. Hare, conocido escritor y artista del pe- riodo victoriano, había sido dado en adopción en el decenio de 1830, cuando tenía sólo 14 meses. Después de graduarse en Oxford, vivió casi siempre en Euro- pa, con sólo contadas visitas a Inglaterra. En su auto- biografía cuenta lo siguiente:

En el aniversario de mi adopción, fuimos todos a Mannheim, y cenamos en el hotel donde, 17 años antes, yo, que tenla sólo 14 meses, fui entregado a

mi tía, que era también mi madrina, para vivir ya siempre con ella como si fuese su hijo... Cuando por la noche volvimos a la estación... había en el andén una pobre mujer, llorando amargamente, con un niño en brazos. Emmie Penrhyn... se le acercó y le preguntó si le ocurría algo. "Sí", dijo ella, "lloro por mi pequeño, que tiene sólo catorce meses y va a alejarse de mí para siempre en el tren que está a punto de llegar. Lo va a adoptar su tía, que es también su madrina, y ya nunca volveré a verlo." [Augustus J.C. Hare, The Story of My Life, Vol. 1, págs. 383-841

El fraile y el pintor

Cuando Joseph Aigner, que sería después un conoci- do retratista, tenía 18 años, trató de ahorcarse, pero

se lo impidió la misteriosa llegada de un fraile capu- chino. El hecho tuvo lugar en Viena en 1836. Cuatro años después, en Budapest, Aigner trató otra vez de ahorcarse, y de nuevo lo impidió la repentina apari- ción del mismo fraile. Transcurrieron ocho años y Aig- ner, que había abrazado una causa revolucionaria, fue condenado a la horca por sus actividades políticas. No obstante, fue indultado a instigación de un fraile, el mismo capuchino. Por último, en 1886, cuando tenía 68 años, Aigner vio cumplidos sus deseos de muerte y se suicidó con una pistola. Sus exequias las ofició tam- bién el fraile, cuyo nombre Aigner nunca había llega- do a saber. (Ripley's Giant Book of Believe It or Not!)

Augustus J. C. Hare se hizo popular por sus anécdo- tas acerca de la buena sociedad y por lo bien que con- taba las historias de fantasmas.

El destino juega una mano

En 1858 Robert Fallon, de Northumberland (Inglate- rra), fue acusado de hacer trampas al jugar póquer en

el salón Bella. Unión, en San Francisco (E.U.A.). Le pegaron un tiro. Como se pensaba que el dinero ga- nado —en este caso, 600 dólares— al hacer trampas ▪ traía mala suerte, los otros jugadores llamaron al pri- mero que pasó para que tomara el lugar del muerto en la mesa de juego, confiados en que pronto recupe- rarían el dinero. Sin embargo, cuando llegó la poli- cía, el nuevo jugador había convertido los 600 dóla- res en 2 200. Cuando la policía pidió los 600 dólares, para poder entregárselos a los familiares del muerto, el joven desconocido demostró que era hijo de Fallon y que no había visto a su padre desde hacía siete años.

(Ripley's Giant Book of Believe It or Not!)

No hubo secreto

Durante la Guerra Civil estadounidense, trasladaban en tren a un grupo de prisioneros yanquis a un campo de internamiento de Salisbury, en Carolina del Nor- te. Uno de los que custodiaban el tren era un joven de 17 años llamado Beverley Tucker, encargado de vi- gilar a un grupo de prisioneros que se pasaban los días cuchicheando en un idioma extranjero. Hablaban el dialecto del cantón suizo del que procedían y estaban proyectando fugarse. En una estación de paso lleva- ron a cabo su intento... para encontrarse rodeados por las bayonetas de toda la guardia. Habían tenido la des- gracia de ser puestos bajo la custodia de Bev Tucker, probablemente el único hombre de todo el ejército con- federado que entendía su lengua. Había ido a la es- cuela en ese mismo cantón. (Joseph Bryan III, The

Sword Over the Mantel, pág. 69)

El duelista

Henri Tragne, de Marsella (Francia), disputó cinco duelos entre 1861 y 1878. En los cuatro primeros sus adversarios cayeron muertos antes de que se hubiera disparado un solo tiro; en el quinto, fue el propio Trag- ne quien murió, también antes de que hubiese inter- cambio de disparos. (Max Jouvenot, Champs d'Hon-

neur, pág. 113)

La novia desafortunada

El día de la boda de la princesa María del Pozzo della Cisterna, que el 30 de mayo de 1867 se casó en Turín con Amadeo, duque de Aosta, hijo del rey de Italia, se vio entenebrecido por los siguientes acontecimientos:

• La encargada de su guardarropa se ahorcó. • El portero de palacio se cortó el cuello. • El coronel que iba al frente del cortejo nup-

cial cayó víctima de una insolación.

• El jefe de estación murió bajo las ruedas del tren que iba a llevarlos en su luna de miel. • El ayudante del rey murió al caerse de su ca-

ballo.

• El padrino se pegó un tiro.

La pareja ya nunca fue feliz. (Roger L. Williams, Gas-

light and Shadow, págs. 156-57)

Los acontecimientos que ocurrieron el 30 de mayo de 1867, día de la boda de la princesa María del Pozzo della Cisterna con Amadeo, duque de Aosta, no augu- raban precisamente una vida de felicidad conyugal.

Asesinos semejantes

Un asesino llamado Claude Volbonne dio muerte en 1872 al barón francés Rodemire de Tarazone, Vein- tiún años antes el padre del barón había sido también asesinado... por un tal Claude Volbonne. Entre am- bos criminales no había el menor parentesco. (Ripley's

Giant Book of Believe It or Not!)

El hombre que hizo saltar la banca en Montecarlo

Charles Wells alcanzó tal fama que llegó a escribirse una canción de music-hall sobre él: "El hombre que hizo saltar la banca en Montecarlo". En realidad, Wells hizo saltar la banca tres veces. No era un juga- dor conocido, no utilizaba ningún "sistema", no te- nía un aspecto deslumbrador (en realidad era un in- glés gordo) y después de su asombroso éxito no vol- vió a vérsele por el casino.

Las dos primeras veces que hizo saltar la banca en 1891 —es decir, que ganó la "banca" de 100 000 fran- cos asignada a la mesa— lo hizo poniendo cantidades iguales al blanco y al rojo y ganando casi siempre. En la tercera ocasión puso su primera apuesta al número 5, con probabilidades de 35 a 1, y ganó. Dejó la apues- ta en ese número, le añadió lo ganado y volvió a ganar¬

-

. Repitió la operación cinco veces, y todas ellas sa- lió el número 5. Volvió a saltar la banca, y Charles Wells se fue tranquilamente con sus ganancias.

Alguien que se había cruzado con él aseguró que era un hombre de aspecto un tanto siniestro. (The

Unexplained : Mysteries of Mind Space and Time, Vol. 3,

No. 32)

Casualidad y Una coincidencia sorprendente se parece mucho a un pequeño drama: los actores entran cuando les dan el pie, llevan el maquillaje adecuado, se saben el papel y provocan resultados significativos o triviales, diver- tidos o, a veces, aterradores. El problema es que en la representación no intervienen ni autor, ni director de escena, ni productor, ni hay siquiera acuerdo pre- vio entre los actores; aquello se desarrolla, sin razón pero con perfecto orden, como por arte de magia.

Las coincidencias nos desconciertan porque pare- cen representar un orden que surge por casualidad: semejan el resultado de un proceso causal ordenado, pero carecen de una relación causal que encaje en nues- tra experiencia. Por ejemplo, el escarabajo (ver "El escarabajo dorado", pág. 77) que entra volando en el consultorio del psiquiatra justo cuando su paciente le está relatando un sueño en el que entra en su cuar- to ese insecto, no tiene relación discernible con la pa- ciente. El animalito no podía saber cómo entrar a su debido tiempo en la habitación. Tampoco la paciente que sueña con ese encuentro liberador tiene modo de saber que ocurrirá, ni ningún medio para asegurarse de que su respuesta será la prevista por el sueño.

El problema de las coincidencias es que violan nues- tras nociones de causa y efecto. Pero ¿y si nuestras ideas sobre la causalidad fuesen erróneas?

El filósofo escocés David Hume publicó en 1739 su Tratado de la naturaleza humana, un rechazo analíti- co de las ideas de causación comúnmente aceptadas. En el terreno filosófico, sus argumentos nunca han sido plenamente rebatidos; en el científico, mucho de lo que sostenía se ha visto justificado.

Desde que los filósofos griegos prestaron por pri- mera vez atención a la causalidad en el siglo v a.C., había sido casi universalmente aceptado que todo lo que tiene un comienzo debe ser causado por alguna otra cosa. Hume rechazó esto. Por el contrario, sos- tenía, no es verdad que todo objeto que comienza a existir tenga que deber su existencia a una causa. Creer que todo ser debe estar precedido por una causa no es más válido que creer que, porque todo marido de- be tener una esposa, todo hombre debe estar casado. Hume pretendía mostrar que el punto de partida tra- dicional de las teorías de la causación no puede ser probado; no estaba, por supuesto, tratando de pro- bar lo contrario o alguna otra postura. Todo lo que podemos decir de la causalidad es que lo que toma- mos por causa precede siempre a lo que tomamos por su efecto, y que siempre hay contigüidad entre am- bos. Más allá de esto, decía, nada puede afirmarse, y la opinión de que existe una relación necesaria en- tre una causa y su efecto no es más que un hábito mental.

causalidad

Según Hume, la idea de una relación causal entre dos acontecimientos que ocurren en secuencia es sólo un hábito mental.

Por ejemplo, cuando presenciamos una partida de billar confiamos en que cuando una bola golpea a otra, la golpeada se moverá, y en consecuencia nos conven- cemos a nosotros mismos de que hay una relación en- tre el movimiento de la primera bola y el movimiento de la segunda, entre causa y efecto. Sin embargo, de- cía Hume, semejante idea no se basa en la observa- ción lógica. Lo único que observamos es que el con- tacto —la contigüidad— tiene lugar; el resto es sólo suposición. Nuestra esperanza de que una bola quie- ta se moverá de un modo predecible al ser golpeada por otra puede ser acertada en la mayoría de los ca- sos, pero esto no constituye una certeza. Hay que con- siderar el impulso y la inercia de las dos bolas: un im- pulso demasiado pequeño o una inercia excesiva y el efecto no será el esperado. También hay que tener en cuenta los materiales de que están hechas las bolas, así como su solidez. ¿Es una de las bolas más propensa a hacerse añicos que a moverse? También hemos de considerar la forma de las bolas, la naturaleza de la superficie en que descansan y la estabilidad de la si- tuación en que el hecho tiene lugar. Entre todas estas variables, y muchas más, buscamos en vano un prin- cipio identificable que relacione causa y efecto; y, puesto que lo buscamos en vano, nada nos obliga a afirmar su existencia o a acceder a ese tipo de afirmaciones.

Aunque los argumentos de Hume pueden parecer bofetada al sentido común, han sido vindicados

t.-7: buena parte por los físicos del siglo xx. A nivel

subatómico, la idea de previsibilidad (que sería la apro- piada, al menos en teoría, si pudiésemos encontrar o al menos establecer teóricamente relaciones causales) n sido reemplazada por la de probabilidad estadística. Las ideas sobre la causalidad comúnmente acepta- das han sido también criticadas a nivel

macroscópi, especialmente entre los biólogos evolucionistas.

Por ejemplo, ¿cómo describir la evolución del huevo los reptiles en términos de causa y efecto? La 'leo- na evolucionista sostiene que los cambios en los or- anismos sobrevienen como resultado de mutaciones =éticas al azar. Si uno de esos cambios confiere una ataja que permite a un determinado organismo te-

-t-7 más descendencia, es probable que el cambio sea

Heredadopor esos descendientes y pueda llegar a ha- cerse normal en la especie. Pero cuando contempla- s un huevo de reptil (o el ojo de un mamífero o mirto número de otros rasgos y órganos), vemos que para que el desarrollo tuviera éxito han debido

ocuurrir

simultáneamente

numerosos acontecimientos. Por

ejemplo, la cáscara tenía que ser impermeable y lo basfuerte para proteger al embrión. Pero, a menos

e el embrión hubiese desarrollado al mismo tiem- algún medio para salir por sí mismo del cascarón, tse huevo se hubiese convertido para él en una

tumba.Además, el embrión tuvo que desarrollar un me-

,-5,3 de absorber nutrientes mientras estaba en el hue-

-, o. Pero, a menos que hubiese desarrollado también

medio para almacenar sin peligro sus propios desechos, pronto hubiese creado un entorno venenoso.

Cada uno de estos desarrollos tuvo que surgir, se- .= la teoría evolucionista, como resultado de muta- cionesal azar. Pero entre las mutaciones que produje- = el cascarón y las que produjeron el apéndice

denno pudo haber ninguna relación (surgieron al

izar), como no la hubo entre las concernientes a la nutricióny a la destrucción de los residuos. Y si no hubo

talesrelaciones, ¿cómo se orquestó todo el proceso? D

es

deeste punto de vista, el huevo de los reptiles cade agente causal y representa la culminación de

serie de coincidencias altamente improbables. David Hume se daba perfecta cuenta de que esta .tea de la causalidad iba a ser dificil de aceptar cuan- :: adscribía esa dificultad a la fuerza de los hábitos

mentalesque condicionan nuestro pensar. Si tenía razón—si esperamos siempre relaciones causales—, sólo

a :esotros mismos podemos acusarnos (o felicitarnos) .•.-mondo vemos en las coincidencias una afrenta tan se

ductoracomo incitante a la idea del mundo que nos di

c

tael sentido común.

El doble del rey

El 28 de julio de 1900, el rey Humberto I de Italia y su edecán, el general Emilio Ponzio-Vaglia, llegaron a la ciudad de Monza, a pocos kilómetros de Milán. El rey iba a entregar al día siguiente los premios de unas pruebas deportivas. La noche de su llegada, él y su ayudante fueron a cenar a un pequeño restauran- te. Mientras el propietario les tomaba la orden, el rey se dio cuenta de que aquel hombre era virtualmente su doble, de cara y cuerpo. Se lo dijo, y en la conver- sación subsiguiente surgieron una serie de paralelismos que los dejaron maravillados.

Ambos habían nacido el mismo día del mismo año (el 14 de marzo de 1844) y en la misma ciudad, y a ambos les pusieron Humberto. Los dos se habían ca- sado el 22 de abril de 1868, y ambos con una mujer llamada Margherita. Ambos habían puesto a su hijo el nombre de Vittorio, y el día de la coronación del rey, el otro Humberto había abierto su restaurante.

El monarca, sorprendido por tantas coincidencias, preguntó al dueño del restaurante cómo era posible que no se hubiesen encontrado antes. En realidad, le dijo su doble, habían sido condecorados juntos por su valor en dos ocasiones; la primera en 1866, cuando

En Monza, en 1900, Humberto 1 de Italia supo que su doble acababa de ser asesinado. Momentos después él mismo fue víctima de la bala de un asesino.

él era soldado raso y el rey coronel, y la segunda en 1870, cuando ambos fueron ascendidos, uno a sargen- to y el otro a general. Con esta última revelación el patrón reanudó sus tareas, y el rey, volviéndose a su ayudante, dijo: "Pienso hacer mañana a este hombre Caballero de la Corona de Italia. Encárgate de que acuda al acto."

Al día siguiente, fiel a su palabra, el rey preguntó por su doble, sólo para enterarse de que el hombre aca- baba de morir en un accidente de caza. Asombrado, el rey pidió a su ayudante que se enterara de dónde iba a ser el funeral, para asistir. En ese momento so- naron tres tiros, disparados por un asesino. El prime- ro falló, pero los otros dos atravesaron el corazón del rey, matándolo en el acto. (Ripley's Ghost Stories and

Plays, págs. 30-33)

El día perfecto

De vez en cuando, todos experimentamos uno de esos días perfectos en que todo parece encajar, un día que excede a las esperanzas más optimistas, la clase de día que nos convence de que nuestro ángel guardián tra- baja sin descanso. De uno de los más extraordinarios habla el profesor C.E. Sherman, presidente durante muchos años del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Ohio, en Columbus, en su libro

Land of Kingdom Come..

En 1909, cuando preparábamos los originales para el Atlas de Carreteras del estado de Ohio, nos encontramos con la dificultad de conseguir mapas de los condados del sudoeste... El United States Geological Survey aún no había levantado mapas de esa zona, y los únicos datos útiles... disponibles se encontraban en viejos atlas de condado, de unos 38 centímetros de lado y casi 2 de grueso...

Una abundante correspondencia nos había

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