4. EXPERIMENTAL VALIDATION
4.6 Fluid Diffusion in Sandwich Composites
Craneos humanos con cuernos fueron hallados en un
▪ -lo sepulcral de Sayre, en el condado de Bradford sylvania), en el decenio de 1880. Salvo por los
Esta huella de pie humano encontrada cerca de Dernirkópru (Turquía), en cenizas volcánicas deposita- das hace unos 250 000 años, puede ser de un antece- sor del hombre de Neanderthal.
salientes córneos de unos cinco centímetros encima de los arcos ciliares, los hombres a los que pertenecieron esos esqueletos eran anatómicamente normales, aun- que de unos 2.13 metros de estatura, muy por encima de la media. Se calculó que habían sido sepultados ha- cia el año 1200 de nuestra era.
El hallazgo lo hizo un reputado grupo de arqueólo- gos, del que formaban parte un historiador y digna-
Fósiles de segunda fase: La conjetura de Burroughs
La explicación más coherente de las huellas fósiles anó- malas es quizá la ofrecida por el doctor William Greely Burroughs, del Berea College de Kentucky. El doctor Burroughs cree que una depresión en la roca porta- dora de fósiles puede, mucho después de haberse for- mado los fósiles originales, llenarse de un sedimento que, a su vez, puede también convertirse en el medio en el que se fosilice la impresión de una huella del pie o el cuerpo de un ser. Una vez terminado este segun- do periodo de fosilización, la roca de nueva forma- ción puede ser indistinguible de la anterior, y dar la impresión de que los nuevos fósiles se formaron al mis- mo tiempo que los antiguos.
Esta explicación presenta dos problemas. Primero, los fósiles anómalos no aparecen sólo en la unión de capas sedimentarias, sino también en el interior de ro- cas que no muestran el menor indicio de formación discontinua. Segundo, a veces los fósiles fuera de lu- gar no sólo no concuerdan con la edad de los fósiles próximos a ellos, sino tampoco con la que suele atri- buirse a esos estratos rocosos.
tario de la Iglesia presbiteriana (G.P. Donehoo) y dos profesores (A.B. Skinner, del American lnvestigating Museum, y W.K. Morehead, de la Phillips Academy. de Andover, en Massachusetts). Algunos de los hue- sos fueron enviados al American lnvestigating Mu- seum de Filadelfia, donde por lo visto desaparecieron.
(Pursuit, 6:69-70, julio de 1973)
Un cementerio de pigmeos fue descubierto en 1837 cer-
ca de Coshocton (Ohio). Los esqueletos tenían de 90 a 137 centímetros de largo y parecían haber sido ente- rrados en ataúdes de madera. No se encontraron ob-
jetas que permitiesen datar la cultura de esos pigmeos, pero el número de tumbas hizo suponer que "vivían en una ciudad considerable". (The Gentleman's Ma- gazine, agosto de 1837, pág. 182)
Un esqueleto de 2.95 metros de estatura fue extraído de un túmulo funerario de piedra en Brewersville (In- diana), en 1879. Llevaba puesto un collar de mica y tenía a los pies una tosca figura humana de barro co- cido con trozos de pedernal incrustados. El túmulo, de entre 1 y 1.50 metros de altura y 21 de diámetro, fue excavado por arqueólogos de Indiana, observado- res científicos de Nueva York y Ohio, el doctor Char- les Green, médico local, y el propietario de la finca en la que estaba enclavado el túmulo, un tal señor Robison.
Los huesos fueron conservados por la familia Ro- bison en un cesto en un molino cercano. Se perdieron cuando una crecida se llevó el molino en 1937. ( The
Indianapolis News, 10 de noviembre de 1975) Siete esqueletos fueron encontrados en un túmulo se- pulcral cerca de Clearwater (Minnesota), en 1888. Te- nían doble fila de dientes en ambas mandíbulas y ha- bían sido enterrados en posición sedente, mirando al lago. Sus frentes eran insólitamente bajas y oblicuas, con cejas prominentes. (Saint Paul and Minneapolis Pioneer Press, 1° de julio de 1888)
Apareció sentado con las piernas cruzadas en un sa- liente de una pequeña cueva de una montaña de gra- nito. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo en la actitud intemporal de un Buda. Parecía de mediana edad. Su piel era oscura y arrugada, la nariz aplasta- da, la frente baja, la boca grande y de labios finos. Y medía 35 centímetros de estatura.
La momia fue descubierta en 1932 por buscadores de oro que volaban las paredes de una quebrada en los montes Pedro, 96 kilómetros al sudoeste de Cas- per, en Wyoming. Tras estudiarla, los científicos aven- turaron la teoría de que se trataba de un pigmeo mo- mificado, posiblemente el antepasado de los indios norteamericanos. Su enterramiento había tenido un ca- rácter ceremonial.
Exhibida en casetas de feria durante varios años, la "Momia de los montes Pedro" fue comprada más tar- de por Ivan T. Goodman, hombre de negocios de Cas- per, y llevada a Nueva York. Tras el examen radioló- gico de los restos por el doctor Harry Shapiro, del American Museum of Natural History, y la certifica- ción de autenticidad del Departamento de Antropo- logía de la Universidad de Harvard, algunos pensa- ron que pertenecía a una persona de 65 años. Tal su- posición despertó un gran interés, por las leyendas de los indios shoshones y cuervos de Wyoming que ha- blaban de un pueblo de enanos de sólo pocos centí- metros de estatura.
Tras la muerte de Goodman en 1950, la momia pa- só a manos de Leonard Wadler y desapareció, pero el interés por ella continuó en toda la nación. En 1979
las fotos de las radiografías de Shapiro le fueron en- tregadas al doctor George Gill, profesor de antropo- logía de la Universidad de Wyoming, quien opinó que el pequeño cuerpo marchito pertenecía a un niño o a un feto, posiblemente de una tribu desconocida de in- dios prehistóricos. Creía que el niño padeció anence- falia, una anormalidad congénita que explicaría las proporciones adultas de su esqueleto. Los descubri- mientos de restos momificados no son raros en Wyo- ming, dado su clima árido. Como señaló el doctor Gill, los indios pudieron haber encontrado otras momias de niños con enfermedades semejantes y haber pensa- do que eran restos de enanos adultos, lo que a su vez tendería a reforzar la leyenda.
Pero Pedro, como suele llamarse a la momia, sigue siendo una curiosidad científica. "Sólo poseemos frag- mentos de información que estamos deseando com- pletar", dice el doctor Gill, quien, al igual que otros antropólogos, espera todavía localizar la momia per-
La momia del monte Pedro, sorprendente por sus proporciones de adulto, ha ayuda- do a perpetuar las historias de enanos.
elida para seguir estudiándola. (Casper Star-Tribune, 22 y 24 de julio de 1979; Casper Tribune Herald, 22
de octubre de 1932; C.J. Cazeau y Stuart D. Scott,
Exploring the Unknown, pág. 222)
Dos esqueletos humanos fueron hallados en 1973 so- bre una meseta rocosa que las excavadoras habían lim- piado en el curso de trabajos mineros cerca de La Sal
(Utah). El descubrimiento fue hecho por un grupo de coleccionistas de minerales que vieron dientes y frag- mentos de hueso en la superficie de la meseta. No tar- daron en encontrar una zona de arena descolorida, in- dicio de que allí se había descompuesto material or- gánico. Empezaron a raspar y pronto descubrieron la superficie de un gran hueso. El jefe del grupo, Lin Ot- tinger, decidió entonces suspender los trabajos, al dar- se cuenta de que el hallazgo podía merecer la inter- vención de profesionales. A su regreso a la Universi- dad de Salt Lake City, en Utah, Ottinger consiguió la ayuda del profesor de antropología J.P. Marwitt, y una semana después regresaron al lugar con un fo- tógrafo, un periodista y algunos observadores intere- sados. La excavación del profesor Marwitt, registra- da en películas y fotos, puso al descubierto las mita- des inferiores de dos esqueletos humanos.
En opinión de Marwitt, la formación en la que ya- cían los esqueletos tenía al menos 100 millones de años. Los huesos no estaban ni mezclados ni rotos, indicio de que no habían sido llevados allí por las crecidas de los ríos y que los seres a los que pertenecían habían muerto donde fueron encontrados. Para confundir más las cosas, esos huesos, aparentemente de hacía 100 millones de años, tenían un aspecto relativamente mo- derno. Eran huesos de hombre, no de un antropoide lejanamente emparentado y capaz de arrastrarse so- bre dos pies (que también hubiese estado allí totalmen- te fuera de lugar).
Terminada la excavación, los esqueletos fueron em- pacados y enviados a la Universidad de Utah para es- tudios de laboratorio y datación.
En este punto el misterio toma otro sesgo. Según Ottinger, Marwitt dejó de interesarse por los huesos. Si se hicieron pruebas de datación, nadie supo los re- sultados, y Marwitt no tardó en dejar la Universidad para ocupar un puesto en uno de los estados del este. Un año más tarde, Ottinger recuperó los huesos, to- davía sin estudiar, y dejó dormir el asunto. (Jim Bran- don, Weird America, pág. 221)
En 1911, los mineros empezaron a trabajar los ricos depósitos de guano de la caverna de Lovelock, 35 ki- lómetros al suroeste de la ciudad del mismo nombre, en Nevada. Habían cargado ya varias carretadas de guano cuando encontraron restos indios. No tardaron en hallar también una momia, al parecer de una per- sona de 1.98 metros de estatura con el pelo "marca- damente rojo".
Según las leyendas de los indios paiutes, una tribu de gigantes de pelo rojo —los si-te-cahs— fueron en otro tiempo enemigos mortales de los indios de la zo- na, que juntaron sus fuerzas para expulsarlos. John T. Reid, un ingeniero de minas de Lovelock muy in- teresado en el folklore indio, se convenció de que la momia confirmaba la leyenda paiute, y en los años siguientes se dedicó a probarlo. Su creciente archivo acerca de los gigantes pelirrojos contenía descripcio- nes del tocado que en otro tiempo llevaban algunos
paiutes, hecho de pelo humano de color pardo rojizo. Entre tanto, los descubrimientos de Lovelock ha- bían despertado el interés de los arqueólogos, y en 1912 la Universidad de California en Berkeley y la Nevada State Historical Society enviaron a L.L. Loud a in- vestigar la caverna. Loud encontró los depósitos ar- queológicos tan alterados por los trabajos mineros que sólo pudo salvar algunos objetos que se llevó a la Uni- versidad de California.
Doce años más tarde, en 1924, el Museo del Indio Americano de Nueva York envió a un tal M.R. Ha- rrington a excavar la cueva. También él recogió obje- tos, pero ningún hueso. Al parecer, pidió que un es- queleto entero fuese vuelto a enterrar, probablemen- te para apaciguar a los trabajadores indios, a quienes sublevaba que se diese un trato tan poco respetuoso a los muertos.
Pero la leyenda de los gigantes de pelo rojo persis- tió, y en los años siguientes aparecieron nuevos restos de esqueletos en la zona de Lovelock. Midiendo la lon- gitud de sus fémures, Reid y otros dedujeron que per- tenecían a un pueblo cuya estatura iba de 1.80 a 3 metros.
Sin embargo, los antropólogos han afirmado que el esqueleto más alto estudiado hasta entonces en la región medía sólo 1.80 metros, estatura considerable en esa época y lugar, pero que no tiene nada de gigan- tesca. Además, han advertido que a menudo el pelo negro de las momias sacadas a la luz desde una cueva oscura se vuelve rojo. Nadie ha podido averiguar si fue eso lo que les ocurrió a las momias de Lovelock.
El gigantesco tamaño de este cráneo, de la zona de la caverna de Lovelock, y que se exhibe junto con obje- tos y fotografías del lugar del enterramiento en el mu- seo Humboldt de Winnemucca (Nevada), deja perple- jos a cuantos lo ven.
Hoy algunos de esos restos un cráneo y diversos huesos y objetos— pueden verse en el museo Hum- boldt de Winnemucca (Nevada). Objetos de la zona de Lovelock, pero no huesos, se exhiben también en el museo de la Nevada State Historical Society, en Re- no. Tampoco se hace mención alguna de un pueblo de gigantes. No obstante, los antropólogos conceden que en el Oeste hubo indios de cabellera roja. (Neva- da State Historical Society Quarterly, otoño de 1975, págs. 153-67; entrevista telefónica con Arny Dansie, de la Nevada State Historical Society de Reno) Los orígenes de la civilización zapoteca, que floreció en el suroeste de México desde 200 a.C. hasta la llega- da de los españoles en 1519, están envueltos en la in- certidumbre, pues incluso sus restos más antiguos co- nocidos pertenecen a una cultura con un alto nivel de desarrollo urbano y agrícola. En arte y arquitectura, matemáticas y ciencia del calendario, los zapotecas tie- nen claras afinidades con las civilizaciones meridiona- les ()lincea y maya, más antiguas, pero en su historia no hay noticia de migraciones ni de ésa ni de ninguna otra parte. Por el contrario, se creían descendientes
de los árboles, las piedras y los jaguares.
La capital zapoteca estaba en Monte Albán, a 11 kilómetros de la ciudad de Oaxaca. Se alza en la cima de un cerro nivelado artificialmente y está centrada en una enorme plaza de unos 300 metros de largo por 200 de ancho, rodeada por todas partes de escalinatas en terraza, patios hundidos y edificios bajos y bellos. La primera excavación sistemática del lugar se inició en 1931, y no tardaron en aparecer tesoros de oro, jade, cristal de roca y turquesa en algunas de las tumbas. Pero el descubrimiento más notable fue el de algo mu- cho más misterioso que las bellas obras de arte y los ricos materiales: una compleja red de túneles revesti- dos de piedra, demasiado pequeños para ser utiliza- dos por adultos o niños de estatura mediana.
El primero de esos túneles, descubierto en 1932 pe- ro no explorado sino hasta el año siguiente, tenía 50 centímetros de alto por 60 de ancho, lo que hacía que los excavadores sólo pudiesen avanzar por él acosta- dos de espaldas. Tras recorrer de este modo 60 me- [ros, encontraron un esqueleto, un incensario y urnas funerarias. Había también ornamentos de jade, tur- quesa y piedra, y algunas perlas. Unos metros más allá el túnel se hallaba bloqueado, y para volver a pene- trar en él tuvieron que abrir una chimenea de casi 8 metros desde la superficie, más allá del obstáculo.
Arrastrándose a lo largo de ese tramo, encontraron pasadizos aún más pequeños, de poco más de 30 cen- tímetros de altura, que partían del túnel principal. A uno de ellos se llegaba por una diminuta escalera. A una distancia de casi cien metros de la entrada princi- pal, los arqueólogos encontraron otro esqueleto, y po- co más allá, en el borde de la terraza septentrional de la aran plaza, el final del túnel.
Nuevas excavaciones revelaron dos túneles pareci- dos, ambos llenos de arcilla. Finalmente, al este de la
tumba número 7, donde se habían encontrado los te- soros más ricos, se descubrió una compleja red de tú- neles en miniatura, todos ellos revestidos de piedra, y algunos de menos de 30 centímetros de altura. Se inyectó humo en ellos para tratar de descubrir su tra- zado, lo que "reveló algunas salidas inesperadas".
Los arqueólogos abandonaron la idea inicial de ha- ber descubierto un sistema de drenaje. Otro tanto ocu- rrió con la de que los túneles eran una red de pasadi- zos secretos para casos de emergencia (o habían servi- do para algo más a personas de tamaño normal), y las especulaciones oficiales acerca de su finalidad cesaron. Desde entonces, los túneles para pigmeos de Monte Albán han seguido siendo uno de los grandes miste- rios inexplicables. (William R. Corliss, A ncient Man:
A Handbook of Puzzling Artifacts, págs. 360-361) Cuando se construyó el gran rompeolas de Plymouth (Inglaterra) en la primera mitad del siglo xix, para la obra se trajo piedra de las canteras de mármol que el duque de Bedford tenía en Oreston, en la orilla orien- tal del estuario del Plym. Esas canteras ocupaban en- tonces unas diez hectáreas y eran famosas por el már- mol devoniano de grano fino y bellamente jaspeado que producían. El único defecto era que, aquí y allá, anchas vetas de arcilla que serpenteaban por entre la piedra de 400 millones de años de antigüedad daban lugar a cavernas parcialmente llenas de esa misma arcilla.
En una de ellas, completamente rodeada de roca só- lida, aparecieron los huesos fosilizados de tres rino- cerontes, animal común en esa zona hace entre 2 y 65 millones de años.
La caverna tenía 4.60 metros de anchura, 14 de lar- go y 3.70 de profundidad. Se hallaba a 21 metros por debajo de la superficie, a 18.5 en horizontal del borde de la cantera y a 50 del borde del estuario. No conte- nía estalactitas ni estalagmitas, ni ningún otro rastro de una abertura anterior. En resumen, en la caverna no había indicios —salvo los perfectamente conserva- dos huesos de rinoceronte— de que no hubiese estado siempre herméticamente cerrada. ( The American Jour- nal of Science and Arts, 1:2:144-45, 1820)
Se cree que entre Breslau y Sobotka, en Polonia, vi- vió hace no más de 1 000 años una raza de hombres cuya estatura media era de menos de 1.50 metros. A esta conclusión llegó en 1902 el profesor Thilenius, de la Universidad de Breslau, tras examinar numerosos restos de esqueletos. Calculó que ese pueblo pudo ha- ber empezado a vivir en la zona en torno al siglo 1 a.C. Los pigmeos polacos, si eran tales, no son únicos en Europa. Una raza suiza descrita por el profesor Kollmann, de Basilea, medía de 1.35 a 1.50 metros. Restos encontrados en Eguisheim, en la Baja Alsacia, eran de personas cuya estatura iba de 1.20 a casi 1.55 metros. En ninguno de estos casos se encontró defor- midad o anormalidad alguna en los huesos (excepto la insólita pequeñez), que se considera por tanto que
corresponden a razas humanas diferentes y no a un enanismo patológico. (Nature, 66:151, 12 de junio de 1902)
El descubrimiento en 1935 de un hombre fosilizado de 35 centímetros de altura en un depósito prehistóri-
Útiles para seres diminutos
En los últimos años del siglo pasado bajo la turba del páramo de los montes Peninos. en Lancashire, se en- contraron centenares de herramientas de sílex que por su tamaño diminuto parecían pertenecer, no a la es- fera del hombre antiguo, sino más bien al mundo de los enanos o gnomos.
Ninguno de los útiles encontrados —raspadores, punzones y diminutos cuchillos en forma de media luna— tenia más de 12.5 milímetros, y muchos no lle- gaban a los 6.5. La talla que les dio un agudo filo era tan fina que en muchos casos sólo podía ser aprecia- da con lupa.
Parece evidente que esos pedernales no eran pun- tas utilizadas para cazar aves, porque entre ellos no se encontró nada parecido a una punta de flecha. Y si bien los raspadores y punzones pueden haber teni- do mangos de madera (son demasiado pequeños para ser usados por manos humanas de tamaño normal), dos observaciones sugieren que no era así; no se han encontrado materiales perforados o grabados junto a los pedernales, y, aun con mango, los raspadores no hubieran servido para raspar la carne de los cue- ros. Lo mismo puede decirse de los cuchillos en for-