Las diferencias individuales (sexo, clase social, edad, raza, etc.) y su relación con la inteligencia, son temas que despiertan el interés de muchos investigadores además de la población en general. Los resultados obtenidos en las diferentes investigaciones generan gran controversia y repercusión social dadas las características propias de este tema y la gran importancia para los seres humanos y su desarrollo.
Tal y como se mostró en el anterior apartado, mientras Nisbett et al. (2012) indicaban que no había diferencias en el nivel medio de g en hombres y mujeres (a estas conclusiones también llegó Jensen (1998) años antes), sin embargo existen otros investigadores que afirman que existen diferencias de CI entre hombres y mujeres indicando además que estas se producen durante los diferentes estadíos madurativos de los seres humanos.
Lynn y Kanazawa (2011) indican que en el estudio longitudinal realizado por ellos, las niñas entre 7 y 11 años tienen un punto de promedio por encima de los niños en CI, siendo los niños los que tendrían a los 16 años 1.8 puntos de media por encima. Los datos que muestran coincidirían con los resultados que presentó Lynn (1996) en un estudio realizado a 7.000 alumnos universitarios
de Irlanda. En el mismo se analizaron los datos de estandarización del DAT5 en
los que los hombres tendrían 2,6 puntos más que las mujeres de CI. Además darían validez, en un estudio longitudinal, a la teoría que Lynn (1994) y Lynn e Irwing (2004) expusieron en su momento.
Los investigadores, Echavarri, Godoy y Olaz (2007), utilizando la misma batería de pruebas que Lynn (1996) sobre 1.529 universitarios argentinos, obtiene unos datos diferentes en los que las puntuaciones de la suma total de los diferentes test, fue favorable a las mujeres. Además se encontraron diferencias entre los diferentes sexos a favor de los hombres, en la prueba de racionamiento abstracto, cálculo y racionamiento verbal, y a favor de las mujeres, en las de ortografía y lenguaje. Según los autores esto contrastaría con la mayoría de las investigaciones que se habían realizado hasta la fecha, pero indican que estos resultados, pudieran ser debidos a que no se pasaron la totalidad de la batería de test. Una de las pruebas que no se pasó fue el de relaciones espaciales, en las que los hombres suelen obtener mejores puntuaciones que las mujeres.
También han sido numerosos los estudios que correlacionan el tamaño del cerebro y el CI. Algunas de estas investigaciones se realizaron, en sujetos post- mortem, llegando a la conclusión de que el cerebro masculino era 100 gramos de promedio mayor que el femenino (Ankney 1992, 1995; Gur et al., 1999). Existen numerosos autores que indican que esta diferencia de tamaño cerebral tendría una correlación positiva con la medida de CI (Gur et al., 1999; Lynn, 1994; Lynn, e Irwing, 2004; Rushton, 1994). En otra investigación
5 DAT: Differential Aptitude Test (Bennett, Seashore, y Wesman, 1947).
realizada por Jensen y Sinha (1994), contemporánea a las anteriores y en la que se analizaron 30 estudios realizados hasta la fecha, mostró una pequeña correlación de 0,20 entre ambos factores.
En esta línea de investigación, el desarrollo de nuevas tecnologías ha sido un aliado fundamental para los estudios más recientes. Técnicas como la resonancia magnética permite medir el tamaño cerebral en sujetos vivos y esto se ha aprovechado para estudiar la correlación existente entre éste y las medidas de CI. Esto ha derivado en numerosas investigaciones en las que se ha determinado que el valor medio de esta correlación sería de 0,35 (Willerman, Schultz, Rutledge y Bigler, 1991, Wickett, Vernon y Lee, 1994).
A pesar de que estos estudios muestran correlaciones positivas entre el tamaño del cerebro y el CI, existen autores que cuestionan que esto signifique que midiendo la capacidad craneal pueda predecirse el nivel de inteligencia del individuo (Colom, 1998; Zuckerman y Brody, 1988).
Dejando a un lado la variable del tamaño cerebral, hay estudios que muestran diferencias en inteligencia entre diferentes sexos en algunas de las capacidades cognitivas. En el metaanálisis publicado por Hyde, Fennema y Lamon (1990) se muestran diferencias en las capacidades cristalizadas (Gc) pero que los propios autores sugieren que podrían ser debidas al planteamiento geométrico de los problemas matemáticos (por lo tanto de forma espacial y no verbal). Con respecto a la capacidad de visualización general (Gv) Voyer, Voyer y Bryden (1995) realizan un metaanálisis que destaca por analizar las diferencias de sexo que se producían en 12 test usados habitualmente para medir las capacidades intelectuales. Los datos muestran
que solo en 4 de ellos las diferencias no fueron significativas. Además agruparon los estudios por tipo de habilidad espacial, mostrando diferencias significativas a favor de los hombres en la rotación y en las relaciones espaciales, no mostrando diferencias significativas en la visualización. Por todo ello, las conclusiones de su estudio fueron que sí que se muestran diferencias moderadamente significativas a favor de los hombres en (Gv). Por último, el metaanálisis publicado por Feingold (1988) muestra que no hay diferencias de sexo estadísticamente significativas en las capacidades fluidas (Gf).
También es relevante destacar que existen investigaciones con mucha repercusión, por haber sido realizadas sobre muestras excepcionalmente amplias, en las que se muestran que las diferencias entre hombres y mujeres en inteligencia no son significativas (Colom y García-López, 2002; Deary et al., 2007). Un ejemplo destacado es la investigación llevada a cabo por Deary, Thorpe, Wilson, Starr y Whalley (2003), en la que se analizaron los datos que se habían recogido de pruebas de habilidad mental sobre casi la totalidad de la población Escocesa nacida en 1921 (n=80.000+). Estas pruebas se les pasaron a la edad de 11 años y su análisis indicaba que no había diferencias entre niños y niñas en las puntuaciones medias.
Estudios realizados en fechas posteriores y con muestras de menor tamaño, siguen indicando en sus conclusiones que no se han encontrado diferencias entre ambos sexos (Naderi, Abdullah, Aizan y Sharir, 2010; Naderi, Abdullah, Hamid y Aizan, 2008). Por último indicar que todos ellos coincidirían con los datos que fueron publicados por Nisbett et al. (2012).
Por todo lo expuesto anteriormente, parece razonable coincidir con Colom y Jayme (2004) reconociendo que existen evidencias en un sentido u otro que resultan paradójicas y que mientras no se conozca a qué son debidas deberíamos concluir diciendo que no hay diferencias en inteligencia general, que sí que existen en capacidades cognitivas y que también las hay en alguna medias de la estructura física del cerebro.
También creemos que el tema de las diferencias de sexo y la inteligencia seguirá centrando el interés de las investigaciones en los próximos años, pudiéndose contrastar los nuevos datos obtenidos con las publicaciones referenciadas en este apartado.