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6 Conclusions and next steps

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Calificativo que le da el propio Zama en la obra. Op. Cit. p. 113. “Enteco” significa enfermizo, débil, flaco, o bien, ridículo, lo cual resulta simbólico en el texto, pues representa una nueva aporía que intensifica la situación del protagonista.

La narrativa argentina de las últimas décadas, en notoria discordancia con la que le precede49, introduce una nueva figura del español que emigra al país a fines del siglo XIX y principios del XX.

Dentro de la literatura argentina de fines del siglo XIX, las nacionalidades más tipificadas eran las de los italianos, los gringos y los judíos. Los españoles aparecían en contadas ocasiones. Pero, paralelamente a la llegada de nuevos flujos migratorios hacia Buenos Aires, comienza a intensificarse la presencia del gallego en la literatura.

En las primeras dos décadas del siglo XX, se consolida la imagen del estereotipo gallego, signado por características duales: tosco, inculto y avariento, a la vez que trabajador, honrado e inocente.

Ya en la tercera década, este personaje ocupa una figura de mayor relevancia, puesto que es el ingrediente esencial del sainete criollo, en el que se lo parodia y ridiculiza.

Es lícito aclarar que, en numerosas ocasiones, el gallego era un andaluz de marcado ceceo y gracejo propio de su origen, o bien, un castellano con un acento de resonancias clásicas. El gentilicio “gallego” se extendía, por lo tanto, a todos los inmigrantes españoles.

Las elites dirigentes, según afirma Nuñez Seixos50, fueron las que gestaron una nueva imagen para el personaje inmigrante a fin de facilitar la inserción del mismo,

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En ella, por lo general, cuando aparecía el español, servía para registrar los siguientes temas:

• el enriquecimiento y el ascenso social

• la educación de los hijos, que debe servir para ennoblecer a los padres

• el rechazo del hijo hacia los padres pobres e incultos

De esto emergen los mitos acerca del origen humilde que puede dejarse atrás gracias al esfuerzo y al trabajo, como se evidencia en novelas tales como el Libro extraño de Francisco Siccardi: “empiezan por barrer la tienda a los diez años, limpian las lámparas de kerosene y concluyen muchos a los cuarenta por ser dueños de registros y estancias”; o La sombra del convento de Manuel Gálvez: “El emigrado fue un hombre austero, silencioso, dogmático...” Ver, para este tema, el artículo de Josefina Delgado, citado en la Bibliografía sobre inmigración y exilio.

atribuyéndole cualidades notoriamente positivas. Por su parte, frente a las que le otorgaba el sainete, los escritores gallegos de la emigración impusieron las de sabiduría popular, sobriedad, honestidad y moralidad.

Las primeras novelas que desmitifican esta imagen heroica de los inmigrantes, trucada ahora en la de gente que sólo aspira al trabajo y a la prosperidad, pero que no siempre los consiguen, son las de escritores que se incluyen en las generaciones de los “hijos”. Por ejemplo, en La traición de Rita Hayworth de Manuel Puig (1968):

...papá cierra los ojos y ve el pueblo todavía, después de veinticinco años que se fue. Galicia, tan linda, tan linda, siempre tan linda, y maldita sea la pampa, y era cierto que Galicia era linda ¿Por qué se vino papá? Qué tonto, pero eran pobres y acá somos tan ricos que con una mano nos tapamos lo de adelante y con la otra lo de atrás (...)” “... y por qué se habrá venido a la Argentina, en la pampa tiene el dedal puesto todo el día y cierra la ventana para que no entre el viento con tierra51.

Por su parte, Horacio Vázquez Rial, escritor argentino residente en Madrid, ratifica la imagen desmitificada del español inmigrante, inscribiéndola en el ambiente rioplatense de fines de siglo XIX y principios del XX con su novela Frontera Sur52.

En ella, se presenta claramente la problemática del desarraigo, la frustración y la nostalgia del emigrante español, siempre latente, a pesar de la prosperidad económica – teñida de cierto sentimiento de culpa por la forma de adquirirla- y el alto grado de integración social que hayan alcanzado:

50

Nuñez Seixos, Xosé, O inmigrante imaxinario… Op. Cit en Bibliografía sobre inmigración y exilio.

51

Puig, Manuel, La traición de Rita Hayworth, Barcelona, Seix Barral, 1997, pp. 173-174. También, en esta línea, se encuentra la novela Transparente de Enrique Medina.

52

Vázquez Rial, Horacio, Frontera Sur, Barcelona, Ediciones B, 1998. Todas las citas pertenecen a esta edición.

-¿Y vos, Teresa? –intervino Frisch-. ¿No tenés familia en España?

-¿Yo? –se asombró ella. -Sí, vos –urgió Ramón. -Puede ser

Teresa se ensombreció. [...]

-Aunque quede alguien –no puedo ir. -¿Por qué?

-Por la forma en que me fui... [...]

-Volvería una señora, viuda, con un hijo mayor –razonó Frisch. Una persona más respetable que el señor Cassoulet. Además, si no fueras más respetable que él, igual serías rica. ¿O te olvidás de que sos rica? Los ricos no tienen historia. O tienen la que quieren.

Dos lágrimas corrieron por las mejillas de Teresa. -¿A vos te parece que podría ir?[p. 158]

A diferencia de los movimientos migratorios planteados anteriormente, en este periodo aparece un afán por abrirse paso e integrarse al nuevo mundo. Roque, uno de los protagonistas de esta novela, llega a Buenos Aires y, tras momentos de infortunios, logra hacerse de una posición y concreta su proyecto de futuro en estas tierras:

Ramón no pudo evitar la pena al comparar aquello con el sitio en el que habían sido acogidos hasta entonces, pero no dijo una palabra. Fue su padre quien habló:

- Sé lo que estás pensando, Ramón –dijo [...]- Estábamos bien en lo de Posse. Él es generoso, y nos alojaría por un tiempo más. [...]

El niño le miró a los ojos, interrogativo.

-Nosotros también tenemos que ser generosos –siguió el hombre-. Llegará otra gente de España e irá a parar a aquella casa. Debemos dejar libre ese lugar.

Además, yo puedo pagar un alquiler, vivir sin deber nada a la buena voluntad de nadie. Ésta, así, como es, miserable y fea, es nuestra casa. (p. 36)

Pero el ascenso ya no dependerá del trabajo, sino de la habilidad para sortear las dificultades de la “Gran Aldea”. Por lo tanto, se hace indispensable el sincretismo

cultural entre el “porteño” y “gallego”53, dentro de un largo proceso de integración del inmigrante europeo:

-No, no, si yo lo que quiero es ayudarlo. Para eso estamos. -¿Quiénes?

-Los porteños. ¿Cómo le gustaría dormir? Frisch le miró sin entender.

-Si solo o acompañado, digo. ¿Quiere una cama, o una cama y una mujer?

-Veo que hay de todo –dijo el alemán, poniéndose de pie. -Es Buenos Aires, viejo. Hay de todo.

-¿Tú me consigues lo que yo quiera?

-Lo que quiera. Y le adelanto un consejo, gratis, si se piensa quedar a vivir: agárrese al vos, con fuerza, como hizo antes. Si habla de tú, va a ser siempre un extranjero. (pp. 45-46)

El ethos ya no se forja en la evolución histórica (el pasado y el presente español comienza a vivirse como un eco lejano), sino en la naturaleza recuperada, en el espacio compartido, en la participación colectiva en el mundo de los objetos: “A medida que bajaba la luz e iban llegando invitados, gallegos agauchados de alpargata y rastra...” (p. 26)

En este sentido, desde una perspectiva antropológica, sería lícito sostener que el factor que señala la identidad étnica puede ser cualquiera de esos objetos o comportamientos que la gente tiene en común.

Cabe señalar, además, que, desde el comienzo, vuelve a hacerse presente la misma problemática entre historia-ficción que se ha mencionado para las otras novelas tratadas:

53

Como se ha comentado anteriormente, el gentilicio “gallego” se ha usado genéricamente en la Argentina para designar a los españoles de cualquier procedencia. El estereotipo negativo del gallego puede tener su origen en la literatura castellana de fines de la Edad Media y del Siglo de Oro (Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina), en la que se lo presentaba con una imagen burlesca y despectiva. Estas características eran bastante populares en la América Colonial, donde esta comunidad representaba el núcleo más grande de la inmigración española.

Los criollos solían insultar a los españoles monárquicos usando el epíteto “gallego”, pero no porque tuvieran alguna animosidad en contra de los oriundos de Galicia, sino porque veían que el resto de los españoles se sentían ofendidos por ese apelativo.

... Las historias, en cambio, son irremediablemente dudosas. En todo caso, una vez que las cuente, serán sólo literatura. Además, yo nací para eso. [...] Para contar. Para explicar historias.

-Si tienes quien te escuche, Vero. Y no sé si quedará alguien con la presencia de ánimo suficiente para escucharte cuando te metas con los otros.

-¿Qué otros?

-Los que no te necesitan ni para conservar el nombre. Los que son inmortales sin tu intervención. Los mitos54. Nadie quiere jugar con esas cartas.

-Los mitos son lo que son para cada uno, Clara: dioses, sombras... según los tiempos. Tienen culpas, pero no son responsables. Pertenecen a la imaginación, de manera que su presencia en una novela realista es inevitable. (pp. 13- 14)

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