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6. Conclusions and Future Work
amor al que llaman caridad, y que precisamente, es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”23.
La contemplación del Espíritu como caridad y amor, nos puede servir de ayuda también en el camino hacia la unidad de todos los cristianos. La pregunta que hoy muchos empiezan a hacerse es la siguiente: ¿Yo, como católico, con quiénes puedo sentirme más en comunión: con todos aquellos que, a pesar de haber sido bautizados en mi misma Iglesia, prescinden total mente de Cristo y son cristianos sólo de nombre, o con quienes pertenecen a otras Iglesias, pero creen en las mismas verdades fundamentales en las que yo creo, aman a Jesucristo hasta dar la vida por él, y actúan movidos por el mismo Espíritu Santo?
No vamos a poder evitar por más tiempo plantearnos este problema y tratar de solucionarlo. Seguir dando prioridad a la co munión institucional con respecto a la espiritual, cuando resulta que las dos cosas, lamentablemente, no coinciden aún, signifi caría invertir el principio tradicional y poner la comunión de los signos por encima de la comunión real, que es el Espíritu Santo.
Si el signo de la presencia del Espíritu Santo, como decía san Agustín, es “el amor por la unidad”, entonces tenemos que decir que el Espíritu hoy actúa sobre todo allí donde está viva la pasión por la unidad de los cristianos, donde se trabaja y se sufre por ella.
Al principio, Dios concedió el Espíritu a los paganos en casa de Cornelio, con las mismas manifestaciones con las que lo ha bía concedido a los apóstoles en Pentecostés, para inducir a Pe dro, y detrás de él a la Iglesia, a acoger también a los gentiles en la comunión de la única Iglesia. Hoy concede el Espíritu Santo a los creyentes de las distintas Iglesias de la misma manera, y a veces bajo idénticas formas, para un mismo objetivo: inducir nos a acogemos los unos a los otros en la caridad del Espíritu
u P a b l o VI. Discurso, 29 de noviembre de 1972, en ínsegnamenti di Paolo V I, voJ. X (Tipografía
y encaminamos hacia la unidad plena, como hicieron judíos y gentiles cuando se reunieron en la misma Iglesia. ¡El Espíritu» que pudo reunir en un solo cuerpo a judíos y gentiles, escla vos y libres, bien puede reunir hoy en un solo cuerpo a católi cos y protestantes, latinos y ortodoxos! Esto es lo que tenemos que pedirle al Espíritu cuando, en el Veni creator, lo invocamos como caridad y amor.
4. ¡Todos quedaron llenos del amor de Dios!
Tras haber reflexionado sobre el Espíritu Santo como amor dentro de la Trinidad y de la Iglesia, vamos a reflexionar ahora sobre el Espíritu Santo como amor en cada creyente, es decir, en cada uno de nosotros. Para ello, tenemos que remitirnos al evento de Pentecostés.
Si el Espíritu Santo no es otra cosa que el amor de Dios -la caridad-, entonces esa frase de los Hechos que dice: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo", no puede significar más que esto: “¡Todos quedaron llenos del amor de Dios!”. Bajo esta luz, vemos al Espíritu Santo como el verdadero “sello” puesto sobre toda la obra creadora y redentora (cfr. Ef 1, 13), y Pente costés como la coronación de todas las obras de Dios. ¿Por qué Dios creó el mundo? ¿Por qué envió a su Hijo a redimirlo del pecado? Unicamente “para colmar todas las cosas de sus ben diciones y alegrar su multitud con la claridad de su gloria”24. ¿Por qué Dios nos ha dado la Escritura, sino para prepararnos a recibir su amor?
Pentecostés no fue un evento meramente objetivo, un cam bio profundo pero inadvertido e inconsciente; fue también un acontecimiento subjetivo, una experiencia. ¡El paso del corazón lleno de temor del esclavo al corazón lleno de amor del hijo no se produce sin sentir nada, en una especie de “anestesia” total, como ocurre con los trasplantes de corazón! Los apóstoles tu 24 Misal Romano. Plegaria eucarística IV.
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vieron, por el contrario, una experiencia arrolladora del amor de Dios: la experiencia de ser amados por Dios y de amar a Dios. Fueron literalmente “bautizados” en el amor.
Fue esto lo que les llevó a salirse de sí mismos, hasta el punto de parecer borrachos de vino nuevo (cfr. Hch 2, 13). El repen tino cambio de los apóstoles no se explica sino por un brusco estallar en ellos del fuego del amor divino. Cosas como las que ellos hicieron en esa circunstancia, tan sólo las hace el amor. Los apóstoles -y, más tarde, los mártires- estaban, en efecto, “bo rrachos”, como admiten tranquilamente los Padres, pero “bo rrachos de la caridad que les llegaba del dedo de Dios, que es el Espíritu Santo”25. Borrachos porque “apagaron su sed en el torrente de las divinas delicias; ebrios de esa sobria embriaguez que da muerte a los pecados y vivifica el corazón”26.
Este hecho -es decir, que la venida del Espíritu Santo se tra duce, en el ámbito subjetivo, en una experiencia de amor- se confirma cada vez que tenemos un “nuevo Pentecostés”. Las personas que asistieron al retiro que dio comienzo a la Reno vación Carismática Católica, confesaron después que hubo un momento en que tuvieron miedo “de no soportar el excesivo amor de Dios” por el que, en aquella ocasión, se sintieron inun dadas. Decían, en efecto: “Era como si el Dios del Sinaí hubiera entrado en el lugar donde nos hallábamos, llenándolo por com pleto, y a nosotros también”. Más adelante, yo mismo he po dido constatar a menudo este hecho: cada vez que se tiene una experiencia verdadera y fuerte del Espíritu, el recuerdo más vivo que la persona conserva de ese momento es el de una intensa percepción del amor del Padre. Uno de estos testimonios decía:
“Al día siguiente, esa sensación de no ser amada, que me había acompañado a lo largo de toda mi vida, desapareció. Me sentí como inmersa en una nueva percepción del amor de Dios, que a partir de ese día ya no me ha vuelto a abandonar”.
” Sa nA g u stín . Discursos, 272 B, 7: PLS 2, 527.
Es el momento más hermoso en la vida de una criatura: sen tirse amada personalmente por Dios, sentirse como transporta da en el seno de la Trinidad y hallarse en medio del vórtice de amor que corre entre el Padre y el Hijo, involucrada en él, partí cipe de su “apasionado amor” por el mundo. Y todo esto en un instante, sin necesidad de palabras ni de reflexión alguna.
“Maravillosa condescendencia del creador hacia la criatura, gracia insigne, benevolencia inconcebible, motivo de con fianza en el creador para la criatura, dulce cercanía, delicia de una buena conciencia: el hombre llega a encontrarse, de algún modo, cogido en el abrazo y el beso del Padre y del Hijo, que es el Espíritu Santo; unido a Dios con el mismo amor que une entre sí al Padre y al Hijo, santificado en aquel que es la santidad misma de ambos. Gozar de un bien tan grande, tener la suave experiencia de él, dentro de lo que cabe en esta misera ble y falsa existencia: esto es conocer la verdadera vida”27.
Pero, ¿por qué esta insistencia en el sentir? ¿Es realmente necesario experimentar el amor de Dios? ¿No es suficiente, y hasta más meritorio, tenerlo por fe? Cuando se trata del amor de Dios -decía el autor que acabamos de citar-, el sentimiento es también gracia; en efecto, no es la naturaleza la que puede infundirnos un deseo semejante28. Aunque no dependa de nosotros conservar esta sensación de manera estable, es bueno buscarla y desearla. “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (cfr. 1 Jn 4, 16): no sólo creído, sino también conocido, y sabemos que, según la Biblia, “conocer” significa también experimentar.
Si en esto consiste, concretamente, Pentecostés -en una ex periencia viva y transformadora del amor de Dios-, ¿por qué entonces esta experiencia sigue siendo ignorada por la mayo ría de los creyentes? ¿Cómo hacerla posible? Puede que lleves tiempo pidiéndolo y deseándolo, y no se realiza. Entonces te sugiero un medio infalible. Este amor de Dios, derramado por 27 Gu i l l e r m od eS. Th i e r r y. E l espejo de la fe, 111-112: SCh 3 0 1 ,1 8 0 .
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el Espíritu en nuestros corazones, tiene dos vertientes: es, al mismo tiempo, el amor con que Dios nos ama, y el amor con que él hace que podamos amarle a él y al prójimo. La Biblia a veces subraya más el primer significado, sobre todo con Juan (cfr. Jn 4, 10); otras, el segundo, como en el himno a la caridad de Pablo (cfr. 1 Go 13). Lo mismo ocurre con la Tradición. San Agustín da prioridad al significado activo: la caridad infusa es la nueva capacidad que nos es dada de amar a Dios y al prójimo; Tomás de Aquino mantiene, con más razón, ambos aspectos unidos entre sí29.
Pero se trata de dos vertientes de un solo amor; no son dos amores. Del mismo modo que, en el seno de la Trinidad, el amor del Padre se dirige hacia el Hijo, pero no termina en él ni se detie ne, sino que, a través de él, se prolonga al Espíritu, así ocurre fuera de la Trinidad. El amor de Dios viene a nosotros, pero no “ter mina” en nosotros: llega, nos atraviesa, nos envuelve en su mo vimiento y nos impulsa a amar a nuestra vez, con el mismo amor con que él nos ama: “Queridos míos, si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amamos unos a otros” (1 Jn 4, 11).
El amor de Dios crea el éxtasis, la salida de uno mismo. De tenemos en el primer movimiento, limitarnos a ser destinatarios del amor de Dios y no también repetidores, canales, del mismo, sería como querer detener el curso de un río: lo convertiríamos en un pantano, en un estanque. Como la lluvia cae del cielo y sólo vuelve allí después de haber empapado la tierra, de haberla fe cundado y hecho germinar, para que dé simiente (cfr. Is 55,10ss), del mismo modo el amor de Dios, derramado en nuestros cora zones, no debe volver a él sin haber antes cumplido aquello para lo cual Dios lo ha derramado, y sin haber dado su fruto.
He querido insistir en el tema, precisamente porque en eso consiste ese “medio infalible”, del que acabo de hablar, para te ner una experiencia pentecostal del amor de Dios por nosotros.
n S a n A g u s t í n . E l Espíritu y la letra, 3 2 , 5 6 ; Sa n t o To m á s d e Aq u i n o. Comentario a la Carta a los
En el bautismo se nos ha dado un corazón nuevo. Este corazón nuevo tal vez haya quedado como atrofiado, por falta de ejer cicio. Tenía que ser una “fuente que mana”, y en cambio no ha sido más que una “fuente sellada”. Tenemos que desellarlo, ponerlo en movimiento. Guando, por algún motivo, se detiene el latido de alguien, intentamos reanimarlo dando masajes al corazón, hasta que éste vuelve a latir solo, por movimiento es pontáneo y natural. Nosotros tenemos que pasar por algo así: una especie de masaje o respiración artificial. Y esto se produce poniéndonos a amar, aunque sea a fuerza de voluntad, sin que nos lleve el sentimiento. Amar a todos: a los que están cerca y a los que están lejos, a los que nos aman y, aún más, a los que no nos aman. Nadie debería creer que conoce el amor de Dios “derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu San to” (cfr. Rm 5, 5), si eso no le ha servido, al menos una vez, para perdonar una ofensa, amar a un enemigo, reconciliarse con un hermano.
Se ha constatado un hecho. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto. El mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero después las deja fluir y es un mar lleno de vida, cuyas aguas son las más ricas en peces del mundo. El mar Muerto recibe las aguas del Jordán y las retiene para sí, no tiene emisarios, y es precisamente un mar “muerto”: no hay rastro de vida en él, y, a su alrededor, sólo salinas. Es todo un símbolo. Para recibir el amor, una vez que eso nos ha sido abundantemente concedido, y en varias ocasiones a partir del bautismo, tenemos que dejarlo fluir de nosotros, gastar lo que tenemos, derribar el dique de nuestro egoísmo.
Debemos imitar a la viuda de Sarepta. Llega a su casa el profeta Elias y le pide un vaso de agua y un poco de pan. Ella contesta que sólo le queda un puñado de harina y un poco de aceite que pensaba, precisamente, guisar para sí misma y para su hijo, para luego morir. Pero el profeta insiste: con todo lo que tiene, que le haga antes una hogaza, para ella y para su hijo la
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hará después. ¿No se trataba de una petición excesiva? La viuda no tiene ni para comer, y Dios le pide que dé hasta lo que tiene. Pero ya sabemos lo que ocurre después: no faltará harina en la tinaja ni aceite en la orza, ni para ella ni para su hijo y, cuanto más se saque, más se encontrará (cfr. 1R17, 7-16). Lo mismo hace Dios con nosotros. Le pedimos la caridad de un poco de su amor, y nos pide que demos nosotros antes, a él y al prójimo, el poco amor que tengamos, que vaciemos el vaso:
“Den, y Dios les dará. Les verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes” (Le 6, 38).
No se trata de adelantamos a Dios, para que tenga que co rrespondemos, ni mucho menos de merecer el amor de Dios, sino de permitirle que se derrame en nosotros. Cada vez que le amamos, él nos ha amado antes, y también el hecho de que amemos a alguien es signo de que él nos está amando.
Vamos a orar con las palabras de una secuencia medieval que, con las imágenes del río, la llama y el viento, resume toda la teología latina sobre el Espíritu como caridad y amor (la versión métrica es nuestra):
¡Amor del Padre, amor del Hijo, / sagrada fuente de todo bien,/ Espíritu Paráclito!
De los tesoros de Trinidad, / ven, oh torrente de caridad, / visita el corazón.
Aquí levántate, dulce llama, / lame los corazones de piedra, / derrite el triste hielo.
Suave austro, insinúate, / sopla en nosotros con el ardor / de tu divino amor.
Por ti estemos a ti unidos / y entre nosotros relacionados / con vínculo de amor30.
30 Secuencia sobre el Espíritu Santo. A H M A 54, p. 247: “Am or patris et filiii, / sacer fons totius boni, / Spiritus paraclite. De thesauris trinitatis / veni, torrens caritatis, / corda nostra visere. H uc emerge, dulcís flamma, / lambe corda indurata, / fuga frigus noxium. Suavis auster, illabere,/ perfla nos adustione / amoris deifici. Per te tibi uniamur, / per te nobis connectamur / caritatis foedere” .