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3. Prototype Design
Después del viento y el agua viene ahora otro símbolo natu ral del Espíritu Santo: el fuego (ignis). La Escritura se complace en hablamos de las realidades divinas por antinomias, es decir, por opuestos. A Jesús se le llama tanto león como cordero. Eso explica por qué el Espíritu Santo es designado con dos símbolos tan diametralmente opuestos entre sí: el agua y el fuego. Al estar situados en los extremos, los opuestos tienen la ventaja de crear entre ellos un espacio ilimitado, de dilatar el horizonte hasta el infinito, que es precisamente lo que se necesita para hablar de las cosas divinas.
En nuestro caso, este contraste adquiere un significado aún más profundo de lo normal. El agua genera la vida, el fuego la destruye. Poniendo los dos símbolos en contacto directo, el autor del himno refuerza la enseñanza que ya he mos descubierto en el símbolo del agua viva: el Espíritu crea la vida nueva, es cierto, pero haciendo morir la vida vieja. Él destruye y crea, abate y levanta al mismo tiempo. Por eso, en el Veni creator no se puede aislar el título de “agua viva” del de “fuego”, que viene acto seguido, sin menoscabar su misma comprensión.
Gomo siempre, las palabras del Veni creator nos remiten a la Biblia, leída y vivida dentro de la Tradición. Observamos en seguida que, en el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es pre sentado como fuego, o al menos asociado a él. Juan el Bautista dice, hablando de Cristo:
140 Danicro Cantalamessa
(En este pasaje ya se puede notar el contraste entre agua - “los bautizará...”- y fuego). Esta promesa se cumple, de ma nera incluso externa y visible, en Pentecostés:
“Aparecieron lenguas como de fuego... Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4).
También la palabra de Jesús: “He venido a prender fuego a la tierra” (Le 12, 49) se refiere al don del Espíritu, o al menos lo incluye. Pablo, a su vez, compara, de manera implícita, al Espí ritu con el fuego, cuando recomienda no “apagar” la fuerza del Espíritu (cfr. 1 Ts 5,19).
Para descubrir lo que la revelación ha querido decirnos con eso, hay que saber qué es lo que simboliza el fuego en la Biblia. Observamos que tiene múltiples significados, algunos positi vos, otros negativos. El fuego ilumina (como en el caso de la columna de fuego del Exodo), calienta, inflama; devora a los enemigos, castigará eternamente a los impíos...
Pero entre todos estos significados, hay uno que destaca y predomina sobre los demás: el fuego purifica. También el agua simboliza a menudo la purificación, pero con una importante diferencia que la propia Biblia señala:
“Oro, plata, bronce, hierro, estaño y plomo, todo lo que puede re sistir el calor, pásenlo por el fuego y quedará puro... Lo que no resista el fuego, pásenlo por el agua” (Nm 31, 22-23).
El fuego es símbolo de una purificación más profunda, ra dical. El agua purifica por fuera, el fuego lo hace también por dentro. Canta el salmista: “Sondéame, Señor, y ponme a prue ba, refina por medio del fuego mis entrañas y mi corazón” (Sal 26, 2). Las cosas preciosas -el oro en el ámbito material, la fe en el espiritual- se ponen a prueba mediante el fuego (cfr. 1 P 1, 7). De ahí la imagen del crisol: “Te purificaré de escorias en el crisol, separaré de ti la ganga” (Is 1, 25).
La idea y el simbolismo del fuego purificador está presente de una manera especial en los pasajes que anuncian la futura obra del Mesías:
“Guando el Señor limpie Jerusalén con viento justiciero, con viento
ardiente” (ls 4, 4).
“A este tercio lo haré pasar por el fuego, lo purificaré como se puri fica la plata, lo acrisolaré como se acrisola el oro” (Za 13,9). “Será com o fuego de fundidor... Refinará a los hijos de Leví” (MI 3, 2-3).
Bajo esta luz se ha de entender también la definición de Dios como “fuego devorador”. Su santidad y sencillez absoluta no toleran mezcolanzas, sino que ponen al descubierto el mal y lo consumen. Sólo el que aleje de sí el mal podrá “soportar un fuego devorador” (cfr. Is 33,14 ss). En cierto modo, el título de “fuego” no hace otra cosa que explicitar el adjetivo “Santo” que acompa ña al nombre “Espíritu”. El Espíritu es fuego porque es Santo.
Decía que el Veni creator recoge la revelación sobre el Es píritu a través de la Tradición viva de la Iglesia. Bastarán unos cuantos textos para demostrar con qué fidelidad esta idea de la Biblia ha sido recogida y vivida en la Iglesia. Cirilo de Je rusalén escribe que en Pentecostés los apóstoles recibieron el “fuego que quema las espinas de los pecados y da esplendor al alma”1. Hablando del ascua que purifica los labios de Isaías (cfr. Is 6, 6), san Ambrosio escribe:
“Aquel fuego era imagen del Espíritu Santo que iba a venir después de la ascensión del Señor, para remitir los pecados de todos y para inflamar como fuego el alma y la mente de los fieles”2.
Dice un antiguo responsorio, que se rezaba en el Oficio de Lecturas de Pentecostés:
1 C f r . Sa n Cir il od e Je r u s a l é n. Catequesis, XVII, 1 5 ; cf r . Or íg e n e s, Homilías sobre el Éxodo, VII, 8: SCh
1 6 , 1 8 3 .
140 Raniero Cantalamossa
(En este pasaje ya se puede notar el contraste entre agua - “los bautizará...”— y fuego). Esta promesa se cumple, de ma nera incluso externa y visible, en Pentecostés:
“Aparecieron lenguas como de fuego... Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4).
También la palabra de Jesús: “He venido a prender fuego a la tierra” (Le 12, 49) se refiere al don del Espíritu, o al menos lo incluye. Pablo, a su vez, compara, de manera implícita, al Espí ritu con el fuego, cuando recomienda no “apagar” la fuerza del Espíritu (cfr. 1 Ts 5,19).
Para descubrir lo que la revelación ha querido decimos con eso, hay que saber qué es lo que simboliza el fuego en la Biblia. Observamos que tiene múltiples significados, algunos positi vos, otros negativos. El fuego ilumina (como en el caso de la columna de fuego del Exodo), calienta, inflama; devora a los enemigos, castigará eternamente a los impíos...
Pero entre todos estos significados, hay uno que destaca y predomina sobre los demás: el fuego purifica. También el agua simboliza a menudo la purificación, pero con una importante diferencia que la propia Biblia señala:
“Oro, plata, bronce, hierro, estaño y plomo, todo lo que puede re sistir el calor, pásenlo por el fuego y quedará puro... Lo que no resista el fuego, pásenlo por el agua” (Nm 31, 22-23).
El fuego es símbolo de una purificación más profunda, ra dical. El agua purifica por fuera, el fuego lo hace también por dentro. Canta el salmista: “Sondéame, Señor, y ponme a prue ba, refina por medio del fuego mis entrañas y mi corazón” (Sal 26, 2). Las cosas preciosas -el oro en el ámbito material, la fe en el espiritual- se ponen a prueba mediante el fuego (cfr. 1 P 1, 7). De ahí la imagen del crisol: “Te purificaré de escorias en el crisol, separaré de ti la ganga” (Is 1, 25).
La idea y el simbolismo del fuego purificador está presente
de una manera especial en los pasajes que anuncian la futura
obra del Mesías:
“Cuando el Señor limpie Jerusalén con viento justiciero, con viento
ardiente” (ls 4, 4).
“A este tercio lo haré pasar por el fuego, lo purificaré como se puri fica la plata, lo acrisolaré como se acrisola el oro” (Za 13, 9). “Será como fuego de fundidor... Refinará a los hijos de Leví” (MI 3, 2-3).
Bajo esta luz se ha de entender también la definición de Dios como “fuego devorador”. Su santidad y sencillez absoluta no toleran mezcolanzas, sino que ponen al descubierto el mal y lo consumen. Sólo el que aleje de sí el mal podrá “soportar un fuego devorador” (cfr. Is 33, 14 ss). En cierto modo, el título de “fuego” no hace otra cosa que explicitar el adjetivo “Santo” que acompa ña al nombre “Espíritu”. El Espíritu es fuego porque es Santo.
Decía que el Veni creator recoge la revelación sobre el Es píritu a través de la Tradición viva de la Iglesia. Bastarán unos cuantos textos para demostrar con qué fidelidad esta idea de la Biblia ha sido recogida y vivida en la Iglesia. Cirilo de Je rusalén escribe que en Pentecostés los apóstoles recibieron el “fuego que quema las espinas de los pecados y da esplendor al alma”1. Hablando del ascua que purifica los labios de Isaías (cfr. Is 6, 6), san Ambrosio escribe:
“Aquel fuego era imagen del Espíritu Santo que iba a venir después de la ascensión del Señor, para remitir los pecados de todos y para inflamar como fuego el alma y la mente de los fieles”2.
Dice un antiguo responsorio, que se rezaba en el Oficio de
Lecturas de Pentecostés:
1 C fr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis, XVII, 15; cfr. Orígenes, Homilías sobre el Éxodo,VII, 8: SCh
16,183.