Jesucristo se refirió al Antiguo Testamento en términos inequívocos para señalar que se trataba de un conjunto de libros inspirados.
1) «Está escrito»
Esta expresión era una fórmula técnica entre los judíos para de- signar un libro sagrado y divinamente inspirado.
Jesús la emplea para referirse a 4 de los 5 libros del Pentateuco, al libro de los Salmos, a Isaías, a Malaquías y a Zacarías (Mateo 4:4, 6, 7; 11:10; Marcos 14:27; Lucas 4:4-12).
2) «Ni una jota ni una tilde pasará de la ley»
En esta frase que encontramos en Mateo 5:18, Jesús usa el vocablo «Ley» para designar no sólo el Pentateuco, sino la totalidad de las Escrituras, como lo prueba el versículo 17, donde declara que no ha venido para abrogar «la Ley o los Profetas». Para Cristo –como para los judíos en su tiempo– «Ley» y «Profetas» eran términos sinónimos e intercambiables que describían el conjunto de los escritos sagrados del Antiguo Testamento.
3) «La Escritura no puede ser quebrantada»
Expresión contundente de la alta y suprema autoridad de las Escrituras en opinión de Cristo mismo (Juan 10:34).
En este pasaje tenemos, además, otra prueba de lo que afirmába- mos más arriba. Para referirse a la Escritura, Cristo habla de la «Ley» («¿no está escrito en vuestra Ley?», v. 34); ahora bien, la cita que da no es del Pentateuco, sino del libro de los Salmos, la tercera división de la Biblia hebrea. En este caso, «Ley» aparece como sinónimo de «Salmos».
Obsérvese, por añadidura, que lo que aquí Cristo vindica no es una sola parte de la Revelación escrita –los salmos o la Ley–, pues hemos visto que ambos conceptos han de entenderse como sinónimos e inter- cambiables, sino la totalidad de dicha Revelación, ya que alude a ella en singular –è graphé: la Escritura (no las Escrituras)– con lo que se subraya la idea de unidad fundamental de los libros inspirados y, con ello, la autoridad que todos ellos, y cada uno, encierra.
Los judíos concedían autoridad de «Ley» a toda Escritura y así solían designarla con este vocablo que se convirtió en designación técnica (Juan 12:34). Jesús siguió la misma práctica. En Juan 15:25 afirma algo que estaba «escrito en la Ley», para citar el Salmo 35:19. Igual hicieron los apóstoles: Pablo se refiere a los Salmos y a Isaías (1 Corintios 14:21) como la Ley (cf. también Romanos 3:19).
Vimos cómo Pedro (2 Pedro 1:16-21) identificaba toda la Escritura con el vocablo «profecía» y comprobamos ahora cómo esta misma identificiación puede darse mediante el uso de la palabra «Ley». Estos tres términos: Ley, Profecía y Escritura son estrictamente sinónimos y subrayan la unidad de la Escritura como Revelación inspirada de Dios.
La palabra «quebrantar» («la Escritura no puede ser quebrantada») es otro término muy en boga entre los judíos para señalar la infracción del sábado, o de las leyes (Juan 5:18; 7:23; Mateo 5:19). Aquí significa que es totalmente imposible negar la autoridad de la Biblia, pretender anularla o vulnerarla sin consecuencias nefastas. El pensamiento de Jesús en este pasaje (Juan 10:34ss) indica que si la Escritura no puede ser quebrantada –y alude en esta oración al carácter unitario de la misma– ninguna parte de ella puede serlo tampoco; y así la cita, en concreto, que aporta a los judíos debe ser tomada con todo el peso de autoridad que deriva por ser parte de la Biblia.
Revelación, Inspiración y Canon de las Escrituras Con esta afirmación, Cristo afirma de la manera más contundente que la autoridad de la Escritura es única y suprema. Y ello tiene que ver con todas sus partes, aun las más mínimas. La cita del Salmo 82:6 es, en cierto modo, una frase casi casual en la pluma del salmista. ¿Qué significa pues esto? Que para el Salvador la autoridad de la Biblia abarca incluso sus formas más aparentemente casuales de expresión. Si es así, la inspiración divina controla todos los escritos originales tal como salieron de la pluma de los autores inspirados. De ahí que Pablo pudiera decir: «Toda Escritura es inspirada…» (2 Timoteo 3:16) y cada una de sus partes.
4) «Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito» Todo el Antiguo Testamento señala a Cristo. Así, es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en él en la «Ley», en los Profetas y en los Salmos (Lucas 24:44). La expresión «es necesario» tiene carácter enfático («muy enfático» –señala B. Warfield–); ¿por qué? porque «así está escrito y así fue necesario…» (v. 46). Es insensato todo el que alberga dudas sobre lo que está escrito en la Biblia (v. 25ss). Aquí de nuevo aparece el factor sinónimo que identifica una parte de la Escritura con la totalidad de la misma («Moisés… todos los profetas… todas las Escrituras…» –v. 27, cf. v. 25).
Con frecuencia advertía Jesús a sus discípulos que «todo lo que estaba escrito acerca de él» debía hallar cabal cumplimiento (Marcos 14:49; Juan 13:18; 17:12; Marcos 9:12, 13).
Sobre la base de las declaraciones bíblicas, anunció que ciertos acontecimientos iban a producirse pronto («seréis escandalizados en mí; porque está escrito…» –Mateo 26:31 y 54; Marcos 14:27; cf. Lucas 20:17).
5) «Escudriñad las Escrituras»
Jesús no censura a los judíos por ser lectores de la Biblia; todo lo contrario, les anima a continuar siéndolo. Pero en las palabras del Señor hay un tinte de amargura porque los judíos leían las Escrituras con un velo puesto sobre el corazón (cf. 2 Corintios 3:15ss).
• «Escudriñad las Escrituras…»: cosa necesaria.
• «a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna»: un pensamiento correcto, si no fuera por el velo que os oculta el objetivo mismo de la Biblia y la verdad de Aquel de quien da testimonio.
• «ellas son las que dan testimonio de mí»: «ellas son» es un térmi- no muy enfático y la expresión «dan testimonio» significa un proceso continuo de testimonio.
• «y no queréis venir a mí para que tengáis vida»:
¡Esta es la tragedia! La finalidad de la Escritura es conducir a Aquel que da vida. El fracaso de los judíos estribaba, no en que las Escrituras fuesen insuficientes, sino en la manera cómo se acercaban a la Biblia. El fallo se halla, por consiguiente, en el hombre y no en el Libro de Dios.
6) «¿No habéis leído…?»
En cinco ocasiones, Jesús dirigió una misma pregunta a diferentes personas: «¿No habéis leído…?» refiriéndose a las Escrituras, y en las cuales él trataba de hallar el argumento que debía convencer a sus interlocutores.
Estas cinco ocasiones se nos relatan en los textos siguientes: • Mateo 12:3-5 –sobre el sábado;
• Mateo 19:4: –sobre el divorcio;
• Mateo 21:16 –parábola de los labradores malvados; • Mateo 22:31 –sobre la resurrección de los muertos.
De estas declaraciones de Jesús, se infiere que el Salvador apela- ba a la Escritura para hallar la solución a todos los grandes proble- mas básicos de la vida y de la muerte. Sus respuestas demuestran que todo cuanto dijo e hizo lo llevó a cabo porque tenía la plena convicción de que estaba plenamente justificado, apoyado y refrendado por la Escritura.
7) ¿Se acomodó Cristo a su tiempo?
Por la serie de textos que hemos venido estudiando, se llega a la conclusión de que Jesús concedía tanta autoridad a la Escritura debido a que la consideraba Palabra de Dios, no porque –además, y correc- tamente– sus contemporáneos (a diferencia de muchos contemporáneos) las considerasen como a tal.
El testimonio de Jesús afirma, inequívocamente, que todo lo que está escrito en la Biblia es Palabra de Dios y, por lo tanto, merece el máximo respeto y acatamiento.
Es cierto que su concepto de la Escritura era, asimismo, el preva- leciente en su tiempo. Pero no nos queda ninguna duda de que era el
Revelación, Inspiración y Canon de las Escrituras sostenido por Cristo sobre la base, no de que fuera la opinión común, sino porque como Hijo de Dios y mediante su conocimiento humano- divino sabía que tal concepto era verdad. Esto explica que los grandes instantes de su ministerio terrenal vienen enmarcados en textos bíblicos que salieron de sus labios para consuelo, fortaleza o testimonio. En la tentación en la cruz y en la agonía, Jesús se sirvió de la Palabra inspirada de su Padre (Mateo 4; Juan 19:28; etc.). En estos momentos supremos, es inaudito imaginar que Jesús hiciera uso de unos escritos por el mero hecho de que eran popularmente aceptados, si no hubiese sabido que eran, al mismo tiempo, portadores de la Palabra divina. Que Cristo no seguía fácilmente las modas de su tiempo, se puede comprobar en la actitud que tomó frente a la «tradición» de los rabinos judíos (Mateo 15:3-6; Marcos 7:7-9), mucho más popular que el aca- tamiento a la Sagrada Escritura.
Jesús se opuso a la manera cómo sus contemporáneos celebraban y entendían las normas del Antiguo Testamento sobre el sábado (Marcos 2:27), sobre la pureza externa (Marcos 7:15), sobre el divorcio (Marcos 10:2), etc. Él vino, no a abrogar la Ley, sino a cumplirla (Mateo 5:17), pero ¿cómo? ¿A la manera legalista de los rabinos? ¿Según la letra…? Todo lo contrario, Cristo cumplió la Ley demostrando en su vida perfecta el sentido espiritual y profundo de la misma, con menoscabo y desprecio de sus formas externas.
Por lo que concierne a los escritos del Nuevo Testamento, hemos estudiado en las páginas anteriores suficientemente las promesas y la dirección de Cristo por su Espíritu Santo sobre las personas de los apóstoles, para que abundemos ahora otra vez en ello. Les remitimos a lo dicho allí.
CANONICIDAD
«Mirad que ninguno os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, dicho por vía de ejemplo de mí y de Apolos, os lo explico a vosotros para que en nosotros aprendáis a no ir más allá de lo que está escrito» (Colosenses 2:8; 1 Corintios 4:6) «La Santa Iglesia Cristiana, de la cual Jesucristo es la cabeza, ha nacido de la Palabra de Dios, en la cual permanece y no escucha la voz de un extraño»
(Zwinglio)