3.4 Maintenance and Rehabilitation Decision Policy
3.4.2 Optimisation Models
3.4.2.1 Classical Mathematical Programming Models
3.4.2.1.2 Deterministic Programming Techniques
Nos queda un último factor a considerar. Se trata de las costumbres que existían en las prácticas literarias de la época. En las últimas décadas los expertos han investigado mucho sobre este tema y se ha llegado a establecer la existencia de al menos dos tradiciones que ayudan a confirmar la exactitud del texto.
En primer lugar, existían lo que los expertos suelen llamar formas, es decir, patrones estereotipados que los historiadores, oradores y pre- dicadores del primer siglo solían emplear para sintetizar sus narracio- nes. Eran maneras tradicionales de contar historias, prescindiendo de detalles descriptivos y dejando sólo el «esqueleto» de la acción. Si esta clase de narración carecía de chispa y creatividad, al menos garan- tizaba la trasmisión fiel y exacta de los hechos.
F.W. Grosheide aplica de la manera siguiente la tradición de las formas a las narraciones apostólicas:
En los días de los apóstoles existía una predicación estereotipada... de los hechos y palabras de Jesús, y esta predicación –esta tradición oral– es la que constituye la fuente principal de nuestros Evangelios Sinópticos.35
Bruce añade lo siguiente:
No nos agradan los estilos orales o literarios, estereotipados; prefe- rimos la variedad; pero aun en nuestra vida moderna aparecen ocasiones en que se nos imponen estilos estereotipados. Cuando el oficial de justicia presenta evidencias en los tribunales, no adorna el relato con las gracias de la oratoria sino que se adhiere, hasta donde le es posible, a formas prescritas de testimonio. La finalidad de esto es que su evidencia pueda conformarse tan estrechamente como sea posible con el curso de los acon- tecimientos que narra. Lo que le falta al relato de toque artístico, lo gana en exactitud. El estilo estereotipado de muchos relatos y discursos de los evangelios tiene la misma finalidad: garantizar la exactitud de lo principal.36
En segundo lugar, sabemos que en aquella época, en la que los medios de comunicación eran relativamente escasos, se daba muchísima importancia a la memorización. Los discípulos de los rabinos no tenían papel y pluma para poder tomar apuntes. Más bien debían aprender de memoria las enseñanzas del maestro, y éste se esforzaba por enseñar de una manera fácil de memorizar. En este sentido las parábolas tuvie- ron gran importancia, como también la versificación de sus ideas. Sabe- mos que Jesucristo hizo uso de las parábolas. También es probable que sus enseñanzas éticas fueran presentadas en forma de verso. Algunos eruditos han señalado que cuando el texto griego del Nuevo Testamento es traducido literalmente al arameo, salen con una frecuencia excep- cional frases con características poéticas como el paralelismo, el ritmo y la rima. No por esto son menos históricas las enseñanzas de Cristo en los Evangelios. Al contrario, es la explicación de cómo los discípulos pudieron recordar con exactitud, a varias décadas de distancia, las palabras exactas del Maestro.
Resulta más probable recordar un discurso trazado sobre un plan fácilmente reconocible, y es factible suponer que Jesús usó la poesía para que los discípulos memorizaran sus enseñanzas.37
¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?
35 Evangelical Quarterly, iii, pág. 64. 36 Bruce, op. cit., pág. 32.
Puesto que Jesús apareció como un profeta entre sus contemporáneos, y los profetas acostumbraban a presentar los oráculos en forma versificada, resulta perfectamente creíble que poseamos algo que se asemeja a la ipsissima verba del Señor.38
Lo que resulta del todo claro, especialmente en el estudio de los Evangelios Sinópticos, es que anteriormente a la redacción de los textos que han llegado a nosotros, existía una forma tradicional en cuanto a los dichos y hechos de Jesús que era trasmitida de congregación en congregación, de generación en generación, y de la cual se sirvieron los evangelistas al compilar sus escritos.
Las fuentes orales proceden desde los mismos comienzos de la lite- ratura cristiana, lo que quiere decir que, de hecho, todo el tiempo nos encontramos con evidencias que proporcionan testigos oculares. Los pre- dicadores originarios del evangelio supieron el valor que tiene el testimonio de primera mano, porque vemos que vez tras vez hicieron uso de él. La afirmación constante y confirmada que presentaban era «Nosotros somos testigos de estas cosas», y no puede haber sido cosa tan fácil como ciertos escritores parecen suponer, inventar enseñanzas y hechos de Jesús en aquellos tiempos primitivos, cuando abundaban muchos discípulos que recordaban todo cuanto había dicho y hecho el Señor. La verdad es que las evidencias ponen de manifiesto que los cristianos primitivos tuvieron sumo cuidado de distinguir entre los Dichos de Jesús y sus propias inferencias. Cuando el apóstol Pablo discute el enojoso problema del matrimonio y el divorcio en 1 Corintios 7, por ejemplo, se cuida muy bien en hacer notar la distinción: «Yo digo, no el Señor»; y otra vez: «No yo, sino el Señor».39
38 Dodd, History and Gospel, pág. 89. 39 Bruce, op. cit., pág. 46.
III
Conclusiones
Estos nueve factores, por lo tanto, constituyen áreas obligadas de investigación en torno al tema de la historicidad y fidedignidad del Nuevo Testamento.
Sólo hemos podido bosquejarlas de una forma somera. Pero espero que haya servido para ver que juntas constituyen un formidable cuerpo de evidencia a favor de la autenticidad de los documentos bíblicos.
El Nuevo Testamento no puede ser fácilmente «explicado» como un libro de leyendas inventadas por hombres crédulos y engañados, ni como la fabricación tardía de una iglesia decadente. Todo apunta hacia la idea de que sus libros fueron redactados en fechas próximas a los hechos, por los apóstoles o por sus compañeros cercanos, y que el espíritu que informa su narración es el de la veracidad testimonial de los testigos oculares.
Esto no nos obliga a creer. La fe es siempre algo voluntario y no se presta a la coacción. Pero al menos este cuerpo de evidencias debe hacernos volver al Nuevo Testamento con renovado interés y con la disposición de aceptarlo como lo que pretende ser: el testimonio fide- digno de testigos oculares a los hechos y dichos verídicos del Jesús histórico.