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3.3 Pavement Deterioration Models

3.3.2 Probabilistic Deterioration Models

Con estas consideraciones nos estamos introduciendo en la com- plicada cuestión de cómo establecer la fecha de los escritos del Nuevo Testamento. Evidentemente podemos afirmar que cuanto más antiguos son, tanto más se acercan a los hechos narrados y menos podemos dudar de su fiabilidad.

Son muchos los factores que contribuyen a establecer la fecha. Los primeros son las evidencias interiores del libro mismo:

• Si el libro fue dirigido a un grupo de personas en circunstancias determinadas, estos mismos detalles circunstanciales constituyen una primera evidencia en cuanto a la fecha. Esto es cierto, por ejemplo, de las Epístolas de Pablo. Por sus referencias internas (mención de que el autor está en la cárcel, saludos a diferentes personas, situaciones teológicas, sociales, eclesiásticas, etc.) y por cotejar estas referencias con lo que sabemos de la vida de Pablo en el Libro de los Hechos, podemos establecer una pro- bable fecha de redacción. En la actualidad los estudiosos opinan que las epístolas paulinas van aproximadamente desde el año 48 d.C. (Gálatas) hasta un poco después del año 60 (las Epístolas Pastorales). Es decir, fueron escritas entre 18 y 30 años después del ministerio de Jesucristo. Aún vivía en aquellos años un por- centaje elevado de las personas que habían convivido con Jesús y que, por lo tanto, podrían haber rechazado cualquier error histórico o fabricación engañosa de Pablo. Sabemos, por ejem- plo, que Pedro había leído al menos algunas de estas epístolas. Él fácilmente podría haber denunciado cualquier dato falso. Lejos de esto, da fe de su integridad espiritual e incluso llega a sugerir

26 Bruce, versión inglesa, pág. 15.

que las epístolas paulinas forman parte de las Escrituras recono- cidas por la Iglesia:

Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salva- ción; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escri- turas, para su propia perdición (2 Pedro 3:15-16).

• Si el libro es exacto en su información histórica -tal y como hemos visto, por ejemplo, en el caso de los títulos imperiales empleados por Lucas- tanto más probable es que hubiera sido escrito en fechas muy próximas a los hechos narrados.

• Si un libro narrativo termina de una forma abrupta, es de suponer que el autor acabó donde acabó porque lo estaba escribiendo en aquel mismo momento. Por ejemplo, Lucas deja la narración de Hechos «en el aire», con Pablo bajo arresto en Roma. La razón más probable es que él escribiera Hechos muy poco después (o sea en el 60-62 d.C.). Si no fuera así, lo normal es que hubiera seguido con la narración, explicándonos si Pablo fue liberado o ajusticiado. Si Hechos fue escrito alrededor del año 62, sabemos que el Evangelio de Lucas es más temprano aún (porque en Hechos Lucas lo llama el primer tratado, Hechos 1:1) y por lo tanto debe ser fechado con anterioridad al 62 d.C.

• Además de estas evidencias internas, las hay «exteriores». Aca- bamos de ver, en este sentido, la importancia de citas por parte de otros autores. Si un libro del Nuevo Testamento es citado por otro autor en el año 100, no necesariamente fue escrito en el año 99, pero desde luego no pudo ser escrito en el año 101. Una cita siempre establece una fecha tope para la redacción del libro citado.

En resumidas cuentas podemos decir que los Padres Apostólicos (que escribieron entre el año 90 y el 160, varios de ellos muy al principio de este período) citan de casi todos los libros del Nuevo Testamento.

Además de ello, tenemos las aportaciones de algunos escritores heréticos. Hemos de tratarlos con precaución, porque eran ca- paces de fabricar datos a fin de apoyar sus creencias religiosas. Pero, por ejemplo, uno de ellos, un tal Marción, alrededor del año 140 publicó una lista de libros que él aceptaba como canónicos. Rechazaba algunos de los que están en el Nuevo Testamento porque no coincidían con sus énfasis teológicos, pero incluía una versión expurgada del Evangelio de Lucas y las Epístolas de Pablo. Otros, de la escuela gnóstica de Valentino, a mediados del siglo segundo empleaban los textos del Nuevo Testamento en sus debates con los cristianos ortodoxos. Ya en aquel entonces, los libros del Nuevo Testamento eran aceptados como la máxima autoridad en los debates teológicos y en la definición de la doctrina correcta.

Ahora bien, un texto no adquiere esta autoridad en poco tiempo. Ni mucho menos la adquiere si lo que se está buscando son evidencias de una autoridad apostólica. Si los escritores cristianos de finales del primer siglo y principios del segundo pudieron apoyar sus argumentos con citas de los libros del Nuevo Testa- mento, es porque desde hacía años la autoridad de éstos era reconocida en la Iglesia.

• La otra evidencia «exterior» en cuanto a la fecha de los libros novotestamentarios es la cantidad de manuscritos antiguos que han llegado hasta nuestros días (y que comentaremos en un momento).

Es a base de una profundización en todos estos factores como se puede llegar a establecer con cierta seguridad la fecha de los libros bíblicos.

En la actualidad, las fechas generalmente propuestas para los Evangelios serían las siguientes:

Mateo: 70 d.C. Marcos: 55-65 d.C. Lucas: 60 d.C. Juan: 80-100 d.C.

Algunos, no sin justificación, proponen fechas aún más tempranas. Aun si aceptamos las fechas tardías, es de observar que fueron redac- tados en vida de muchos de los testigos oculares de los hechos narrados. Anterior a todos ellos es el «Evangelio» de Pablo, idéntico en sus líneas maestras a los cuatro Evangelios mencionados.

Encontramos en las Epístolas de Pablo material suficiente como para formar una breve Vida de Cristo, al decir de Ernesto Renán. Aunque Pablo recalca la pre-existencia divina de Jesús (por ejemplo, en Colosenses 1:15- 17), sin embargo, sabe que fue una persona realmente humana (Gálatas 4:4); que descendió de Abraham (Romanos 9:5) y David (Romanos 1:3); que vivió bajo el imperio de la ley judía (Gálatas 4:4); que fue traicionado y que en esa misma noche instituyó una ordenanza memorial (1 Corintios 11:23-29); que sufrió la pena romana de la crucifixión (Filipenses 2:8, 1 Corintios 1:23; Gálatas 3:13; 6:14, etc.), aunque coloca la responsabi- lidad de esa muerte sobre los representantes de la nación judía (1 Tesalonicenses 2:15); que fue sepultado y que resucitó al tercer día; que luego fue visto por muchos testigos en diversas ocasiones, incluso una ocasión en que lo vieron más de quinientas personas a la vez, la mayoría de las cuales vivían todavía veinticinco años más tarde de ocurrido el hecho (1 Corintios 15:4-8).27

No solamente los datos básicos de la historia del evangelio son anticipados en los escritos de Pablo. También el carácter de Cristo tal y como se nos presenta en las Epístolas es igual a su carácter en los Evangelios.

El carácter de Cristo, tal y como Pablo lo entiende, cuadra perfec- tamente bien con el retrato que aparece en los Evangelios. Cuando Pablo habla de la mansedumbre y ternura de Cristo (2 Corintios 10:1), recor- damos las propias palabras del Señor: Yo soy manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). El Cristo que se niega a sí mismo en los Evangelios es el mismo de quien Pablo dice: Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo (Romanos 15:3), y así como el Cristo de los Evangelios exige a los discípulos que se nieguen a sí mismos (Marcos 8:34), del mismo modo el apóstol insiste en que, siguiendo el mismo ejemplo de Cristo, el cristiano tiene el deber de soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos (Romanos 15:1). Quien dijo: Yo estoy entre vosotros como el que sirve (Lucas 22:27), y ejecutó el trabajo doméstico de lavar

los pies de los discípulos (Juan 13:4-7) es quien, también según Pablo, tomó forma de siervo (Filipenses 2:7). En una palabra: cuando Pablo quiere recomendar a los lectores todas las gracias y la hermosura que adornan al Cristo de los Evangelios, emplea un lenguaje que dice: Vestíos del Señor Jesucristo (Romanos 13:14).28

En algunos casos, Pablo cita textualmente las palabras de Cristo (1 Corintios 7:10; 9:14; 11:23-26; 1 Timoteo 5:18, a la luz de Mateo 10:10; cf. Hechos 20:35).

¿Dónde encontró estas citas? Sin duda, existía en la iglesia primitiva una tradición oral (y quizás redactada por escrito desde fechas muy tempranas) que recogía los diversos dichos de Jesús, y así los pasaron de creyente a creyente y de generación a generación (ver punto 9). Seguramente Pablo conocía estas tradiciones, como también los autores de los Evangelios Sinópticos.

Por lo tanto, los que quieren ver en los escritos de Pablo una tergiversación posterior de aquel evangelio de Jesucristo que habían predicado los apóstoles, tienen todas las evidencias textuales y docu- mentales en su contra. En los escritos de Pablo encontramos el marco tradicional del evangelio con todos los detalles más esenciales de la persona y la obra de Jesucristo, ya establecidos en una fecha aún más temprana que la de los Evangelios.