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Hemos dicho que una forma de manifestar la intimidad es hablar. Esta manifestación íntima, decir lo que una lleva dentro, se dirige siempre a un interlocutor: el hombre necesita dialogar. La necesi- dad de diálogo es una de las cosas de las que más se habla hoy en día. Tenemos necesidad de explicarnos, de que alguien nos comprenda. Las personas hablan para que alguien las escuche; no se dirigen al vacío (7.1). La necesidad de desahogar la intimidad y

compartir el mundo interior con alguien que nos comprenda es

muy fuerte en los hombre y las mujeres. Se puede uno pasar sin e- llo, pero la inclinación a abrirse es natural y radical, siempre que ese alguien nos escuche (si nos comprende o no, sólo lo sabrem- os al terminar de hablar)

El hombre no puede vivir sin dialogar porque es un ser constitutiv-

amente dialogante120. Y así, el que no dialoga con otras personas, lo hace consigo mismo o adopta ciertas formas de diálogo con la naturaleza, con los animales, etc. En esos casos se personaliza

un ser natural, como hace Walt Disney con los animales, los poet-

as con la naturaleza y los hombres primitivos con las fuerzas cós- micas que eran divinizadas (17.6). Por ser persona, el hombre

necesita el encuentro con el tú, alguien que nos escuche, con

comprenda y nos anime (7.4). El lenguaje no tiene sentido si no es para esta buena apertura a los demás.

Esto se comprueba porque la falta de diálogo es lo que motiva casi todas las discordias (7.4.3) y la falta de comunicación lo arruina las comunidades humanas (matrimonios, familias, empresas, instit- uciones políticas, etc.), pues la comunicación es uno de los eleme- ntos sin los que no hay verdadera vida social (9.3). Esto es una experiencia tan corriente que muchos estudiosos121 (sobre todo la ética, filosofía política y derecho) conciben hoy la sociedad ideal (14.6) como aquella en la cual todos dialogan libremente para ponerse de acuerdo sobre las reglas de la convivencia. La preoc- upación teórica y práctica por el diálogo es hoy más viva que nun- ca, tanto en la ciencia como en la vida social, en la política, en las relaciones interpersonales, etc.: cuando una sociedad tiene much- os y grandes problemas, hay que celebrar muchas y largas conve- rsaciones, para que la gente se ponga de acuerdo y encuentre soluciones. Que el diálogo y la comunicación existan no es algo q- ue esté asegurado (6.7, 9.5).

Todo esto se puede decir de un modo más profundo: no hay yo sin

tú. Una persona sola no existe como persona, porque ni siquiera llegaría a reconocerse a sí misma como tal. El conocimiento de la propia identidad, la conciencia de uno mismo, sólo se alcanza m- ediante la intersubjetividad122, es decir, gracias al concurso de los otros (padres, etc.)(7.1).

Este proceso es la formación de la personalidad humana123, mediante el cual se modula el propio carácter, se asimilan el idioma, las costumbres y las instituciones de la colectividad en que se nace, se incorporan sus valores comunes, sus pautas, etc.124, y se llega así a ser alguien en la sociedad, a tener una identidad

propia y una personalidad madura e integrada con el entorno, de

modo que se puede establecer unas relaciones interpersonales adecuadas. Se abre aquí una amplia línea de consideraciones: sin los demás, no seríamos nada, pues todo ese proceso es un diálo-

go educativo constante. En capítulos siguientes se desarrollarán

estas ideas. 3.2.4 El dar

Que el hombre es un ser capaz de dar, quiere decir que se realiza como persona cuando extrae algo de su intimidad y lo entrega a ot- ra persona como valioso, y ésta lo recibe como suyo. En esto con- siste el uso de la voluntad que llamaremos amor (6.1, 7.4). Tal es el caso, por ejemplo, de los sentimientos de gratitud hacia los padres: uno es consciente que le han dado la vida, la nutrición, la educaci- ón y muchas otras cosas más. Y uno queda, por así decir, en deu- da: ha de dar algo a cambio. La intimidad se constituye y se nutre con aquello que los demás nos dan, con la que recibimos como regalo (13.6), como sucede en la formación de la personalidad

humana. Por eso nos sentimos obligados a corresponder a lo reci!-

bido (7.4.5).

Cuantos más intercambios da dar y recibir tengo con otros, más r- ica es mi intimidad. No hay nada más «enriquecedor» que una per- sona con cosas que enseñar y que decir, con una intimidad «llen- a», rica. El fenómeno del maestro y el discípulo radica en transmitir un saber teórico y práctico, y también una experiencia de la vida. La misión de la universidad (12.11) se podría explica a partir de a- quí: es, debería ser, una comunidad de diálogo entre maestros y discípulos, y de intercambio de conocimientos entre personas, y no sólo un lugar donde aprender unas técnicas. El maestro congrega porque tiene algo que dar a los discípulos, no sólo científico, sino t- ambién vivido, experimentado, sapiencial (5.7).

La efusión, el salir de uno mismo, es lo más propio de la persona.

El dar tiene tantas variantes que se hará necesario dedicarle un c- apítulo específico (7), donde trataremos de lo común, las relacion- es interpersonales, el amor y la amistad.

3.2.5 La libertad

La libertad es una nota de la persona tan radical como las anterior- es, e incluso más. La persona es libre, porque, como ya dijimos (1.2), es dueña de sus actos, porque es también dueña del princi-

pio de sus actos, de su interioridad y de la manifestación de ésta.

Al ser dueña de sus actos, también lo es del desarrollo de su vida y de su destino: elige ambos. Definimos más atrás (2.6) lo volunta- rio como aquello cuyo principio está en uno mismo. Lo voluntario es lo libre; se hace si uno quiere; si no, no. La libertad es una nota tan radical de la persona que exigirá un capítulo propio (6).

De todos modos, puede aquí plantearse una delicada pregunta ¿para ser persona es preciso ejercer actualmente o haber ejercido las capacidades o dimensiones recién mencionadas? ¿Es persona el hombre dormido, o el que está en coma profundo, el niño no n- acido, o discapacitado, incapaz de hablar? En pocas palabras ¿q- uién no tiene conciencia de sí (3.2.1) es ya o todavía persona? No se trata de discutir si es persona a efectos jurídicos, sino si es sí mismos es o no es persona quien no ejerce las capacidades propias de ella. ¿Un feto de tres semanas es una mera vida huma-

na, pero no una persona? La respuesta más sencilla dice que el h-

echo de no ejercer, o no haber ejercido aún, las capacidades pro- pias de la persona no conlleva que ésta deje de serlo, puesto que

quien no es persona nunca podrá actuar como tal, y quien sí pue- de llegar en el futuro a actuar como tal tiene esa capacidad porq- ue es ya persona. Quienes dicen que sólo se es persona una vez

que se ha actuado como tal, reducen al hombre a sus acciones, y no explican de dónde procede esa capacidad: es la explicación materialista (16.6).