La familia adquiere un rol protagónico en una sociedad funcionalmente dife- renciada al ser el centro de la vida personal de los miembros de la sociedad. No es la educación, no es el trabajo, ni siquiera la iglesia, el lugar donde el individuo se siente más personalmente tratado y reconocido, sino en la familia. Si agregamos que existe un incremento significativo de las posibilidades que tienen los indivi- duos de establecer relaciones sociales impersonales, el espacio de intimidad y afectividad constituye una necesidad que sólo el ambiente familiar puede brindar con mayor propiedad.
Como señala Luhmann (1982), cuando la experiencia fundamental de la dife- rencia entre relaciones personales y relaciones impersonales se generaliza con independencia de la clase social o sexo, aparece con más intensidad el deseo de asegurarse relaciones interpersonales íntimas que sobrepasen los requerimientos de racionalidad imperantes en el resto de los sistemas sociales. Así, surge en pri- mer lugar la necesidad de amar y ser amado como principio básico para la per- fecta realización del ser humano. La familia se especializa en este problema, codi- fica estos sentimientos y los proyecta a nivel social no importando la clase social o el sexo, es decir, es una necesidad compartida por todos los individuos.
En una sociedad compleja aparece la familia claramente diferenciada, con una tarea específica, lo que la hace distinta a la familia de sociedad segmentada, donde no es el amor e intimidad el tema central, sino mantener las diferencias, es decir, la autoridad del hombre sobre la mujer y la irrestricta obediencia de los niños, sin importar el costo que deban pagar. Como dicen Rodríguez y Arnold
(1992), en los tiempos modernos el matrimonio por conveniencia fue reemplaza- do por el matrimonio por amor, surgiendo toda una semántica cultural acerca del “amor romántico”.La necesidad del otro (personalizado en la pareja) se introdujo en la constitución de la propia identidad personal.
Giddens (2000) plantea que la familia surge de la asociación voluntaria de un hombre y una mujer, donde el amor ocupa un lugar central. El sexo tiene un sentido en sí mismo dentro del matrimonio y fuera de él adquiere para muchos, nueva legitimidad. También hay quienes pueden concebir el amor sin matrimo- nio, pero no el matrimonio sin amor.
El amor, desde este punto de vista teórico, viene a constituir no un sentimien- to, en el sentido de “sentir amor”, sino que es una comunicación o tema de con- versación altamente personalizado, hablar de uno mismo y del “nosotros” con una alta dosis de confianza o disposición a exponerse al otro, o como dice Giddens, autorrevelarse, darse a conocer al otro y a sí mismo(2000), todo lo cual no está referido al mundo psíquico del individuo (sus pensamientos), sino que está referi- do concretamente a la comunicación sobre el amor, la cual ocurre en el sistema social familia. De manera que el amor como temática de la comunicación fami- liar se legitima en una sociedad moderna, apareciendo como el tema central que guía y da sentido a las relaciones interpersonales. En la medida que el mundo aparece más individualista, el amor y la familia cobran mayor vigencia.
En este sentido, el discurso actual de la familia estaría relacionado con el com- promiso personal estable en las relaciones interpersonales, siendo éste uno de los rasgos esenciales de la familia. Este compromiso se plasma en el apego que niños y niñas desarrollan hacia sus padres y adultos significativos y que tiene por fun- ción esencial permitirles desarrollar un sentimiento básico de confianza y seguri- dad en su relación. Como supo ver Erikson (1950) hace ya tiempo, ese sentimien- to de confianza, desarrollado en el primer año de la vida del niño, tiene algo de funcional para los siguientes estadios del desarrollo. Es gracias a este sentimiento de seguridad y confianza fundamental en sus padres y/o adultos significativos, que el niño se sentirá suficientemente tranquilo como para, en un lento pero decidido proceso, empezar a explorar el entorno más inmediato primero y el más alejado posteriormente. Si bien es cierto que este modelo mental no es inalterable y no condiciona de manera inevitable el tipo y calidad de las relaciones afectivas y sociales que después se van a establecer, no cabe duda de que constituye un prototipo activo que ejerce su influencia durante toda la infancia y también con posterioridad a ella (Waters et al., 1995). La familia y las relaciones familiares constituyen el contexto en el que ese prototipo se forma.
La mayoría de los padres desarrollan desde muy pronto un apego profundo con sus hijos y la mayoría de los hijos desarrollan durante su primer año un fuerte apego hacia sus padres. Pero algunos padres experimentan sentimientos más in-
tensos y más claros que otros, que pueden ser más ambivalentes o incluso rechazadores. También los niños desarrollan, en consonancia con los padres, di- ferentes tipos de apego. Ahora bien, los niños establecen apegos múltiples, de manera que en general no tienen un único referente emocional sólido y estable. Así, además de los padres, con los que típicamente se establece el primer lazo emocional, otros significativos familiares o no familiares, son también objeto fre- cuente de apego. López (1999) ha señalado la importancia y utilidad de esta capa- cidad de vinculación emocional múltiple, entre otras cosas porque asegura una vida afectiva más rica y porque, además, constituye una salvaguarda en el caso de que uno de los progenitores desaparezca de la vida del niño por cualquiera razón. Ser padres es primeramente sentir cosas respecto a los hijos, sentimiento que se relaciona con el apego que se establece con ellos. Además, ser padres es actuar con los hijos, encausar su comportamiento, poner límites, procurarles satisfaccio- nes y hacerles soportar frustraciones. Este conjunto de conductas reciben el nom- bre genérico de estrategias de socialización, porque su objetivo se relaciona muy directamente con moldear a través de la intervención educativa el tipo de con- ductas que los padres y el contexto en que se desenvuelven valoran como apro- piadas y deseables para sus hijos, tanto para su desarrollo personal, como tam- bién con vistas a su integración social. La tarea de socializar es evolutivamente posterior al establecimiento del apego y requiere por parte de los padres una serie de tomas de decisión, una serie de comportamientos y de tensiones que típicamente no se dan en las relaciones de apego. Las estrategias de socialización tienen que ver también con el tono de la relación, con el mayor o menor nivel de comunicación, con las concretas formas que adopta la expresión de afecto, etc. Así, los estilos de socialización son en realidad estilos de relación entre padres e hijos, aunque en este caso no limitados al ámbito de las relaciones afectivas, sino situados en el contexto más amplio de la comunicación y la conducta (Alarcón y Troncoso, 2001).