La persona no es sólo un «alguien», sino un «alguien corporal» (J. MARÍ- AS): somos también nuestro cuerpo; somos materia viva, y por tanto nos encontramos instalados en el espacio y en el tiempo, en los cuales vivim-
os nuestra vida. Lo peculiar y propio del hombre es justamente esto: ser
personas que viven su vida en un mundo material, configurado espaciot- emporalmente. Este vivir en se expresa muy bien con el verbo castellano
estar: yo estoy en el mundo; vivo y me muevo en él y transcurro con él. Estoy instalado dentro de esas coordenadas, me encuentro y me voy a
seguir encontrando en ellas.
La situación o instalación en el tiempo y en el espacio es una realidad que afecta muy profundamente a la persona en su ser y su estar: la vida hum- ana se despliega desde esa instalación y contando siempre con ella. Más tarde (4.1) analizaremos someramente lo que se refiere ala dimensión e- spacial y a los seres de los que el hombre se encuentra rodeado. Ahora debemos indicar los rasgos de la dimensión temporal de la persona. Se
trata de una instalación que va cambiando con su propio transcurrir y en el cual el hombre se va enfrentando al futuro mientras proyecta y realiza su propia vida. Y así, mi estar en el mundo tiene una estructura biográfic- a.
Lo primero que conviene advertir es que el hombre, gracias a su inteligen- cia, tiene la singular capacidad y la constante tendencia a situarse por
encima del tiempo129, y desde luego por encima del espacio (14.2). El hombre lucha contra el tiempo, trata de dejarlo atrás, de estar por encima de él. Esa lucha no sería posible si no existiera en el hombre algo efec-
tivamente intemporal, y en consecuencia inmaterial (2.3) e inmortal (17.3),
puesto que la materia es lo espacio–temporal: se trata del núcleo espiritu-
mporal conviven juntos en el hombre: no se oponen, sino que se comple-
mentan y le dan su perfil característico130.
El primer modo de superar el tiempo es guardar memoria del pasado, ser capaz devolverse hacia él y advertir hasta que punto dependemos de lo que hemos sido. La segunda manera es desear convertir el presente, y todas las realidades que en él se contiene, en algo que permanezca, que no pase, que quede, por decirlo así, a salvo del transcurso inexorable del tiempo, que todo se lo lleva. Y así, el hombre desea que las cosas buenas y valiosas duren, que el amor no se marchite, que los momentos felices «se detengan», que la muerte no llegue, que la verdad sentida, conocida e imaginada se salve por medio del arte. A este afán de superar el tiempo lo llamaremos pretensión de inmortalidad, pues constituye una de las demo- straciones de la condición inmortal de la persona humana (17.3).
La tercera manera de situarse por encima del tiempo es anticipar el futuro, proyectarse con la inteligencia y la imaginación hacia él, para decidir lo que vamos a ser y hacer. Esta capacidad de futuro del hombre es tan inmensa que incluso se puede decir que vive hacia delante: «La vida es una operación que se hace hacia delante. Yo soy futurizo: orientado hacia el futuro, proyectando hacia él»131. Y así, además de instalación en una forma concreta de estar en el mundo, el hombre tiene proyección, pues e- stá abierto al futuro y vive el presente en función de lo que va a venir: «a- hora estoy viviendo en vista de lo que voy a hacer por la tarde, pero la tarde no está ahí, no está dada, no puedo percibirla en modo alguno, y sin ella, sin esa tarde irreal, mi vida actual de este momento no sería intangibl- e, no podría ser»132.
Esto quiere decir que la persona, porque es libre, es proyecto, pretensión
o programa vital, y que éste, una vez realizado, da lugar a una biografía
que es distinta en cada caso. La biografía es la manera en que se ha vivi-
do, la vida que se ha tenido. Por ser cada persona singular e irrepetible,
cada biografía es diferente, porque es la de cada uno. No hay dos vidas
humanas iguales, porque no hay dos personas iguales. Para captar lo
que una persona es no basta describirla de una manera abstracta: hay q- ue conocer su vida, contar su biografía. La persona se realiza biográfic-
amente porque se vida transcurre en el tiempo y se proyecta y lleva a
cabo de una determinada manera, que cada uno tiene que decidir. Así es como cada uno llega a ser quien es: la identidad o quién de cada uno nos
la da su biografía, en el cual se vive la propia vida a partir de lo que uno
ya es (es la síntesis pasiva: 2.7) y proyectando lo que uno va a ser. Esta capacidad proyectista es quizá el más importante uso de la libertad (6.5), pues con él cada uno llega a ser, o no, aquel que quiere ser.
En relación con lo que se acaba de decir, el transcurso temporal de la
vida humana puede ser contemplado como una unidad gracias a la memoria, que forma con los acontecimientos sucesivos una serie que se
presenta como historia, narración o biografía (bio–grafía significa escritu- ra de la vida, es decir, relato). El modo humano de dar cuenta de lo ocur-
rido a lo largo del tiempo es la narración, una forma especial de saber
diferente al conocimiento propio de la ciencia (5.1.2) y cercano al arte (12.7), pues la narración es una historia contada, es decir, recreada, más tarde escrita y depositada como objeto cultural transmisible. La narración
biográfica es el enunciado adecuado para la realidad de la persona: a la
pregunta ¿quién eres? Se contesta contando la propia historia.
Por otra parte, el sentido de la vida humana (8.5) y de las cosas en gener- al, y la propia identidad personal, sólo aparecen cuando se relaciona con un principio y un final temporales (12.8), es decir con sus orígenes y su destino. Y los orígenes sólo se pueden conocer de forma narrativa, ya se trate del mundo, de un pueblo, de una familia o de una persona. Por tanto,
la memoria es la que hace posible la identidad de las personas e institu-
ciones: nos dice quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos, etc. Esto explica el constante afán del hombre de recuperar, conocer y conse- rvar sus propios orígenes. Sin ellos, se pierde la identidad, y con ella la p- osibilidad de ser reconocido (3.3) y de reconocerse a uno mismo. Si yo no sé quién es mi padre, me falta algo decisivo, y no puedo recibir nada de él. Así se ve la articulación de lo que el hombre es con la situación pasada de la que proviene.
Sin embargo, el hombre no depende del todo del pasado, porque tiene
capacidad creadora (en 3.2.1 se dijo que la intimidad es un guardar del
que brotan novedades). A lo largo del tiempo pueden aparecer asuntos n- uevos, que no están precontenidos en el pasado: la inteligencia tiene c-
arácter creador, es capaz de inventar, de producir innovaciones. La crea-
tividad de la inteligencia es otro modo de salirse del flujo monótono de la t- emporalidad. «La estructura de la vida consiste en ser radical innovación: la vida es siempre nueva… El hecho decisivo es que en cualquier fase de ella se inician nuevas trayectorias, y por tanto surgen novedades»133. Pero en la temporalidad de la vida humana no todo es novedad134. Según se dijo (1.1.1), es cíclica y rítmica: en ella se suceden movimientos y acciones que vuelven a comenzar a los cuales les acompañan sentimient- os que forman «la música del alma» (2.5). Los ritmos de la vida humana son, en primer lugar, orgánicos, pero además están ligados a los ciclos c- ósmicos, como en todo ser vivo (15.2): la sucesión de los días, las estaci- ones y los años tiene un origen astral, pues el orden del universo también es cíclico (la idea de un universo lineal ha de ser abandonada135).
Los ritmos son algo directamente ligado al tiempo. Pueden definirse
como una sucesión cíclica de formas (1.5.1), las cuales pueden ser natu- rales (el ritmo de las olas, que van y vienen), acústicas (los sonidos natu- rales o musicales), cronológicas (el día y la noche), biológicas (las funcio- nes intestinales o el sueño), corporales (movimiento de un ave al volar, el caminar del hombre), etc. La vida humana está sumergida en los ritmo-
s136, los suyos propios y los de la naturaleza. Y la armonía de ellos entre sí y con el alma, incluso la armonía del alma misma, tienen la mayor import- ancia para su equilibrio y plenitud (4.8, 15.2).
El conjunto de todos los ritmos naturales forma «la música del universo», que el hombre es capaz de oír e «interpretar» (es decir, conocerla y expr- esarla). Esta «razón musical» del universo se basa en algo muy sencillo: los ritmos significan repetición y regularidad, y por tanto semejanza de los ciclos, de las situaciones y de los seres entre sí «el mundo ya no es un t- eatro regido por el azar y el capricho (1.8, 8.8.1), las fuerzas ciegas de lo imprevisible: lo gobiernan el ritmo y sus repeticiones y conjunciones»137. Ese ritmo y medida constituye la ley de las cosas humanas y naturales (11.1).