CHAPTER 6 CONCLUSION
6.4. The congregation’s approach to certain life crises, for example, infertility
El nacionalismo surgido a partir del movimiento revolucionario mexi- cano buscaba la consolidación de un país con grandes diferencias (una población mayoritariamente pobre y rural frente a una minoría urbana que imitaba la cultura europea, en particular, la francesa), que al estallar en conflictos sociales, económicos y políticos generó una mayor segregación de grupos con ideales diferentes, confronta- dos unos con otros en una feroz lucha por el poder. La difusión de símbolos identitarios nacionales fue una labor desarrollada por el grupo gobernante en este esfuerzo por consolidar la amplia diversi- dad de pobladores mexicanos.
A principios del siglo xx, bajo la dictadura de Porfirio Díaz y con la influencia francesa presente en la vida del país, estalló la Revolu- ción. Este movimiento se presentó desde la política interna de México
y sus repercusiones cambiaron por completo la manera de vivir de los mexicanos. El impacto llegó a todos los ámbitos: social, eco- nómico, político, educativo, agrícola, territorial. En palabras de Paz: “Es la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer de su intimidad, de su entraña, su filiación” (1969: 133). La nación que se buscaba consolidar seguía el modelo cultural europeo y, posteriormente, el de Estados Unidos.
Después del movimiento revolucionario, los grupos gobernantes buscaron generar un nacionalismo oficial, como una medida previ- sora frente a las luchas por el poder (Anderson, 1993: 147–148). Asi- mismo, se promovieron varias “palancas políticas del nacionalismo” del estado, como es la educación dependiente del gobierno; la difu- sión de símbolos nacionales identitarios, a través de la producción cultural de las artes plásticas y populares; la revisión y difusión de la historia oficial de la República Mexicana, con un pasado glorioso mesoamericano conquistado por europeos, que la arqueología de la época revivió con los trabajos de rescate y conservación de los centros ceremoniales prehispánicos, y su promoción a través de los museos y sitios de turismo histórico.
La incorporación del pasado indígena como parte de la historia de México tuvo un fuerte antecedente en una obra realizada en tiempos de Porfirio Díaz, que tenía como objetivo forjar una identidad cultu- ral compartida por distintos grupos sociales. Esta monumental obra, México a través de los siglos, concentró en sus cinco tomos una visión que integraba las culturas del pasado prehispánico en el “devenir nacional”, y la época colonial como parte del “proceso evolutivo que tiene por base el cruzamiento físico y espiritual de conquistadores y conquistados” (Florescano, 2002: 353).
La identidad mexicana revolucionaria trajo una reformulación de la cultura nacional mexicana como una cultura mestiza, con lo que quedó atrás el nacionalismo criollo. Esta fórmula resolvió muchos de los antiguos problemas nacionalistas, al identificar la elite política con el pueblo y proveer una plataforma ideológica para una eco- nomía proteccionista y un estado fuerte. Esta conjunción compleja entre el nacionalismo mestizo y la economía mezclada probaron ser extremadamente potentes: el Partido de la Revolución Mexicana per- maneció en el poder por más de 70 años (Lomnitz–Adler, 1992: 9).
Para lograr la difusión de las ideas nacionalistas, fueron de gran utilidad las funciones de las intelligentsias nacionalistas que aparecie- ron en los estados poscoloniales: estas se separaron de las europeas y la rusa, que requerían un ejército bilingüe que mediara en el aspecto lingüístico. Aplicadas en los estados poscoloniales, la educación del pueblo y, sobre todo, la preparación de los jóvenes en las ideas del proyecto nacionalista, permitirían unificar la cultura nacional. En este caso, era de gran importancia la juventud, que significaba, ante todo, “la primera generación que en número significativo había adqui- rido una educación europea, lo que la separaba en términos lingüísticos y culturales de la generación de sus padres y de la mayor parte de sus coetáneos colonizados” (Anderson, 1993: 169). Esta juventud se debía entender como jóvenes instruidos, lo que habla del papel fundamental que jugó la escolaridad para la promoción de las ideas nacionalistas.
Después de la lucha revolucionaria mexicana, José Vasconce- los, miembro del Ateneo de la Juventud y secretario de Instrucción Pública en los años veinte, compartió este anhelo de la nacionalidad y lo convirtió en el centro de las actividades de desarrollo social: creó un programa que incluía la alfabetización, la difusión de la cultura y la participación popular en las actividades artísticas, y colocó la saga épica de la revolución como protagonista de la doctrina educativa.
En 1968, las críticas en voz alta hacia el gobierno autocrático priista fueron alzadas: en palabras de Florescano, se hizo pública la ideología antiliberal y el despotismo del régimen, y se desató una oleada democrática que “acabó por desmantelar una tras otra las antiguas bases que legitimaban el maridaje entre el partido oficial y el gobierno” (2005: 27). Ante este conflicto, el gobierno intentó enarbolar nuevamente la bandera del nacionalismo, al revivir las tradiciones mexicanas populares en la música y la gastronomía, pero no resultó: a partir de entonces, los símbolos nacionalistas fue- ron apropiados por la oposición y por grupos a favor de los indíge- nas y otros sectores sociales marginados que demandaban un nuevo proyecto nacional.
En este recorrido se ha presentado la manera en que se ha refor- mulado la noción de nacionalismo para responder a determinados contextos históricos en diferentes épocas de la construcción del estado mexicano, lo que permite conocer las especificidades concep- tuales a las que respondían las prácticas discursivas de los tiempos correspondientes. Con este panorama como marco, se revisan y se comparan los discursos de los sujetos de este estudio para encontrar los significados que adjudicaron, en sus discursos, a las nociones de modernidad y nacionalismo.
Como parte importante de la modernidad, está el desarrollo de la cientificidad en todos los ámbitos del conocimiento humano. Para la constatación de esta condición de ciencia, se busca en los discursos la presencia de formaciones epistemológicas, que son la evidencia de los procesos de formalización de los saberes para constituirse en conocimientos científicos. En seguida se presenta una discusión acerca de la teoría de la arquitectura como una estructuración diri- gida hacia su cientificidad.