Los desastres socionaturales se han convertido en un problema sumamente relevante en diversos ámbitos, tanto académicos y de investigación, como gobiernos, organizaciones mundiales, organismos no gubernamentales, iglesias, etc. Sin embargo, es muy notorio que en países desarrollados el impacto de fenómenos naturales de alto riesgo no producen los mismos efectos que en las poblaciones latinoamericanas, tanto en sus economías, infraestructuras y en sus maneras de subjetivar.
Un ejemplo de esta diferencia se aprecia en la grave situación que sigue viviendo Haití con el terremoto que sacudió esa nación en 2010, mientras que en Japón, si bien el tsunami de 2011 produjo una emergencia, no sacudió de la misma manera sus condiciones de desarrollo como nación.
Para comprender de manera más amplia el tema de los desastres debemos analizar el ámbito social, ya que la producción de un desastre va más allá de una lectura sobre las condiciones climatológicas y geológicas o respecto de los materiales que se emplearon para la edificación de algún inmueble. En este trabajo planteamos la relación que tiene la producción de un desastre con las condiciones económicas de un país, y con ello proyectamos que si bien el fenómeno de que se trate es generado por la dinámica de la naturaleza, se cristaliza en desastre por las condiciones que una comunidad tenga o no para prepararse ante él, enfrentarlo, reponerse y recuperarse. Entonces no todo tiene que ver con la naturaleza sino también con las formas de organización social de un país.
Los países latinoamericanos están en una condición de permanente riesgo, ya que según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL, BID, 2010), unas 800 mil personas entraron a situación de pobreza extrema en México y Centroamérica, con una percepción menor a 1.25 dólares al día. Por su parte, el Banco Mundial (BM) asegura que América Latina produjo 8.3 millones de nuevos pobres producto de la crisis del 2009, de estos, la mitad corresponde a México. Por su parte, el Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
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(PNUD, 2010), refiere que 10% de los habitantes de América Latina viven en condiciones de pobreza multidimensional.
Esas cifras contradicen los compromisos que formularon 189 países en el año 2000 y que se conocen como los Objetivos de Desarrollo del Milenio para el 2015 (PNUD, 2000); entre ellos se destaca la erradicación de la pobreza, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad de género, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y reducir la mortalidad infantil, entre otros.
Desde la psicología, y particularmente desde la psicología social, es necesario aportar a la discusión y reflexión sobre el tema, ya que aunque existan programas de prevención de desastres, o de protección civil, no han sido de mucha utilidad en tanto las autoridades y la sociedad civil no trabajen en la reducción de la pobreza como el eje central de la disminución de nuestras vulnerabilidades.
Las disciplinas de la salud y las del campo de las ciencias sociales se han quedado cortas en impulsar una trasformación del paradigma o de la concepción sobre el origen de los desastres. Muchas disciplinas siguen insistiendo en naturalizar la tragedia. Debemos reconocer una concepción que permita entender los desastres como un conflicto entre el desarrollo socioeconómico y la dinámica de la naturaleza, entre ésta y nuestras formas de organización social. Además, reconocer que la dinámica de la naturaleza está trastocada por el accionar humano.
117 5.1. Justificación
En el estado de Veracruz las situaciones de emergencias por fenómenos hidrometeorológicos son recurrentes. La ubicación geográfica y de litoral nos expone con mucha frecuencia a situaciones que rebasan la capacidad de respuesta social organizada. Los gobiernos, en sus distintos niveles, han sido incapaces de estructurar modelos que posibiliten una disminución del riesgo y se concentran en administrar las consecuencias de los embates de la naturaleza, es decir, se centran en el desastre.
Las cifras que ofrecen diversas organizaciones mundiales dan cuenta de la gravedad del problema, por ejemplo, según la CEPAL (2010) en América Latina en 2007 más de 80% de los desastres se relacionaron con fenómenos hidrometeorológicos, como inundaciones, deslizamientos de tierra, huracanes, sequías o heladas. El estado de Veracruz sufre por estos fenómenos y por no contar con una política ética que reduzca los niveles de pobreza que produce vivir en territorio de riesgo.
La aportación científica en Veracruz, acerca del tema, es mucho mayor en torno del comportamiento de la naturaleza, el estudio del clima, del suelo, de las construcciones, etc., pero existen muy pocos estudios acerca de las formas de organización social y de cómo afectan a la subjetividad en las poblaciones y personas que padecen un desastre socionatural.
Las experiencias e intervenciones que se han desarrollado a través de la Universidad Veracruzana, y en particular desde la Facultad de Psicología-Xalapa, nos ha llevado a pensar en esas formas de intervención, en los métodos y técnicas empleadas, en las dificultades que se enfrentan en una comunidad, en las concepciones que se tienen sobre los desastres, en la relación con las instituciones gubernamentales y los líderes comunitarios. Todo ello nos ha llevado a profundizar y plantear algunas reflexiones que aporten elementos valiosos al estudio de los desastres desde la psicología y en especial desde la psicología social.
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