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PART I: LOOKING BACK AT 2009

G. MORE EFFECTIVE, CAPABLE AND COHERENT

2. Consolidation of the CSDP

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«El hombre da su alma a la Naturaleza con- forme a su propio ideal, traslada a los paisa- jes la medida de sus sentimientos, por lo que si la embellece o la vulgariza es en razón de sus virtudes o defectos»

éliSée reCluS (martínez de piSón,

2009: 265)

«Tampoco la poesía, en consecuencia, imita la realidad sino que la imagina»

(bodei, 2011: 55)

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Actualmente, la concepción que tenemos de la montaña viene configurada por el concepto de paisaje, de forma que para po-

der vislumbrar esta desde una perspectiva crítica en el contexto cultural contemporá- neo es necesario comprender el proceso de

génesis del paisaje.

Dicho proceso ha sido configurado por el arte como método fundamental para crear el conocimiento necesario que nos permi-

ta entender la realidad. Así, el paisaje es una configuración mental que nos permite contemplar el territorio, el país, como una

interpretación cultural y estética. Es, por tanto, una creación humana, un constructo cultural, una imagen del mundo configura-

bre de una montaña sin esperar ninguna recompensa mundana. Eran atraídos a la montaña por la búsqueda de la emoción ro-

mántica que ofrece la aventura y por un im-

pulso del que no son capaces de describir exactamente. Es inevitable que la imagina-

ción y el atrevimiento estimulen la vida hu-

mana con pasión y deseo para alcanzar lo que está más allá de su alcance, si se entien-

de que «la búsqueda está en el núcleo del relato romántico» (Tuan, 2015: 30).

En el mundo occidental desde 1900 los ele-

vados propósitos del Romanticismo se han visto poco a poco anulados por las aspira-

ciones de lo común y lo democrático. Aho-

ra bien, en la cultura popular el Romanti-

cismo perdura latente en la forma en que el conjunto de personas más cultivado piensa y siente la naturaleza y el medio ambiente, la sociedad y la política. Un Romanticis-

mo implícito en unos deseos humanos que tienen su origen en la polarización de los valores que configuran una realidad que la imaginación trata de impulsar más allá de los límites de los modelos establecidos.

del territorio en paisaje, configurándolo en una creación cultural; por otro, esta media-

ción se encuentra supeditada por dos mo-

dalidades de intervención artística: la artea-

lización de forma directa en la naturaleza

o in situ, obtenida mediante la vinculación en el sitio de signos, construcciones, ele-

mentos y acciones, los cuales se instauran en el territorio como códigos estéticos; y, la artealización de forma indirecta, por la intervención de la mediación de la mirada

o in visu. Esta última articulación se logra por la elaboración de modelos culturales autónomos, tanto pictóricos, como litera-

rios y fotográficos. Así pues, la mediación de la mirada adquiere y asimila los modelos culturales, artealiza lo que contempla en el acto perceptivo, razón por la cual «un lugar natural sólo se percibe estéticamente a tra-

vés del paisaje», a través de «la función de artealización» (Ibid: 22).

barnard, GeorGe. Puente de Sia.

La idea fundamental es que ningún lugar es da conforme a los conocimientos y creen-

cias de las sociedades de cada época. «El paisaje no es un sinónimo de naturaleza, ni tampoco lo es del medio físico que nos ro-

dea o sobre el que nos situamos, sino que se trata de un constructo, de una elaboración mental que los humanos realizamos a tra-

vés de los fenómenos de la cultura» (Made-

ruelo, 2007: 12)

tirpenne, Jean-louiS. Circo de Gavarnie. La presente investigación se articula alrede-

dor de la línea de pensamiento desarrollada por autores como Alain Roger, quien afir-

ma que «el paisaje es una adquisición cultu-

ral» (Roger, 2007: 11), una retroalimenta-

ción generada entre la historia y la teoría, que ha forjado la adquisición cultural que hoy conocemos como paisaje, y que coloca el origen de este en lo humano y lo artístico. «El paisaje no es inmanente, ni trascenden-

te», «el arte constituye el verdadero media-

dor» (Ibid: 13). De este modo, la percepción histórica y cultural del paisaje opera según la intervención del arte.

La base teórica de Alain Roger se estruc-

tura sobre el concepto de «artealización». Se trata de una idea que se constituye por un principio de doble articulación. Por un lado, hallamos el procedimiento de media-

brinda una atalaya inmejorable para anali-

zar cómo se ha entendido en el pasado y cómo se entiende en la actualidad el paisa-

je.» (Maderuelo, 2007: 8). En este sentido, el paisaje no existe, tenemos que inventarlo, es el contenido cultural el que logra conver-

tir un territorio en paisaje. «La adquisición de la percepción primero y luego de la idea de paisaje es, pues, una clara muestra del perfeccionamiento de un significado logro cultural» (Martínez de Pisón, 2009:18).

JaCottet, louiS-Julien. Cascada de Ceriset. De este modo, la realidad se entiende por el proceso de artealización: el territorio es ob-

servado mediante un modelo cultural en el que se perciben cuadros o fotografías que lo codifican. Una dialéctica existente entre la realidad social y la mirada medial. La per-

cepción de los individuos como un produc-

to social que configura lo que vemos en for-

ma de modelos, una suerte de retroalimentación que se ordena por un un paisaje sin que antes el arte no repare en

él y no lo fije en forma de representación artística. En palabras de Colafranceschi: La naturaleza es indeterminada y sólo recibe sus determinaciones del arte: el país sólo se convierte en paisaje bajo la condición de un paisaje, y ello según las dos modalidades, directa (in situ) e indirecta (de visu), de la artealizacion (2007: 27).

Sarazin de belmont, JoSéphine. Pico Midi

d’Ossau, vista de Bious-Artigues.

Por esta razón, el paisaje como creación cultural llevada a cabo por el hombre es un indicio que señala que este se construye. Actualmente, nos hemos habituado a nues-

tros paisajes y creemos que su belleza es evi-

dente; nos hemos olvidado de por qué los vemos de una forma determinada. Así, re-

sulta obligatorio recordar cómo un territo-

rio se convierte en paisaje de acuerdo al carácter dinámico de las modalidades in situ

e in visu. Y para confirmarlo solo hay que revisar la historia y comprobar que el terri-

torio no es sin más paisaje y que es necesa-

ria la elaboración del arte para adquirir este estatus cultural. Un objetivo que pre-

tende este estudio, dado que sin modelos y sin palabras el territorio se queda en la indi-

ferencia estética. «El arte, en cuanto reflejo estetizado de la actividad humana, nos

Esta apreciación traslada el concepto de paisaje cultural a la fuente del conocimien-

to que lo produce y referencia la interpre-

tación del entorno a la significación que di-

ferentes grupos sociales o culturales hacen de las lecturas de su contexto en diferentes periodos de la historia. Por tanto, cuando calificamos un paisaje de majestuoso, lo ha-

cemos gracias al proceso de analogía que se produce entre el arte y la realidad, hasta el punto de que «las imágenes del paisaje, son tan extraordinariamente cotidianas en nuestro universo visual» que «pueden llegar a orientar nuestra percepción de la realidad» (Nogué, 2008: 12). De esta for-

ma, el arte se funde con la vida en su pro-

pia configuración. «La apreciación estética del paisaje es un hecho cultural en el que lo que se sabe (la información visual sobre el paisaje) condiciona y cuestiona lo que se ex-

perimenta (la propia vivencia del paisaje)» (Ibid: 12). Es, por consiguiente, un lugar donde comprobar cómo el poder estético modela nuestra experiencia y donde poder demostrar el proceso de transformación de la realidad en ideación. La configuración del mismo se organiza como un arquetipo donde «los cánones estéticos que rigen la belleza de un paisaje proceden a menudo de los mismos cánones estéticos que se uti-

lizan para valorar una obra de arte» (Ibid: 12). Por tanto, el paisaje depende del obser-

vador y de la cualificación de su mirada, «el paisaje» que «resulta de una morfología te-

rritorial, además contiene ideas, imágenes, una cobertura cultural y vivencial», «hemos revestido a los paisajes con nuestras proyec-

ciones» (Martínez de Pisón, 2009: 50). proceso de analogía entre la imagen mental

y la física. Dicha concepción del paisaje es compartida por Joan Nogué al entender «el paisaje como la proyección cultural de una sociedad», donde se pueden identificar «dos dimensiones intrínsecamente relacio-

nadas: una dimensión física, material y ob-

jetiva, y otra cultural y subjetiva» (Nogué, 2008: 10). El territorio como elemento del paisaje «tiene una realidad, una espaciali-

dad y una temporalidad objetivas, propias e independientes de la mirada del observa-

dor. Ahora bien, una vez percibidos por el individuo y codificados a través de toda una serie del filtros personales y culturales» el territorio «se impregna de significados y va-

lores y se convierten incluso en símbolos» (Ibid: 11). De esta manera, el paisaje es un dinámico código de símbolos que nos habla de la temporalidad de la cultura y de cómo la forma de descodificación de esos símbo-

los se realiza conforme a la cultura que los produce. Así, para Martínez de Pisón:

«(…) el lado subjetivo del paisaje, el “inte- rior”, se añade al objetivo, al “exterior”, y

lo reconfigura culturalmente, incluso creati- vamente. Es aquí incluso, como venimos se- ñalando, donde estriba la primera separación profunda entre los conceptos de “paisaje” y “territorio”. Este entendimiento del paisaje adquiere valores particulares con los signi-

ficados, los sentidos culturales otorgados por

el arte, por el pensamiento, por la ciencia por los mitos, las referencias antropológicas, los usos, por su personalidad, por su capacidad, su modalidad y su resistencia física, por su

belleza, por la identificación en el del pueblo que lo habita, etc. El paisaje está filtrado por

la cultura. El paisaje es un nivel cultural»

La concepción del termino paisaje como «extensión de terreno que se ve desde un sitio» (RAE, 2012) acepta la existencia de la mirada del espectador que lo interpreta. No es, por tanto, lo que está, sino lo que se ve; el paisaje nace de la mirada del es-

pectador y se proyecta en su condición de lugar o sitio susceptible de alteración. La representación del paisaje como una «ex-

tensión de terreno considerada en su aspec-

to artístico» (Ibid.) implica la existencia de un sujeto observador y un objeto observado que interactúan mediante el arte. La forma que tiene el paisaje de artealizarse es me-

diante un proceso de percepción e interpre-

tación, en un procesamiento que va de la mente a la percepción y de la percepción a la mente, en un movimiento diagonal. En primer lugar, el individuo percibe la reali-

dad a través de sus sentidos para después interpretarla con su mente añadiéndole un significado y un valor. Este procedimiento genera unos códigos de símbolos que la le-

gibilidad semiótica modula de una forma dinámica. Se trata de un desarrollo que queda representado mediante los cánones estéticos del paisaje que se trasladan desde los cánones estéticos de la obra de arte. Una asistencia entre la forma de aprehender de la percepción y la mente humana, que re-

gresa de nuevo a la percepción. El concepto de paisaje está ligado a la relación parcial o total de los elementos que lo componen y su definición está asociada a conceptos histó-

ricos, sociales, geográficos y culturales, que parten de la existencia física de los elemen-

tos naturales de los que está compuesto. De este modo, el paisaje se hace solo completo con un uso integrador del término con la mirada científica, literaria, pictórica y vi-

vencial, que lo encuadra, le da dimensión y perspectiva y le otorga valores y cualidades.

artealización in visu

En la artealización in visu para la elabo-

ración de modelos autónomos, pictóricos, literarios o fotográficos es necesaria la me-

diación suplementaria de la mirada, la cual debe impregnarse de esos modelos, debe ser modelada y significar el territorio mediante el acto perceptivo, ya que «un lugar natural sólo se percibe estéticamente a través de un paisaje» (Roger, 2007: 22). Es decir, el pai-

saje es una situación elegida o creada por el gusto y el sentimiento, una concepción de origen humano y artístico donde el arte es el elemento de mediación. En consecuen-

cia, este es una interpretación artística de una percepción del territorio que opera en función de una configuración histórica y cultural. Es, asimismo, un constructo, una elaboración mental que los humanos rea-

lizamos mediante la cultura, que no es ni una realidad física, ni un sinónimo de natu-

raleza. «El paisaje posee significados natu-

rales, históricos, funcionales» «referencias culturales y sociales, en sus mitos, sus iden-

tificaciones, personalidad, literatura, valo-

res, etc. que pueden ser explícitos, controla-

bles, objetivados a través de los métodos de las disciplinas humanísticas» (Martínez de Pisón, 2009: 43).

la geología por un lado y la historia por otro. El paisaje es todo. El paisaje es todos los componentes, el paisaje es naturaleza más cultura» (orte menChero, 2007).

Es, por tanto, esa totalidad que va enrique-

ciéndose de carga cultural. «El paisaje tie-

ne una parte práctica (…) y tiene una parte afectiva» (Ibid.). Los paisajes están llenos de cargas afectivas y emocionales, repletos de significados, de sentidos y de referencias muchas veces muy profundas. El paisaje es el lugar de las vivencias, es el lugar de la experiencia.

SChrader, Franz. Las Agujas de hielo de Ga-

biétou 1875 (2).

Entendido de este modo, el paisaje posee «por su tradición cultural y científica (…) diversos contenidos (…) Lo propio del pai-

saje es, pues, la pluralidad de constituyen-

tes, su estructuración, relación y dinámica.

artealización in situ

Así pues, la mediación del arte en la trans-

formación del territorio en paisaje constru-

ye modelos mediante los que interviene in visu con la mediación de la mirada e in situ

por la intervención directa en el territorio.

SChrader, Franz. Las Agujas de hielo de Ga-

biétou 1875.

En la artealización in situ existe una interac-

ción entre la relación de la concepción del paisaje y la vida del individuo. Para Martí-

nez de Pisón:

«El paisaje es lo que se ve, lo que está allí. Lo que uno percibe, lo que uno percata, lo que compone aquello por donde vas. En el paisaje no solamente estás delante, sino que en el paisaje entras. En el paisaje ves los componentes que hay a tu alrededor. No son

adoptados por el arte que orientan nuestra experiencia. La vivencia del mismo solo se alcanza a comprender a través de la expe-

riencia directa. Se trata de un entorno vital que posee contenidos culturales que lo cua-

lifican con valores añadidos; estas referen-

cias y significados que se asientan en el ba-

gaje mental de los observadores trasladan el estudio del propio paisaje al de sus observa-

dores. De esta manera, es imposible separar un paisaje del sujeto ya que «la vivencia del paisaje pertenece a la experiencia personal, al hecho directo y sin otra opción de que la vida se desarrolla en un territorio, un me-

dio, una sociedad, una cultura, una técnica, una historia, una circunstancia, es decir en un paisaje. (Martínez de Pisón, 2009: 54). Por tanto, no hay otro modo de relacionar-

se con este sino a través de la experiencia en el ir y volver, en el repetirse del mundo. «El paisaje no sólo se ve (…) es un entorno vital completo. Insertas nuestras vidas en los cuadros de los paisajes, las realizamos indi-

sociablemente en ellos o incluso los toma-

mos como objetivos de la acción: son (…) el marco, consciente o no, más que la trama vital que ejerce su papel como el territorio de una especie, (…) reflejo mutuo de la identidad y como proyección de sentimien-

tos. Por ello, la identificación personal y so-

cial con los paisajes puede ser muy alta. Tan alta que puede ser inducida cultural-

mente y conducida políticamente» (Martí-

nez de Pisón, 2002: 208). El paisaje muestra

la apariencia de las relaciones con el territo-

rio además de integrar los significados esté-

ticos y éticos; a través de este, el hombre se puede vincular con el mundo de las formas y las realidades visibles y, también, al mis-

mo tiempo, al mundo de los significados, del sentido, de las cualidades y los valores. El concepto de paisaje es, así, integrador y,

por ello, es indisociable de él la idea de rela-

ción de sus distintos constituyentes» (Martí-

nez de Pisón, 2009:14). Para comprenderlo hay de transitar por las zonas y encontrar la relación real, la fusión de los completos de los artificios con el arte. El hombre com-

prendió que la esencia del arte radica en cómo la percepción aprehende la realidad para interpretar la experiencia. La expe-

riencia del paisaje in situ interrelaciona al

ser humano con el entorno, introduciéndo-

lo dentro de un aspecto fenomenológico que nos capacita para ir más allá de un aná-

lisis artístico tradicional. Esto justifica la in-

terdisciplinariedad metodológica para tra-

tar un concepto tan indefinido como el de paisaje.

Por otra parte, es necesaria hacer una ma-

tización entre paisaje y cultura del paisaje, donde se integran diferentes procesos socia-

les y expresiones artísticas. El concepto de paisaje ha estado centrado en la estética y la contemplación durante mucho tiempo con-

cebido desde un punto de vista pasivo hacia el artista y el espectador.

Jalon. Las ruinas del castillo de Aste, Valle Cam-

pan. 1820.

El paisaje es una herramienta estética con la que se puede comprobar como nuestra mirada está configurada por arquetipos

ca en Occidente como una nueva categoría estética hay que situarlo en la Modernidad. Una superación del concepto de imitación de la naturaleza, consecuencia de la desvin-

culación del hombre como elemento cen- tral del cosmos producida por la desacrali-

zación moderna. Al final del siglo XIX en el arte y, más concretamente en la pintura, se produjo una «liberación de la norma o principio estético de imitación de la na-

turaleza» por la que «la belleza ya no era una cualidad objetiva de las formas, sino un producto del pensamiento» (Maderuelo, 2007: 86). En este momento, el concepto artístico y estético pasa a constituirse a tra-

vés de la experiencia del artista, ya que la anterior imitación de los hechos naturales quedó relegada por la invención de la foto-

grafía. El acto artístico pasa a configurarse en la mente y no en la observación, en un proceso de percepción e interpretación de la realidad. Surge así el comienzo de la dife-

rencia entre el proceso mental y el proceso visual, entre la imagen mental y la visual de la percepción.

«Es ya un tópico historiográfico referirse al

paisaje como un género subjetivo. En primera instancia pudiera decirse que el paisaje des- cribe un fragmento del escenario de la natu- raleza, y por tanto debiera considerarse como un mero ejercicio de mimesis objetiva. Pero un segundo análisis algo más detenido nos permitirá llegar a la conclusión de que, pues-