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2.2 Medium Access Control (MAC) Overview

2.2.1 MAC Protocols

2.2.1.2 Contention Based Protocols

Zonas y Jefes de los Llanos Orientales:

Arauca, Casanare, Meta y Caquetá

1. Tame, Villamizar.

2. Sabanas de Arauca, Mario Escoban

3.Cravo Norte , José Carreño.

4. Guanapalo y Ariporo, Elíseo Velásquez. 5. Guanapalo, Alfredo Parada.

6. Maní, Marco Tulio Rey. 7. Yopal, Eduardo Franco I. 8. Poyatas, Alberto Hoyos.

9. Pauto, Jorge y Rafael Betancourt.

10. Entre Casanare y Ariporo, Luis Esguerra. 11. Guachiría, Isaac Vergara.

12. De Umea a Tauramena, los Parra. 13. Guayabal, Raúl Sarmiento. 14. El Unete, el Pote Rodríguez.

15. Casanare al Meta, Guadalupe Salcedo. 16. Moreno, Mariano Luna.

17. San Juan de Arama, Dumat AIjure.

18. Remolino y Cháviva, Vinicio e Ignacio Plomero. 19. El Pato, Richard.

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Amos, ganaderos, jefes, vaqueros, caporales, conuqueros y vegüeros se alzaron contra las fuerzas oficiales, representadas en ese momento por la Policía.

de la lucha, y la escisión del bloque llanero.

Iniciación

Desde el comienzo se perfilan dos tendencias tácticas nítidamente definidas; la de Elíseo Velásquez, brutal, depredatoria; y la deEduardo Franco, empeñado en una coordinación de jefes en torno a una programática social para una acción de positiva eficacia. Velásquez y Marco Tulio Rey con 450 hombres, piensan en acciones masivas; Franco en lucha de guerrillas. Al final se impone este sistema por la fuerza de los hechos.

El objetivo es la aniquilación de la Policía. Frente al Ejército existe un criterio muy diferente. No se le odia: «Al contrario abrigan muchas esperanzas. Todo el mundo sabe que el Capitán Alfredo Silva había recorrido el Llano en son de revuelta; que en Trinidad dejó munición; que en Villavicencio mató policías, que suboficiales y soldados del ejército se estaban pasando a nuestras filas. Y se daba por cierto que al Pote Duarte, capitán de caballería, le habían entregado dinero en Sogamoso para comprar armas con destino a la revolución»16.

La desconfianza surge con «la noticia de que en Villavicencio se está formando una fuerza militar policial que ocuparía los Llanos, bajo el nombre de Batallón Vargas, para perseguir a los rebeldes, calificados y condenados de antemano como guerrilleros»a17.

Para prevenir los acontecimientos, el Comando Revolucionario elabora un proyecto de impuesto que grava los ganados de liberales en tránsito con un 10% y los de conservadores con un 20%.

«El Batallón Vargas, amenazante, continúa su preparación, mientras el Ejército Nacional ocupaba en guarnición algunos pueblos llaneros, propiciando lentamente el desarme de los espíritus y la desintegración de los comandos rebeldes»18.

«A fines de julio (1950), La Trinidad había triplicado sus efectivos y pese al invierno, las comisiones se sucedían en todas las direcciones, mientras que en Yopal y Guayaqué se verificaba una gran concentración de tropas.

16 Eduardo Franco Isaza, Las guerrillas del Llano (Bogotá, 1959), p. 28. 17 Ibid.,p. 114.

18

Las comunicaciones que a diario llegaban a nuestro comando, destacaban el aumento de todas las guarniciones en la llanura. Parecía que se preparaba una invasión para agosto, época en que el invierno le.cede el paso a un corto verano. De Bogotá y Sogamoso no recibíamos la menor noticia. Era como si no existiéramos.

»Empezamos a sentir la escasez. Los artículos de toda especie fueron controlados. De los pueblos no salía nada hacia las sabanas y si algo dejaban pasar, era en cantidades mínimas; un paquete de cigarrillos, dos espermas, una caja de fósforos, dos yardas de tela. Quien viajara al interior del país era sometido a escrupulosos exámenes y requisas»19.

En agosto de 1950 se opera una crisis dentro de la organización beligerante de los Llanos. Mario Escobar se entrega al Ejército en Arauca con dineros y ganado y muchos comandantes se ven obli- gados a pasar la frontera venezolana.

«Reduciendo al mínimum los efectivos, los Parra cogieron las montañas del Humea sin abandonar sus territorios. Así lo hizo Rosendo Colmenares con los Fonsecas sobre el Upía y los Bautistas en las montañas de Aguaclara. Así también lo hicimos nosotros en el Yopal: Raúl Sarmiento trepó a las montañas de su vereda, el Guayabal; Giraldo a Charte; el pote Rodríguez y Alejandro Chaparro ("Magno") al Únete y las calcetas de la María. Los Agudelos por el Cravo, Jorge Carreño desde el Guanapalo y Gravo, jugando a escondidas de monte en monte, como todos. Alfredo Parada pronto puso tierra de por medio y se fue. Cada grupo estaba formado por cuatro o cinco hombres que por la necesidad imperiosa de vivir, nos hicimos montaraces, casi salvajes, baquianos por todos los rincones y andariegos nocturnos. En ninguna casa volvimos a dormir, ni casi a frecuentar.

»Nuestro reposo solo estaba bajo el monte, así lloviera, nos empapáramos o estuviéramos llenos de hambre. Nos hicimos silenciosos, reservados, dejándonos guiar por los instintos como bestias perseguidas. Aprendimos a callar y a guardar secretos, a extraviar caminos, a lavar, a cocinar, a ser leales y cumplidos.

»Hasta entonces no sabíamos nada; todo lo aprendimos bajo el monte. Allí bajo la fronda amiga, andando el tiempo se forjaron los mejores combatientes.

19 Ibíd., p .l5l.

cárceles se abarrotaron y fácil era encontrar los muertos —nuestros muertos— tirados en la sabana, atravesados en los caminos. Los zamuros aprendieron a comer carne de hombres llaneros. Un manto de luto y tristeza cubrió el Llano. El terror campeaba. Los guerrilleros desaparecieron»20.

En medio de la confusión surge una tesis, que de aceptarla, se hubieran evitado todos los desastres. Es la del mayor Eduardo Román, que sostiene que los Llanos se pueden pacificar sin violencia ni retaliación comoquiera que no existe un armamento que pueda atentar contra la estabilidad del gobierno. «No existen fundamentos —decía Román— para desatar la crueldad y la represión y lanzar al pueblo a la miseria y a la revuelta y sabe Dios a qué graves desenlaces».

«Cuando las teorías del mayor Román fueron expuestas ante los círculos oficiales, le calificaron de utópico y soñador. «Intente usted salir a las sabanas sin escolta, a ver qué le pasa». Entonces vistiendo el uniforme. Román aceptó el reto y de Yopal partió casi solo hacia el hato Las Gaviotas (Cusiana), propiedad de sus parientes conservadores, los Roselli, que acababa de ser evacuado después que consumieron muchos ganados los comandos rebeldes de Maní. El mayor Eduardo Román, organizó de nuevos los servicios sin que en lo sucesivo Las Gaviotas sufrieran daño alguno. Suceso tan significativo sustentaba por sí solo, sobre el terreno, lo dicho ante el gobierno. Agréguese la circunstancia de que el mayor Román, durante su estada en el hato, recibió visita de un grupo armado de rebeldes»21

¿No es este acaso el momento en que llega a Bogotá una comisión de llaneros asesorada por misioneros monfortianos y solicita de un general que se solucione el problema, habiendo recibido como respuesta que ese paso no podía darse porque las cosas se arreglaban mejor dentro del estado de sitio y que de no hacerlo así el gobierno «se caía»?

Basta ojear el cuadro siguiente para apreciar el intenso grado de conmoción que agitaba el Llano en 1949:

19

Ibíd., p .l5l.

El 25 de noviembre de 1949 es una fecha que golpetea el alma de todos los llaneros. Es el día prefijado para la revolución liberal.

El capitán Alfredo Silva se toma Villavicencio. Entre 10 y 12 de la noche el contingente de Apiay al mando de los tenientes Venegas (hijo del general Venegas) y Ardila entran a Villavicencio y copan el cuartel de la Policía. Son dados de baja un agente frente al Hotel Meta y los dos que vigilaban los bancos y la bomba de gasolina.

A la policía que llega de Cumaral horas después la hacen desfilar con los brazos en alto. Algunos jefes son conducidos a la cárcel, donde es fusilado el Chato Rojas. Luego queman los registros electorales.

Para reconocerse se valen del siguiente santo y seña: «— ¡Bobo Borda!

—Tomo cerveza»

A las 6 de la mañana del siguiente día (26) conducen al hospital algunos heridos y por radio se conocen noticias adversas de Bogotá a donde ha llegado aviso de la revuelta por obra de algunos agentes que logran escapar hasta Guayabetal. Al mediodía arriba el coronel Palacios, que reduce sin efusión de sangre a todos los rebeldes.

Pero en Cumaral los hechos se suceden con anticipación imprevisible. El plan consiste en caer sobre el retén y tomar las armas. Desde la mañana del 25, los vehículos son inmovilizados y el corregidor ordena por bando que los buses salgan. Jorge Hurtado, gerente de la única empresa de transportes, es citado ante la autoridad. El corregidor obliga a la señorita Lucrecia Arguello a que expida tiquetes y se fija un plazo de dos horas para que Hurtado se presente.

Ese día en las primeras horas llega un grupo de ocho policías y entre ellos Leovigildo López, de Guayatá, que purgaba condena por asesinato. ¿Por qué está libre?

Buscan a Jorge, el mozo simpático amigo de todos. A poco pasa, conducido por los policías. Discute con el corregidor sobre salida de carros. Los amigos lo rodean. Las altas directivas han cambiado el golpe por paro nacional. Esto se ignora.

Jorge exige una fuerte consignación previa en efectivo, como garantía de posibles daños a sus vehículos. El corregidor le ultraja el honor. Jorge devuelve el insulto soez en igual forma. Y López, Leovigildo López, siega con su arma oficial la vida joven de Jorge Hurtado.

Luís Alberto Parra —bachiller, 23 años— mata a Leovigildo y Roque Pacheco (reservista) da muerte a otro uniformado. Así consiguen los primeros fusiles.

La avioneta del capitán Silva, tan conocida en el Llano, vuela sobre el pueblo y deja caer un papel con esta leyenda: «Aguanten hasta cuando yo venga».

Llega la Policía de Restrepo y los sublevados se hacen fuertes en la casa de los Parras. Por el patio corren atolondrados ancianos y niños. Los agentes hacen marchar delante de sí a las mujeres con sus hijos de brazos mientras disparan contra la fortaleza improvisada y sobre los hombros de la barrera humana que los precede.

A la madrugada llega Silva, reduce a los policiales y logra decirle a Luís Alberto Parra que marche a organizarse en el interior del Llano. Pero Silva no será el jefe de la revolución. Trasladado de Apiay a otro sitio, es hecho prisionero.

La escisión del bloque llanero

En el año de 1951 se opera un curioso fenómeno que implica la escisión del bloque llanero. El fenómeno consiste en que los amos, dueños de hato, se vuelven contra la peonada en armas. ¿Las causas? La modalidad que le imprimiera Velásquez a MI andanza y la contribución forzosa impuesta a los propietarios por decreto No 101 del Estado Mayor General del Ejército Revolucionario

Liberal en los Llanos Orientales, es decir, el estarse los asalariados como amos por los hatos disponiendo de ganados y cabalgaduras según los incidentes de la lucha.

En el fondo lo que existe es ese inveterado distanciamiento entre la clase dirigente y el pueblo, entre la gleba y la clase que vive , del Llano, pero que fío ha podido entender el hombre llanero, Es un

caso auténtico de predominio económico sobre el valor de la persona humana y de separación de estratos dentro de una estructura. Sin embargo, la persecución y la lucha delinean un amago de solidaridad que se rompe por fuerza del ausentismo y de personales intereses desorbitados. Cuando aflora nítida la aspiración de la peonada a una más justa nivelación económica y se orienta la conciencia del hombre hacia causas de justicia por obra de la revolución, surge intransigente, ciega la «política del corral» cuyo primer paso converge hacia una climatización de ideas para salvar la industria ganadera, motivo más que suficiente que justificará una represión feroz. Así se llega al momento exacto, cenital, en que un cambio de palabras es definitivo: a los hombres en armas que los amos había seducido, envalentonado, cohonestado y encubierto, los llaman ahora «bandoleros» y con este término (¿quién niega la intrínseca dinámica de los vocablos?) se crea toda una mentalidad de características punitivas.

Se firma la declaración de Sogamoso, que tuerce definitivamente el rumbo de los acontecimientos: «El alcalde militar, que tiene al pueblo a régimen de abaleos nocturnos, cárcel, azotes y lavadas con

excrementos, pasa una citación a todos lo ganaderos para que se congreguen en el recinto de la Sociedad de Mejoras Públicas. Allí deben exponer sus ideas y proposiciones para sellar la paz de los Llanos antes de iniciarse nuevas operaciones ganaderas. Corren. Les han tocado la parte noble: está en peligro la próxima ganadería. Se reúnen de prisa más de ochenta entre viejos y jóvenes. »El coronel Luís Castillo dirige la asamblea. Pronuncia un discurso lleno de miel y promesas, propiciando un ambiente cálido de amistad y libertad para exponer el pensamiento. La armonía es completa, todos los padecimientos y humillaciones sufridas en Sogamoso se esfuman por arte de magia.

»Se llega la hora de dejar constancia de aquella reunión. Hay que firmar un pliego, "unas declaraciones", dice Castillo. Que las escriba alguno. Y naturalmente alguno las escribe.

»—Que se lea el pliego antes de que lo firmemos— piden unos inocentes ganaderos.

»—Que se lea y se firme —ordena Castillo—. Quien se oponga a ello será considerado como bandolero.

»La frase cae como una bomba. Las puertas del recinto están guardadas por la policía. Sin embargo hay resistencia, reato de conciencia y furia por el engaño. No quieren firmar. Entonces saltan los de la rosca, estilográfica en mano, estampando sus rúbricas e imponiendo además una contribución en metálico "para retribuir a la tropa que se sacrificará haciendo la pacificación". La cuestión es con

dinero. Resistencia a ese postulado significa cárcel y ruina. La ruina por delante, los policías con sus fusiles, miradas y yataganes apostados en la puerta. Adentro, los de la rosca, empujan, convencen, ofrecen sus plumas fuentes, prestan dinero, extienden cheques.

»El coronel Castillo recoge el documento. Colombia supo que la rebelión de los llaneros era un tráfico de bandoleros. Lo dice una declaración de propietarios liberales que el pueblo lee en letras de molde.

»Nunca se supo lo que dijo uno de los de la redada, después de consumado el hecho, camino de la calle, con el corazón entristecido, Luís Francisco Barrera, propietario hijo del pueblo:

»Acabamos de firmar la sentencia de muerte para nuestra gente...»22

Hablando con los nativos sobre esta nueva etapa de violencia en el Llano, decantando informaciones, seleccionando datos, hay que admitir que es apenas exacta la panorámica que nos da Franco en su libro: «Se instalan retenes en numerosos hatos. Con poca tropa se teje una enmarañada red. Grupos de 50, 30, 20,10. Cualquier número es más que suficiente, los bandoleros no poseen armamento. La purga será rápida, efectiva y silenciosa. La empresa la pagan los ganaderos: dinero, caballos y bastimentos están a la orden. Tomen lo que necesiten donde lo encuentren. Generalmente todo se encuentra en el conuco y en el fundo del pobre, hasta muchachas para regalo de pacificadores. El pueblo paga todo, siempre ha sido así.

»Se rompen salvoconductos, nuevas presentaciones, más capturas. Se llenan las cárceles, se habilitan casas para prisiones. Muertos en las sabanas, en los conucos, muertos después de ir prisioneros, amarrados con rejos; muertos en las cárceles de día, de noche y de madrugada. Abaleos sobre las paredes de bahareque, zozobra y pena otra vez. El Llano gime de verdad.

»Y a lista negra caen más nombres, se hincha pliego tras pliego porque se va reconstruyendo el proceso de la rebelión pasada, que como ya se ha dicho, abarcó todo el pueblo desde Arauca hasta San Martín»23.

Todo obedece a un plan que puede sintetizarse en el tesonero esfuerzo del gobierno para crear a su vez cuerpos de guerrilleros que contrarresten la actividad subversiva de los llaneros que se denominan antiguerillas o «guerrillas de paz». Luego se emplearon en otros sitios. Su proceso organizativo puede concretarse así:

1. Cabecillas civiles frente a los grupos.

2. Oficiales y suboficiales comandando las acciones en que participen tropas regulares o antiguerrillas.

3. Servicio de baquianos conocedores de la región. 4. Disciplina no estrictamente militar pero sí controlada.

5. Adiestramiento sobre el terreno mismo por medio de misiones especiales.

6. Protección de los elementos que apoyen la antiguerrilla con advertencia de que se exponen a ser eliminados sin contemplación alguna por los revoltosos.

7. Profunda difusión de informes favorables.

8. Actos sociales para infundir confianza en los habitantes. 9. Levantamiento exacto del censo de los habitantes de la región.

10. Limpieza de los elementos sospechosos y comprometidos, dentro de los sectores urbanos. 11. Aglutinación de efectivos civiles afectos al gobierno para crear espíritu de lucha.

12. Cambio de tácticas en el Ejército, saliéndose de las normas de combate regulares.

13. Organización pormenorizada del archivo con listas de prisioneros, cabecillas, paradero de las familias de los guerrilleros, sectores simpatizantes, agentes, estafetas, fuentes y bases de abastecimiento.

Según escribió uno de los organizadores, «la antiguerrilla debe caracterizarse por una actitud firme y rigurosa para combatir a los bandoleros en armas y sus colaboradores de la población civil»24. En

esta forma bloquean rigurosamente las zonas y población hostiles, liquidan sin contemplaciones a los cabecillas guerrilleros, o exigen la rendición incondicional.

Todo esto implica el enfrentamiento de los llaneros entre sí, con la natural consecuencia cruel de su propia destrucción. Los hechos bárbaros se concatenan como secuela natural de distanciamiento entre el ejército y el pueblo. Son dos polos; dos manifestaciones humanas, antagónicas, del fenómeno colombiano.

Cuando la llanerada conoce que contra ella se vuelven las armas oficiales se les encara abiertamente, pues cree que el Ejército se ha aliado inexorablemente con la injusticia.

La intensificación de la lucha se inicia con el «genocidio de los veinte», cuando pasa por Aguaclara el comandante del Batallón Vargas, y en la hacienda La Gilera encuentra 20 hombres que trabajan en un potrero. Los hace reunir y el propio Coronel da la orden de exterminio. Uno que sale con vida lleva la noticia de que se ha reanudado la violencia.

En Sabanalarga caen 25 personas después de hacinarlas en un rancho. La orden la da un teniente. Allí muere el viejo Salomón Caro, exponente del llanero bueno.

En Aguaclara la tropa masacra siete mujeres después de poseerlas en forma brutal. Al hundir las bayonetas en el vientre los esbirros exclaman con locura demoníaca: « ¡Si tiene hijos adentro que mueran también! dos niños de pecho son lanzados al aire y traspasados por las siempre sedientas y pervertidas bayonetas».

Después de la acción en las sabanas de Moreno en que cae Mariano Luna —flor de los muchachos llaneros—, las gentes del Aricaporo y de Chire no alcanzan a ser enteradas del combate para que huyan. Las recogen como recuas y a hombres, mujeres y niños los obligan a trabajar en el campo de aterrizaje.

«Los rayos del sol a pleno día caen verticalmente sobre el dorso desnudo de los «siervos» llaneros. El suelo parece una plancha hirviente: ni un árbol, ni una sombra.

»La sed les corroe la garganta como un gusano infernal. »—Agua, agua, piden los niños y mujeres.

»—Agua, agua, por favor, imploran los llaneros humillados...

»— ¡Les daré toda el agua que quieran, malditos, cuando el campo esté terminado!

»La esperanza revive las muertas energías y el aeropuerto de Moreno queda listo para entrar en

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