6.3 Future Work
6.3.7 Test-Bed
La catástrofe se evita con el cambio de gobierno el 10 de mayo de 1957 que llevó a la dirección del Estado una Junta Militar integrada por cinco generales.
Esta suprema Junta de Gobierno, con anuencia del presidente electo doctor Alberto Lleras, nombró mediante el Decreto No 0942 de 27 de mayo de 1958, la Comisión Nacional Investigadora de las
Causas Actuales de la Violencia. La comisión se trazó como meta ir a los poblados, villorrios y zonas devastadas, por atajos y riscos, con un indeclinable sentido de sacrificio.
El pueblo correspondió ampliamente: «Es la primera vez, decían los campesinos, que vienen a preguntarnos qué nos pasó; a conversar con nosotros sin engaño; a hablamos de paz sin echarnos bala después»5. La Comisión alcanzó todos los puntos claves, y logró ponerse en contacto con los
cabecillas de todas las tendencias, realizando entrevistas en la selva misma o en sitios ocultos, prefijados tras múltiples tanteos y condiciones.
Se trataba de grupos en armas o multitudes demasiado recelosos, demasiado lesionados, increíblemente desconfiados, con modalidades extrañas y estados psicológicos suí géneris que les creó el proceso de lucha.
El planteamiento lógico consistió, para la comisión, en un acercamiento a fin de establecer el contacto, y propiciar ambiente de «serenización», de confianza, de íntima afloración de sentimientos para dar cauce fácil al diálogo, que en estas circunstancias significaba desahogo, confesión, anhelo, polimorfismo de esta nueva manera de ser del hombre campesino en su doble papel de víctima y victimario.
La Comisión hubo de buscar un verdadero cese de fuego a través de convenios, manifiestos y entrevistas- Así pudo lograrse un total de 52 pactos de paz, habiéndose realizado cerca de 20.000 entrevistas personales, sin contar los contactos con agrupaciones en pueblos y veredas, lo que presupone un trabajo agotador que muchas veces se prolongó hasta el amanecer.
Después de observar el área afectada y llegar a conclusiones muy objetivas, la Comisión trató con los gobernadores y luego en forma muy amplia con el Presidente, doctor Lleras Camargo, sobre las medidas que debían adoptarse.
Así se sentaron las bases para el tratamiento de emergencia que se dio al trauma de la violencia. La República, diario de oposición en aquellos días, enjuició así la labor de la Comisión: «Afrontando todas las incomodidades y peligros, ha viajado a sitios afectados por la violencia y logrado que se suscriban y ejecuten innumerables pactos de paz entre bandos en pugna. Nadie sabe cuánta ha sido su laboriosidad, su abnegación, su paciencia, su eficacia. Algún día se conocerá plenamente su tarea. Pero bien podemos decir con absoluto conocimiento de causa que «nunca tantos debieron tanto a tan pocos»6.
El 29 de septiembre, el presidente Lleras Camargo informaba a la nación: «La obra de la Comisión que ha venido estudiando las causas de la violencia y las medidas aconsejables para la rehabilitación de las comarcas asoladas y de sus habitantes y desplazados, ha sido para el gobierno una orientación cuyo valor no podríamos exagerar. La comisión ha recorrido ya casi todas las zonas más duramente afectadas y mí impresión es la de que por primera vez en diez años se ha tocado el fondo mismo del problema social, político, económico y moral de esa tragedia inenarrable. La imparcialidad de la comisión, su devoción, su generosidad de espíritu, la excelencia y el equilibrio de su integración, han producido los efectos disolventes del rencor sectario y de la desconfianza enmontada que ninguna otra acción anterior.
A sus ilustres miembros debe el país gratitud y es posible que les deba en gran parte la paz, si no encontramos nuevos obstáculos artificiales en frente de nuestras intenciones»7.
La revista Semana decía:
«Sobre el escenario en que fue más cruda la barbarie (Caldas, Valle, Tolima, Cauca, Huila) se mueve incansable y acuciosa la voluntad pacificadora del gobierno. La encaman seis personas de las que pudo pensarse a primera vista que desaparecerían en la magnitud del desastre, pero que en un tiempo tan breve pueden mostrar ya un tranquilizador diario de viaje»8.
Debe destacarse el generoso respaldo de la prensa a la labor de la Comisión y la colaboración infatigable de la base de helicópteros de Melgar, algunos de cuyos integrantes cayeron heroicamente en el empeño de devolver la paz a Colombia.
6 La República (Bogotá), Editorial, septiembre 21 de 1958-
7 Informe radial del Presidente Alberto Lleras a la nación, septiembre 29 de 1948. 8 Semana, Vol. XIII, diciembre 9 de 1958, p. 37.
La labor de la Comisión dio base para la formación del Comité Ministerial de Orden Público, de los Tribunales de Conciliación, de la amnistía condicionada y de la Oficina Nacional de Rehabilitación, que lograron reducir en gran parte la violencia.
Quizás fue la Oficina de Rehabilitación la entidad más acerbamente combatida en los últimos tiempos. Pero al recorrer hoy de nuevo muchas zonas, aparece el ingente esfuerzo realizado por la Rehabilitación para restaurar los estragos de la barbarie. No obstante, para dar un juicio histórico definitivo hay que esperar que se opere un proceso de decantación que está en marcha, máxime por tratarse de una obra que sigue produciendo su efecto.
CONCLUSIONES
Como simple aporte para deducciones posteriores más profundas y vastas, destacamos algunas conclusiones:
a) La necesidad de lucha surgió del alma misma del pueblo. Esta es la razón de su obstinada persistencia.
b) La ferocidad se operó como reacción que superó a los atropellos recibidos.
c) Muy rápidamente se acumuló en la multitud una dosis explosiva de resentimiento, odio larvado, crueldad y sadismo.
d) El crimen sexual adquirió predominio demasiado notorio.
e) Los victimados y los torturados se sintieron desprotegidos, débiles, y su extraversión se tradujo en crímenes atroces.
Cabe aducir aquí dos páginas de fuentes opuestas que se deben meditar honradamente como explicación del hecho nacional de la violencia, configurado, realizado, traducido y aplicado en carne viva a la patria común. Decía Monseñor Builes:
« ¿Por ventura se registran estos hechos entre los salvajes? ¿O siquiera entre caníbales? ¿Qué deidad diabólica cierne sus negras alas sobre Colombia? ¿En qué país del hemisferio occidental o en el mundo entero se registran semejantes crueldades obedeciendo a una consigna infernal? En ninguna parte. Solo en Colombia están ocurriendo tan abominables hechos. Violaciones de la
vírgenes y de las mujeres que caen en las garras de estos vampiros de la virtud; profanación y muerte de los sacerdotes; miembros mutilados, lenguas y ojos arrancados, extremidades cortadas por partículas, entrañas abiertas a barbera y machete, cabezas cortadas, pies y rostros desollados; hombres, mujeres y niños crucificados, bienes materiales robados y reducidos a pavesas; templos, imágenes, objetos sagrados sacrílegamente profanados. El infierno en la tierra, sin mano fuerte que contenga eficazmente la avalancha y vengue la justicia de tan horrenda manera violada»9.
Y escribía el economista Antonio García, en el prólogo a la novela Viento Seco: «La guerra de hoy es una guerra fría y no se realiza entre dos bandos armados. De una parte opera una fuerza pública que hace la "pacificación" a la manera del general Pablo Morillo en la época de la Reconquista; de otra, actúa un rebelión primaría, elemental, caótica, que devuelve golpes a ciegas y que no aspira a decidir políticamente nada. Todas las clases altas han desaparecido de este escenario, de esta lucha cruenta, de este drama que no da cuartel y que rebasa todas las fronteras de la resistencia humana,
»Hay quien pregunta, ¿por qué se ha perdido el valor de la vida humana?
»Estamos cosechando la única siembra que han hecho nuestros partidos históricos: en esta sangre derramada, en estos delitos infamantes, en esta crueldad sin castigo, se resume el sentido de nuestra historia partidista. Los verdaderos responsables de este derrumbamiento no son los delincuentes vulgares: es el sistema político que los toma como sus instrumentos, como sus órganos de dominio, que los alienta, que los estimula, que los remunera, que los premia.
»Ahí está el pueblo, en ese subsuelo anónimo, invisible a los ojos, fuera de todo horizonte político. Nadie ha querido verlo: los republicanos de todos los partidos han hablado de su soberanía y han escarnecido su incapacidad de moldear y conducir su propia suerte.
Le han movilizado para las guerras electorales o para las guerras civiles y le han dejado ahí, al margen de la historia, aislado de una patria que no está presente en sus necesidades, en sus problemas, en su drama biológico y espiritual.
»Los intelectuales, las élites, los grupos dirigentes, son responsables de esta degradación multitudinaria, de esta renovada mutilación de todos los hombres humildes... Son responsables por su cobardía, por su egoísmo, por su estrechez moral, por su noción deforme de la patria.
Fidelis, El basilisco en acción o los crímenes del bandolerismo (Medellín, 1953), p. 109.
»Todos somos responsables. Todos estamos viviendo —conformes, cristianos, fríos, monstruosamente tranquilos— sobre esta herencia de sangre. Lloramos leyendo la María, pero nos negamos a conmovemos y a detener las aguas negras que corren por debajo de nuestros pies y por encima de nuestro espíritu»10.
Como epílogo lancinante de todo este tremendo proceso conflictivo que padeciera el país, queda el grito de campesinos antioqueños que así lo estampan en su carta memorable:
«Hijos y padres de familia caen asesinados en la oscuridad de la noche o a la claridad del día. Unas veces dormidos; ya limpiando sus sembrados o bien transportando sus frutos hacia el pueblo. .. Multitud de campesinos abandonan, unos sus chozas y sus huertas; otros durante semanas y semanas duermen en el monte sujetos a las inclemencias del tiempo.
»Muchos se aglomeran en poblados, sin pan, sin techo y sin abrigo.
» ¿Por qué nos asesinan si nuestro único delito es labrarla tierra, creando la riqueza nacional? Ya no hay cosechas. El habitante de los pueblos empieza a sufrir la escasez de alimentos. ¿Por qué tenemos que abandonar nuestros sembrados, fruto de nuestra tenacidad y paciencia? «Hombres sin Dios y sin conciencia son esos infernales bandoleros.
«Cadáveres de nuestros hermanos hemos tenido que dejar a la intemperie y huir. Hijos agónicos hemos tenido que recoger en nuestros brazos»11,
10 Antonio García, «Prólogo" a la novela Viento seco, por Daniel Caicedo (Buenos Aires, 1954; 3a ed.),
pp. 15-43 passim.
11 Carta de campesinos de Cañasgordas, 4 de julio de 1951, transcrita por Testa Fidelis, op cit., p. 123.