THE FOUR STAGES OF THE STUDY METHOD OF DATA COLLECTION Stage one: The pre-intervention study where the
4.3. Research findings and interpretations related to Research Question
4.3.2. Context and starting point for the questionnaire
La visión mecanicista cartesiana ha tenido gran influencia en todas nuestras ciencias y en la mentalidad general de los occidentales. El método de reducir fenómenos complejos a sus constituyentes elementales y de buscar los mecanismos a través de los cuales se producen las interacciones de estos elementos ha quedado tan arraigado en nuestra cultura que a menudo se lo ha identificado con el método científico. Las opiniones, conceptos e ideas que no concordaban con la estructura de la ciencia clásica no se tomaban en serio y generalmente se despreciaban, o incluso se ridiculizaban. A consecuencia del abrumador énfasis puesto en la ciencia reduccionista, nuestra cultura se ha vuelto cada vez más fragmentaria y ha creado tecnologías, instituciones y modos de vida que son profundamente insanos.
No debe sorprendernos que esta visión fragmentaria del mundo sea malsana en vista de la estrecha relación que existe entre la «salud» y la «totalidad». Ambas palabras (en inglés health y whole), y también los términos hale (sano), heal (curar) y holy (santo) derivan de la raíz hal, que en inglés antiguo significa sano, íntegro y saludable. De hecho, el sentirse sano supone una sensación de integridad física, psicológica y espiritual, una sensación de equilibrio entre los distintos componentes del organismo y entre el organismo y su entorno. Este sentido de integridad y de equilibrio ha desaparecido de nuestra cultura. La visión fragmentaria y mecanicista del mundo lo impregna todo y el sistema de valores sensato, unilateral y «orientado hacia el yang» en el que se apoya esta visión ha llevado a un profundo sequilibrio cultural y ha generado muchísimos síntomas de mala salud.
El crecimiento tecnológico excesivo ha creado un ambiente en el que la vida se ha vuelto malsana física y mentalmente. El aire contaminado, los ruidos molestos, la congestión del tráfico, los conta- minantes químicos, los peligros de la radiación y muchas otras fuentes de tensión física y psicológica han pasado a formar parte de la vida cotidiana de la mayoría de nosotros. Estos numerosos peligros para la salud no son una simple consecuencia fortuita del progreso tecnológico, son, por el contrario, un aspecto integral de un sistema económico obsesionado por el crecimiento y la expansión, que intensifica cada vez más la alta tecnología en una tentativa de incrementar la productividad.
Además de los peligros para la salud que podemos ver, oír y oler, existen otras amenazas para nuestro bienestar que podrían ser mucho más peligrosas, pues nos afectarán en una escala más amplia, tanto en el espacio como en el tiempo. La tecnología creada por los seres humanos está alterando y trastornando los procesos ecológicos que sustentan nuestro entorno natural y que son la base misma de nuestra existencia. Una de las amenazas más serias, que hasta hace poco tiempo había permanecido prácticamente olvidada, es el envenenamiento del agua y del aire por los desechos químicos tóxicos.
El público norteamericano tomó conciencia de los graves peligros que representan los desechos químicos hace unos años, cuando la tragedia del Love Canal apareció en la primera página de los perió- dicos. El Love Canal era una zanja abandonada en un área residencial de Niágara Falls, en el estado de Nueva York, que se utilizó durante muchos años como vertedero de desechos químicos tóxicos. Estos venenos químicos contaminaron las aguas circundantes, se filtraron en los patios de las casas adyacentes y generaron gases tóxicos, causando entre los residentes de la zona altos índices de malformaciones congénitas, daños en el hígado y los riñones, dolencias respiratorias y varias formas de cáncer. Finalmente, el estado de Nueva York la declaró zona de emergencia y procedió a evacuarla.
La historia del Love Canal fue reconstruida por Michael Brown, periodista de la Niágara Gazette, que luego siguió investigando otros vertederos de desechos peligrosos parecidos al Love Canal en todos los Estados Unidos1. Sus extensas investigaciones han demostrado claramente que la tragedia de Love Canal
fue sólo la primera de una larga lista de catástrofes similares que se revelarán seguramente en los próximos años y que afectarán seriamente la salud de millones de norteamericanos. En 1979 el Ministerio de Protección Ambiental de los EEUU estimó que había más de 50.000 lugares conocidos donde se almacenaban o se enterraban materias peligrosas, y que menos del 7 por ciento de estas materias han sido destruidas debidamente2.
del crecimiento tecnológico y económico. Obsesionados por la expansión, por el incremento de las ganancias y por el aumento de la «productividad», los Estados Unidos y otros países industrializados han creado una sociedad de consumidores competitivos a quienes se les ha inducido a comprar, usar y tirar cada vez más productos de utilidad marginal. Para producir estos productos —suplementos alimenticios, fibras sintéticas, plásticos, fármacos y pesticidas, por ejemplo— se creó una serie de tecnologías que requerían un uso intensivo de los recursos naturales, en su mayoría dependientes en gran parte de los productos químicos complejos; y con el incremento de la producción y del consumo, también aumentaron los desechos químicos, que son la consecuencia inevitable de estos procesos industriales. Los Estados Unidos producen cada año un millar de compuestos químicos nuevos, y muchos de ellos son más complejos que sus predecesores y más ajenos al organismo humano; por otra parte, la cantidad de desechos peligrosos acumulados cada año ha aumentado de diez a treinta y cinco millones de toneladas en los últimos diez años.
Mientras el consumo y la producción seguían este ritmo acelerado y frenético, no se crearon tecnologías adecuadas para resolver el problema de los residuos superfluos. El motivo de este descuido era muy simple: mientras que la producción de bienes de consumo superfluos era altamente rentable para los industriales, el necesario tratamiento y recuperación de los residuos no les traía beneficio alguno. Durante muchas décadas, la industria química vertía sus desechos en la tierra sin preocuparse de las consecuencias, y esta práctica irresponsable ha tenido como consecuencia la aparición de miles de vertederos químicos peligrosos, «bombas de relojería tóxicas» que probablemente se conviertan en la más grave amenaza ambiental de los años ochenta.
Enfrentada con las siniestras consecuencias de sus métodos de producción, la industria química ha dado la respuesta típica de todas las empresas. Como demostró Brown caso por caso, las industrias quí- micas han tratado de ocultar los peligros de sus procesos de producción y de los desechos químicos engendrados por estos procesos; también han disimulado los accidentes y han ejercido presión sobre los políticos para evitar una investigación minuciosa de los hechos. Pero gracias en parte a la tragedia de Love Canal, la conciencia del público ha aumentado radicalmente. Mientras los industriales proclaman en sus astutas campañas de publicidad que la vida sería imposible sin los productos químicos, un número cada vez mayor de personas están tomando conciencia de que la industria química destruye la vida en vez de mantenerla. Cabe esperar que la opinión pública ejerza cada vez más presión sobre la industria, obligándola a crear tecnologías adecuadas para tratar y recuperar los desechos, como ya se está haciendo en varios países europeos. A la larga, los problemas generados por los desechos químicos sólo podrán resolverse si se logra reducir al mínimo la producción de substancias peligrosas, lo que supone un cambio radical en nuestras actitudes como productores y como consumidores.
El consumo excesivo y el fuerte énfasis que ponemos en la alta tecnología no sólo crean cantidades masivas de desechos, sino que también requieren enormes cantidades de energía. La energía no renovable derivada de los combustibles orgánicos impulsa la mayoría de nuestros procesos de producción, y con el agotamiento de esos recursos naturales la energía misma se ha convertido en un recurso escaso y caro. En sus tentativas de mantener e incluso aumentar actuales niveles de producción, los países industrializados han explotado ferozmente los recursos de combustible orgánico disponibles. Estos procesos utilizados para la producción de energía pueden ocasionar trastornos ecológicos sin precedentes y muchísimo sufri- miento humano.
El uso exorbitante del petróleo ha tenido como consecuencia un enorme tráfico de petroleros que con frecuencia suelen chocar, vertiendo enormes cantidades de petróleo en los mares. Estos derrames de petróleo no sólo han contaminado las más hermosas costas y playas de Europa, sino que también han alterado gravemente los ciclos alimentarios marinos, creando así peligros ecológicos sobre los que aún sabemos muy poco. La producción de electricidad a partir del carbón es aún más peligrosa y más contaminante que la producción de energía con petróleo. La minería subterránea perjudica gravemente la salud de los mineros, y la explotación de minas a cielo abierto trae consecuencias muy evidentes para el ambiente, pues las minas suelen abandonarse una vez agotado el carbón, dejando atrás inmensas zonas de terrenos devastados. El peor daño de todos, tanto para el medio ambiente como para la salud humana, es el resultado de la combustión del carbón. Las fábricas que utilizan este procedimiento emiten grandes cantidades de humo, cenizas, gases y varios compuestos orgánicos, muchos de ellos tóxicos o carcinógenos. El más peligroso de estos gases es el anhídrido sulfúrico que puede perjudicar seriamente
los pulmones. Otro contaminante liberado por la combustión del carbón es el monóxido de nitrógeno, que es también el principal ingrediente de la contaminación producida por los automóviles. Una sola fábrica puede emitir la misma cantidad de monóxido de nitrógeno que varios centenares de miles de automóviles.
Los anhídridos sulfúricos y nítricos liberados por las fábricas alimentadas de carbón no sólo son peligrosos para la salud de las personas que viven en las cercanías de la fábrica, sino que además generan una de las formas más insidiosas y completamente invisibles de la contaminación del aire: la lluvia ácida3.
Los gases que emanan de las centrales eléctricas se mezclan con el oxígeno y el vapor de agua presentes en la atmósfera y, a través de una serie de reacciones químicas, se convierten en ácido sulfúrico y en ácido nítrico. Estos gases son transportados por el aire hasta ciertos puntos de la atmósfera donde se acumulan para luego descender sobre la tierra en forma de lluvia o de nieve ácida. La parte oriental de Nueva Inglaterra, las provincias orientales del Canadá y el sur de Escandinavia están muy afectados por este tipo de contaminación. Cuando la lluvia ácida cae en un lago mata peces, insectos, plantas y otras formas de vida; los lagos acaban por desaparecer completamente a causa de una acidez que ya no pueden neutralizar. Miles de lagos escandinavos y canadienses han desaparecido o están en vías de hacerlo; redes enteras de vida cuya evolución duró miles de años están desapareciendo a gran velocidad.
Como siempre, en el centro del problema se halla la falta de una perspectiva ecológica y la codicia de las empresas. Ya se han inventado varias tecnologías para reducir los agentes contaminantes que provocan la lluvia ácida, pero las industrias propietarias de las centrales termoeléctricas se oponen enérgicamente a una reglamentación del ambiente y tienen suficiente poder político para impedir controles severos. En los Estados Unidos, las empresas de servicios públicos han obligado al Ministerio de Protección Ambiental a suavizar las normas sobre los niveles de emisión de las centrales termoeléctricas en el Midwest; estas fábricas siguen soltando grandes cantidades de substancias contaminantes que son transportadas por el viento y que serán en 1990 el origen del 80 por ciento de las emisiones sulfúricas en los Estados Unidos. Estas acciones se basan en el mismo comportamiento irresponsable que ocasiona los peligros de los desechos químicos. En vez de neutralizar los residuos contaminantes, las industrias los vierten simplemente en otra parte, sin importarles que en un ecosistema finito no existe lugar alguno que sea «otra parte».
En los años setenta, el mundo se dio cuenta de la gran escasez de combustibles orgánicos y, con la inminencia del inevitable agotamiento de estas fuentes convencionales de energía, los principales países industrializados se embarcaron en una enérgica campaña a favor de la energía nuclear como fuente de energía alternativa. La polémica sobre cómo resolver la crisis energética se suele centrar en las costas y riesgos de la energía nuclear con respecto a los de la producción de energía con petróleo, carbón y aceite esquistoso. El razonamiento de los economistas al servicio del gobierno y de las grandes empresas, que coincide con las propuestas de otros representantes de la industria energética, suele caracterizarse por dos tipos de prejuicios; en primer lugar, la energía solar —la única fuente de energía abundante, renovable, de precio estable y que no perjudica al medio ambiente— es considerada «antieconómica» o «aún no fac- tible» pese a la gran cantidad de pruebas que indican lo contrario y en segundo lugar, la necesidad de más energía, que es algo que se acepta incondicionalmente.
Cualquier discusión realista sobre la «crisis energética» tiene que partir de una perspectiva mucho más amplia, una perspectiva que tenga en cuenta las raíces de la actual escasez de energía y sus conexiones con los otros problemas críticos con los que hoy nos enfrentamos. Tal perspectiva pondría en evidencia algo que a primera vista puede parecer una paradoja: lo que necesitamos para resolver la crisis energética no es más energía, sino menos energía. Nuestras crecientes necesidades de energía reflejan la expansión general de nuestros sistemas económicos y tecnológicos; su causa radica en los modelos de crecimiento no diferenciado que agotan nuestros recursos naturales y contribuyen en gran medida a los numerosos sínto- mas de malestar individual y social. Por consiguiente, la energía es un importante parámetro del equilibrio social y ecológico. En nuestra situación actual, extremadamente desequilibrada, más energía no resolvería nuestros problemas, sino que, por el contrario, los empeoraría. No sólo aceleraría el agotamiento de nuestros minerales y metales, de nuestros bosques y de nuestras reservas ícticas, sino que también acarrearía más contaminación, más envenenamientos químicos, más injusticia social, más cáncer y más delictividad. Para superar nuestra polifacética crisis no necesitamos más energía, sino una profunda modificación de nuestros valores, actitudes y modos de vida.
Una vez entendidos estos hechos básicos, se vuelve evidente que el uso de la energía nuclear como fuente de energía es una locura total. En el campo ecológico, supera con mucho el impacto de la producción en gran escala de energía a partir del carbón, ya de suyo devastador, en varios órdenes de magnitud, amenazando con envenenar nuestro ambiente por miles de años y, además, con extinguir toda la especie humana. La energía nuclear representa el caso más extremo de una tecnología que se les ha escapado de las manos a sus creadores, impulsada por una obsesión por la autoafirmación y el control que ha alcanzado un nivel altamente patológico.
Al describir la energía nuclear en estos términos, me estoy refiriendo tanto a las armas nucleares como a los reactores nucleares. Una propiedad intrínseca de la tecnología nuclear es la imposibilidad de separar estas dos aplicaciones. El término mismo, nuclear power tiene dos significados vinculados entre sí. El término «power» (potencia, energía) no sólo tiene el significado técnico de «fuente de energía» sino también es sinónimo de «posesión del control o influencia sobre los demás». En el caso de la energía nuclear, estos dos tipos de energías van inextricablemente ligados y ambos representan la mayor amenaza actual para nuestra supervivencia y nuestro bienestar4.
En las dos últimas décadas, el Ministerio de Defensa de los Estados Unidos y la industria militar han logrado crear una suerte de histeria colectiva sobre la defensa nacional con objeto de recibir cada vez más fondos para sus gastos militares. Con este fin, los analistas militares han perpetuado el mito de una carrera armamentista en la que los soviéticos aventajan a los norteamericanos. En la realidad, los Estados Unidos han llevado la delantera a la Unión Soviética en esta carrera de locos desde el comienzo. Daniel Ellsberg ha demostrado de manera convincente, publicando información de difusión secreta, que los militares norteamericanos conocían perfectamente su superioridad sobre los soviéticos en lo referente a armamento nuclear en las décadas de los años cincuenta y sesenta5. Los planes norteamericanos, basándose en esta
superioridad, contemplaron la posibilidad de lanzar el primer misil nuclear —en otras palabras, de iniciar una guerra nuclear— y varios presidentes de los Estados Unidos amenazaron explícitamente con el uso de estas armas, algo que se ha mantenido en secreto para el público.
Mientras tanto, la Unión Soviética también ha construido una masiva fuerza nuclear, y en la actualidad el Pentágono está tratando nuevamente de lavarles el cerebro a los norteamericanos y hacerles creer que los rusos llevan ventaja. En realidad hay un equilibrio de fuerzas: decir que hay equivalencia de armamentos describiría exactamente la situación actual. El motivo por el que el Pentágono está tratando de tergiversar la verdad es porque quiere que los militares norteamericanos obtengan otra vez la superioridad que tuvieron entre 1945 y 1965, lo que permitiría a los Estados Unidos proferir las mismas amenazas nucleares que hacían en aquellos tiempos.
Oficialmente, la política nuclear norteamericana se basa en la disuasión, pero si examinamos más atentamente el actual arsenal nuclear de los Estados Unidos y las nuevas armas que se están proyectando veremos que los planes del Pentágono no tienden de ninguna manera a la disuasión. Su único objetivo es asestar el primer golpe nuclear a la Unión Soviética. Para tener una idea de la fuerza de disuasión norteamericana basta pensar en los submarinos nucleares. En palabras del presidente Jimmy Carter: «Sólo uno de nuestros prácticamente invulnerables submarinos Poseidón, —cuyo número es menos del 2 por ciento de toda nuestra fuerza nuclear compuesta de submarinos, aviones y misiles de base a tierra— tiene suficientes cabezas atómicas para destruir todas las grandes ciudades de la Unión Soviética. Nuestra fuerza de disuasión es abrumadora»6 Entre veinte y treinta de estos submarinos están siempre en el mar,
donde son prácticamente indestructibles. Aun si la Unión Soviética mandase todas sus armas nucleares en contra de los Estado Unidos, no podría destruir un solo submarino norteamericano: y cada submarino puede amenazar a todas sus grandes ciudades. Por consiguiente, los Estados Unidos siempre tendrán el poder para destruir cada ciudad rusa veinte o treinta veces. Teniendo en cuenta estas circunstancias, está clarísimo que el actual incremento de armamentos no tiene nada que ver con la disuasión.
En la actualidad, los proyectistas militares norteamericanos están desarrollando armas de alta precisión, como los nuevos misiles Cruise y MX, que pueden alcanzar su objetivo con la máxima pre- cisión desde una distancia de unos 9654 kilómetros. El objetivo de estas armas es la destrucción de un misil enemigo en su silo de almacenamiento antes de que sea lanzado; en otras palabras, se trata de armas