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2.4 Movement data analysis and context data

2.4.3 Context-aware analysis of movement data

Puede hablarse, al inicio, de un regreso moderado. Esta vuelta discreta a la Palabra comienza a darse con León XIII y su encíclica Providentissimus Deus (1893). El Papa declaró como una gran aspiración, que ya se presentía dentro de la Iglesia:

Es muy de desear y necesario que el uso de la divina Escritura influya en toda la ciencia teológica y sea como su alma.

Todo movimiento suele brotar de las raíces vigorosas del pueblo, animado por la presencia del Espíritu Santo. Surgen a comienzos del siglo XX brotes nuevos de amor por la Biblia y la liturgia. Ambos van de la mano. Nos limitamos a consignar las fechas de estas efemérides. En Italia en 1902; por los años 30 en Alemania aparece la «Katolische Bibelwerk» de Stuttgart. Después siguen Brasil, Polonia, Portugal...

Debemos describir, aunque sólo en bosquejo de rasgos generales, cómo resurgió en España el estudio y la lectura de la Biblia40. El movimiento bíblico español arranca decisivamente en los años 1923-1936. La guerra civil supone en esta marcha imparable un lamentable paréntesis. En el año 1923 tiene lugar el «IX Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», en Salamanca. Con motivo de este encuentro, también se dan cita ocho biblistas españoles que dialogan sobre el triste panorama de los estudios bíblicos en España y cómo poner remedio a esta penuria. Aparecen ya unos nombres señalados que serán protagonistas del cambio: E. Nácar, A. Colunga, J. M. Bover, F. Barbado Viejo. La reunión dará sus frutos. Dos años más tarde, en 1925, se constituye la «Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos» en España, con la finalidad de promover tanto la investigación como la divulgación bíblicas, en especial la lectura de los evangelios. Otras iniciativas fueron la creación de la revista

Estudios Bíblicos y la celebración anual de Semanas Bíblicas, que sólo pudieron

celebrarse unos años más tarde, en 1940.

39 L. Alonso Schökel, El hombre de hoy ante la Biblia, Barcelona 1959, 23.

40 Véase el estudio claro y sistemático de A. Rodríguez Carmona, La Biblia en España (1950-2000). Reflexiones

de un testigo, en La Biblia en España (ed. F. Contreras). Libro-Homenaje a A. Rodríguez Carmona, Estella 2006,

23-69. Se pueden también consultar otros trabajos anteriores: L. Arnaldich, Los estudios bíblicos en España,

desde el año 1900 al año 1955, Madrid 1957; J. Sánchez Bosh-A. Cruells Viñas, La Biblia en el libro español,

Se añaden otros nombres que trabajan incansablemente en favor de la Biblia. Podemos recordarlos como agradecido homenaje a su memoria. Pasamos lista de sus nombres gloriosos. Al final de los años 20: Ausejo, Ayuso, Celada, A. Fernéndez, I. Gomá (futuro cardenal de Toledo), Herranz, Prado, Del Páramo, Urbach. En la década de los treinta: Balaguer, Criado, Leal, Rábanos, Turrado, Vidal. En la década de los cuarenta: Alonso, Asensio, Gomá jr., González Ruiz, Ibáñez Arana, Iglesias, Lamadrid, Martín Nieto, Muñoz Iglesias, Oñate, Pérez Rodríguez, Jubero, Vilar, Villapadierna...

Aparecen los primeros frutos: las dos primeras versiones de la Biblia realizadas a partir de los textos originales del hebreo y griego: Nácar-Colunga (1944) y Bover-Cantera (1947), y una edición de la Vulgata por Colunga y Turrado (1946). Con la publicación de la encíclica Divino Afflante Spiritu, en 1943, del papa Pío XII, se da un incremento y nuevo vigor a la Biblia en España; se dejan los recelos antimodernistas. La Biblia se convierte venturosamente en objeto privilegiado de estudio exegético, y, sobre todo, en libro, no escondido en el oscuro baúl de la historia y sus malentendidos, sino abierto a la luz del día y destinado a alimentar la fe de nuestro pueblo41.

41 Un libro, pequeño pero precioso, trata sobre la historia de la Biblia en España: J. M. Sánchez Caro, La

aventura de leer la Biblia en España (Salamanca 2000). Con cautivador estilo narra desde los inicios, desde

cómo se empezó a leer la Biblia, pasando por las pizarras escolares y los códices... atravesando las prohibiciones y la gran noche bíblica..., hasta llegar a la actualidad, hasta el presente día de esplendor bíblico que hoy se goza en España. Unas palabras conclusivas del libro nos ayudan a contemplar la pa

A manera de panorámica histórica, resulta muy iluminador el juicio ponderado del gran biblista N. Lohfink. Produce admiración que cite, como causa entre otras de este despertar bíblico, el fermento escondido de alguien que nunca salió de los muros de su convento de Lisieux:

Si se pregunta uno cómo empezó el movimiento bíblico, hay que conceder que los comienzos son bastantes oscuros. Nadie los conoce a fondo. Sin duda, el Espíritu Santo actuaba en todo. Y fue preparando lo que más tarde aceptaría toda la Iglesia por medio del Concilio. En este contexto quizás habría que mencionar el nombre de santa Teresa del Niño Jesús, enormemente venerada en la primera mitad de nuestro siglo, y cuya existencia se alimentó originariamente del contacto directo con la Palabra de la Escritura. Es posible que su devoción encontrase obstáculos y la influencia viniese por el movimiento litúrgico. No lo sabemos. En todo caso, podemos decir que el Concilio ha recogido lo que fue creciendo carismáticamente, desde abajo y desde el interior, en la Iglesia viva, y que hizo oficial lo que ya ardía y vivía en muchos corazones42.

En los años siguientes se dieron pasos decisivos para acelerar el encuentro de los creyentes católicos con la Palabra. Hay que señalar la encíclica de Benedicto XV,

Spiritus Paraclitus (1920). Dirige una ardorosa invitación a leer la Biblia. Se erige como

modelo a san Jerónimo.

Ha sido, sobre todo, la encíclica Divino afflante Spiritu de Pío XII (1943) la «carta magna» de la renovación bíblica. Se admiten, por fin, los métodos histórico-críticos. Se reconoce que ha crecido y se ha propagado el admirable movimiento bíblico en nuestros días. Se encuentra incluso una discreta alusión a la lectio divina:

claro en esta historia aventurada, en esta aventura histórica es que la Biblia ha sido siempre leída sobre todo con los oídos, es decir, ha sido escuchada en la asamblea litúrgica. Tal es la lectura creativa, capaz de engendrar la fe en el creyente, pues ya dijo el Apóstol que la fe entra por el oído. Pero capaz también de fecundar con ricas sugerencias nuevas la lengua del hablante, de hacerse sonora y sugerente en la canción del coro litúrgico, sencilla, confiada y sobria en la plegaria del orante (p. 65).

42 N. Lohfink, Exégesis bíblica y teología. La exégesis bíblica en evolución, Salamanca 1969, 23.

Procuren con todo empeño que en las familias cristianas se haga regularmente cada día, con piedad y devoción, la lectio de las divinas Escrituras.

Sólo más tarde, sí se confirma un retorno efectivo a la Palabra. La definitiva vuelta a la Biblia y a la práctica de la lectio divina han acontecido en nuestros días, merced, sobre todo, a la celebración del Concilio Vaticano II, que ha representado una verdadera gracia de Dios para nuestro tiempo. El Espíritu, que conduce providencial y sabiamente a la Iglesia, no ha permitido que esta práctica de la lectio divina quedase relegada en el polvo del olvido.

El Concilio Vaticano II la ha recomendado de manera explícita:

Es necesario que todos conserven un contacto continuo con la Sagrada Escritura a través de la lectio sagrada..., a través de una meditación atenta y que recuerden que la lectura debe ir acompañada de la oración (Dei Verbum, 25).

La Iglesia reconoce su valor permanente, privilegia su práctica. La finalidad de la

lectio divina es suscitar y alimentar un «amor efectivo y constante a la Sagrada

Escritura, fuente de vida interior y de fecundidad apostólica, favorecer también una mejor comprensión de la liturgia y asegurar a la Biblia un lugar más importante en los estudios teológicos y en la oración»43.

Ya hemos visto en el capítulo precedente las numerosas y cálidas muestras de incitación a la lectura de la Palabra de Dios, emanadas de los documentos oficiales de la Iglesia y de la voz de nuestros pastores.