4.3 Analysis of interactions
5.1.1 Datasets
Jesús se hace el encontradizo, se acerca y pregunta. Los dos primeros versos (13-14) tienen la función literaria de una puesta en escena: sitúan a los personajes –dos de ellos–, describen la geografía –se van de Jerusalén–, e insinúan su semblanza interior
–conversan con sentimiento de las cosas ocurridas–.
Hay un perceptible deje de ironía en Lucas, al poner en boca de Cleofás esta expresión de extrañeza: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén y no sabes las cosas que estos días han pasado?» (v. 17). Respondiendo al manifiesto interés de Jesús, Cleofás relata su confesión (19-24). Algo llama la atención en este breve credo: la construcción de un ritmo binario, que se mantiene de forma insistente. Se trata del fenómeno lingüístico-didáctico que puede designarse como la monotonía de la recitación. Pueden ser destacadas las parejas literarias, que van progresivamente ilustrando y ensamblando la noticia más completa sobre la persona de Jesús:
hombre / profeta
JESÚS poderoso en obras / y en palabras NAZARENO: delante de Dios / y de todo el pueblo
nuestros sumos sacerdotes / y magistrados le condenaron a muerte / y le crucificaron. Esta parte del relato parece detenerse en la tarde de la pasión
–el viernes santo–, prescinde de los acontecimientos ocurridos en la mañana del domingo. Pero un examen más atento descubre que el fragmento se encuentra entretejido con algunas palabras esenciales del kerygma apostólico: Jesús Nazareno (cf. Hch 2,22; 4,10)... profeta (cf. Lc 7,16; Hch 3,22; 7,37)... poderoso en obras y palabras (cf. Hch 2,22)... nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron (cf. Lc 24,7; Hch 2,36; 4,10).
crisis personales e institucionales, todos los desalientos y amarguras del discípulo, del evangelizador en su tarea de oyente y testigo de la Palabra. ¿Por qué Dios no viene en nuestra ayuda con su poder, por qué no vemos fruto en nuestra acción misionera, por qué la gente se muestra tibia e indiferente?
Evidentemente tales alusiones refieren el recuerdo de unos acontecimientos, verificados hace poco tiempo; pero están faltos de la explícita designación de la resurrección, que da luz a todas las afirmaciones anteriores, transformándolas por entero. Sin embargo, sí aparece la mención del tercer día de la semana, que abre a la esperanza; mas los discípulos viven una ilusión marchita, y ya están, en el cabal sentido de la expresión, «de vuelta» y no sólo de Jerusalén.
Relatan algunas cosas inconexas, palabras de unas mujeres, la visión de los ángeles, mencionan a Pedro, que vio unas vendas en el sepulcro... Su parlamento, no obstante, carece de la fortaleza de una cadena de testimonios de fe, se convierte en la diluida despersonalización de unas cosas que no se creen.
Las noticias de las mujeres, que fueron al sepulcro, y sus palabras, se pierden en una serie de dichos interminables. Así sucede la cadencia sonora del relato, utilizando fielmente los mismos verbos del texto. Por tres veces consecutivas se hace alusión a un decir, cada vez con menos entereza y que al cabo se va apagando como la voz de algunos ángeles: Cleofás «dice» que unas mujeres han venido «diciendo» que vieron a algunos ángeles que «decían» que él estaba vivo... Pero la constatación rotunda se impone: a él no le vieron. Tan amarga decepción será superada sólo al final, cuando lo reconozcan presente en la fracción del pan. Ha dicho Cleofás que está vivo, pero con un rostro resignado, casi con pesadumbre; falta la convicción personal de la fe.
La enseñanza de Jesús es sencilla, pero muy eficaz. ¿Cómo va a cambiar Jesús el corazón torpe y endurecido de los discípulos? ¡Jesús realiza en presencia de sus discípulos un ejercicio de lectio divina! Acude a la misma Palabra que ellos antes habían proclamado. Pero ahora no recurre a la mera repetición. Lee e interpreta toda la Biblia entendida desde una clave única. Esa clave es él mismo.
La tristeza permanece hasta que Jesús les habla, abriéndoles el sentido de las Escrituras. Empieza con un reproche –como cuando en su vida histórica echaba en cara a sus discípulos su falta de fe, «su pequeña fe» designándoles con una palabra característica: oligopistoi (Mt 6,30; 8,26; 14,31; 16,8; Lc 12,28)–: «¡Oh insensatos y duros de corazón para creer...!» (v. 26). Les recuerda las Escrituras, mostrándoles que se cumplen perfectamente en su propia persona. Ya él había anunciado a los discípulos su destino, sin que lo comprendieran (Lc 9,22.44-45; 18,31-34). Los profetas también habían hablado de la muerte y sufrimiento de Cristo (cf. Lc 18,31), como él mismo les apunta (v. 26).
¡Recapitulamos! Jesús hace una lectio divina de las Escrituras a los dos discípulos. Cristo mismo se convierte en el hermeneuta de la Biblia:
Comenzando por Moisés y continuando por los profetas les fue enseñando, en todas las Escrituras, lo que se refería a él (27). Se destaca el protagonismo de Jesús, acentuado en tres frases propias del evangelista:
• Diermeneusen: interpretación derasica cristiana del Antiguo Testamento. • En pasais tais graphais: la Escritura es considerada como un todo.
• Ta peri eautou: se refiere a Cristo.
Jesús es el intérprete o hermeneuta –mediante el gráfico verbo diermeneusen–, explica las Escrituras desde él. Cristo mismo se erige en el punto de convergencia y de iluminación de toda la Biblia.