5.3 Experiment 3 – Using context data for post-processing of movement
6.1.3 Contextualised pattern discovery and analysis
Nos acercamos a este largo tiempo de preparación. El Concilio afirma que la Iglesia está prefigurada en el Antiguo Testamento (Lumen Gentium, 6).
La Palabra de Dios acompaña todo el proceso de formación y devenir del pueblo. Configura su existencia, que exige una reunión, una ley y una tierra. Recordemos de manera sucinta la presencia de la Palabra de Dios en esta configuración:
• La historia de este pueblo se inicia cuando interviene la Palabra de Dios. Es el mismo Dios quien llama a Abrahán:
Yahveh dijo a Abram: sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu
nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra. Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh (Gn 12,1-5).
El arranque decisivo parte del mismo Dios que habla, tal como señala el texto al inicio del relato bíblico: «Dijo Yahveh» (12,1). El pasaje sigue insistiendo en el protagonismo del Señor, mediante el empleo repetido de los verbos en primera persona: «te mostraré, haré, bendeciré, engrandeceré...». Es la Palabra del Señor la ejecutora de esta bendición. Todos los pueblos serán benditos (la palabra hebrea mispehot significa linajes, pueblos, razas). La bendición a Abrahán, «padre de una multitud de pueblos», posee alcance universal2.
• Dios libera a su pueblo oprimido mediante su palabra dada a su siervo Moisés
El Señor ve la miseria de su pueblo y escucha su clamor. Va a liberarlo. Pero pide la colaboración de Moisés. Éste se excusa una y otra vez. Nunca un relato de vocación en la Biblia tuvo tantas negativas por parte del llamado, como las que levanta la desconfianza de Moisés. Al fin, tras muchas rogativas, se decide. Pero Moisés no hablará desde sí, sino de parte del Señor: será su portavoz. Resulta magistral este verso para apreciar la labor, siempre delegada, del que es enviado de Dios: «Anda, vete, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir» (Éx 4,12).
• La Palabra de Dios reúne al pueblo en el Sinaí, le da una ley y forja una alianza
Hasta ahora el pueblo era una masa de hombres, mujeres y niños, peregrinando por el desierto. No poseen una ley, carecen de constitución. No tienen conciencia de ser pueblo. Pero Dios va a establecer con ellos una alianza. Su Palabra será su Ley.
Los ha llevado sobre las alas de su providencia y los ha ido atrayendo hacia sí. Los ha sacado de la esclavitud de Egipto y convertido en un pueblo libre. Rescatado de la servidumbre para el servicio a su Señor. El pueblo debe escuchar su voz, y mantenerse fiel a lo estipulado en la alianza. Entonces, será objeto de predilección y propiedad particular entre todos los pueblos: reino de sacerdotes y nación santa. El pueblo, de manera unánime, responde: «Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh. Y Moisés llevó a Yahveh la respuesta del pueblo» (Éx 19,8).
• Dios sigue guiando al pueblo con la voz de los profetas
Rezamos en el credo: «locutus est per prophetas...». A través de los profetas resuena la voz del Señor, que conduce a un pueblo errante, de dura cerviz. Como un compendio de esta actuación conjunta, se destaca la intervención reveladora de Amós: «¿Es que el Señor hace algo, sin comunicarlo a sus siervos los profetas?» (cf. 3,7). La palabra profética descubre la voluntad del Señor en todas las circunstancias, dirige el rumbo de la historia para que no se desvíe y siga siendo historia de salvación.
2 Cf. W. Vogels, Abrahán y su leyenda, Bilbao 1997, 76-79.
• La Palabra de Dios reúne al pueblo tras el destierro
Después del largo exilio todo el pueblo se congrega en la plaza, al aire libre, delante de la puerta del Agua. El escriba Esdras trae el libro de la Ley de Moisés –se rememora con emoción el tiempo del Éxodo–. Esdras lee, y todos están atentos. El pueblo responde con un amén de fidelidad. Así acaba el relato:
Esdras, el sacerdote escriba –y los levitas que explicaban al pueblo– dijeron a todo el pueblo: Este día está consagrado a Yahveh vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis; pues todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Les dijo también: Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza (Neh 8,9-10).
La Palabra del Señor es causa de la alegría, tras la dispersión y el exilio. La lectura de la Torá es un acontecimiento fundante del culto en la sinagoga, recrea al pueblo, como pueblo de Dios. Éste, agradecido, celebra su fe en el Señor mediante una participada liturgia de la Palabra3.
Puede afirmarse que todo el Antiguo Testamento testimonia la existencia de un pueblo, modelado y conducido por la Palabra de Dios. El Espíritu ha inspirado a los autores sagrados para que cuenten esta historia de salvación.
A manera de un resumen recapitulador, recordamos una cita iluminadora del Concilio: Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyó gradualmente manifestándose a sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para sí (Lumen Gentium, 9).
3 Véase un detallado estudio sobre la importancia de esta liturgia pública, centrada en la Palabra, que logra configurar la existencia del nuevo pueblo. C. Balzaretti, Neemia 8: una comunità che legge, en La Scrittura
secondo le Scritture: Parola, Spirito e Vita 43 (2001) 75-88.