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5.3. CASE-STUDY SCHOOL 2: THE MEDIUM PERFORMING SCHOOL

5.3.1. Context and background of the MPS

«Hemos de procurar que, en todas las actividades intelectuales, haya personas rectas, de auténtica conciencia cristiana, de vida coherente, que empleen las armas de la ciencia en servicio de la humanidad y de la Iglesia. Porque nunca faltarán en el mundo, como ocurrió cuando Jesús vino a la tierra, nuevos Herodes que intenten aprovechar los conocimientos científicos, incluso falseándolos, para perseguir a Cristo y a los que son de Cristo. ¡Qué gran labor tenemos por delante!».

Era este un gran ideal de san Josemaría: el apostolado de la inteligencia, llevar a Cristo a los hombres de ciencias, de letras o del arte, los intelectuales.

Ciertamente, en la visión fundacional había personas de toda clase. Y los primeros que lo siguieron eran muy variados: estudiantes, obreros, artistas… Siempre dijo: «De cien almas, nos interesan las cien». La realidad del Opus Dei, cuyos fieles pertenecen a las más diversas culturas, razas, profesionesy categorías sociales, constituye una prueba elocuente de ese criterio del fundador.

«Donde una persona honrada puede vivir, ahí encontraremos aire para respirar. Ahí debemos estar con nuestra alegría, con nuestra paz interior, con nuestro afán de llevar las almas a Cristo. ¿En qué sitios? ¿Donde están los intelectuales? Donde están los intelectuales. ¿Donde están los que trabajan en cosas manuales? Donde están los que trabajan en cosas manuales. ¿Y de estas tareas cuál es la mejor? Os diré como otras veces: tiene más categoría aquel trabajo que se hace con más amor de Dios. Vosotros, cuando trabajáis y ayudáis a vuestro amigo, a vuestro colega, a vuestro vecino de modo que no lo note, lo estáis curando; sois Cristo que sana, sois Cristo que convive».

No se le escapaba, sin embargo, la especial influencia que ejercen en una sociedad los intelectuales, aquellos que hacen la cultura. Tal vez no son las personas más mediáticas o famosas, pero sí las más incisivas. Las comparaba con las nieves de las montañas: quizás están lejos y no se ven, pero de allá arriba bajan las aguas que hacen fructificar los valles. Inmejorables instrumentos, pues, para la cristianización de las realidades temporales y de la entera sociedad.

Desde sus primeros estudios de Derecho en Zaragoza, san Josemaría nunca dejó de estar en contacto con la universidad. Animó a muchos jóvenes a emprender la carrera universitaria. Exigió a todos un estudio serio y profundo en el campo de su especialidad e igual seriedad en el estudio de la religión. Como se ha visto, en 1948, cuando el espacio vital en el Pensionato era menor del mínimo necesario y los medios de subsistencia rondaban el nivel cero, creó el Colegio Romano de la Santa Cruz para la formación de los numerarios, en particular de los que se orienten hacia la ordenación sacerdotal. Y el 12 de diciembre de 1953 erigió el Colegio Romano de Santa María, un instrumento análogo para las numerarias, sobre todo para las dedicadas a la educación y a la

formación, que allí asistirían a cursos de pedagogía, psicología, filosofía y teología. Fue la primera vez en la Iglesia que las mujeres laicas estudiaban teología con una hondura semejante a la de los seminarios o facultades pontificias. Y esto no hizo más que crecer a lo largo de los años, con las sucesivas revisiones del plan de estudios.

En 1952, después de adobar la iniciativa con mucha oración, fundó la Universidad de Navarra, en Pamplona. La concibió como un centro de irradiación del empeño por fecundar la ciencia y la cultura con la luz de la fe.

«Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema. Si el mundo ha salido de las manos de Dios, si Él ha creado al hombre a su imagen y semejanza, y le ha dado una chispa de su luz, el trabajo de la inteligencia debe — aunque sea con un duro trabajo— desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen todas las cosas; y con la luz de la fe, percibimos también su sentido sobrenatural, el que resulta de nuestra elevación al orden de la gracia. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad».

La Universidad de Navarra se erigió formalmente en 1960. Logró un creciente prestigio y comenzó a participar activamente en la investigación, además de formar cuidadosamente a sus alumnos. En 1967, monseñor Escrivá celebró una Misa en el campus para toda la universidad. Se ha hecho justamente célebre la homilía, en la que trazó el panorama de la santificación en las realidades temporales. En la misma ocasión explicó también la naturaleza y el significado de ese tipo de iniciativas puestas en marcha por la Obra:

«Las obras, que —en cuanto asociación— promueve el Opus Dei, tienen esas características eminentemente seculares: no son obras eclesiásticas. No gozan de ninguna representación oficial de la Sagrada Jerarquía de la Iglesia. Son obras de promoción humana, cultural, social, realizadas por ciudadanos, que procuran iluminarlas con las luces del Evangelio y caldearlas con el amor de Cristo».

Con su aliento se fundó también en 1969 la Universidad de Piura, en Perú. Más tarde surgirían otras instituciones universitarias en diferentes países del mundo, para promover una siembra duradera de cultura iluminada por la luz del Evangelio.

Simultáneamente, san Josemaría impulsó la creación de colegios, en los que se armonizara la formación intelectual con la espiritual, conforme a un sistema personalizado que mira al desarrollo de las virtudes del alumno. En esos colegios, los padres desempeñan un papel importantísimo, pues ejercen en concreto su misión de primeros educadores. El modelo representó en su día una novedad pedagógica y se extendió rápidamente por los cinco continentes.

El pionero fue el Colegio Gaztelueta, a pocos kilómetros de Bilbao, en 1951. Cuando un grupo de familias pidieron al Padre la creación de un colegio dirigido por personas del Opus Dei, la respuesta fue: «Es cosa vuestra: si vosotros ponéis el colegio, nosotros nos haremos cargo de él».

La idea de la responsabilidad de los padres en la promoción de centros educativos evolucionaba así hacia una mayor autonomía: los padres —verdaderos propietarios— los harían nacer, construir, los sostendrían y gestionarían con la fórmula jurídica más oportuna (asociación, cooperativa, etc., según los países), mientras que la Obra proveería a cuidar los aspectos de formación espiritual; por ejemplo, facilitando los capellanes. Un sistema elástico que ha permitido el nacimiento de centros educativos en todo el mundo: de Washington a Nagasaki, de Dublín a Nairobi.

El Padre no tenía métodos educativos que sugerir —también en esto, ¡viva la libertad! —, pero proporcionaba criterios generales del estilo cristiano en la educación, que constituían una aplicación del espíritu de la Obra.

«Hacedlos leales, sinceros, que no tengan miedo de deciros las cosas. Para eso, sé tú leal con ellos, trátalos como si fueran personas mayores, acomodándote a sus necesidades y a sus circunstancias de edad y de carácter. Sé amigo suyo, sé bueno y noble con ellos, sé sincero y sencillo».

He aquí el estilo del profesor, del educador, que san Josemaría soñaba. Y, como siempre, miraba lejos: «El error no sólo oscurece la inteligencia, sino que divide las voluntades. […] Cuando los hombres se acostumbren a proclamar y a oír la verdad, habrá más comprensión en esta tierra nuestra». Con el mismo espíritu nacieron en diversas partes del mundo escuelas agrarias para la formación de campesinos, centros de formación profesional, escuelas para el desarrollo de la mujer, dispensarios médicos, clínicas…

Don José Luis Múzquiz ya ha salido mencionado más arriba. Un estudiante de Ingeniería que participaba en los encuentros con don Josemaría ya en los años 1933- 1935, que luego fue uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei y un formidable adalid de la expansión de la Obra en el mundo al servicio de la Iglesia. Él recordaba que en 1935 el Padre le transmitió el ideal de un apostolado universal, que contrastaba netamente con las reducidas dimensiones de la Obra en esos momentos y, más aún, con sus limitadas posibilidades de acción, debido tanto a la carencia de medios y de personas como al agresivo clima anticristiano. Don Josemaría le explicó que los muchachos que veía en la Academia DYA estudiaban idiomas para poder trasladarse a otros países llevando su ideal. José Luis se convenció al ver la fe del fundador y le preguntó directamente:

«Padre, ¿qué idioma quiere que aprenda?».

«Mira, hay algunos que estudian alemán, japonés… Pero no hay nadie que estudie el ruso. Si quieres, podrías estudiar ruso…».

La insólita audacia de aquel hombre llevó a José Luis a una librería, en la que efectivamente compró una gramática rusa.

No era un sueño quimérico que, en la primavera de 1936, el Padre anunciara a los suyos la inminente apertura de un Centro de la Obra en Valencia y otro en París. La guerra civil estalló exactamente el día en que iba a firmarse el contrato de alquiler de una casa en Valencia. Y, naturalmente, frenó también el proyecto parisino.

Sin embargo, una vez terminada la guerra, la ansiada expansión se produjo a toda velocidad. En España, eso sí, porque el resto de Europa estaba metido de lleno en una guerra aún más dramática. Varios focos de ignición del ideal apostólico se encendieron en las principales ciudades universitarias: Valladolid, Valencia, Zaragoza, Barcelona.

Al acabar la guerra civil componían la Obra, además del fundador, una docena de hombres, todos jóvenes y casi todos aún estudiantes, y una mujer. El Padre enviaba a sus hijos de dos en dos a los nuevos “puntos de ignición”. Viajaban de noche, para estar allí el domingo y volver a su trabajo en Madrid el lunes por la mañana. Teodoro Ruiz, que en 1940 estudiaba en Valladolid, ha dejado escritos sus recuerdos de aquellos viajes. Un colega suyo de universidad le habló de unas reuniones con personas que venían de Madrid y en especial de don Josemaría, de quien hizo grandes elogios, y le propuso asistir.

En su momento, el Padre llegó a Valladolid a bordo de un viejo Citroën, junto con Álvaro del Portillo, Paco Botella y Vicente Rodríguez Casado. Como siempre, se instalaron en un hotel y a las cuatro de la tarde se presentaron los estudiantes. El Padre les habló del inmenso panorama de apostolado que tenían por delante y de que la semilla divina estaba en condiciones de transformar la sociedad. Les decía que tenían que ser hombres de oración y, al mismo tiempo, hombres de virtudes humanas, capaces de amistad, de nobleza, de lealtad, sembradores de alegría. Insistía en el trato personal con Jesucristo y no sólo en las prácticas exteriores de piedad, como era habitual. Enseñaba que el estudio era una obligación seria y un medio de ser santos, y que a través del estudio y del trabajo prestarían un auténtico servicio a la sociedad. Y que debían incidir en quienes trataban, con verdadera amistad, animándoles a acercarse al Señor.

El corazón de los muchachos entró en vibración ante aquellos horizontes y, terminada la explicación, se les invitó a pensar concretamente en algún amigo o colega con el que contactar. Salieron varios nombres, que Paco anotó rápidamente, y se les animó a ir a buscarles. Al cabo de un rato, los muchachos volvieron al hotel junto con algunos amigos. Se repitieron las explicaciones, se le invitó a presentar a otros y así se llegó a la tercera oleada. En la habitación ya no cabía materialmente más gente. Eran las diez de la noche. Durante todo ese tiempo, el Padre trataba de hablar personalmente con cada uno, unos pocos minutos. Resultaba lógico que en ese ambiente surgiesen vocaciones, jóvenes que comprendían de modo práctico qué significa hacer apostolado personal de amistad y confidencia, y que esto, en la Obra, podía convertirse en una misión para toda la vida. Y así le ocurrió a Teodoro, que años después se ordenó sacerdote y marchó a iniciar la labor de la Obra en Colombia.

Don José Luis Múzquiz, ya sacerdote, acompañó al fundador en un viaje por varias ciudades andaluzas en la Semana Santa de 1945. De la gira nació la idea de proceder a la apertura de dos nuevos colegios universitarios en Granada y Sevilla. El Padre pudo ver por vez primera la costa africana desde la Punta de Tarifa, en el extremo meridional de la península. Le dio pena pensar en lo poco que aún se conocía a Cristo en el continente africano y habló de cuánto había que trabajar por aquella parte de la viña del Señor.

A finales del verano de 1946, el Padre pidió a don José Luis que emprendiera viajes periódicos y frecuentes a Portugal, para atender espiritualmente a los miembros de la Obra que hacía poco se habían trasladado allí. Y dos años más tarde, el propio don Josemaría se presentó en Portugal acompañado de su viajero hijo. En Coimbra ya estaba en marcha el Centro Montesclaros y acababa de abrirse un colegio universitario en Oporto. En la casa no había más que las paredes, además de un gran reloj, y el Padre se sentó tranquilamente en el suelo junto a sus hijos, a los que supo colmar de entusiasmo por el apostolado que realizarían.

Durante aquel viaje a Portugal, el Padre tenía ya en mente proyectos concretos para América. Don Pedro Casciaro, ordenado sacerdote, iría a México y don José Luis a Estados Unidos, ambos junto con otros miembros de la Obra más jóvenes. Al fundador le costaba ver partir a sus hijos, a los que tenía gran cariño, pero a la par era feliz al ver la siembra evangélica. A los que se iban, con verdadero disgusto suyo, no podía darles más que su bendición y una imagen de la Virgen. No disponía de otros medios, y era muy consciente de que esos hijos suyos conocerían de cerca al principio la pobreza más absoluta. Pero ellos partían felices, llenos de confianza en Dios y sin intención alguna de ser gravosos a la Obra y menos aún al Padre.

La indigencia de los primeros tiempos en Estados Unidos fue total, pero vivida con tanta sencillez que desde Roma no lograban tener una idea precisa. Con todo, apenas se estabilizaron, el Padre les pidió expandirse en Canadá. El Arzobispo de Quebec, mons. Roy, más tarde cardenal, insistía en que la Obra fuera a su diócesis. Allí viajó una vez más don José Luis, a principios de 1957, y se alojó en el palacio arzobispal, donde al prelado le hizo feliz presentarle a otros obispos y sacerdotes. Y justo allí le telefoneó el Padre, para comunicarle que el Cardenal Léger, de Montreal, se empeñaba en que su diócesis debía ser la primera en acoger el Opus Dei en Canadá. Y lo logró, porque les proporcionó una casa junto al campus universitario.

En octubre de 1957, don José Luis viajó a Roma para informar al Padre de esos múltiples comienzos. Y el fundador, sabedor de que podía apoyarse con fuerza en aquel hijo suyo, le pidió que fuera a Japón, donde el Obispo de Osaka, mons. Paul Taguchi, también más tarde cardenal, deseaba que los miembros de la Obra empezaran el apostolado con los universitarios de su diócesis. Taguchi estaba en Roma en esos días, de modo que don Múzquiz pudo hablar directamente con él. El obispo le invitó a hospedarse en su casa, pero precisando: «Me gustaría que usted viniese a mediados de

abril, cuando los cerezos están en flor: obtendrá una impresión más grata del país e informará más favorablemente al fundador, que entonces se dignará enviar un grupo de personas a Japón».

Cuando José Luis se lo contó, el Padre, conociendo su mentalidad de ingeniero, le comentó bromeando: «Me parece que a ti eso de los cerezos no te importa mucho, pero haz el viaje cuando quiera el obispo». Y le rogó que besara en su nombre aquella tierra en la que tantos mártires habían vertido su sangre.

Mons. Taguchi se encargó de aclarar que los mártires fueron, y muchos, no en Osaka, sino en Nagasaki. Y el Padre organizó el viaje a esta ciudad y entregó a don José Luis una carta en la que pedía al obispo que le acogiera en su casa. Tras recalar en Osaka y otras ciudades, llegó a Nagasaki el 1 de mayo de 1958, cumplió inmediatamente el encargo del Padre y se dirigió a la catedral: una iglesia de madera que se salvó de la bomba atómica de 1945. Don Josemaría le había insistido en que encomendara su viaje a Japón a Santa María Stella Maris [Estrella del Mar] y a la imagen de la Virgen de la catedral confió las esperanzas apostólicas en aquel lejano país. El Padre tuvo una alegría poco común cuando recibió carta de don José Luis desde Tokio, en cuyo sobre escribió con su robusta caligrafía: «Primera carta de Japón. Sancta Maria, Stella Maris!».

En otro paso por Roma, el Padre contó a don José Luis que el Arzobispo Yu-Pin — igualmente creado después cardenal— le había visitado junto con otros sacerdotes chinos para manifestarle el deseo de que la Obra fuese a Taiwán, donde él residía y donde había fundado una universidad. Le sugirió que, aprovechando uno de sus viajes a Japón, se detuviese en Formosa para estudiar sobre el terreno las posibilidades de comenzar: una vez puesto en marcha el apostolado en Taiwán, cuando las circunstancias lo permitieran, podría darse el salto a la inmensa China continental. Corría 1961 y en esos momentos no fue posible llevar a buen puerto el proyecto del arzobispo. No obstante, el Padre dio un fuerte impulso al apostolado con chinos en Filipinas y desde Filipinas; en este último caso, especialmente con los residentes en Hong Kong.

Al bueno de don José Luis sólo le faltaba Australia. Y, en efecto, durante el Concilio Vaticano II, en 1962, se entrevistó en Roma con varios obispos australianos para presentarles el Opus Dei. El Cardenal Gilroy, de Sidney, se interesó vivamente y propuso abrir un colegio universitario en su ciudad. Pocos meses después comenzaba la labor de la Obra en Australia.

El 11 de octubre de 1948, durante un viaje a Madrid, el Padre preguntó a los jóvenes del Centro de Estudios quién querría trasladarse con don José Luis Múzquiz a Estados Unidos. Salvador Martínez Ferigle se postuló enseguida. Acariciaba desde hacía tiempo el sueño americano. El Padre, contento de su disponibilidad, le indicó que hablara con don José Luis para evaluar bien las cosas. Pero al día siguiente invitó a Salvador a desayunar: deseaba aclarar que de ninguna manera debía sentirse forzado a aquella

aventura, ni siquiera por la autoridad del Padre. «Piénsatelo bien unos días», le dijo.

«Todo lo contrario, Padre. Me ha gustado mucho que haya pensado en mí; además, ya he hablado con don José Luis y, ¡en fin!…».

De nada le valió insistir: el Padre no quería decisiones precipitadas. Y, de hecho, tuvieron que esperar cuatro meses antes de obtener los documentos necesarios. El Padre siguió paso a paso los trámites burocráticos. Aun deseando hacer las cosas bien, no ocultaba la urgencia de proporcionar la calidez de la vida en familia a José María