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4.6. DATA COLLECTION INSTRUMENTS AND TECHNIQUES

4.6.1. Interviews

En septiembre de 1941, la intensa actividad apostólica ataba a don Josemaría. Recaía sobre él la entera responsabilidad de la formación de sus hijos y de sus hijas. A esto se añadían las tandas de ejercicios espirituales que predicaba sin parar a sacerdotes del clero diocesano. Al cansancio se sumaba el dolor por las crecientes calumnias y habladurías, como más arriba se ha apuntado.

Una mañana, en el desayuno, preguntó pensativo a Álvaro del Portillo: «¿Desde dónde nos insultarán hoy?».

De manera rápida e inesperada, esas peligrosas insidias habían llegado hasta Roma, con la consiguiente preocupación por el futuro del Opus Dei.

Álvaro del Portillo, ya en esos momentos el principal y más fiel colaborador del fundador, consideró necesario que el Padre pasara un período de descanso lejos de las fatigas y tensiones de Madrid. El Padre trató de resistir la insistencia filial de Álvaro, pero al final se rindió. Eligió La Granja de San Ildefonso, un lugar tranquilo y con un clima fresco y relajante respecto al septiembre madrileño, cerca de Segovia.

Acompañado por Ricardo Fernández Vallespín, se alojó en el modesto hotel Europeo, y allí permaneció una semana, del 21 al 27 de septiembre. En esos días de estudio y quietud visitó el Santuario de Nuestra Señora de la Fuencisla y el Monasterio de El Parral en Segovia, Riofrío, y Santa María de las Nieves, en Coca. Celebraba Misa en la colegiata de La Granja. Y, justo en la colegiata, el fundador vivió por segunda vez un durísimo momento de prueba o tentación. Era como si el demonio le sugiriera con insistencia: «Todo lo que estás haciendo no es de Dios. Todo eso, incitar a las almas, hacer que muchos abandonen a sus familias y te sigan, sólo es un proyecto tuyo. No es de Dios. ¡Estás engañando a todos!». La respuesta del Padre fue inmediata y rotunda, como en 1933.

«Señor, si tú lo quisieras, acepto la injusticia —dijo—, y así se lo escribió a continuación a Álvaro. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor

de Dios».

Su alma se colmó inmediatamente de paz sobrenatural, unida a una gran alegría. Desde ese día, la duda nunca más volvió a llamar a su puerta.

La Residencia o Colegio Mayor Moncloa representaba para el Padre un nuevo intento de abrir un Centro que, además de permitir el contacto con estudiantes y profesores universitarios a los que tratar apostólicamente, fuese como un escaparate que facilitase el conocimiento del espíritu de la Obra. La Residencia de la calle Ferraz, alquilada mediante la venta de un terreno propiedad de su familia, había quedado destruida en la guerra. De su continuadora, en la calle Jenner, se encargó de echarlos la boda de un hijo del dueño. También los dos hoteles de Moncloa, alquilados, necesitaban notables reparaciones por daños de guerra, pero el propietario se puso fácilmente de acuerdo con el Padre para llevar a cabo las adaptaciones precisas a su nueva función.

Tras un verano de obras, Moncloa abrió sus puertas el 1 de octubre de 1943. En una anotación de entonces se lee: «El Padre sigue viviendo todos los días con Álvaro, por la mañana, para impulsar la marcha de las obras en la Residencia. Tiene una constante preocupación por animar, corregir, ordenar… Pero siempre nos deja nuevo optimismo y nuevo estímulo. No se le escapa ningún detalle, ni por casualidad».

Fue el Padre quien explicó a los estudiantes “las reglas de juego”: con la Residencia tenía una especie de contrato, ellos se comprometían a observar un horario y algún otro detalle de la vida en familia, mientras que la Residencia se comprometía a proporcionarles un ambiente sereno donde poder estudiar bien y formarse cristianamente. Si eran cristianos —agregaba siempre—, porque los no cristianos serían respetados con gran afecto. Y si a alguno todo eso no le iba bien, ningún problema: bastaba que lo dijera con claridad y se buscara otro alojamiento, sin rebaja alguna de la estima.

No eran teorías. Con este espíritu se han abierto en el mundo desde entonces numerosas residencias universitarias, en las que reina el amor a la libertad y al trabajo, y donde los no católicos o no cristianos son acogidos y queridos con lealtad. Dejando al margen los errores que cualquier persona puede cometer y que no justifican un juicio negativo sobre su obrar o sobre la empresa apostólica.

El Padre cuidó especialmente la instalación del oratorio y, viendo que las obras se retrasaban, indicó que se adaptara provisionalmente una sala para poder celebrar la Misa y reservar el Santísimo Sacramento. El 7 de diciembre vino a consagrar el altar el ya Obispo Auxiliar de Madrid, mons. Casimiro Morcillo, viejo amigo del Padre. Asistieron todos los residentes, muchos otros estudiantes que frecuentaban la residencia y el propietario del inmueble con su familia.

En esa época, el Padre residía en una casa adquirida, con gran sacrificio, en la calle Diego de León esquina Lagasca. Con tanto gusto supo instalarla, junto con sus hijos, que todavía hoy sigue prácticamente igual, aunque en los años sesenta se levantaran, respetando la antigua edificación, seis pisos más por encima. Vivían con él su hermana Carmen y su hermano Santiago, algunos miembros más antiguos de la Obra y una veintena más, que empezaban los que más tarde se denominarían Centros de Estudio,

destinados a la formación inicial. Aquel periodo inmediato a la guerra había presenciado, en efecto, un rápido desarrollo del Opus Dei, tanto entre las mujeres como entre los varones.

El Padre pasaba con gusto muchos ratos con aquellos jóvenes: afirmaba bromeando que eran su «tentación próxima», pues, aunque podía ocuparse de tantas otras cosas, era “impenitente” y recaía una y otra vez. Era un modo de enmascarar el cariño sincero, paterno, que tenía a sus hijos y, a la par, la necesidad de seguir de cerca su formación. En esos encuentros les enseñaba a gastarse con sencillez por sus hermanos, les mostraba los vasos sagrados que se iban confeccionando de modo que asumiesen un estilo magnánimo en los objetos destinados al culto, o les hablaba de la expansión de la Obra en el mundo como de cosa hecha. Aquellas tertulias, tan formativas, siempre eran divertidas. En algunas ocasiones llegaba con un paquete de caramelos y los distribuía. Y si ocurría que había uno especialmente grande, lo sorteaba: cada cual tenía que escribir un número en un papel y el que adivinase el que el Padre había pensado, se lo llevaría. No tardaron en darse cuenta de que el número acertado era casi siempre el 9 o un múltiplo de 3. Y no es que el Padre fuese rebuscado en estas cosas, como no lo era en ninguna otra, sino que el 3 y sus múltiplos, especialmente el 9, le despertaban el amor a la Trinidad, tal como a lo largo de los siglos les ha sucedido a muchos santos.

Fue en el oratorio de Diego de León donde el Padre convocó un día a sus hijos para darles una noticia importante. Era el 18 de octubre de 1943 y vivía ya la costumbre que mantuvo hasta el final de comunicar a sus hijos las noticias de relieve sobre la Obra, buenas o malas, junto al sagrario y en la presencia de Jesús en la Eucaristía. Al Padre se le veía radiante: desde Roma había llegado el nihil obstat de la Santa Sede a la Obra. Aparte del bien que representaba, una aprobación pontificia podría acallar a los denigradores, que perseveraban en su indigna tarea.

El 14 de febrero precedente, celebrando Misa en el Centro de sus hijas en la calle Jorge Manrique, había recibido luces divinas sobre el modo de ordenar sacerdotes provenientes de los miembros laicos del Opus Dei y que pudieran dedicarse a los apostolados de la Obra. Había nacido así la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una sociedad de clérigos intrínsecamente unida al Opus Dei y en la que podía incardinarse el clero de la Obra. Años después, a ella podría asociarse también el clero diocesano, por lo que atañe a la formación personal y manteniendo, como es lógico, la propia incardinación y obediencia a su obispo. Pero esto último vendría más tarde, en 1950. Entonces, en 1943, con aquella novedad y el aval incondicional del Obispo de Madrid, mons. Eijo y Garay, envió a Álvaro a Roma.

El 4 de junio, Álvaro, vestido con el uniforme de ingeniero, fue recibido en audiencia privada por Pío XII, que se mostró afectuosísimo respecto a la Obra. En los días siguientes, Álvaro visitó al cardenal La Puma, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, de la que dependían, aun sin ser institutos religiosos, las sociedades de vida

común sin votos. Se entrevistó también con el cardenal Maglione, Secretario de Estado de Pío XII; con mons. Ottaviani, asesor del Santo Oficio, y con otras personalidades. Pudo comprobar que el proyecto encontraba buena acogida entre los canonistas y el favor de la Congregación de Religiosos, la autoridad competente. Cierto es que no podía tratarse de una solución definitiva, para una realidad de vocación laical y universal. Sin embargo, la situación internacional y las comunicaciones en Europa se hacían cada vez más difíciles, y se preveía que el desembarco aliado complicaría aún más las comunicaciones con la Santa Sede. De ahí que aquella aprobación, aunque imprecisa, pudiera considerarse suficiente. El procedimiento siguió los cauces prescritos y el 11 de octubre de 1943 la Sagrada Congregación de Religiosos concedió el nihil obstat para la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Se celebraba la fiesta de la Maternidad divina de María.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz fue erigida canónicamente mediante el decreto Quindecim abhinc annos, al que mons. Eijo y Garay quiso poner fecha de 8 de diciembre de 1943. El texto está lleno de alabanzas y de afecto a la Obra.

«Ya desde sus comienzos —se leía— fue constante el favor divino para con esta pía Institución. Se hacía patente, de un modo especial, por el número y calidad de los jóvenes —con integridad de virtudes y brillante inteligencia— que a ella acudían. También por los excelentes frutos obtenidos por todas partes. En fin, por el signo de la contradicción, que siempre ha sido como el sello manifiesto de las obras divinas».

El 12 de diciembre, el Obispo de Madrid confirmó oficialmente en el cargo al Presidente de la Sociedad, el Padre. Esa misma semana don Josemaría y el obispo estuvieron hablando en la biblioteca hasta las 11 de la noche. Se les notaba muy felices.

El Padre sentía la necesidad de proveer a la confección de ornamentos, vasos sagrados y objetos litúrgicos que demostrasen amor sincero a la Eucaristía. Le repugnaba el difundido mal gusto de la época, que a menudo iba unido al descuido. Ya el primer oratorio de la Obra, pobre y sencillo por falta de medios, tuvo el rigor que ennoblece a la liturgia y ayuda a rezar. Queda huella de ello en el punto 543 de Camino:

«Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. —Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?».

Esto era una novedad en los años treinta, pero estaba en línea con las exigencias subrayadas por el Movimiento litúrgico, corriente teológico-pastoral de la Iglesia católica, surgida a principios del siglo XX, deseosa de restituir a la liturgia la dignidad teológica y un papel importante en la vida de la Iglesia y de los fieles. Aquellos sacerdotes y teólogos anhelaban superar la concepción formalista que tan a menudo reducía la liturgia a un rito sin alma y sin amor.

En sus libros de meditación, además de en las cartas sobre el espíritu de la Obra, san Josemaría delineó en breves trazos un pensamiento preciso respecto a los objetos destinados al culto o, más ampliamente, al arte litúrgico. En primer lugar, la magnificencia hacia Dios, porque se corre el riesgo de olvidar que el culto se dirige a Dios y no a la comunidad que celebra. Escribió:

«Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “Opus enim bonum operatum est in me” —una buena obra ha hecho conmigo».

Por el mismo motivo, los objetos empleados en el culto divino deben ser artísticos, pero teniendo presente que el culto no es para el arte, sino el arte para el culto. La cuestión es que el arte necesitaba un proceso de renovación: «No me pongáis al culto imágenes “de serie”: prefiero un Santo Cristo de hierro tosco a esos Crucifijos de pasta repintada que parecen hechos de azúcar».

Distintos artistas y talleres de arte se han inspirado en el pensamiento de san Josemaría a la hora de afrontar el tema sacro. Esto no quiere decir que él haya creado un estilo. A decir verdad, hacia el final de su vida le gustaron muchas imágenes de inspiración barroca, muy diferentes de las “esenciales” que apreciaba en los primeros tiempos. Además, el hecho de que un artista se inspire en el pensamiento de san Josemaría no implica que ejecute obras maestras: depende de la “chispa” de cada artista.

Pidió a sus hijas de Los Rosales que confeccionaran ornamentos y lienzos para los primeros Centros de la Obra. Los Rosales era una casona de Villaviciosa de Odón, a corta distancia de Madrid, que el Padre mismo había señalado como centro de formación para las mujeres de la Obra. No eran todavía muchas las vocaciones femeninas que llegaban. Y, sin embargo, el Padre, cuando en abril de 1945 vio en Los Rosales la pequeña mesa de comedor que tenían, indicó que la sustituyeran por otra mucho más grande, porque en ese mismo año sería insuficiente. Así ocurrió, en efecto, en julio de 1945, cuando allí comenzó un curso de formación. El Padre les predicaba la meditación por la mañana y celebraba la Misa. Luego impartía clases o charlas sobre puntos fundamentales del espíritu del Opus Dei.

Seguía abierto, pese a la buena voluntad de las mujeres interesadas, el problema del servicio doméstico, que el Padre consideraba fundamental para que los Centros fuesen casas de familia y no cuarteles ni conventos. Carmen, además de ocuparse personalmente de la administración de Diego de León, hallaba tiempo y energías para sostener e instruir a aquellas inexpertas. Pero con frecuencia las empleadas —quizás comprensiblemente, al no sentir el Centro del Opus Dei como su propia casa— no estaban dispuestas a asumir los sacrificios que reclamaban esos nuevos Centros, grandes y aún no bien distribuidos.

Teniendo que buscar personal, el Padre se dirigió a las Religiosas del Servicio Doméstico, que preparaban a chicas para ese oficio. La Madre Carmen Barrasa comprendió que las que fueran a trabajar a los Centros del Opus Dei recibirían también una buena formación espiritual y serían atendidas como en una familia.

Dora del Hoyo, empleada en la casa de los duques de Nájera, era una mujer excepcional, que daba muy bien el perfil expuesto por don Josemaría. Tras una cerrada insistencia, la religiosa logró que Dora fuese por un breve período a la Residencia Moncloa.

Allí se presentó un día elegantemente vestida y dispuesta a recitarle a Encarnita su currículo: 29 años, nacida en Boca de Huérgano, provincia de León, había trabajado en distintas casas y últimamente en la de los duques de Nájera. Nada dijo de que sólo había venido para complacer a Madre Barrasa y de que no pensaba quedarse mucho tiempo.

Con todo, le bastó poco para comprender que había allí una gran necesidad. Mujeres que habrían podido aspirar a cosas mejores, se afanaban, inexpertas, entre las mil dificultades de aquella casa, donde todo era enorme —comidas, ropa que lavar, limpieza de habitaciones— y donde no reinaba el ambiente comedido y aristocrático de sus anteriores trabajos. Tal vez esto y su profesionalidad la hicieron quedarse, al menos provisionalmente. Encarnita recordaba:

«Su comportamiento era respetuoso, natural, y sabía enseñar a las otras chicas con autoridad, pero unida a una gran delicadeza. Es verdad que tenía un carácter fuerte, pero también luchaba por dominarse. La primera semana que decidimos hacernos cargo de la ropa, Dora propuso almidonar las pecheras de todas las camisas blancas, que era la última moda. Aun sin planchero, organizó el trabajo aprovechando minutos libres: un rato por la tarde y otro por la noche, y utilizando las mesas del comedor y la placa de la cocina. Fue enseñando a las demás chicas que no sabían hacerlo y la idea tuvo éxito ruidoso entre los residentes. Se había ido encariñando tanto con la casa, que decidió no marcharse hasta que el curso terminara».

Estaba claro que necesitaban ese tipo de mujeres, y encontraron efectivamente varias. Sin embargo, más allá de la cualificación profesional del personal y de su participación en el espíritu de la Obra, no cesaba la vorágine en el ámbito organizativo. Al Padre, que iba a verlas a menudo, le contaban sus problemas con filial confianza: «Antes, con pocas empleadas, nos resultaba difícil sacar adelante el trabajo; ahora, con más personas, no sabemos cómo organizarlo».

Y aquí se toparon con la ordenadísima mente del Padre, al que no le costó gran esfuerzo tomar papel y pluma y, con todo cariño, establecer algunos principios sobre el reparto de tareas, turnos y demás. Los pusieron rápidamente en práctica y enseguida se notó la mejora del trabajo, la alegría de las jóvenes empleadas, la serenidad. En el planchero recitaban el rosario.

Cuando vio que las cosas funcionaban, el Padre les abrió un nuevo horizonte: había llegado el momento de acoger en la Obra a mujeres cuya profesión sería la de santificar

el trabajo doméstico en los Centros del Opus Dei, aparte de los mil apostolados y tareas varias que podrían emprender al ritmo del desarrollo de la Obra. Años más tarde se las denominaría numerarias auxiliares. Sin su trabajo, aclaraba el Padre, la Obra no lograría ser ese hogar luminoso y alegre que Dios quería. Llegarían en gran número y se expandirían por el mundo entero. Y los Centros, atendidos de ese modo, no sólo serían lugar pacífico donde hallar descanso, sino también trampolín indispensable para las muchas personas que los frecuentarían y que, gracias en parte a ese clima de familia, se convertirían ellas mismas en apóstoles.

Aunque hablara con la normalidad de una conversación familiar, el Padre, cuando se refería a la Obra, tenía un tono profético: describía como realidades consolidadas cosas que, entonces, no se veían o ni siquiera estaban en germen. Sus primeras hijas lo sabían