• No results found

LIST OF TABLES

CHAPTER 8: HIDDEN LEARNING IN THE VOCAL MASTERCLASS AND WORKSHOP

8.2 The contexts of masterclass and workshop

Después del fin del Imperio Angevino, Francia tuvo la posibilidad de expandirse sin el efecto constrictor del poder rival que la había tenido asida por la garganta durante medio siglo. Y se expandió. Durante el siglo que siguió, su riqueza y su influencia aumentaron. El mismo Felipe II llevó a término las primeras etapas del ascenso de Francia. Lo hizo, no sólo mediante su triunfal guerra contra los angevinos, sino también guerreando contra la división religiosa dentro de las vastas zonas nominalmente sometidas a él. Un grupo del cual era relativamente fácil dar cuenta lo constituían los judíos.

Los judíos habían vivido en Europa Occidental desde tiempos romanos, sobreviviendo a ocasionales períodos de hostilidad, pero, en general, no tratados muy mal. No podían poseer tierras en el sistema feudal, pues no podían prestar los juramentos de inspiración cristiana requeridos, pero, en una sociedad agrícola, su inclinación por las transacciones y el comercio era útil, y desempeñaron el papel de una clase media.

Los judíos occidentales hasta lograron desarrollar una vida intelectual propia, basada en el Antiguo Testamento y en los voluminosos comentarios (el «Talmud») elaborados a lo largo de siglos en Judea y Babilonia. Alrededor del 1000, Gershom ben judá dirigía una academia rabínica en la región del Rin y fue el primero que llevó a Europa Occidental el saber talmúdico del Este.

Hacia finales del siglo XI, el principal sabio judío era Rabí Salomón ben Isaac, nacido en la ciudad francesa de Troyes en 1040. Conocido habitualmente como Rashi, por las iniciales hebreas de su nombre, escribió comentarios muy valorados sobre todos los aspectos de la ley judía tradicional.

Luego llegó la fiebre de las Cruzadas. Las muchedumbres ignorantes, instigadas al fiero celo anti-musulmán por los vientos de la propaganda, buscaron a todos los enemigos de Cristo que pudieron hallar. Los musulmanes estaban lejos y eran peligrosos, pero los judíos estaban cerca e inermes. Las multitudes destruyeron a las comunidades judías en muchas ciudades, y Europa Occidental experimentó la primera oleada de lo que en siglos posteriores serían llamados «pogroms».

Peor que los salvajes estallidos de antisemitismo, que finalmente pasaban, fue el permanente cambio económico. El surgimiento de una clase media nativa en Francia, por ejemplo, hizo menos necesarios a los judíos desde el punto de vista económico. Los burgueses franceses ocuparon su lugar. Por ello, Felipe II pudo hacer alarde de su ortodoxia cristiana sin riesgos económicos. Casi al comienzo de su reinado, empezó a expulsar a los judíos de Francia.

El deterioro de la situación de los judíos en el siglo XII dio origen a su emigración hacia el Este, a tierras menos avanzadas, que aún dieron la bienvenida a una clase media ya formada. Así ocurrió que en siglos posteriores fue en Europa Oriental donde hubo una mayor concentración de judíos (y donde, con el tiempo, sufrirían nuevas persecuciones). Pero el cristiano ortodoxo pudo hallar el pecado mas cerca de él. No todos los cristianos creían en la doctrina oficial administrada por al jerarquía eclesiástica. Había «heréticos» que tenían sus propias concepciones, aunque todos aceptasen a Jesús.

En Bulgaria, poco antes del 1000, apareció una secta puritana que creía que el mundo y su contenido material eran creación del Diablo. Por tanto, rechazaban el Antiguo Testamento, según el cual Dios creó el mundo y lo halló bueno. Para asegurarse la salvación, era necesario, creían, abstenerse en lo posible de toda conexión con el

mundo. La nueva secta rechazaba el matrimonio, el sexo y el comer y beber mas allá de lo estrictamente esencial. La muerte era un bien categórico, y si todos los hombres muriesen y se liberasen de sus cuerpos materiales, tanto mejor.

Esas creencias se difundieron por el Oeste y echaron raíces en la Francia meridional. La actitud puritana ganó popularidad, como reacción, en parte, contra la mundana corrupción de buena parte de los sacerdotes católicos, y la herejía floreció.

Los hombres de la nueva secta se llamaban a sí mismos «cataros», de una palabra griega que significa «puro». Una figura destacada de esos puritanos era Pedro Valdo, un rico comerciante de Lyón, que esta ahora en el sudeste de Francia, pero era por entonces, pese a su cultura francesa, parte del Imperio Alemán. En 1170, Valdo, siguiendo literalmente el consejo de Jesús, vendió sus bienes, los dio a los pobres y comenzó a reunir hombres a su alrededor («los pobres de Lyón» o «valdenses») que predicaban la pobreza voluntaria.

La ciudad de Albi, a cerca de 360 kilómetros al sudoeste de Lyón, era otro centro fuerte de los cataros. En tiempos romanos había sido la capital de una tribu gala cuyos miembros eran llamados los albigenses. De resultas de esto, la secta fue llamada también de los albigenses, y este nombre se usó a veces para designar a todos los heréticos del sur de Francia y el norte de Italia.

La Iglesia aprobaba los sentimientos favorables a la pobreza y el puritanismo dentro de ciertos límites, pero quería que fueran guiados por la jerarquía. No podía simpatizar con el deseo de los cataros de liberarse de la estructura administrativa eclesiástica. Valdo, por ejemplo, hizo traducir el Nuevo Testamento al provenzal, para que cada persona pudiese leerlo e interpretarlo por sí misma. Los cataros no juzgaban necesario obedecer a los sacerdotes y los obispos contra los dictados de su propia conciencia.

En verdad, los cataros, en sus diversas formas, fueron casi como ciertas sectas protestantes que surgieron tres siglos más tarde.

La Iglesia podía fácilmente haber aplastado a esos heréticos, pero los cataros hallaron simpatizantes entre muchos de los señores meridionales. Estos señores quizá se hayan sentido atraídos por la doctrina, pero también puede ser que viesen una oportunidad para expropiar tierras y riquezas eclesiásticas si los heréticos ganaban.

El más fuerte defensor de los cataros fue Raimundo VI, conde de Tolosa (que estaba a unos setenta kilómetros al sudoeste de Albi). Heredó el título en 1194 y resistió a los halagos papales para que cambiase de actitud.

Pero en 1198 subió a la silla pontificia Inocencio III y, bajo su conducción, el papado medieval llegó al pináculo de su poder político. El prestigio del papado se había fortalecido mucho con el movimiento cruzado y ahora, bajo la dirección de un hombre firme y resuelto, hasta podía someter a reyes fuertes. Inocencio era tal hombre.

Envió un legado a Raimundo para urgirlo a que tomase medidas para poner fin a la herejía, pero Raimundo se negó a ello. Inocencio se hizo más firme en su insistencia y Raimundo en su negativa, hasta que, en 1208, el legado fue muerto. Pronto circuló el cuento de que el asesino había llevado a cabo su acción por orden de Raimundo, y el papa Inocencio, lleno de ira, declaró la cruzada contra los heréticos. Se hizo tan legal y encomiable (a ojos de la Iglesia) matar herejes como matar musulmanes.

Inocencio había esperado que Felipe II se pusiese al frente de la cruzada, pero Felipe no veía ninguna razón para hacerlo. Era suficiente dejar que sus señores hiciesen la tarea, permanecer en su casa y cosechar las recompensas de su ortodoxia y de los esfuerzos de ellos. En cuanto a los señores, ansiosos de obtener todos los beneficios religiosos que les brindaría marchar a una cruzada, y de botín también, acudieron en masa a ofrecerse para la tarea.

El más eminente de ellos era Simón de Montfort, quien había combatido en Tierra Santa contra los musulmanes y sabía exactamente cómo debía luchar un cruzado. En 1209, los cruzados norteños tomaron la ciudad de Béziers, cerca de la costa mediterránea, a ciento sesenta kilómetros de Tolosa. La ciudad fue saqueada, pero surgió la cuestión de saber cuáles de los habitantes de la ciudad eran unos condenados heréticos y cuales eran buenos católicos. Simón de Monfort (o quizá un legado del papa) halló una solución fácil.

«Matadlos a todos —dijo—, pues ya el Señor sabrá.» Así fueron muertos varias decenas de miles de hombres, mujeres y niños.

Raimundo VI, temiendo no poder resistir a los arrolladores barones del norte sin ayuda, se dirigió a Pedro II de Aragón, reino español que estaba inmediatamente al sur de los Pirineos. La cultura y la lengua aragonesas eran afines a las provenzales y, además, Pedro era cuñado de Raimundo, de modo que respondió al llamado.

La batalla decisiva se produjo el 12 de septiembre de 1213, en Muret, ciudad situada a unos veinte kilómetros al sur de Tolosa. Las fuerzas de Raimundo y Pedro, que estaban poniendo sitio a la ciudad, eran superiores en número a las de Monfort, pero los aliados cooperaron imperfectamente. Monfort, en una audaz maniobra, hizo una salida de la ciudad con sus caballeros como si tratasen de escapar y luego retrocedieron para caer sobre las tropas de Pedro en un ataque de sorpresa, mientras Raimundo permanecía inactivo. Pedro II fue muerto en la acción, y cuando sus fuerzas se dispersaron, las de Raimundo se desmoralizaron y fueron rápidamente barridas también. Fue una completa victoria para los norteños.

Los herejes resistieron tenazmente, pero sus fortalezas fueron barridas una por una. El mismo Monfort murió en la lucha, en 1218, frente a las murallas de Tolosa, y sólo en 1226 la herejía fue sofocada en sangre y con toda crueldad. (En verdad, restos de los valdenses sobrevivieron a todas las dificultades y permanecieron en aislados valles alpinos hasta el siglo XX.)

Con los cataros, la floreciente cultura provenzal quedó destruida y se abrió el camino para la expansión del poder Capeto hasta el Mediterráneo. Como ejemplo de esto, el provenzal perdió su rango como lengua distinta y lentamente cedió terreno ante el franciano.

Pero al morir, la cultura provenzal independiente tuvo influencia sobre el mundo más rudo del Norte. Por ejemplo, el derecho romano (tal como había sido sistematizado por el emperador bizantino Justiniano, en el siglo VI) fue redescubierto en Italia poco después del 1100. El derecho romano fue enseñado primero en la Universidad de Bolonia y de allí pasó a la Universidad provenzal de Tolosa. Realizada la asimilación del Sur, el derecho romano, con sus principios más humanitarios y metódicos que los basados en la doctrina teutónica, llegó a París.

Pero la «Cruzada Albigense» dejó un mal legado en la forma de un temor a la herejía casi paranoico por parte de muchos.

Mientras los enemigos de la Iglesia fuesen judíos y musulmanes, podían ser reconocidos fácilmente. Los herejes, en cambio, que creían en Jesús y reverenciaban sus enseñanzas, habitualmente eran más difíciles de identificar. Muy a menudo, sólo parecían cristianos excepcionalmente virtuosos (hasta el punto, de hecho, de que la virtud misma daba pábulos a las sospechas de herejía.) Si los herejes hubiesen sido un peligro menor, podían ser combatidos localmente. Pero los cataros habían hecho necesaria toda una guerra antes de ser destruidos, por lo que se pusieron en práctica métodos mas drásticos para hacer frente a la herejía.

Un organismo judicial llamado la «Inquisición» fue creado en 1233. Examinaba las sospechas de herejía, investigaba la cuestión (usando la tortura si era necesario, lo cual

era un procedimiento judicial común por la época) y luego, si la sospecha se confirmaba, se entregaba el hereje a la autoridad secular para que le diese muerte. La Inquisición sirvió para suprimir las disidencias de todo género, y en los distritos donde fue mas activa, tuvo un mortal efecto sobre la actividad intelectual y el fermento cultural. Donde tuvo mas éxito en establecer la unidad de la opinión, lo hizo creando un desierto intelectual.