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CHAPTER 9: HIDDEN LEARNING IN MUSICAL THEATRE
9.4 Resources and reception
Por tercera vez en una docena de años, un rey francés moría dejando sólo una hija y una viuda embarazada. En esa docena de años, habían muerto tres hijos de Felipe IV y dos nietos pequeños también. La línea masculina de Felipe IV se había extinguido, a menos que, por supuesto, la esposa de Carlos IV, a quien le faltaban dos meses para dar a luz, tuviese un niño.
Pues bien, ¿qué hacer ahora? Esperar el parto de la reina, ciertamente, pero, ¿y si daba a luz una niña? No había un cuarto hermano de los últimos tres reyes. Sin duda, aún había una hija sobreviviente de Felipe IV, Isabel, quien ahora gobernaba Inglaterra Junto con Mortimer. Pero, según el precedente sentado en 1317, no podía ser reina, como ninguna de las nietas de Felipe IV.
Sin embargo, la reina Isabel de Inglaterra introdujo una complicación. Tenía un fornido hijo de dieciséis años, un Joven corpulento y promisorio, que era Eduardo III de Inglaterra (el cual aún gobernaba bajo la sombra de
su madre). El precedente de 1317 simplemente decía que las mujeres no podían heredar el trono francés, pero no decía que no pudiesen transmitir la herencia.
Para los ingleses, la herencia, ciertamente, podía ser trasmitida. Aunque los ingleses no habían aceptado a Matilde como reina, dos siglos antes, y habían preferido un varón de parentesco más lejano, luego aceptaron al hijo de Matilde, quien gobernó gloriosamente como Enrique II. Más aún, Enrique asumió la realeza aunque su madre aún estaba viva en el momento de la coronación. Por este precedente, los ingleses podían argüir que Eduardo III, sobrino de los últimos tres reyes de Francia y nieto de Felipe IV, no sólo era rey de Inglaterra, sino también legítimamente rey de Francia.
Mas para los franceses, esto, correcto o erróneo, lógico o no, era absolutamente intolerable. El nuevo nacionalismo que Felipe IV había cultivado hacía impensable que la monarquía francesa estuviese en manos de un inglés. Debía hallarse alguna alternativa y establecerse alguna regla que hiciese posible tal alternativa.
Felipe III había tenido dos hijos. El mayor había reinado con el nombre de Felipe IV, y el más joven era Carlos de Valois, quien había gobernado realmente detrás de la figura de Luis X. La línea masculina de Felipe IV se había extinguido, de modo que lo natural era pasar a la línea masculina de Carlos de Valois. El mismo Carlos había muerto en 1325, pero había dejado un hijo. Felipe de Valois, quien, por lo tanto, era primo carnal de los últimos reyes de Francia y sobrino de Felipe IV. Su parentesco era un poco más distante que el de Eduardo, pero era a través de su padre, mientras que el de Eduardo era por línea materna.
Los Estados Generales se reunieron y decidieron que si una mujer no tenía derecho a heredar el trono, tampoco podía trasmitir este derecho. Se seguía de esto que sólo podían gobernar a Francia quienes pudiesen hacer remontar su ascendencia, a través de
hombres solamente, a algún rey anterior de Francia. Esto fue agregado a lo que
posteriormente se llamó la Ley Sálica, aunque no hay ninguna mención de este término preciso en la época. La Ley Sálica (para darle ese nombre) no sólo excluía a Eduardo III, sino también a todos los hijos de las nietas de -Felipe IV. Entonces, siempre que la viuda de Carlos IV no tuviese un hijo, Felipe de Valois era el único varón cualificado para el trono y, si se aceptaba la regla, no tenía por qué haber disputa por la sucesión.
Cuando finalmente la viuda de Carlos IV dio a luz, el 1° de abril de 1328, y la criatura resultó ser otra hija, Felipe de Valois inmediatamente reclamó el trono y se convirtió en Felipe VI de Francia.
Felipe VI, por supuesto, era tan Capeto como cualquiera de los reyes anteriores, puesto que descendía, por una sucesión ininterrumpida de varones (de los cuales sólo uno, su padre, no fue rey) de Hugo Capeto. Pero, por primera vez desde Hugo Capeto, reinó un rey cuyo padre no había sido rey, sino sólo un conde de Valois. Por ello, es habitual considerar a Felipe VI y a sus descendientes como pertenecientes a la Casa de Valois. Durante un tiempo todo pareció marchar bien. El Joven Eduardo III protestó un poco, pero aceptó la decisión francesa y no hizo ningún intento inmediato de reclamar la corona. Formalmente, cumplió con los ritos de reconocer a Felipe como su señor feudal, en 1329. En 1330, tomó el gobierno de manos de su madre, y luego, en 1331, como gobernante cabal de las tierras, efectuó nuevamente los ritos.
Pero luego hubo problemas; problemas que surgieron en Flandes.
Desde la batalla de Courtrai, las ciudades de Flandes habían mantenido una considerable independencia, no sólo con respecto a la monarquía francesa, sino también a sus propios condes. Siguieron apuntalando esta independencia, orientando sus simpatías hacia Inglaterra. Los ingleses, a su turno, estaban siempre deseosos de esti- mular a las ciudades flamencas a conservar la mayor independencia posible, ya que esto era una espina clavada en un costado de Francia y contribuía a aliviar la
presión sobre las posesiones inglesas del sudoeste. Las simpatías de Eduardo III hacia Flandes también tenían un aspecto personal, pues en 1328 se casó con Felipa de Henao, un distrito del este de Flandes.
A los franceses les interesaba mantener a Flandes bajo un estricto control; la aristocracia francesa, además, seguía ansiosa de vengarse por la batalla de Courtrai y borrar la vergüenza de esa derrota.
Cuando las ciudades se rebelaron contra su conde, Luis de Nevers, Felipe VI condujo inmediata-mente un ejército contra los insolentes burgueses flamencos.
Nuevamente, los piqueros flamencos esperaron impasiblemente el ataque de los caballeros franceses. Esta vez, los piqueros, que luchaban en Cassel, a cincuenta kilómetros al oeste de Courtrai, no eligieron tan bien el terreno como sus predecesores. Y los caballeros franceses, cuando cargaron, el 23 de agosto de 1328, tampoco lo hicieron tan imprudentemente. El ejército francés era suficientemente grande como para rodear a los infantes flamencos, que no tenían apoyo. Fue difícil abrir una brecha entre las picas y los flamencos lucharon fieramente, pero, poco a poco, los caballeros se abrieron paso y, cuando la muralla de picas se derrumbó, cargaron y mataron a los flamencos prácticamente hasta el último hombre.
La batalla confirmó a los caballeros franceses en la fe puesta en su táctica de caballería y en su juicio de la batalla de Courtrai como una rareza militar. En consecuencia, el hecho mismo de que la batalla de Cassel fuese una victoria aceleró la inminente catástrofe de Francia.
La victoria de Felipe en Flandes, al someter aún más a los hoscos flamencos por el momento, elevó el valor del gobierno de ese territorio. La parte más occidental de Flandes (donde se había librado la batalla de Cassel) fue llamada Artois, y durante muchos años un tal Roberto pretendió ser su conde y se hizo llamar Roberto de Artois, pero no se le debe confundir con el Roberto de Artois que murió en la batalla de Courtrai. El condado estaba ahora en manos de Eudes IV, duque de Borgoña, en virtud de las pretensiones de su esposa, Juana, que era la hija mayor de Felipe V. El argumento de Roberto afirmaba que él, si bien era un pariente más lejano que Juana, era un varón y heredaba por vía masculina, por lo cual debía tener precedencia sobre una mujer. Años
antes de la batalla de Cassel, Felipe V había decidido a favor de su yerno, y Roberto, enfurecido, llegó a tomar las armas contra el rey. Pero fue forzado a capitular en 1319. Luego decidió aprovechar la muerte de los hijos de Felipe sin dejar herederos masculinos y se alió con Carlos de Valois, casándose con una hija de éste. Defendió ardientemente las pretensiones de Felipe de Valois al trono y contribuyó de manera importante a la aceptación de Felipe como rey.
Roberto razonó que ahora era él, no el duque de Borgoña, quien estaba estrechamente emparentado con el rey por matrimonio. Más aún, Felipe VI había obtenido el título poniendo la herencia masculina por encima de la femenina y estaba obligado a aferrarse a este precedente. Sin duda, Roberto ahora sería confirmado en su título. Después de la victoria de Felipe VI en Cassel, cuando Artois quedó completamente pacificado, Roberto planteó la cuestión.
Felipe examinó el problema, pero, independientemente de cuáles hayan sido sus sentimientos personales, Eudes de Borgoña era aún mucho más fuerte que Roberto de Artois, y era más político confirmar al primero en su posesión. Roberto, estupefacto y amargado, decidió que si no podía tener su condado, al menos tendría su venganza y, en 1334, acudió a Inglaterra con este pensamiento.
Eduardo III de Inglaterra fue como un retroceso a Ricardo I Corazón de León. Eduardo era un caballero que soñaba con realizar grandes hazañas. Fue él quien hizo de San Jorge el santo patrono de Inglaterra, porque en la leyenda San Jorge era descrito como un caballero con una armadura completa que mataba a un dragón. Además, se hizo llamar Plantagenet, porque era chozno de Enrique II, el hijo de Godofredo Plantagenet. Era un transparente intento de volver a los grandes días del Imperio Angevino de siglo y medio antes.
Naturalmente, un monarca semejante era propenso a prestar oídos a las insidiosas tentaciones de Roberto de Artois, lleno de odio. Roberto señaló que Felipe VI, al negar a Roberto su condado de Artois, estaba proclamando el derecho de la herencia femenina sobre un varón más distante. En tal caso, ¿no admitía el mismo Felipe que el derecho de Eduardo III por vía femenina (su madre) era superior al del varón más distante, Felipe? El argumento, en realidad, era malo, pues la asamblea que había elegido a Felipe VI rey de Francia aplicó la regla de la no herencia y la no transmisión por línea femenina a la realeza solamente. No existía el menor indicio de que se quisiera convertir en una regla general para toda propiedad territorial.
No obstante, malo o no, el argumento era atractivo para un rey sediento de gloria, y podía ser usado (y lo fue) con gran éxito para despertar a la opinión pública de Inglaterra y convencer a, los ingleses de que la justicia estaba de su parte en cualquier guerra con Francia.