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2.2 RESEARCH PURPOSE AND OBJECTIVES

2.2.2 Research objectives

2.3.1.4 Contextual research design

Mi niño fue llevado por soledades inexplicables Por sendas de desamparo,

¿Cómo sigo sin que me atormente su desamparo? …..

Que se sucedan milagros, que se lleven mi alma, Que se lleven mis ojos, mis fuerzas y mis ánimos; Que se lleven mi razón, que me lo devuelvan a cambio. ¡Que sienten precio!

¡Se los pago!1

* Dolores Juliano participa en el Proyecto I+D+I 140/07.

1 Wayar, M. (2007) “La familia, lo Trans, sus Atravesamientos”, Parentesco, Buenos Aires, Ají de Pollo, p. 77.

En algunas de las sociedades más tradicionales, el estigma de ser madres solteras (o de haber incum- plido alguna otra de sus obligaciones en tanto que mujeres) cierra, para las infractoras, las puertas de las ayudas familiares y de los trabajos a los que aspi- ran, por lo que la prostitución puede resultar para ellas, una de las pocas salidas laborales posibles. Lo que predomina en esta opción es la simple búsque- da de recursos económicos. Las trabajadoras del sexo son jóvenes y suelen optar por esta actividad (temporalmente y en espera de conseguir un trabajo mejor) como una forma de solventar gastos familia- res, frecuentemente los derivados de tener que sacar adelante a los hijos e hijas en solitario. Esto también se da entre las inmigrantes que se dedican al servicio doméstico, pero esa resulta una opción más lenta para reunir dinero. Aunque hay diferencias

Introducción

A pesar de que la imagen más difundida sobre el tra- bajo sexual de las mujeres inmigrantes lo hace pare- cer como fruto exclusivo de la coerción de grupos mafiosos, lo cierto es que las mujeres llegan a esa actividad por muy diversos motivos. El económico es el más importante, pero suele estar ligado a situacio- nes personales concretas. La sobrecarga de deman- das de recursos y la disminución de las posibilidades alternativas al trabajo sexual para obtenerlos, puede condicionar esta opción. Paradójicamente, la asun- ción del rol maternal en condiciones difíciles, es uno de los casos en que se cumplen ambas premisas. Así se puede llegar a ser mala mujer precisamente por intentar ser buena madre. Los rótulos sociales tienen poco que ver con la realidad.

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Para los hombres, el modelo de masculinidad imperante les asigna creatividad, independencia, inte- ligencia, autonomía y fuerza. Es decir, conductas agresivas tendentes a la autorrealización y a la obten- ción de logros individuales mediante la competitivi- dad. Para las mujeres el modelo es muy diferente, subraya la docilidad, la ternura, la belleza, la fidelidad y el cuidado. Es decir, que valora las conductas de entrega y afectividad que configuran el ideal de la maternidad, priorizando los logros del grupo familiar, la cooperación y la generosidad.

Estos modelos diferentes, complementarios y jerarquizados se despliegan en diversos campos. La sexualidad masculina se imagina activa, orientada hacia la propia satisfacción y con pocos anclajes afectivos, mientras que a la mujer se le asigna una sexualidad pasiva, orientada a la procreación y apo- yada en referentes amorosos. Estas construcciones sociales se presentan como si fueran la consecuen- cia de un destino biológico, y tienen una función nor- mativa, determinando cuáles son las conductas que se consideran desviadas. Así proponen como norma la heterosexualidad obligatoria, además de encerrar a las personas concretas en un campo de expectativas fuertemente limitado.

Con respecto a la procreación, el modelo asigna al hombre poca implicación en la paternidad, priori- zando en ella la continuidad de su linaje, pero como un compromiso accesorio a su realización como ser humano (aunque le reconozca legalmente derechos sobre su progenie). Para las mujeres el modelo es el inverso, y coloca la maternidad como el elemento básico de su realización como ser humano, el verda- dero determinante de su condición de mujer y el mar- co de una entrega total y sin condiciones, aunque estos supuestos no les garantizan que se les reco- nozcan derechos sobre sus hijos e hijas.

Pese a lo limitados y limitantes que sean los roles de género en uso en una sociedad, la mayoría de las personas los aceptamos la mayor parte del tiempo, y los cuestionamientos suelen ser parciales, aún entre quienes viven aparentemente más distantes de los convencionalismos sociales. Esto sucede porque jugar los roles facilita las interacciones sociales y la convivencia. Al determinar a priori qué es lo que podemos esperar de los demás y qué es lo que los demás pueden esperar de nosotras o nosotros, posi- bilitan el reconocimiento, fijan el estatus de cada per- sona y mejoran la inteligibilad social, determinando individuales muy notables entre las mujeres inmi-

grantes, puede decirse que las jóvenes latinoameri- canas son las que con más frecuencia han dejado hijos e hijas en sus países de origen, mientras que las muchachas del Este suelen ser solteras sin des- cendientes. Solventar las necesidades de sus criatu- ras se transforma entonces, para algunos colectivos, en el motivo económico más fuerte de esta opción y, al mismo tiempo, en lo que la justifica ante sus pro- pios ojos. Sea cual fuere el peso del estigma que recae sobre su actividad, ellas pueden encuadrarla (aunque sea imaginariamente) dentro de un modelo aceptado y valorado socialmente, el de las buenas madres.

Esto no significa que la sociedad apoye este cri- terio. Todas las mujeres que transgreden las normas –madres solteras, prostitutas, lesbianas, o mujeres que han delinquido– son madres bajo sospecha y corren gran riesgo de perder la tutela de sus hijos e hijas. Además, con frecuencia los propios beneficia- rios de sus desvelos maternales son los que las eva- lúan duramente y se separan de ellas para evitar con- taminarse con la estigmatización. Ante estas situacio- nes las mujeres que se dedican a la prostitución optan con frecuencia por el silencio y la ocultación, fracturando su vida entre un aspecto laboral y uno familiar sin contacto entre sí.

Mejores estrategias para controlar los embarazos, una actitud social más solidaria, un incremento de la paternidad responsable y, sobre todo, un cambio de mirada que evite la estigmatización de las prostitutas, son todas propuestas que podrían minimizar el dilema entre los esfuerzos por cumplir el rol materno y la opción de trabajos estigmatizados para hacerlo.

Construcción social de los modelos de género

La sociedad asigna a hombres y mujeres conductas diferentes, complementarias y fuertemente jerarquiza- das, en el sentido de valorar más lo relacionado con el polo masculino. En la medida en que estos mode- los no se imponen por la fuerza sino que se conside- ran normales resultan muchas veces invisibles, lo que no les hace perder su fuerza coercitiva. Es a través de la comparación con estos modelos implícitos que valoramos las conductas propias y las ajenas y que determinamos las prioridades cuando tenemos que elegir entre diferentes opciones.

2 Arendt, H. (1993) La condición humana, Barcelona, Paidós, p. 23.

3 Sanahuja Yll, M. E. (2002) Cuerpos sexuados, objetos y prehistoria, Madrid, Ediciones Cátedra. 4 Engels, F. (1971) El origen de la familia, la propiedad y el estado, Buenos Aires, Claridad.

“El nuevo comienzo inherente al nacimiento se deja sentir en el mundo porque el recién llegado posee la capacidad de empezar algo nuevo, es decir de actuar.... ya que la acción es la actividad política por excelencia, la natalidad y no la mortalidad, puede ser

la categoría central del pensamiento político.”2

Pero no es lo mismo valorar el nacimiento que reconocer derechos a las madres. La posibilidad de castigar a las mujeres privándolas de la relación con los hijos es una consecuencia de un largo proceso social, que estuvo acompañado de un cambio en los sistemas de filiación. Es muy probable que el largísi- mo período pre-histórico en que tenemos constancia

de la existencia de las “Venus paleolíticas”3se corres-

pondiera con un generalizado sistema de filiación matrilineal. Dado que el fenómeno físico evidente es el de la maternidad, asignar la descendencia al grupo de la madre resulta una estrategia simple e implica reconocer en el plano social, la evidencia del vínculo biológico entre la mujer y su descendencia. Esta situación no pertenece sólo al pasado, algunas socie- dades actuales, desde las tribus de las islas Trobriand, hasta los Tuareg o algunos grupos indo- americanos, mantienen esta tradición que suele acompañarse de buen estatus para las mujeres.

Pero es evidente que el modelo imperante en la actualidad es el inverso, la patrilinealidad, que otorga al hombre los derechos sobre los hijos que paren las mujeres, la tan conocida “patria potestad”. Cuando Engels dice “El golpe al derecho materno significó la derrota histórica del sexo femenino. El hombre tomó también el mando en el hogar. La mujer fue degrada-

da y reducida a la servidumbre.”4, está planteando, en

un lenguaje decimonónico y dentro de un horizonte interpretativo evolucionista, un hecho fácilmente com- probable: en muchas sociedades los hombres consi- guieron arrebatar a las mujeres la maternidad y poner- la bajo su control. Es lo que a nivel simbólico signifi- ca el paso de las religiones de las Diosas Madres a las religiones monoteístas del Dios Padre.

Cambiar la relación biológica evidente, por una relación no constatable, implicaba pasar a la familia monógama o poligínica (nunca poliándrica) y de la sociedad más o menos igualitaria a la jerarquía de los sexos. No es una casualidad que estas sociedades las expectativas posibles. Incluso sirven de apoyo en

las relaciones afectivas (dentro de las parejas jerár- quicas tradicionales) marcando los campos de acción de cada uno, y contribuyendo a solucionar conflictos, descargando a las personas de sus responsabilida- des individuales, sumergidas en un conformista “Ya se sabe que las mujeres son así” o complementaria- mente: “¡Qué se puede esperar de los hombres!”

La subordinación social de la maternidad

La jerarquización de los géneros marca el lugar social asignado a la maternidad que, en tanto ligada a las mujeres, es vista al mismo tiempo como necesaria y como sujeta naturalmente al control masculino.

El nacimiento no sólo es el comienzo de cada vida individual sino la condición misma de la supervivencia en el tiempo de cada sociedad. Sin embargo, en la nuestra, tradicionalmente, la importancia mayor se le ha dado a la muerte. Si miramos a nuestro alrededor, los monumentos, los nombres de las calles, los home- najes y el recuerdo emocionado de la historia se diri- ge a los especializados en dar muerte, los guerreros. Hay una parafernalia de símbolos honoríficos y de reconocimiento social hacia los grandes matadores. El monumento de Napoleón en París es el más evi- dente, pero como los terremotos, tiene réplicas en todas las ciudades. El nacimiento, en cambio no requiere más culto que el de la Virgen María, más reconocimiento que un ambiguo y comercializado “día de la madre”, ni más memoria que la individual. Podemos postular que dado que las mujeres paren y los hombres matan, esta valoración sesgada es el testimonio de la situación social discriminada de las mujeres.

No nos extrañará entonces constatar que sólo cuando las mujeres han adquirido el derecho de filo- sofar por su cuenta, se haya desplazado la valoración preferente hacia el punto de origen de la vida. Para Hanna Arendt es el nacimiento, y no la muerte, el acto básico a partir del cual todo cobra sentido. En con- traposición de la frase “una bella muerte honra toda una vida” se puede decir que es a partir del naci- miento, que todas las posibilidades están abiertas:

5 Freixas Farré, A. y Juliano Corregido, D. (2008) “Un sector susceptible de doble marginación: mujeres mayores que ejercen o han ejercido la pros- titución”, Anuario de Psicología, (39) 1.

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las que se consideran malas mujeres, es decir, en aquellas que se apartan del modelo establecido de género? Podemos aproximarnos al tema mirando que el principal insulto para un hombre es decirle hijo de puta. Así, vemos que la sociedad castiga al grupo estigmatizado de las trabajadoras sexuales, agredién- dolas en su función materna, y haciendo caer el opro- bio en su descendencia.

En principio, todas las maternidades producidas fuera del matrimonio han estado castigadas. Mientras que la maternidad producida con permiso institucio- nal ha tenido cierto reconocimiento social, la que se producía fuera de estas convenciones sociales ha implicado rechazo social y denegación del apoyo de la familia de origen hasta no hace mucho tiempo. Las madres solteras carecían de cualquier soporte y debí- an cargar solas con el peso económico de sostener a su progenie, además de que se les negaban los apo- yos laborales y emocionales de que disponían las demás mujeres ante la maternidad. Así, la infracción social que constituía quedar embarazada fuera del matrimonio obligaba muchas veces a buscar ingresos alternativos donde los hubiera, y sus posibilidades estaban tan fuertemente restringidas, que la prostitu- ción podía ser la única o la mejor estrategia de super- vivencia para la madre y la criatura. De esta manera, estas mujeres, precisamente por afanarse en cumplir el rol de madres que se esperaba de ellas, se veían en la opción de iniciar un comercio, por el cual serían tildadas de malas madres. La estigmatización que suponía la maternidad en solitario abría la puerta a estigmatizaciones mayores. En algunas investigacio- nes realizadas al respecto, como las historias de vida de mujeres mayores de cincuenta años que hubieran estado en el trabajo sexual, puede constatarse que embarazos tempranos, con abandono masculino de sus responsabilidades al respecto, constituía la puerta de entrada al trabajo sexual en una proporción impor- tante de los casos. En otras historias de vida, también la entrada al trabajo sexual estaba condicionada por las necesidades económicas de mantener a sus hijos, aun- que estos hubieran nacido dentro de la institución

matrimonial.5Es decir que por estigmatización previa, o

por necesidad económica, muchas mujeres encontra- ban que la mejor manera de cumplir su rol maternal era obteniendo recursos de la prostitución.

sean invariablemente misóginas y expansionistas, ni que desarrollen modelos agresivos de masculinidad.

Así vemos que el hecho de que dar la vida sea un proceso forzosamente femenino no impide que la sociedad androcéntrica haya intentado negarle a las mujeres ese protagonismo crucial. Y lo ha hecho a través de varios mecanismos. El primero ha consisti- do en asignar al hombre la capacidad generativa en exclusiva, reduciendo a la mujer a la condición de mera receptora de la semillita depositada por el macho en ella, como si de un tiesto se tratase. A par- tir de esta interpretación, el hombre podía apropiarse de la nueva vida, estableciendo su “patria potestad” sobre la descendencia que sería, además, patrilineal. La otra estrategia ha sido controlar el nacimiento mis- mo, a través de la medicalización (y masculinización) de la asistencia del parto. Un tercer paso en el mismo sentido se ha dado mediante el control de la relación madre-hijas e hijos, y su utilización como elemento de limitación de las opciones de la mujer.

Las relaciones familiares en las sociedades patri- lineales se apoyan en la presunción (e imposición) de la paternidad legítima, garantizada por el control sobre la sexualidad femenina. Los hijos e hijas dejan de ser de la mujer, y en un proceso parecido al que al comienzo de la revolución industrial despojó a los tra- bajadores de la propiedad de lo que producían con su trabajo, las madres fueron desposeídas del control sobre el producto de sus embarazos y partos. En esta evidencia se asientan algunas de las propuestas que se han dado dentro del feminismo, de considerar la discriminación de género en términos de su analogía con la discriminación por clases sociales.

Las malas madres

La maternidad, aunque desposeída de poder real, sin embargo se presenta como la culminación misma del destino de la mujer y su mayor ámbito de realización. Es además el cumplimiento de este rol con entrega, lo que determina su consideración como mujer, e incluso su encuadre en la normalidad. Así, dentro de la construcción más frecuente de los roles de género se identifica: ser buena mujer y buena madre. Pero entonces ¿cómo puede evaluarse la maternidad en

6 Se trata del 2002-2004 III Plan Nacional de I+D+I para el Programa Sectorial de Estudios de las Mujeres y del Género, subvención para el pro- yecto Un sector susceptible de doble marginación: Mujeres mayores que han ejercido la prostitución. Reinserción o permanencia, Investigadora principal: Dra. Ana Freixas Farré.

7 Gary, R. (2004) La vida al davant, Barcelona, Angle Editorial.

sociales. Colaborando en esa tarea de aislar y des- valorizar a las mujeres que se salen del rol de géne- ro establecido, la sociedad las considera madres inadecuadas y con frecuencia restringe legalmente sus derechos.

Los hijos y el chantaje emocional

Dado que la sociedad ha priorizado considerar a las mujeres básicamente como madres, el principal cas- tigo que se les suele imponer cuando delinquen o transgreden en cualquier forma las normas, es preci- samente privarlas de su función maternal. Esto no se da sólo en el caso de condenas legales por delitos cometidos por las madres. Aunque la prostitución no está penada por la ley, también las trabajadoras del sexo han sido muchas veces castigadas, privándose- las de la tenencia de sus hijos o hijas. En la novela “La vida al davant” se relata, con un agridulce sentido del humor, las peripecias de los pequeños hijos de puta, dados a criar o mantenidos sin papeles para evitar que la asistencia social los quite a sus madres traba- jadoras sexuales y los entregue a instituciones, o los

coloque en familias de adopción.7La historia pasa en

Francia, pero es un tema actual y recurrente. Algunos de los pequeños dados en adopción en Marruecos no son huérfanos sino hijos de prostitutas. Incluso en España, donde la prostitución no es ilegal, conozco el caso de una mujer española que, después de la muer- te de su compañero (un inmigrante drogadicto) tuvo que huir de la ciudad con su niña, pues la familia de él quería quitarle la tenencia de la niña (y legalmente podía hacerlo) porque ella ejercía la prostitución. Era sólo una estrategia para conseguir que les pagara por retirar su demanda, pero muestra la fragilidad de la relación legal con sus hijos de las madres en situa- ción estigmatizada. Hablando de este tema concuer- dan prostitutas bolivianas y argentinas:

“Por qué la sociedad no vuelca la mirada analítica ni justiciera sobre el padre y lo hace siempre sobre la madre? La madre… dentro de una sociedad patriarcal hace de muro donde se descarga todo el peso del niño y la niña porque la paternidad es una

Pero que esta fuera una opción razonable en vis- ta de la escasez de posibilidades alternativas, no implica que no pagaran altos costes por ella. Para suavizarlos, con mucha frecuencia, mujeres que tie- nen que soportar un estigma social tan fuerte como el que cae sobre ellas en tanto que trabajadoras del sexo, compensan simbólicamente la desvalorización, aceptando y aún sobre-actuando un rol socialmente reconocido, como es el de la maternidad. Las prosti- tutas suelen dedicar una parte importante de sus ingresos a procurar que nada les falte a sus hijos e hijas, imaginando que así compensan la estigmatiza-